jueves, 7 de diciembre de 2017

SIGO CUMPLIENDO



Sigo cumpliendo, sí, ¡y menos mal! Ya he cerrado mi año 58, así que en menos que canta un gallo, me planto en los sesenta, ¡en mi jubilación!

En fin, que no ando yo muy pródiga en apariciones blogueras ni producciones pseudoliterarias—evidente—, pero como siempre he celebrado mi cumpleaños y mi cumpleblog por estas ondas, compartiendo con todos ustedes… Aquí estoy, formalita, proclamando a los cuatro vientos que ¡HOY CUMPLO, OIGAN!

Y nada, que no les voy a dar ninguna lata, solamente agradecerles sus visitas y sus ánimos, entre bambalinas, o sea, en  silencio, o de “cuerpo” presente.

¡Muchas gracias! Mila esker! Moltes gràcies!

Mil gracias por estar y seguir ahí, al otro lado.
Siempre que llueve escampa, dicen…

¡Un abrazo enorme!




domingo, 3 de diciembre de 2017

SPANTAX



Eran las nueve de la mañana del 16 de septiembre de 1966. El DC-3 de la compañía Spantax, que volaba de Tenerife a La Palma había pasado todas las revisiones rutinarias antes de emprender el vuelo, pero ahora tenía un problema con uno de los motores, dos gaviotas habían impactado en su interior, algo que solo los miembros de la tripulación sabían.

Apenas habían transcurrido veinte minutos desde que despegaran del aeropuerto de Tenerife, cuando el paso rápido de las azafatas, mientras entraban y salían de la cabina de los pilotos, despertó el interés de casi todo el pasaje.

Martín, absorto en sus pensamientos, miraba a través de la ventanilla que tenía a su derecha, le gustaba ver el mar, por eso siempre que iba a La Palma pedía el mismo asiento. Ese mar azul verdoso que rodeaba todo el archipiélago, y que tanto le gustaba, ahora se le antojaba uno oscuro y sin fondo. Oscuro como la pena que le oprimía el pecho, y sin fondo como el abismo en el que guardaba todas sus frustraciones. Pero no había vuelta  atrás. Había tomado la decisión: no podía seguir engañando a María, ni a sí mismo.

Miró el reloj instintivamente, las nueve y dos minutos, después, casi a cámara lenta, movió la cabeza de arriba abajo del pasillo y de izquierda a derecha. Algo estaba sucediendo. 

De pronto desaparecieron los ruidos, solo veía al resto de pasajeros gesticular, cómo gritaban en silencio; a su lado, un señor que conocía de otros viajes y que parecía un hombre serio y frío comenzó a llorar mientras se santiguaba una y otra vez, compulsivamente. Las azafatas se empeñaban en esa coreografía inútil que nos hacen aprender al inicio de cada viaje por si ocurriera un accidente. Iban mal sincronizadas. Nadie les hacía caso, solo Martín se las quedó mirando con una sonrisa bobalicona. Si no fuera por el drama que se estaba viviendo en ese momento, parecía una película de cine cómico de Buster Keaton o Los hermanos Marx: sin voz, sin color, solo movimientos histriónicos…

Martín volvió a mirar el reloj: las nueve y tres minutos. Volvió a mirar por la ventanilla: salía humo del motor derecho. Volvió a mirar el mar: ahora sí que era negro y oscuro.

María. María se instaló en su pensamiento, agazapada y sujeta como una lapa. Y él se agarró a su recuerdo como cuando se refugiaba en su cuerpo buscando esa paz que solo ella sabía darle. Las nueve y cuatro minutos. La vida se reduce  a eso, a cuatro minutos, tal vez cinco, pensaba.

Gritos, lloros, rezos, súplicas, risas histéricas, órdenes incumplidas. Los pasajeros, sin los cinturones, vagaban por el pasillo del avión sin que las azafatas, cuatro muchachas jóvenes y presas del miedo también a pesar de sus sonrisas forzadas, pudieran hacer nada.
Y de pronto volvió el color a la escena, era el color del miedo. De eso sí que se dio cuenta Martín. Vamos a morir, dijo alguien, pongamos nuestras almas en paz y encomendemos nuestras vidas al Altísimo. Oremos. Padre Nuestro que estás en los cielos, acoge en tu seno las almas de estos tus siervos que van a entregar sus cuerpos mortales a las aguas…
¡Yo no voy a morir! Se escuchó decir a sí mismo. Y como fichas de dominó, primero una y luego otra y otra… se alzaron voces acompañando a su grito de esperanza. Las nueve y cinco minutos.

