sábado, 17 de febrero de 2018

LA GRUTA




Estás ahí,
dentro, muy dentro.
Los ojos, cerrados,
se repliegan en sí mismos
y clausuran todo resquicio
de claridad.
Negro.
Te duelen de tanto apretar,
igual que los puños,
también cerrados.
Las uñas te hacen daño,
y notas que el dolor
se te escapa entre los dedos.
Lloras.
Y sigues quieta,
con miedo a moverte,
a respirar.
Buscas su mano.
Palpas con cuidado
las rugosidades de la pared.
Necesitas recuperar su apoyo.
No está.
En su lugar
algo frío,
húmedo y
viscoso
se ha pegado a ti.
Se apodera de tu cuerpo.
No puedes luchar,
tienes paralizada la razón.
Estás en la gruta,
ésa en la que tú no querías entrar.
No llevas mapa,
ni linterna,
ni agua...
Todo se lo diste a él.
Las paredes son resbaladizas,
como el suelo que pisas.
Caes.
Una,
dos,
tres veces...
Sigues con los ojos cerrados.
No hay dónde sujetar tus esperanzas,
y el miedo se ha apoderado
de tu sentido.
La gruta se vuelve cada vez más fría,
más estrecha,
más profunda.
Y caes.
Caes,
caes...



Pintura: Antonio. Texto: Edurne

miércoles, 14 de febrero de 2018

LA REUNIÓN




Buenas tardes, caballeros, les ruego que tomen asiento, vamos a dar comienzo a la reunión de hoy y les advierto que son muchos y muy importantes los temas a tratar”.

Así comenzaban las reuniones del “Monkey’s Team” de todos los viernes, con Mister Judicious presidiendo la asamblea.

Crazy Junior, como siempre, prorrumpía en alaridos, era su forma de asentir para acto seguido hacer lo que le venía en gana. No se podía conseguir nada de él, era el hijo de lord Big Crazy y miembro impuesto a dedo por el Royal Tribunal, así que  tenían que soportar su presencia, sus salidas de tono  y sus locuras.

Mister Judicious había sido presidente de la más alta institución judicial del reino, y desde su jubilación, forzosa, se le había encargado la presidencia de este Consejo de Sabios, de primates con pedigrí social, procedentes de familias de rancio abolengo que todavía pesaban en las decisiones del gobierno.

Ardua tarea la que le había sido encomendada.

El viejo Sir Drunk pertenecía a una antigua familia de babuinos venidos a menos y con bastantes escándalos sexuales en su árbol genealógico, de ahí que no fuera un espécimen  puro. Por eso él, como mecanismo de defensa y para protegerse de las habladurías, permanecía siempre por encima  del resto. Claro que eso solo podía hacerlo en un estado permanente de dulce embriaguez. Su opinión, cuando se avenía a darla, apenas era tenida en cuenta, por absurda. Pero Mister Judicious le tenía cierto cariño, en algún punto compartían un pariente de cara negra del que descendían las dos ramas, la sangre tira…

Mister Judicious era un mono sensato, juicioso y empático. Su carrera en la magistratura se caracterizó, precisamente, por las sentencias justas, de esas que sientan jurisprudencia.

Desde que enviudó y su único hijo decidió explorar nuevas selvas, alegando que era la llamada de su yo más salvaje, Mister Judicious vivía solo en la antigua casona de sus antepasados. Únicamente mantenía a su lado a la vieja Nanny Housemaid, una chimpancé que había sido injustamente acusada treinta años atrás de traficar con plátanos de Canarias y a la cual, en una de sus famosas sentencias, salvó de pudrirse en la cárcel. Desde entonces pasó a su servicio voluntariamente, por agradecimiento. Había jurado no abandonar nunca a ningún miembro de la familia. Ella cuidó del pequeño Jeffrey, fue la que auxilió hasta sus últimos momentos a Miss Judicious, y ahora se ocupaba de él, del prudente y justo Mister Judicious, el primate más bueno y sabio del mundo.

Estaba claro que aquellas reuniones, supuestamente decisorias y consensuadas, no iban a ninguna parte. Al final, los informes, las recomendaciones y demás trámites los redactaba él mismo. A nadie parecía importarle, así que, para qué darle más vueltas, él se atenía al protocolo: leía el orden del día, el acta de la reunión anterior, hacía disertaciones, pasaba turnos de palabra, apuntaba las “intervenciones” de los demás miembros del equipo… Y al final, tomaba las decisiones más oportunas y adecuadas en cada caso. ¡Y todos contentos!

