domingo, 3 de junio de 2018

TARDE DE DOMINGO






Me nacen las ganas de ti
en forma de lágrimas.
Rebeldes ellas,
locas,
sin caudal fijo,
hipando  y a su libre albedrío.

Me lloran las palabras que
guardo dentro de mí
para decirte cada vez que te tengo…

Toda yo soy un puro desatino
sin tu amor de autopista ,
sin tus caricias de whatsapp,
sin tus besos de móvil,
sin tus abrazos de puro deseo,
sin tu piel que me viste,
sin tu boca que se funde en la mía…

Se van contigo mis noches sin ti,
mis días de espera,
mis alegrías y mis miedos.

Imagen: Internet. Texto: Edurne


domingo, 27 de mayo de 2018

MEDIO ORFIDAL





Meto la mano en el bolsillo interior derecho
de esta mañana brumosa,
y me encuentro con las estrellas de noches anteriores
acurrucadas entre los pliegues del forro.
Están dormidas.
Me dan pena,
son como niñas chicas.
Intento espabilarlas.
Solo consigo un poco de polvo
impregnado de sueños inconclusos,
lágrimas secas de tanto esperar
la orden de salir a escena,
sonrisas envueltas en fina ironía,
recién llegadas del departamento
de sonrisas olvidadas y resentidas…
Ninguna entera,
ninguna que brille con luz propia,
ninguna que sea solo mía…
Las miro desde la distancia,
no en vano llevo la cabeza
sujeta con una cuerda
trenzada de días invisibles.
 El helio me lleva de acá para allá,
embriagada de penas rancias
al aroma de conformidad incómoda
y persistente.
Tocan a diana,
y ni siquiera tengo
manta de la que tirar.
La culpa es del medio orfidal
que se adentró anoche por mi canal sanguíneo,
que se distrajo enredando por mis conexiones oníricas,
y que, al final,
se instaló cómodamente
en las áreas de descanso
de mi despistado cerebro,
— las pobres,
ay, inesperadamente alteradas
por un extraño visitante—.
Prefiero mi insomnio crónico,
el conocido,
el de ondas hertzianas bajo la almohada,
con esas voces moduladas y lejanas
que saben cómo cantarme,
cómo contarme:
Tengo, tengo, tengo,
tú no tienes nada ,
tengo tres ovejas en  una cabaña…
Una,
dos
y tres.
Prefiero mi insomnio de suspiros
ayes sincronizados,
medidos y acompasados.
Hoy llevo los ojos con limpiaparabrisas.
Trabajando a destajo.
¿Será que todavía estoy soñando ?


Imagen: Internet. Texto: Edurne



martes, 15 de mayo de 2018

NIEBLA




Congelados están los buenos momentos de la vida,

ocultos,

a la espera de que despeje por cualquier esquina.

La niebla,

espesa,

rodea todos mis días.

Respirar me cuesta,

caminar me duele,

y sonreír…

¡Ay, sonreír, se me olvida!


Texto y foto: Edurne. Malos momentos para mí y mi familia.

miércoles, 21 de marzo de 2018

PORTÁTILES 2.0






Amanecer con el corazón por los suelos,

recogerlo con mimo y guardarlo

en el bolso para cuando sea necesario.


Imágen: Internet. Texto: Edurne  #DíaDeLaPoesía


domingo, 18 de marzo de 2018

CUANDO 1 Y 1 SON 11




Pasada la primera década en la vida de un blog, se abre la puerta del futuro incierto. Caminar por el primer año de la siguiente decena produce un poco de vértigo.

Aguantar todos estos años sin haber echado nunca la persiana, modestamente, creo que tiene su mérito.
Verdad es que el número de comentaristas ha descendido notablemente, pero prefiero la calidad a la cantidad, así que eso no me preocupa. 
Y tampoco es menos cierto que mi nivel de producción ha bajado. C'est la vie!

Ya saben, esas cosas ocurren. Ocurre que la vida te persigue, que te hace unos marcajes muy, pero que muy duros. Y ocurre que te quedas como en stand by. No te apagas, no se te funden los plomos, pero te sientes una Bella Durmiente de hoy en día en espera del beso de un príncipe llegado de lejanas tierras para que te despiertes, ¡y arranques de una vez!
Pues ahí estamos.