A través de la ventanilla, el humo había oscurecido todo y aumentado la negrura del mar, que como fauces gigantes se abría sin remedio ante ellos. Miró dentro de él. María seguía allí, sujetando su miedo.

Los asientos empezaron a moverse hacia adelante, bolsos, chaquetas, libros, botellas de agua… saltaban de un lado a otro sin dueño, síntoma de que el avión caía en picado, al menos eso es lo que Martín dedujo. Gritos. Se hundirían en el mar.

En la cabina de los pilotos, el comandante se aferraba a los mandos en un intento desesperado por amerizar antes de estrellarse en el pueblo de El Sauzal. Su instinto, más que las posibilidades reales de llevarlo a cabo sin mayores riesgos, fue lo que consiguió que la nave impactara violentamente en las tranquilas aguas donde faenaban los pequeños barcos pesqueros de la localidad. Aquella mañana quedó para siempre en las vidas de los lugareños como una de las mayores pesadillas que jamás habían vivido.

Dentro, el caos era total. No había nada que hacer, así que, para qué gritar, para qué llorar, para qué correr, para qué rezar… Martín no pudo evitar volver a mirar por la ventanilla. Agua, agua por todas partes. Las nueve y seis minutos y todavía estaba vivo. Su compañero de asiento había dejado de llorar y rezar, se había entregado a la fatalidad y sus ojos, abiertos y vacíos, ya no miraban, ya no veían.

De nuevo fue María quien lo empujó a escapar de su miedo. Había que salir de allí, como fuera. Poco a poco y esta vez sí, siguiendo las indicaciones de las azafatas, los pasajeros se fueron agrupando en una de las salidas de emergencia. El avión se hundía, tenían que salir y lanzarse al mar, era la única posibilidad de sobrevivir.

Martín fue de los últimos en salir. Antes de hacerlo, volvió la vista atrás y pudo ver dos o tres cuerpos inmóviles entre los asientos, las máscaras de oxígeno que habían saltado a causa del impacto y el equipaje de los portamaletas. Las nueve y seis minutos. Él solo pensaba en María.

Un salto, y las aguas de ese Atlántico que acunaba toda su vida, lo recogieron como una madre hace con su hijo. El avión, aunque pequeño, y a medio engullir por el mar, parecía un monstruo marino. Miró alrededor. Humo. Toses. Voces de alegría y gracias Dios mío, gracias. Allí estaba la joven madre del asiento delantero con su niño pequeño, el que le provocaba con la mirada desde que habían montado;  la pareja de ancianos que hacían ese ruta una vez al mes y siempre le saludaban con un buenos días, a ver si tenemos un vuelo tranquilo; las cuatro azafatas que sonreían a todo el mundo a pesar de las circunstancias, los pilotos seguramente que también estarían flotando por allí… Empezó a contar. Contó hasta veintidós. ¿Cuántos se habrían quedado dentro? No quería pensar en ello.

Ruido de bocinas. Las pequeñas embarcaciones de los pescadores se acercaban hacia esa reunión de náufragos improvisados haciendo señales y lanzando cualquier cosa a la que pudieran agarrarse. Martín aguantó hasta que casi todo el mundo estuvo a salvo. 

Cuando dos fuertes brazos lo izaron hasta el interior de la barca, el cuerpo se le descompuso entero, pero sonrió a sus salvadores. Miró su reloj, aún funcionaba: las nueve y cincuenta y tres minutos. Miró en su interior: María también seguía allí.


Imagen: Internet. Texto: Edurne (sujeto a muchos cambios también).





martes, 28 de noviembre de 2017

SIN PULSO





SIN PULSO APENAS

NO SE MANTIENE EL RUMBO.

GIRO A MI ALREDEDOR.