Lord Gluttonous, otro cara negra, primo tercero de Sir Drunk, también pertenecía al grupo por designación real. Éste calmaba su ansiedad con la comida, si no ingería alimentos continuamente, sobre todo en situaciones que requerían relacionarse con sus congéneres,  podía romper a llorar sin razón aparente y no cesar en su llanto hasta caer exhausto horas más tarde y visiblemente deshidratado. La causa de su inestabilidad emocional no era otra que la enorme tristeza que le produjo la traición de la bella Adèle, su joven esposa, que tuvo a bien, mejor dicho, a mal, fugarse con un gorila espalda plateada, guardia de corps del Príncipe Heredero. Desde entonces, y ya habían pasado nueve años, Lord Gluttonous, era una sombra de lo que había sido: un mono inteligente, sagaz, con un fino humor que muchos querrían… y se había convertido en un amasijo de carnes flojas y ojos lagrimosos.

A su lado siempre estaba el servicial Freddy, el hijo mayor del héroe nacional, el Almirante All is the Sea, y que solo vivía para hacer feliz a Lord Gluttonous. En el fondo estaba secretamente enamorado de él, y por eso no le importaba ser su despiojador, su hombro amigo y paño de lágrimas, su ayuda de cámara, su cómplice…
Como es obvio, estos dos consejeros, tampoco tenían mucho que aportar a la resolución de problemas y conflictos de naturaleza gubernamental.

Los gemelos Albert y Alfred, eran los vástagos rebeldes de Lord y Lady Green Forest. Habían nacido antes de tiempo, y la madre siempre había comentado que cuando los lanzó al mundo, fue la mona más feliz y aliviada del orbe. Una nany se había encargado de criarlos y crecieron sin normas ni demasiado cariño. Herederos de una de las fortunas más  importantes del reino, dilapidaban sus rentas sin miramiento alguno. También eran los socios fundadores de The Monkey Businnes INT,  una de esas sociedades opacas tan de moda hoy en día, pero revestida de buenas intenciones. Estaban en ese consejo de monos sabios porque les tocaba estar, no porque ellos lo fueran en el sentido más estricto de la palabra, si acaso, listillos. Su padre ya era mayor y la cabeza le empezaba a jugar malas pasadas, eran las reglas del juego: los sucesores tenían que ocupar su lugar. No protestaron, estar allí les suponía un plus de información privilegiada que luego usaban deliberadamente en su propio beneficio.

Mister Judicious intentaba mantener la calma, llamaba una y otra vez al orden a sus consejeros, pero éstos se lanzaban ansiosamente sobre las bandejas de comida, o se abandonaban a sus cuitas. Solo muy de vez en cuando esas reuniones parecían ser lo que supuestamente eran.

Anthony Long Hand, era el hijo bastardo del Lord Mayor, y ese cargo le había sobrevenido como compensación a su naturaleza bastarda, un pequeño reconocimiento de la sangre noble que corría por sus venas. Pero nada era le era suficiente. Había crecido con un rencor aferrado en sus entrañas que había hecho de él un simio prepotente, ladino, embustero y estafador. Todo lo quería, y todo lo conseguía. Mister Judicious sabía que era el más listo, pero también en el que menos se podía confiar.

El más noble de todos los consejeros era un mono huidizo, melancólico... Txomin Tximua, una rara avis en aquel grupo. Txomin Tximua era descendiente del famoso corsario Sir Red-Monkey, que en una de sus incursiones en tierra, arribó a la costa de los vascos y quedó prendado de una de aquellas aguerridas hembras, tanto que se la llevó a las Tierras Altas con la intención de crear un nuevo linaje, y de paso, sentar de una vez las posaderas y la cabeza. El gen euskaro permaneció vivo en todos sus descendientes, de ahí la nobleza, el amor por la tierra y la familia… Todos los Txomin Tximua que habían sido miembros del Monkey’s Team se habían caracterizado por esa melancolía, esa añoranza de  la tierra que se extendía más allá del océano y de la que provenían. Mister Judicious sabía que en este consejero sí se podía confiar, lo malo era que su interés por los asuntos de estado apenas alcanzaba para prestar su voto a las juiciosas disposiciones que les presentaba.