Y mientras tanto, ya nos ha llegado otro 18 de marzo más, el número once, el undécimo. Celebrémoslo, les invito a un choque de copas. Chín-chín, por todos nosotros. Chín-chín por lo que aún tenemos por vivir, recorrer, aprender y ver.

Así que, un año más, ¡gracias mil por su compañía, callada o ruidosa, pero gracias!
Seguimos viéndonos por esta Orilla.
Un abrazo grande para todos: amigos y desconocidos.

Foto: De la memoria familiar, ¡y todos con cara de susto o de pillarnos desprevenidos...! (Verano del 71. Mis 11 años. Entre los 11 y los 12, me sobrevino el "Gran Cambio", con mayúsculas, el que me dio una vuelta de 360º. La vida, que no deja de sorprendernos a cada vuelta de cualquier esquina...). Texto: Edurne.

martes, 13 de marzo de 2018

EL SALTO DEL CANGURO




—¡Roseeee, que soy yo, abre, no te asustes!
—¿¿¿Jack???
—Que sí, que soy yo.
—No, no, yo no abro, ¿cómo vas a ser Jack, si tú eres un canguro? ¡Fuera, fuera, vete!
—Puedo explicarlo, pero ábreme, ¡por favor!
—Mira,  no insistas, no pienso dejarte entrar. No te conozco de nada.
—¡Vamos, Rose, solo he estado fuera unos días, ya sabes cómo es mi trabajo…!
—¿Tu trabajo? ¿Pero no ves dónde vivimos? Si fueras Jack sabrías que compramos esta granja para escapar, precisamente, de la esclavitud de nuestros trabajos. ¡No, tú no eres mi marido, a mí no me engañas!
—¡Venga, gordita, abre la puerta, que estoy agotado de tanto salto, ya sabes que no estoy acostumbrado a hacer deporte, y vengo así desde Melbourne!
—¿Me has llamado… Gordita? ¡Gordita solo me llama Jack!
—¡Yo, yo soy Jack, por eso te llamo gordita! ¡Abre, por favor!
—¿Desde Melbourne, que vienes saltando desde Melbourne? ¡Pero si vivimos en Adelaida! No sé qué es lo que está pasando, pero todo esto es muy raro, no te reconozco… ¡vaya una facha que traes! A saber por dónde habrás estado, y haciendo qué… ¡Fíjate qué uñas! ¡No soporto a los hombres, ni a los canguros,  con las uñas largas!
—¡Ya te he dicho que vengo saltando desde Melbourne porque he perdido el coche, o por lo menos no recuerdo dónde lo he dejado! Y en cuanto a las uñas, bueno… me dejé embaucar, perdí una apuesta y me hicieron la manicure semipermanente… ya, ya sé que estoy horrible. Pero te juro que me resistí todo lo que pude.
—¿Una apuesta, que perdiste una apuesta? ¡Pero si tú no sabes jugar ni al parchís, qué apuesta  has podido perder! Oye, ¿quieres dejar de dar golpes en el cristal? Lo vas a romper. Además no me fío ni un pelo de ti ni de lo que dices. No te pareces nada a mi Jack. ¡Que no, que no, que no te abro!
—Me estoy haciendo daño, Rose, y encima me mareo. ¡Anda, déjame entrar y te prometo que me corto las uñas!
—¡Ya, tú te quieres hacer ahora el bueno, el pobrecito, el que han engañado los amigotes, que si yo no quería…! Ya, pero yo solo sé que, suponiendo que seas lo que queda o en lo que se ha convertido mi marido, te fuiste el otro día, el lunes para ser más exactos, a que te revisara Joe el motor del “4x4”, y de paso al registro ganadero para las fechas de esquile de las ovejas… ¡Y mira, mira en lo que has vuelto convertido!
—Sí, todo es muy raro, ni yo mismo sé muy bien cómo ha sucedido este lío, pero de lo que sí estoy seguro Rose, es de que soy Jack, tu marido y el padre de Al y Alf.
—¿Sabes el infierno que he pasado estos días? Yo sola, aquí, con los gemelos, sin saber qué pensar ni qué hacer, ni a quién acudir. Te llamé y llamé compulsivamente, pero tu celular estaba fuera de cobertura. No quería avisar a mi familia por no asustarlos, y por vergüenza, porque seguro que me iban a decir aquello de “ya te lo dijimos, sabíamos que no era de fiar, que tenía un pasado un tanto… salvaje”. ¡Y tanto que salvaje! Y a la Police tampoco, ellos me habrían dicho que seguramente habías salido a buscar tabaco, y todos sabemos lo que significa eso en estas tierras…
—Por dios, Rose, no me hagas llorar, que ya sabes lo sensible que soy, y todo esto me tiene trastornado. ¡Ayúdame, por favor!
—¡Pero si es que eres feísimo, Jack! ¿Qué voy a hacer contigo? ¡Qué horror, no, los niños no pueden verte así!  Nos asustarías a cualquier movimiento que hicieras, lo romperías todo, y es que se ve que no coordinas muy bien lo de ponerte en pie. Por no hablar de otras situaciones más embarazosas… Y vaya cola larga y dura, qué miedo, my God, que no, que no, no insistas…
—¡Roseeee! ¿Ves? ¡Ya has conseguido hacerme llorar!
— ¿Y… sabes si esta facha se te va a pasar algún día, si hay que hacer algo especial, si te han intoxicado, te han embrujado o…? Es que esto es raro, pero raro, raro. Parece un nuevo capítulo de La Metamorfosis de Kafka, aunque no te llames Gregorio. ¿Seguro que no es un sueño, una pesadilla más bien?
—¡Ah, pues mira, no se me había ocurrido pensarlo! ¿Y si esperamos un poco a ver si nos despertamos, al menos uno de nosotros, y ya si eso, vamos viendo qué hacer…?
—Bueno, no tenemos muchas más opciones, por probar… De verdad, Jack, ¡me das unos disgustos! ¿A quién se le ocurre meterse en el sueño de su mujer, y con semejante pinta? Venga, vamos a ver si nos dormimos y luego despertamos a la realidad… ¡Pero lo primero que vas a hacer es cortarte esas uñas!
—¡Que sí, Rose, anda, duérmete de una vez! Pero me abres la puerta, eh, no vaya a ser que me dejes aquí fuera, a la intemperie, con todos esos canguros salvajes dando saltos de un lado a otro…
—¡Sííí, shhhhhhh, venga, calla! ¡Melburne, que viene saltando desde Melburne, eso no se lo cree ni él!