Foto y Texto: Edurne

domingo, 8 de octubre de 2017

CUALQUIER DÍA ES BUENO PARA MORIR




Mi Luisito me miraba sonriente con sus bigotes de cigala desde la pantalla del móvil, y yo no podía enseñárselo a su abuelo, ni decirle, ¡mira, Felipe, mira nuestro Luisito qué gracioso él! No podía mover la cabeza, tampoco podía hablar, aunque lo intentaba, pero ninguna palabra salía por mi boca, algo se me había incrustado en la garganta, algo largo, metálico y gomoso a la vez: uno de los limpiaparabrisas del coche. Sé que tenía la mano izquierda apoyada en el muslo de mi marido para llamar su atención. Ya no sentía nada. En un instante, mientras el otro coche se nos echaba encima, mi vida escribía su último capítulo. Quería plegarme como un bebé pero no me dio tiempo. ¡Felipe, frena, por Dios, frena! Un golpe, dos… gritos. Silencio.

Mirando de reojo podía intuir que las gafas de Felipe habían saltado de su cara y estaban entre el cristal frontal y el amasijo formado por el volante y el salpicadero. Podía ver una patilla apuntando hacia arriba. Con el único  ojo que me servía, pude hacerme una composición de lugar: habíamos tenido un accidente. Lo que yo creía que era imposible, había ocurrido. Felipe no respiraba, no se movía, no me llamaba… Estaba muerto, tenía que estarlo. Tal vez yo también lo estuviera.

Entonces me di cuenta de que frente a mí tenía dos caras, o lo que quedaba de ellas. La más cercana, la de una mujer de pelo rojo y ensortijado, revuelto y enredado en su cuello, tenía la boca abierta y los ojos espantados, como si quisiera ahogar un grito. Parecía una de esas gárgolas de las catedrales del medievo. La otra cara, junto a la de la mujer, susurrándole palabras de horror, era la de lo que quedaba de un motorista con su chupa de cuero. Yo lo veía de perfil, malamente, y con el único ojo sano, pero aun así era fácil suponer que también estaba muerto. Lo que yo veía era un montón de pelos, sangre y vísceras. Los sesos se le escapaban despacito, resbalando por el parabrisas, y la oreja izquierda, intacta, pegada al cristal como queriendo oír lo que ocurría afuera. Silencio.

Enseguida fui consciente de que estaba completamente atrapada. ¿Cuántos segundos había durado el impacto, dos, tres, cuatro, cinco…? No lo sabía, no podía recordar nada, solo mi risa, el ceño fruncido de Felipe, la lluvia persistente, unas luces de frente, la brusca frenada, el ruido, ese ruido por dentro de mi cuerpo, de mi cabeza, y todo que estalla…

El impacto había provocado que el asiento se desplazara hacia adelante con tanta fuerza que no sabía qué partes de mi cuerpo podía mover. Mi mano derecha, que sujetaba el móvil con la foto de Luisito, era lo único que me daba una pista de lo ocurrido, lo único que me unía a la realidad. Pero hasta mi pequeño empezaba a cansarse y poco a poco se iba apagando hasta dejarme allí sola, sola con tres muertos a mi cargo y en mi conciencia.

Los dos coches habían quedado unidos en un beso mortal, y aquel motorista, como una flecha perdida, se había atravesado en nuestros caminos. Un coro de hierros, chapas retorcidas y cristales rotos, ponían el contrapunto a una lluvia ácida, sucia y sin música. Otra vez el silencio. De los motores salía un humo que poco a poco se iba convirtiendo en una espesa cortina con la que ocultar lo absurdo de la muerte. Las gotas de lluvia, furiosas, caían sobre mi cabeza. Era el castigo por haber querido compartir mi alegría con Felipe y burlarme de su exagerada prudencia. Ya nada tenía sentido.
¡Adiós Luisito, mi amor, pronto comprenderás que cualquier día es bueno para morir!





Imagen: Internet.  Texto: Edurne (sujeto a todos los cambios que ya estoy viendo que he de hacer. Permanezcan atentos a su pantalla.  Muchas gracias) 

jueves, 31 de agosto de 2017

PEQUEÑOS APUNTES INTERCRÓNICAS (III)


Hoy, por fin, se han abierto los cielos y han rugido  las nubes. Nubes negras cargadas de enfado acumulado. Todo el aparato eléctrico a mano desmadrado: centellas, truenos divinos y relámpagos a la velocidad de un rayo. Agua. Bendita agua. Agua bendita. El diluvio. El de Noé sería más terrible, seguro, pero el de hoy por este norte despistado no le queda corto… Y así anda, que se calma, que arrecia, que sopla don Eolo, que las nubes bajan hasta la tierra, a tocar suelo firme… ¡Alupé, alupé, sentadita me quedé! ¡Y que la noche se nos echa encima como loca!