Así estaba el panorama cuando, en plena reunión, llegó un emisario con una nota. Era urgente. El presidente abrió el sobre. Leyó. Miró con calma a su alrededor. Bajó de su asiento, recogió sus papeles, hizo un ademán de reverencia y salió tranquilamente dando pequeños saltitos. No volvió la vista atrás. Los consejeros ni se percataron de su marcha.

Un grupo de revolucionarios había depuesto a Monkey King VII, el Príncipe Heredero y toda la familia real, estaba en paradero desconocido. El Consejo de Monos Sabios había sido disuelto. No quedaba más tarea por hacer, seguir allí carecía de sentido. Ahora solo quería vivir tranquilo en su casa, fumando su pipa y leyendo los periódicos atrasados que llegaban de las Colonias. Que cada cual velara por los suyos y lo suyo. Esta nueva etapa también pasaría, y los problemas no dejarían de ser los mismos, pero eso ya no era asunto que le interesara. Tal vez debiera buscar a Jeffrey y volver él también a sus orígenes…

Pintura: Walton Ford. Texto: Edurne (como siempre, sujeto a cambios y correcciones).


domingo, 4 de febrero de 2018

¿QUÉ CUENTAS ME REQUIERES, VIDA?


¿Qué cuentas me requieres,

vida?

Ya no tengo nada más que darte,

nada.

¿No te basta con saber que

eres la dueña de mi futuro incierto,

que te quedarás como única heredera

de mi saldo de sueños,

y que ya me robaste las ilusiones?

Deja que me quede lo poco

que aún conservo.

A ti no te sirve,

y para mí, 

es el aire que respiro.



Pintura: Antonio  Texto: Edurne

miércoles, 31 de enero de 2018

UN ENCUENTRO INTERESTELAR



Siempre me había considerado un poco diferente a los demás. Desde pequeño sentía las miradas burlonas de mis compañeros de clase, y las de indiferencia de los profesores. Incluso mi familia mostraba por mí un interés neutro, me hacía el caso justo y necesario, pero no más. Estoy convencido de que en el fondo no eran mala gente, simplemente que no sabían cómo reaccionar conmigo.

Solo tenía once años pero ya me sentía más mayor, todo el mundo en el que me movía, el que me rodeaba, era poco para mí, no había nada que me sorprendiera, que no supiera o intuyera. Era un niño, eso me repetían hasta la saciedad, así que, por prudencia no hablaba ni comentaba  nada de todo lo que sucedía en mi interior.

Mirarme en el espejo se había convertido en uno de mis pasatiempos favoritos, por no decir en el único. Poco a poco iba tomando conciencia, y consciencia, de lo que era, de quién era.

Llevaba años observando esos pequeños cambios en mi cuerpo. A simple vista, podríamos decir que no había nada extraño ni fuera de lugar en mi cuerpo, en mi cara… Pero, había algo. Algo imperceptible a los ojos de los demás, estaba claro, aunque no para mí.

Pocas personas pueden asegurar que tienen recuerdos de su infancia más temprana, y yo recuerdo perfectamente mi corta estancia en el útero de mi madre, esa laxitud agradable, constante y amniótica, interrumpida de forma brusca e imperiosa a las veintiocho semanas de mi concepción.

Nadie daba un duro por mí. Eso era lo que todos decían. Yo veía sus caras de preocupación, de disgusto, de incredulidad… Sin embargo, ellos no me veían a mí. No era posible que prosperara con tan pocas semanas, decían. Y no se daban cuenta de que yo entendía perfectamente sus palabras, todas y cada una de sus palabras. Sé que no se atrevían  a mirarme, hacerlo les producía una mezcla de miedo, pena y hasta de asco, diría yo.

Cuando salí de la incubadora, mi cuerpo había madurado un poco más, es cierto, pero solo un poco. Todavía era un pequeño ser casi traslúcido con un reguero de venillas que tapizaba mi piel sonrosada. Sabía que a mi madre le desagradaba tomarme en brazos para darme el pecho, por eso yo hice como que no lo quería, para evitarle a ella el mal trago.

Si lloraba por hambre, alguien me daba un biberón, si lloraba porque mis pañales ya no soportaban más carga, de nuevo alguien me cambiaba rápido y sin demasiados miramientos. Para  mi primer año de vida, yo ya me había percatado de todo, absolutamente de todo, y entonces fue cuando decidí empezar a "hablar". Ya era hora de presentarme.