Vídeo: Internet. Texto: Edurne


jueves, 8 de marzo de 2018

EMPODERAMIENTO (HEMEN GAUDE/AQUÍ ESTAMOS)


Gu barik ez da ezer mugitzen mundu honetan. 
Sin nosotras no se mueve nada en este mundo.

Imagen: Internet. Reflexión: Edurne

sábado, 17 de febrero de 2018

LA GRUTA




Estás ahí,
dentro, muy dentro.
Los ojos, cerrados,
se repliegan en sí mismos
y clausuran todo resquicio
de claridad.
Negro.
Te duelen de tanto apretar,
igual que los puños,
también cerrados.
Las uñas te hacen daño,
y notas que el dolor
se te escapa entre los dedos.
Lloras.
Y sigues quieta,
con miedo a moverte,
a respirar.
Buscas su mano.
Palpas con cuidado
las rugosidades de la pared.
Necesitas recuperar su apoyo.
No está.
En su lugar
algo frío,
húmedo y
viscoso
se ha pegado a ti.
Se apodera de tu cuerpo.
No puedes luchar,
tienes paralizada la razón.
Estás en la gruta,
ésa en la que tú no querías entrar.
No llevas mapa,
ni linterna,
ni agua...
Todo se lo diste a él.
Las paredes son resbaladizas,
como el suelo que pisas.
Caes.
Una,
dos,
tres veces...
Sigues con los ojos cerrados.
No hay dónde sujetar tus esperanzas,
y el miedo se ha apoderado
de tu sentido.
La gruta se vuelve cada vez más fría,
más estrecha,
más profunda.
Y caes.
Caes,
caes...