Pues eso quería contarles, que ya llegamos al final del verano (pongan ustedes la música del Dúo Dinámico), y que de tanta tensión climatológica, pues que hoy ha estallado la guerra de agua. Y que mañana es mi último día de vacaciones. ¡Socorroooo! Nada, tranquilos, que no estoy como la princesa Rapunzel encerrada en la torre y lanzando mi poderosa y larguísima melena por la ventana por ver si alguien se anima a rescatarme… Referencias del mundo Disney, sin más.






Viernes 1 de septiembre, comienzo de mi curso escolar número 36. 



Ya, ya sé que dirán algunos que ya estoy otra vez con la misma cantinela lalalalala. Ya, pero, ¿qué quieren? Es lo que me bulle ahora mismo por mis adentros. Tengo sensaciones raras, muy raras, es como lo de que sí, que no (y que caiga un chaparrón)… Esperemos a ver cómo nos pinta. De momento, ayer ya tuve un par de encuentros en la tercera fase (léase, alumnos y exalumnos), pero muy buenos, hubo, abrazos, besos y alegría por el encuentro, así que…

Este verano he leído muuuucho, y sigo leyendo, así que luego les pondré  algún título más.



Este verano también he pasado muuuucho calorrrr. Muchísimo. Aquí y en Madrid. Creo que estoy eliminando toxinas a pasos agigantados, ¡con tanta sudada que me estoy dando! Eso del Cambio Climático se va haciendo cada año más y más presente, y quien lo niegue es que no es de este mundo… el calentamiento global es un peligro que nos va cercando sin disimulo alguno, y lo peor de todo es que aunque sabemos que los responsables, los culpables de esta osadía somos nosotros, seguimos ignorando la mayor. Paco ha llegado con la rebaja. Habrá que atársela al dedo.




Sigo desvariando un poco, es que, saben ustedes, ya son las 21:10, se ha oscurecido el panorama y yo tengo hambre. Lo del hambre es algo que lo he notado ahora mismo, después de la coma de ustedes… Apretaré el paso con estas “mini-crónicas”.

Voy a hacer un repasillo de las actividades culturales de esta segunda parte del mes. Vamos a ver, vamos a ver… dejen que estruje la tête…



Veamos, por el Foro tuvimos a bien adentrarnos en las tripas del Caixa Forum y dejarnos transportar a la Grecia antigua a la de Aristóteles, a la de Fidias y también de Pericles. Dioses, héroes y mortales paseando por el Ágora y el Olimpo. La exposición “LOS ANTIGUOS GRIEGOS. Atletas, guerreros y héroes” presenta una nutrida colección de esculturas, ánforas y demás utillaje doméstico y ritual, joyas, lápidas, bajorrelieves y explicaciones varias sobre la vida, las costumbres y creencias de aquella época. Hasta octubre estará disponible, así que si les interesa ese periodo de la Historia, ya saben, ¡vayan corriendo a verla!




Una planta más arriba, o más abajo, que ya no recuerdo, descubrimos otra exposición, muy buena por cierto, “ARTE y CINE. 120 años de intercambios”. Una muestra muy bien estructurada, con soportes cinematográficos (desde los comienzos del cine con los famosos hermanos Lumiére) y cuadros, pequeñas esculturas, perfomances… La recomiendo, ¡pero es una lástima que ya no estará disponible en septiembre!




Nos marcamos un viajecito a Salamanca para ver la exposición de Miquel Barceló, “EL ARCA DE NOÉ” (vaya, Noé y su diluvio andan por aquí otra vez) con motivo de la conmemoración del octavo centenario de la Universidad de Salamanca. No me dirán ustedes que no era una buena ocasión, primero, para escapar del calor de Madrid (aunque allí no andaban escasos de canícula) y segundo, para visitar de nuevo la ciudad universitaria, hermosa y vetusta ella…



La exposición se puede ver en distintas ubicaciones, tanto al aire libre como en recinto cerrado. Se compone de elementos de tamaño descomunal como el elefante que está en la Plaza Mayor, y que ya estuvo en Madrid en la parte externa del Caixa Forum precisamente (este de ahora es otro paquidermo, hecho expresamente para esta exposición, pero es igual, cambia el color, y que este salmantino, irreverente él, se tira unos pedos en forma de fumarola cada vez que el reloj de la plaza marca las horas). 