Nada. Nadie era capaz de entenderme. Todos mis intentos por comunicarme con ellos resultaron fallidos. Algún código no estaba en su sitio, o una mala conexión… Me llevaron a mil y un especialistas de todo tipo, pero nadie sabía explicar lo que me ocurría, qué síndrome extraño era el que padecía, qué significaban esos ruidos, esos cantos monocordes que salían por mi boca…

Todo cambió durante un sueño. Como todas las noches, nada más cerrar los ojos, mi cuerpo, mi cerebro, se convertían en un enorme laboratorio de pruebas. Sentía cómo se ajustaba todo dentro de mí. Justo al despertar y con el primer balbuceo, comprendí que mis códigos de comunicación habían sido reparados. Ahora sí, ahora podía comunicarme como un bebé de veinte meses. Empezaba a parecer normal.

Después del alivio que supuso para mi familia el que todo se hubiera solucionado así, sin más, dejaron de hacerse preguntas y volvieron a sus vidas.

Los siguientes años transcurrieron entre la resignación y la neblina del olvido más o menos consciente y aceptada de mi  familia,  y la indiferencia de fondo del resto.

En realidad, me venía genial. No se preocupaban por lo que hacía, lo que pensaba, lo que quería o deseaba, ni por dónde estaba. Les bastaba con saber que me encontraba en el colegio o en algún lugar de la casa. Yo comprendía que ya tenían bastante estrés y agobio con mis hermanos, con todos los problemas cotidianos que plantea el tener hijos hoy en día, y por eso me mantenía al margen de casi todo.

Observaba, ese era mi trabajo, mi afición: observar. Lo observaba todo, lo absorbía todo, lo procesaba todo. Y nadie era consciente de ello. Como evitaban mirarme, tampoco eran conscientes de los cambios que se iban operando en mí.

Algo había crecido en mi interior, era como una pulsión que no sabía explicar. Creo que empecé a cometer alguna que otra pequeña estupidez, y todo el mundo lo achacó a la edad: estaba en la pubertad, los cambios hormonales, el metabolismo… ¡Qué sé yo la sarta de tonterías que dijeron! Solo yo sabía que no era nada de eso, era imposible, mis códigos eran lineales, no tenían altibajos de ningún tipo, ni emociones que no fueran las neutras. Aun así, algo estaba ocurriendo en mi interior.

Un día, nos llevaron de excursión al Museo de la Ciencia. Los profesores aprovechaban el temario para unirlo con el momento lúdico, y así matar dos pájaros de un tiro. A mí nunca me molestaba nada, accedía a todo lo que se proponía sin ninguna queja; además esos temas me interesaban. Y lo mejor de todo:  ¡había un Planetario!

Fue allí cuando sucedió todo. Estaba sentado en la última fila, no demasiado cerca, ni demasiado lejos del resto de mis compañeros, cuando sentí esa pulsión con más intensidad, tuve que sujetarme el pecho que se me agitaba como nunca lo había hecho.  Me ardía. La bóveda en la que se proyectaba el universo ejercía una fuerza a la que me era casi imposible no abandonarme.

De pronto, una mano se posó en mi hombro derecho, y una ráfaga de frío me sacudió de arriba abajo. Cuando mi cuerpo recuperó su temperatura normal, giré la cabeza y mis ojos  se encontraron con otros exactamente iguales. Era una niña igual que yo, igual de rubia, igual de blanca, casi translúcida… Nos miramos un rato. Comenzamos a hablar sin palabras, nos cogimos las manos y muy bajito, muy bajito, los cantos monocordes de nuestra infancia se extendieron por todo el universo.


Imagen: Internet. Texto: Edurne



jueves, 25 de enero de 2018

POEMAS DESDE EL TREN (I)




                                       LA CULPA LA TUVO EMILY

                  Esperanza es la cosa con plumas
                         Que se posa en el alma 
                         Y canta la melodía sin las palabras 
                         Y no cesa jamás.                                                                                                                                                                                    
                                                                         (Emily Dickinson)
                                                         

El otro día, Emily,
me habló desde el tren.

Cambió el tono de voz, 
cambió la ruta 
el latido de su corazón.

Emily llamó y
me recitó poemas.
Uno.
Luego otro.
Tres, 
cuatro, 
así hasta cinco o más...