Pintura: Antonio. Texto: Edurne

miércoles, 14 de febrero de 2018

LA REUNIÓN




Buenas tardes, caballeros, les ruego que tomen asiento, vamos a dar comienzo a la reunión de hoy y les advierto que son muchos y muy importantes los temas a tratar”.

Así comenzaban las reuniones del “Monkey’s Team” de todos los viernes, con Mister Judicious presidiendo la asamblea.

Crazy Junior, como siempre, prorrumpía en alaridos, era su forma de asentir para acto seguido hacer lo que le venía en gana. No se podía conseguir nada de él, era el hijo de lord Big Crazy y miembro impuesto a dedo por el Royal Tribunal, así que  tenían que soportar su presencia, sus salidas de tono  y sus locuras.

Mister Judicious había sido presidente de la más alta institución judicial del reino, y desde su jubilación, forzosa, se le había encargado la presidencia de este Consejo de Sabios, de primates con pedigrí social, procedentes de familias de rancio abolengo que todavía pesaban en las decisiones del gobierno.

Ardua tarea la que le había sido encomendada.

El viejo Sir Drunk pertenecía a una antigua familia de babuinos venidos a menos y con bastantes escándalos sexuales en su árbol genealógico, de ahí que no fuera un espécimen  puro. Por eso él, como mecanismo de defensa y para protegerse de las habladurías, permanecía siempre por encima  del resto. Claro que eso solo podía hacerlo en un estado permanente de dulce embriaguez. Su opinión, cuando se avenía a darla, apenas era tenida en cuenta, por absurda. Pero Mister Judicious le tenía cierto cariño, en algún punto compartían un pariente de cara negra del que descendían las dos ramas, la sangre tira…

Mister Judicious era un mono sensato, juicioso y empático. Su carrera en la magistratura se caracterizó, precisamente, por las sentencias justas, de esas que sientan jurisprudencia.

Desde que enviudó y su único hijo decidió explorar nuevas selvas, alegando que era la llamada de su yo más salvaje, Mister Judicious vivía solo en la antigua casona de sus antepasados. Únicamente mantenía a su lado a la vieja Nanny Housemaid, una chimpancé que había sido injustamente acusada treinta años atrás de traficar con plátanos de Canarias y a la cual, en una de sus famosas sentencias, salvó de pudrirse en la cárcel. Desde entonces pasó a su servicio voluntariamente, por agradecimiento. Había jurado no abandonar nunca a ningún miembro de la familia. Ella cuidó del pequeño Jeffrey, fue la que auxilió hasta sus últimos momentos a Miss Judicious, y ahora se ocupaba de él, del prudente y justo Mister Judicious, el primate más bueno y sabio del mundo.

Estaba claro que aquellas reuniones, supuestamente decisorias y consensuadas, no iban a ninguna parte. Al final, los informes, las recomendaciones y demás trámites los redactaba él mismo. A nadie parecía importarle, así que, para qué darle más vueltas, él se atenía al protocolo: leía el orden del día, el acta de la reunión anterior, hacía disertaciones, pasaba turnos de palabra, apuntaba las “intervenciones” de los demás miembros del equipo… Y al final, tomaba las decisiones más oportunas y adecuadas en cada caso. ¡Y todos contentos!

Lord Gluttonous, otro cara negra, primo tercero de Sir Drunk, también pertenecía al grupo por designación real. Éste calmaba su ansiedad con la comida, si no ingería alimentos continuamente, sobre todo en situaciones que requerían relacionarse con sus congéneres,  podía romper a llorar sin razón aparente y no cesar en su llanto hasta caer exhausto horas más tarde y visiblemente deshidratado. La causa de su inestabilidad emocional no era otra que la enorme tristeza que le produjo la traición de la bella Adèle, su joven esposa, que tuvo a bien, mejor dicho, a mal, fugarse con un gorila espalda plateada, guardia de corps del Príncipe Heredero. Desde entonces, y ya habían pasado nueve años, Lord Gluttonous, era una sombra de lo que había sido: un mono inteligente, sagaz, con un fino humor que muchos querrían… y se había convertido en un amasijo de carnes flojas y ojos lagrimosos.