También hay acuarelas, cerámicas, un conjunto escultórico formado por unos fósforos representando las distintas fases de la vida,  cuadros de gran tamaño, y especialmente el que da título a la exposición. Si a ustedes les gusta Barceló, esta es otra disculpa para visitar la ciudad castellana. Hasta octubre.












Y aprovechando que estamos de exposiciones, les contaré que han estrenado una película sobre la relación del pintor Cezanne y el escritor Zola. La peli en cuestión es “CEZANNE Y YO”. Los paisajes de la Provenza francesa son magníficos. Ahí pueden ver ustedes la famosa Montaña Sainte Victoire que pintó y pintó hasta la saciedad el inconformista Cezanne. Te queda la duda de si en realidad las cosas fueron tal cual las pintan en el film, y lo digo porque hay un libro por ahí, escrito por un íntimo amigo del pintor que cambia un poco las personalidades de ambos genios. En cualquier caso, para mi gusto, la película adolece de exhibición pictórica, me explico: no se ven los cuadros de Cezanne, apenas bocetos y lienzos semicoloreados. Pero bueno, la historia trata más bien de la relación tan intensa que tuvieron el escritor y el pintor, y de su posterior enfado.


Por estas tierras llegó Marijaia con su alegría y ganas de fiesta, disfrutó la Aste Nagusia, y el domingo, como todos los años, se dejó inmolar en las aguas de nuestra querida Ría, eso sí, con la promesa de renacer de sus cenizas al año que viene.



Decía yo que estaba venga a leer y a leer, ¿verdad? Sí, así es, estoy de nuevo en el club de los leones (y no en el club de mi querido Athletic, los leones por antonomasia), si no de los leones y las leonas de leer, claro.

Aquí van unos títulos más:



KANT Y EL VESTIDO ROJO de Lamia Berrada-Berca. Pequeña novela impregnada de poesía, de reivindicación. El mundo de la mujer en la sociedad musulmana, y más si es fuera de su país, como una cárcel en la que hay que matar cualquier deseo, cualquier qiuerencia, cualquier sueño… Una preciosa historia. Triste pero valiente.




CANCIÓN DULCE de Leila Slimani. De este libro hice mención en una entrega anterior, pero no lo había leído. Ahora ya está leído, devorado diría yo. Las críticas que adornan a este libro son bien merecidas. Crea una tensión desde el primer párrafo que se va manteniendo capítulo a capítulo y te lleva de la mano de esa dulce niñera hasta descubrir sus infiernos. Merece la pena leerlo, háganme caso.





LA MEMORIA DEL ÁRBOL de Tina Vallés. También lo mencioné en una entrada anterior, pero como ahora ya lo tengo leído, asimilado e interiorizado, puedo decirles que es una historia enternecedora. La relación de un niño, Jan, con su abuelo, Joan, enfermo de Alzehimer. Una delicia de libro. Se llora, les aviso yo de que se llora, pero merece la pena dejar que el corazón se te encoja, de verdad.




PASEOS CON MI MADRE de Javier Pérez Andújar. Estoy leyendo esta novela llena de recuerdos de infancia, de adolescencia y de juventud de un muchacho que creció en las afueras de una Barcelona que muy bien podría ser cualquier otra ciudad de España en pleno desarrollo industrial de los años 60, 70… Para los que ya estamos en la cincuentena, este libro es como un baúl donde se encuentran guardados nuestros recuerdos.




4 3 2 1 de Paul Auster. ¡Por fin! Por fin, y después de siete años, la nueva novela de Auster. 957 páginas rebosantes del más puro estilo Auster. La he compardo hoy, salió ayer, y ya estoy enganchada. Promete. Les contaré a la próxima.

Y me parece que ya lo voy a dejar por hoy. Son las doce en punto y aún no he escogido las fotos que voy a poner de acompañamiento. Posiblemente haga como la última vez, colgar el texto y alguna fotografía, y mañana ir insertando el resto…



Recuerden que en la vida mucho hay de artificio, de ruido e ilusión, pero que cuando todo eso desaparece, también queda lo que realmente importa...



¡Ánimo y fuerzas para encarar la vuelta a la normalidad!



Fotos: Antonio y Edurne. Cartel película y dibujos varios: Internet. Vídeo. Youtube.