Poemas pausados.
Poemas viajeros.
Poemas que miraban 
a través de las ventanas
empañadas de una tarde
fría de invierno.

¡Viajeros al tren!

La esperanza no se vende en ventanilla, 
decían, 
que viene embalada
desde más allá de la lejana China.

Y de que yo te siga queriendo, 
la culpa,
la tuvo Emily.







Imágenes: Internet Texto y foto: Edurne. "Emily" y yo sabemos de qué va esto... ;)




miércoles, 24 de enero de 2018

DOS por DOS


Dos por dos: cuatro.
Tú y nosotros: cuatro.

Tu mano sigue sujeta a la mía.
Fuerte.
Te fuiste dejando en ella todo tu amor.
Te dejé ir con todo el mío, aita.

¿Cómo medir el tiempo
de la pena,
de la ausencia?

Cuatro minutos, 
cuatro días, 
cuatro meses...
¡Cuatro años!

Aquí estamos.
Aquí sigues.

Foto: de la memoria familiar. Texto: Edurne. Hoy, 24 de enero, hace cuatro años que mi aita emprendió su camino hacia lo eterno. Su presencia nos acompaña cada minuto del día..



domingo, 31 de diciembre de 2017

LAS UVAS DE LA IRA (Sic.)



Hoy terminamos, se cierra el chiringuito y a esperar sentados a lo que vaya llegando.

Esa es una forma de enfrentarse a lo nuevo. Otra es ir a buscarlo. Soy más partidaria del segundo método que del primero.

Ayer les prometí que me asomaría de nuevo por aquí con las uvas, como todos los años. Bien, aquí las tienen ustedes. Hagamos las presentaciones: aquí unas uvas, aquí unos amigos.

Las uvas de la ira. Ya sé que la palabra ira suena muy airada, agresiva y altanera, pero, qué quieren que les diga, algo iracunda ya estoy yo. Rabiosa diría más bien. ¡No me digan que no es mala suerte terminar así el año, y entrar en el nuevo exactamente igual de arrugada! Porque sigo en el mismo plan, exactamente igual.

Me ha dado por pensar que lo mismo estoy en plena catarsis, limpieza de cuerpo y alma, ¡yo qué sé! El año no ha sido bueno. Hace tiempo que no sé de alegrías, aunque sean chiquitas, que me conformo con seguir avanzando día a día, y que no es poco, lo sé, pero…

Todavía estamos sufriendo los últimos coletazos de Bruno (si al menos hubiera sido Bruno Lomas…), y a los vientos ciclogénicos (¿o será ciclogenésicos explosivos?), le están sucediendo tres días de temperaturas más que benignas para esta época. Decididamente no es normal. Todo esto no es más que una manifestación de cómo es todo lo que nos rodea. Al buen entendedor, le sobran las palabras.

Ya comentaba estos días que esto del paso de un año a otro es algo más psicológico que otra cosa, puesto que después de las famosas campanadas, los atragantamientos con las uvas, risas, lloros, abrazos, besos, brindis, buenos deseos y demás… todo seguirá igual. Nos miraremos al espejo y ese granito en la mejilla seguirá igual de reventón, los kilos de más se mantendrán en sus trece; los niños del vecino seguirán dando la murga como cada noche, y tú tendrás que volver al trabajo para ganarte las lentejas…

Pero es como una ilusión infantil la que nos arrastra año tras año a la misma parodia. Yo suelo recordar mis navidades de la infancia, las de la adolescencia, incluso las juveniles. Ahora no es lo mismo, y en realidad, estoy deseando que acabe todo cuanto antes. Las razones son más que evidentes. Ahora que ya pertenezco por derecho propio al mundo de los adultos de verdad, soy totalmente consciente de lo que significa la vida.

Pero no vamos a languidecer más de lo necesario, de lo estrictamente necesario, así que alzo mi copa virtual por todos ustedes, por todos nosotros, por todos los demás, los parias de la Tierra, los que arriesgan sus precarias vidas en busca de una pequeña esperanza y a veces lo que encuentran es… ¡De sobra sabemos lo que encuentran, aunque miremos hacia otro lado!

¿Qué puedo pedir para el próximo año? Por pedir… Pero lo primero que voy a pedir es SALUD, porque con ella puedes enfrentarte a todo lo que te venga. Después voy a pedir AMOR, porque con el amor como abrigo, mantendremos calientes nuestros sueños y nuestras esperanzas; y por último voy a pedir también PAZ, porque sin ella, nada se puede construir, y porque nos la merecemos, merecemos vivir en un mundo en paz y próspero. ¿Tan difícil es?