A su lado siempre estaba el servicial Freddy, el hijo mayor del héroe nacional, el Almirante All is the Sea, y que solo vivía para hacer feliz a Lord Gluttonous. En el fondo estaba secretamente enamorado de él, y por eso no le importaba ser su despiojador, su hombro amigo y paño de lágrimas, su ayuda de cámara, su cómplice…
Como es obvio, estos dos consejeros, tampoco tenían mucho que aportar a la resolución de problemas y conflictos de naturaleza gubernamental.

Los gemelos Albert y Alfred, eran los vástagos rebeldes de Lord y Lady Green Forest. Habían nacido antes de tiempo, y la madre siempre había comentado que cuando los lanzó al mundo, fue la mona más feliz y aliviada del orbe. Una nany se había encargado de criarlos y crecieron sin normas ni demasiado cariño. Herederos de una de las fortunas más  importantes del reino, dilapidaban sus rentas sin miramiento alguno. También eran los socios fundadores de The Monkey Businnes INT,  una de esas sociedades opacas tan de moda hoy en día, pero revestida de buenas intenciones. Estaban en ese consejo de monos sabios porque les tocaba estar, no porque ellos lo fueran en el sentido más estricto de la palabra, si acaso, listillos. Su padre ya era mayor y la cabeza le empezaba a jugar malas pasadas, eran las reglas del juego: los sucesores tenían que ocupar su lugar. No protestaron, estar allí les suponía un plus de información privilegiada que luego usaban deliberadamente en su propio beneficio.

Mister Judicious intentaba mantener la calma, llamaba una y otra vez al orden a sus consejeros, pero éstos se lanzaban ansiosamente sobre las bandejas de comida, o se abandonaban a sus cuitas. Solo muy de vez en cuando esas reuniones parecían ser lo que supuestamente eran.

Anthony Long Hand, era el hijo bastardo del Lord Mayor, y ese cargo le había sobrevenido como compensación a su naturaleza bastarda, un pequeño reconocimiento de la sangre noble que corría por sus venas. Pero nada era le era suficiente. Había crecido con un rencor aferrado en sus entrañas que había hecho de él un simio prepotente, ladino, embustero y estafador. Todo lo quería, y todo lo conseguía. Mister Judicious sabía que era el más listo, pero también en el que menos se podía confiar.

El más noble de todos los consejeros era un mono huidizo, melancólico... Txomin Tximua, una rara avis en aquel grupo. Txomin Tximua era descendiente del famoso corsario Sir Red-Monkey, que en una de sus incursiones en tierra, arribó a la costa de los vascos y quedó prendado de una de aquellas aguerridas hembras, tanto que se la llevó a las Tierras Altas con la intención de crear un nuevo linaje, y de paso, sentar de una vez las posaderas y la cabeza. El gen euskaro permaneció vivo en todos sus descendientes, de ahí la nobleza, el amor por la tierra y la familia… Todos los Txomin Tximua que habían sido miembros del Monkey’s Team se habían caracterizado por esa melancolía, esa añoranza de  la tierra que se extendía más allá del océano y de la que provenían. Mister Judicious sabía que en este consejero sí se podía confiar, lo malo era que su interés por los asuntos de estado apenas alcanzaba para prestar su voto a las juiciosas disposiciones que les presentaba.

Así estaba el panorama cuando, en plena reunión, llegó un emisario con una nota. Era urgente. El presidente abrió el sobre. Leyó. Miró con calma a su alrededor. Bajó de su asiento, recogió sus papeles, hizo un ademán de reverencia y salió tranquilamente dando pequeños saltitos. No volvió la vista atrás. Los consejeros ni se percataron de su marcha.

Un grupo de revolucionarios había depuesto a Monkey King VII, el Príncipe Heredero y toda la familia real, estaba en paradero desconocido. El Consejo de Monos Sabios había sido disuelto. No quedaba más tarea por hacer, seguir allí carecía de sentido. Ahora solo quería vivir tranquilo en su casa, fumando su pipa y leyendo los periódicos atrasados que llegaban de las Colonias. Que cada cual velara por los suyos y lo suyo. Esta nueva etapa también pasaría, y los problemas no dejarían de ser los mismos, pero eso ya no era asunto que le interesara. Tal vez debiera buscar a Jeffrey y volver él también a sus orígenes…

Pintura: Walton Ford. Texto: Edurne (como siempre, sujeto a cambios y correcciones).


domingo, 4 de febrero de 2018

¿QUÉ CUENTAS ME REQUIERES, VIDA?