Que la vida les sonría, ¡y ustedes a ella!

¡FELIZ AÑO NUEVO 2018! URTE BERRI ON 2018! FELIÇ ANY NOU 2018!


Texto, foto y manipulación: Edurne. Uvas: de la cocina de mi amatxu.


sábado, 30 de diciembre de 2017

¡ME HA MIRADO UN TUERTO!


Estoy convencida de que me ha mirado un tuerto. No sé si este mismo de la foto u otro con más mala leche...

Aguanté la semana pasada arrastrando el alma y las pestañas. Últimos días del trimestre: notas, charlas individuales con cada uno de mis pupilos, ánimos y arengas, discursos y chapas de maestra Ciruela, entrevistas con madres, claustros y reuniones de última hora; sustituciones a tutiplé, virus desmadrados que me perseguían por los pasillos y dentro del aula; amigo invisible, mensajitos y regalos; cantar Olentzero por el barrio, lunch de Navidad y última tarde en clase con merendola y discoteca incluído.

Lo de después ya se lo saben: recados, compras de última hora, ¿qué le regalo a X, qué a Y y qué a Z...? Una locura. ¡Y eso que en esta familia somos de un tranquilo!

Llega el domingo: pequeña quedada al mediodía y después, ancha es Castilla. 
El día de Navidad ya solo me levanté de la cama para comer algo.

Y desde entonces así estoy, que no vivo en mí, la fiebre me sube y me baja, el cuerpo no me responde, el estómago se me revuelve a la mínima, toso y me reviento, estornudo y me mareo... ¡Y encima ciática, para remate de los tomates!

¿Qué habré hecho yo para merecer esto? A ver si va a ser por suspender tanto (y eso que he regalado a manos llenas)... O sea, yo, portarme, me he portado más que bien, así que no lo entiendo.

Me he levantado para ver cómo me responden las piernas y el cuerpo un ratito así a lo loco por el pasillo y sentada en el sofá, pero me está pidiendo cama a gritos. Comeré, sin ganas, pero comeré y al sobre otra vez.

Mi última semana de vacaciones, la próxima, que siempre la paso en Madrid, la he tenido que anular, con eso les digo todo. El Foro tendrá que venir al Botxo.

Estas situaciones son muy normales entre los de mi gremio, estamos ahí, a tope, trabajando malos, y cuando ya estamos de vacaciones hacemos cataplaf y hala, la diversión asegurada. Menos mal que tenemos "muchas vacaciones", así los chavales no se quedan una semana sin sustitut@, nuestros compas no tienen que cargar con más de lo que ya llevan por tener que pasar cada hora que alguno libra por nuestra tutoría, los alumnos no se desmadran...

¡En fin! Paciencia, humor y ánimo, no queda otra.
Mañana me asomaré por aquí con las uvas, como todos los años. Ya les contaré cómo prospero.
Espero que ustedes se encuentren mejor que una servidora. Un abrazo.



Foto: Internet. El de la foto: Jack O'Neill, surfista tuerto y visionario. Dibujo: Internet. texto: Edurne

domingo, 24 de diciembre de 2017

NAVIDAD, NAVIDAD...


Navidad número 11 en esta Orilla. Las tradiciones, son las tradiciones, así que... 
¡Ya es Navidad en La Orilla! 

Lo sé, lo sé, sé que les ha venido a las mientes cierta cancioncilla publicitaria de ese gran almacén al que todos vamos, en mayor o menor medida, a gastarnos los cuartos, ya sea Navidad o no. Lo siento, sin quererlo les estoy haciendo el favor. ¡Borren, borren estas elucubraciones mías! Y echémonos unas risas juntos, que así es más fácil espantar a las penas, a los miedos, a las soledades...

Hoy ha amanecido espléndido el día, fresquito, pero soleado. Es domingo y se hace raro que ya sea Nochebuena. Los ciclos de la vida se repiten una y otra vez, lo que cambia es nuestra percepción del hecho festivo. Evidente. Los años, las experiencias, las alegrías o las penas, pérdidas, cansancios varios, incredulidades, varias también, decepciones... Pero todavía queda un poquito de esperanza por ahí, ¡cómo no! Nos agarraremos a lo bueno que tenemos, que, aunque nos parezca que es poco... les aseguro que es mucho más que nada.