¿Qué cuentas me requieres,

vida?

Ya no tengo nada más que darte,

nada.

¿No te basta con saber que

eres la dueña de mi futuro incierto,

que te quedarás como única heredera

de mi saldo de sueños,

y que ya me robaste las ilusiones?

Deja que me quede lo poco

que aún conservo.

A ti no te sirve,

y para mí, 

es el aire que respiro.



Pintura: Antonio  Texto: Edurne

miércoles, 31 de enero de 2018

UN ENCUENTRO INTERESTELAR



Siempre me había considerado un poco diferente a los demás. Desde pequeño sentía las miradas burlonas de mis compañeros de clase, y las de indiferencia de los profesores. Incluso mi familia mostraba por mí un interés neutro, me hacía el caso justo y necesario, pero no más. Estoy convencido de que en el fondo no eran mala gente, simplemente que no sabían cómo reaccionar conmigo.

Solo tenía once años pero ya me sentía más mayor, todo el mundo en el que me movía, el que me rodeaba, era poco para mí, no había nada que me sorprendiera, que no supiera o intuyera. Era un niño, eso me repetían hasta la saciedad, así que, por prudencia no hablaba ni comentaba  nada de todo lo que sucedía en mi interior.

Mirarme en el espejo se había convertido en uno de mis pasatiempos favoritos, por no decir en el único. Poco a poco iba tomando conciencia, y consciencia, de lo que era, de quién era.

Llevaba años observando esos pequeños cambios en mi cuerpo. A simple vista, podríamos decir que no había nada extraño ni fuera de lugar en mi cuerpo, en mi cara… Pero, había algo. Algo imperceptible a los ojos de los demás, estaba claro, aunque no para mí.

Pocas personas pueden asegurar que tienen recuerdos de su infancia más temprana, y yo recuerdo perfectamente mi corta estancia en el útero de mi madre, esa laxitud agradable, constante y amniótica, interrumpida de forma brusca e imperiosa a las veintiocho semanas de mi concepción.

Nadie daba un duro por mí. Eso era lo que todos decían. Yo veía sus caras de preocupación, de disgusto, de incredulidad… Sin embargo, ellos no me veían a mí. No era posible que prosperara con tan pocas semanas, decían. Y no se daban cuenta de que yo entendía perfectamente sus palabras, todas y cada una de sus palabras. Sé que no se atrevían  a mirarme, hacerlo les producía una mezcla de miedo, pena y hasta de asco, diría yo.

Cuando salí de la incubadora, mi cuerpo había madurado un poco más, es cierto, pero solo un poco. Todavía era un pequeño ser casi traslúcido con un reguero de venillas que tapizaba mi piel sonrosada. Sabía que a mi madre le desagradaba tomarme en brazos para darme el pecho, por eso yo hice como que no lo quería, para evitarle a ella el mal trago.

Si lloraba por hambre, alguien me daba un biberón, si lloraba porque mis pañales ya no soportaban más carga, de nuevo alguien me cambiaba rápido y sin demasiados miramientos. Para  mi primer año de vida, yo ya me había percatado de todo, absolutamente de todo, y entonces fue cuando decidí empezar a "hablar". Ya era hora de presentarme.

Nada. Nadie era capaz de entenderme. Todos mis intentos por comunicarme con ellos resultaron fallidos. Algún código no estaba en su sitio, o una mala conexión… Me llevaron a mil y un especialistas de todo tipo, pero nadie sabía explicar lo que me ocurría, qué síndrome extraño era el que padecía, qué significaban esos ruidos, esos cantos monocordes que salían por mi boca…

Todo cambió durante un sueño. Como todas las noches, nada más cerrar los ojos, mi cuerpo, mi cerebro, se convertían en un enorme laboratorio de pruebas. Sentía cómo se ajustaba todo dentro de mí. Justo al despertar y con el primer balbuceo, comprendí que mis códigos de comunicación habían sido reparados. Ahora sí, ahora podía comunicarme como un bebé de veinte meses. Empezaba a parecer normal.