Nuestra tradición nos lleva a juntarnos alrededor de una mesa, a comer, a beber, a reír... Quiero pensar que hay algo más. Algo más que no necesariamente ha de darse solo en Navidad. Recojamos pues esos flecos que se nos quedaron enredados entre olvidos y malentendidos, perezas y enfados de niño chico...

Yo les dejo hoy mi cariño y agradecimiento por tantos años de acompañamiento, y mis mejores deseos de PAZ, de AMOR, de SALUD y TRANQUILIDAD.
¡Que sean ustedes felices, que amen y sean amados, y respetados no únicamente por lo que son, sino por cómo son!

¡Un gran abrazo!

¡FELIZ NAVIDAD! EGUBERRI ON! BON NADAL!

* Mientras escribía estas líneas sonaba mi móvil. Era mi vasca-venezolana-catalana preferida, mi amiga Mirentxu. No he podido atenderla, lo haré dentro de un rato, porque ahora también he quedado con mi amiga Anparitxu... Y en uno de estos días también espero quedar con mis otros grandes amigos, Joseba y Marga.

Foto: Aitor. Texto: Edurne

miércoles, 20 de diciembre de 2017

LA RÍA Y YO



Tenía los ojos risueños, y verdes, como la esperanza ésa que te venden cuando eres un poco más mayor. Lo veía todo hermoso, a pesar de la lluvia gris y con olor a un mar de hierro que amenazaba con tragarse las orillas de mi infancia.

Todo estaba en orden en aquel rincón entre Marzana y el Conde Mirasol, frente a la Ribera y el Mercado, allí donde la Ría se hacía mi amiga y me contaba historias de piratas de tres al cuarto, de mujeres de plástico que se rompían al caminar con aquellos tacones hechos de humo y desengaño tras desengaño.

Aquel rinconcito por el que un día bajaba el viejo armario de cualquier bisabuela, herencia olvidada, guardián de cuántas historias que habitarían para siempre en los lodos de la Ría, gargantúa insaciable.

Por la parte de La Plaza, besugos descabezados, vísceras de congrio y merluza, raspas de anchoítas de plata, escamas de dorada, cariocas con la boca abierta del susto, y  chorongos, qué risa y qué asco,  aderezando la mezcla que la marea subía y bajaba a su antojo. Y ese murmullo de voces constante. Y ese olor tan especial, ese Chanel nº 5 exclusivo del Mercado de la Ribera.

Por Marzana, la fábrica de hielo de La Merced, cerca de la iglesia, hoy santuario del rock, donde jugábamos los niños con las barras de hielo que nos encargaban y que casi nunca llegaban a casa enteras.

La Ría nos invitaba a mirar en su interior, exhibicionista, corruptora de miradas infantiles. Un tronco asomando en forma de extremidad fantasmagórica o un sillón desvencijado flotando lento, como un bailarín artrítico, hacían las delicias de nuestras horas perdidas, cuando el pan con chocolate Chobil era el mejor de los manjares, la merienda ideal para bajar hasta la Ría, a mirar, decíamos.

Cruzar el puente. Volverlo a cruzar. La vida en un lado. La vida en el otro. Y la Ría, Ría sucia, lenta, espesa, nuestra…

Color chocolate, chocolate espeso, como el de la merienda que nos preparaba amama cuando llovía y no podíamos bajar a mirar. ¿Cómo estaría hoy, alta, baja, brava, calma…?

¿Qué habría bajo sus aguas? Hoy puedo imaginar miles de misterios en sus fondos. Dicen que todavía hay muertos, ahogados, que han pasado a formar parte de ese submundo de la Ría. Yo solo veía gaviotas carroñeras hurgando del lado de La Plaza, atentas al menú del día, chillando…

Y nosotros allí, día tras día, vigías sin sueldo, controlando todo lo que la Ría traía desde La Peña hasta Santurce,  a ritmo de bilbaínada y de una a otra orilla. Podía pasar las horas muertas mirando a un lado y otro del puente del Conde Mirasol.