Después del alivio que supuso para mi familia el que todo se hubiera solucionado así, sin más, dejaron de hacerse preguntas y volvieron a sus vidas.

Los siguientes años transcurrieron entre la resignación y la neblina del olvido más o menos consciente y aceptada de mi  familia,  y la indiferencia de fondo del resto.

En realidad, me venía genial. No se preocupaban por lo que hacía, lo que pensaba, lo que quería o deseaba, ni por dónde estaba. Les bastaba con saber que me encontraba en el colegio o en algún lugar de la casa. Yo comprendía que ya tenían bastante estrés y agobio con mis hermanos, con todos los problemas cotidianos que plantea el tener hijos hoy en día, y por eso me mantenía al margen de casi todo.

Observaba, ese era mi trabajo, mi afición: observar. Lo observaba todo, lo absorbía todo, lo procesaba todo. Y nadie era consciente de ello. Como evitaban mirarme, tampoco eran conscientes de los cambios que se iban operando en mí.

Algo había crecido en mi interior, era como una pulsión que no sabía explicar. Creo que empecé a cometer alguna que otra pequeña estupidez, y todo el mundo lo achacó a la edad: estaba en la pubertad, los cambios hormonales, el metabolismo… ¡Qué sé yo la sarta de tonterías que dijeron! Solo yo sabía que no era nada de eso, era imposible, mis códigos eran lineales, no tenían altibajos de ningún tipo, ni emociones que no fueran las neutras. Aun así, algo estaba ocurriendo en mi interior.

Un día, nos llevaron de excursión al Museo de la Ciencia. Los profesores aprovechaban el temario para unirlo con el momento lúdico, y así matar dos pájaros de un tiro. A mí nunca me molestaba nada, accedía a todo lo que se proponía sin ninguna queja; además esos temas me interesaban. Y lo mejor de todo:  ¡había un Planetario!

Fue allí cuando sucedió todo. Estaba sentado en la última fila, no demasiado cerca, ni demasiado lejos del resto de mis compañeros, cuando sentí esa pulsión con más intensidad, tuve que sujetarme el pecho que se me agitaba como nunca lo había hecho.  Me ardía. La bóveda en la que se proyectaba el universo ejercía una fuerza a la que me era casi imposible no abandonarme.

De pronto, una mano se posó en mi hombro derecho, y una ráfaga de frío me sacudió de arriba abajo. Cuando mi cuerpo recuperó su temperatura normal, giré la cabeza y mis ojos  se encontraron con otros exactamente iguales. Era una niña igual que yo, igual de rubia, igual de blanca, casi translúcida… Nos miramos un rato. Comenzamos a hablar sin palabras, nos cogimos las manos y muy bajito, muy bajito, los cantos monocordes de nuestra infancia se extendieron por todo el universo.


Imagen: Internet. Texto: Edurne



jueves, 25 de enero de 2018

POEMAS DESDE EL TREN (I)




                                       LA CULPA LA TUVO EMILY

                  Esperanza es la cosa con plumas
                         Que se posa en el alma 
                         Y canta la melodía sin las palabras 
                         Y no cesa jamás.                                                                                                                                                                                    
                                                                         (Emily Dickinson)
                                                         

El otro día, Emily,
me habló desde el tren.

Cambió el tono de voz, 
cambió la ruta 
el latido de su corazón.

Emily llamó y
me recitó poemas.
Uno.
Luego otro.
Tres, 
cuatro, 
así hasta cinco o más...

Poemas pausados.
Poemas viajeros.
Poemas que miraban 
a través de las ventanas
empañadas de una tarde
fría de invierno.

¡Viajeros al tren!

La esperanza no se vende en ventanilla, 
decían, 
que viene embalada
desde más allá de la lejana China.

Y de que yo te siga queriendo, 
la culpa,
la tuvo Emily.







Imágenes: Internet Texto y foto: Edurne. "Emily" y yo sabemos de qué va esto... ;)