La vista me alcanzaba justo hasta el Punte de San Antón por mi derecha, y hasta la curva por donde quería asomar el Arriaga por la izquierda, con la estación de Santander. ¿Cuántos metros de infancia me alcanzan? Unos pocos, sí, pero kilómetros de recuerdos, de olores, de color, de ruido, de sentimientos…

Foto: Internet. Texto: Edurne




sábado, 16 de diciembre de 2017

HISTORIAS DE PARÍS (2) (2º Replay)




Violet et son petit chat Faustino.

Esta es la historia de la pequeña Violet, de su gato Faustino y del chocolate...

"El chocolate hace que olvide todas mis preocupaciones", decía Violet. Y por eso había decidido alimentarse única y exclusivamente de chocolate.

Desayunaba con chocolate; para comer, potaje de chocolate y laminillas de chocolate a la salsa del mismo, pero con menos intensidad... De merienda chocolate a la taza y para cenar un delicioso mousse del chocolate más negro.

Faustino se había aficionado a la misma dieta chocolatera de su dueña. ¡Y los dos eran felices! Aquí no vale decir lo de "fueron felices y comieron perdices..."

Violet compraba el chocolate en la petite chocolaterie del barrio, un barrio tranquilo a las faldas de Montmartre. 

Monsieur Mignon le preparaba sus encargos con un mimo especial. Violet era una niña encantadora, dulce, amable... Sería por el chocolate, pensaba él, además la fama de su chocolaterie, gracias a Violet, se iba haciendo cada vez mayor.

Todo el mundo quería saber el secreto de la felicidad de Violet y de la tranquilidad de su gatito Faustino. No había secreto alguno, la respuesta estaba en el chocolate de Monsieur Mignon. Así es que el negocio del buen hombre pronto empezó a llenarse de gente venida de todas partes en busca de su famoso chocolate.

El viejo Mignon no daba abasto, estaba desbordado. En el pequeño obrador situado en la trastienda de la chocolaterie, tan sólo trabajaban Madame Mignon y él, y ya eran mayores... Además trabajaban como antaño, con las viejas recetas de sus abuelos, artesanalmente y con mucho cariño, sobre todo eso, mucho cariño.

Visto el ejemplo de Violet y Faustino, todo el mundo quería olvidar "ses tracas", sus preocupaciones; y allí acudían políticos de renombre, artistas famosos, amas de casa abrumadas por sus responsabilidades, escolares desbordados de tanta actividad... Todo el mundo necesitaba del chocolat de los Mignon.

Así es que Monsieur et Madame Mignon decidieron "emplear" a Violet y sus amigos, sólo ellos podrían ayudarles en la dulce tarea de elaborar chocolate para tantísimas personas preocupadas. ¡Y Violet y Faustino pasaron a ser la imagen de la felicité et le chocolat!

Como ahora el chocolate era más concentrado, tan sólo se necesitaba una onza diaria para sentir los efectos benefactores de tan delicioso alimento, el alimento de los dioses, dicen...

Si pasan por París, no dejen de buscar a la petite Violet y a su gato Faustino... ellos les guiarán hasta la chocolaterie del viejo Mignon.

Et bon appetit mes amis!


Postal: parisina Texto: Edurne . 

Historia escrita y publicada por primera vez hace diez años y un día, y recuperada en el 2012 otra vez. Disculpen que sea pesada y vuelva a sacarla. Hace diez años que estuve por última vez en París, allí cumplí mis 48 ¡y no dejó de llover ni un solo día de los cinco que pasamos en la "ciudad de la luz"!  Nostálgica que se pone una...

jueves, 7 de diciembre de 2017

SIGO CUMPLIENDO



Sigo cumpliendo, sí, ¡y menos mal! Ya he cerrado mi año 58, así que en menos que canta un gallo, me planto en los sesenta, ¡en mi jubilación!

En fin, que no ando yo muy pródiga en apariciones blogueras ni producciones pseudoliterarias—evidente—, pero como siempre he celebrado mi cumpleaños y mi cumpleblog por estas ondas, compartiendo con todos ustedes… Aquí estoy, formalita, proclamando a los cuatro vientos que ¡HOY CUMPLO, OIGAN!

Y nada, que no les voy a dar ninguna lata, solamente agradecerles sus visitas y sus ánimos, entre bambalinas, o sea, en  silencio, o de “cuerpo” presente.

¡Muchas gracias! Mila esker! Moltes gràcies!

Mil gracias por estar y seguir ahí, al otro lado.
Siempre que llueve escampa, dicen…

¡Un abrazo enorme!