martes, 1 de junio de 2010

MATÍAS





“OJOS QUE NO VEN, CORAZÓN QUE NO SIENTE”

Hoy cumple sesenta años. Se llama Matías por el abuelo paterno y porque además, según todos, había salido a él: delgado como un junco, pequeño, ágil, vivaracho y observador. Su abuela siempre había visto en él un nosequé, y como si de una profecía se tratase, pregonaba a los cuatro vientos que la vida le deparaba algo especial.
Matías cumple hoy sesenta años, y veinte, su ojo. Lleva casi toda una vida con él, con ese ojo de cristal que ya forma parte de su cuerpo, de su rostro, de su mirada. Veinte años viendo lo que otros no ven, como si fuese la bola transparente de una pitonisa… Al principio, todos le miraban con cierto temor, como si quisieran huir de esa mirada inmóvil y fría, pero luego se fueron acostumbrando y se olvidaron de su presencia. A él mismo le costó mucho tiempo aceptarlo, pero veinte años juntos le han ayudado a no sentirlo extraño. Hasta piensa que desde que su tardío ojo pasó a formar parte de su fisonomía, su vida ha llegado a ser lo que es, y le ha permitido ver el mundo desde un balcón privilegiado. ¡Lo que no habrá visto ese ojo!

Se crió el niño Matías con el cariño de toda la familia. Era el último de seis hijos y el único varón. El padre, delicado del pecho, siempre fue un padre en la ausencia que además murió cuando él tenía ocho años. Afortunadamente, le quedaba el abuelo Matías, con quien no sólo compartía nombre, también aficiones, juegos, travesuras y capacidad para ver y mirar lo que nadie mira ni ve. Con el abuelo aprendió a descubrir el misterio de las pequeñas cosas, a diferenciar los olores, las formas de los objetos, a comprender el porqué de los actos humanos, a observar…
Por desgracia no pudo disfrutar mucho tiempo de su presencia. Contaba Matías catorce años cuando el abuelo murió, y entonces la madre y la abuela decidieron mandarlo a la ciudad con el tío Berto, el hermano del padre, que trabajaba en una de las fábricas de coches que habían proliferado tanto en los últimos tiempos. El tío Berto le consiguió un trabajo de aprendiz, y así fue como se abrió ante él la puerta a una nueva vida, a otras oportunidades a las que, viviendo en un pueblo, jamás hubiera accedido. Además, como ya decía su abuela, Matías era listo, “las venía venir” y llegaría lejos; y si no, para muestra un botón: aquella vez en que alertó al pueblo acerca del falso abogado que, supuestamente, iba a solucionar todos los problemas administrativos de los pequeños propietarios de tierras; él sólo era un chico de catorce años pero su intuición no le falló, aquel hombre tenía algo que no terminaba de convencerle, ¡y así fue!

Pero Matías, además de buen ojo también tenía buena mano y enseguida consiguió pasar de una a otra cadena de montaje, hasta que se fijaron en él y lo pasaron al Departamento de Mecánica. Allí aprendió y aprendió… Lo suyo era observar una sola vez cómo se hacían las cosas y ya estaba, las aprendía para siempre. ¡Hasta aquel maldito día! Veintiséis años en la fábrica, una pieza que salta y va a dar a su ojo. ¡Adiós ojo, adiós trabajo, adiós futuro! Lo único que consiguió fue una exigua paga de minusvalía y buenos augurios.
Matías perdió un ojo, y el otro, seguro que de rabia, también se le nubló. Por fin, fue aceptando al intruso y la nube del bueno se disipó; fue entonces cuando Bertito, su primo, le habló de la portería del número 24 de la Calle Mayor.

Desde entonces, aquí están él y su ojo. Ya casi veinte años barriendo y fregando escaleras, abrillantando con Sidol picaportes, manillas, aldabas y demás latones. Veinte años abriendo y cerrando puertas, recogiendo correos, sacando basuras al anochecer, saludando y sonriendo: buenos días, don Andrés; deje que le ayude, doña Alicia. Veinte años mintiendo a favor del buen nombre de alguien y hasta en no pocas ocasiones se ha mostrado diestro en solucionar a más de uno y de dos, entuertos, misterios y asuntos raros.

Con un solo ojo, atalaya de una vida aparentemente insulsa, ha visto de todo: un mundo pequeño, un microcosmos donde caben todas las miserias, todos los dolores, las alegrías… Nada se escapa a su control. Qué se le va a escabullir, si su abuelo le enseñó muy bien a mirar, a ver, a comprender.
No importa que la hija de los del cuarto disimule su tristeza, ni el del primero, su mal de amores; de nada vale que la viuda del principal intente sonreír porque Matías intuye y ve sus ojeras, los restos de lágrimas, las noches en blanco, las manos temblorosas. Es capaz de ver más allá de los simples sentimientos, del sutil dolor o la plena alegría. Con su ojo sano puede adentrarse en las profundas simas de la verdadera esencia del ser humano, puede acompañar al que ha perdido un ser amado, comprender las causas de una traición, la inmensa alegría que puede sentir una madre con el nacimiento de un hijo, la sorpresa de otros al serles reveladas razones que hasta entonces ignoraban…

Recuerda las enseñanzas de su abuelo, esa filosofía de la vida que no se estudia en ninguna universidad. Tenía razón el abuelo: cuando se quiere ver, no hacen falta ojos, sólo querer comprender. Y para eso basta con acercarse al mundo sin ataduras, libre, sin nada que enturbie el entendimiento de lo más simple, de la vida misma. Aunque sea a través de un globo de cristal.






Imagen: Internet Texto: Edurne

13 comentarios:

Cecy dijo...

Que grande Matias, un sabio de la vida.
Un privilegiado de poder ver lo importante.

Me encanto!!!

Besos Orillera de mi alma.

Luna Azul dijo...

Buenísima enseñanza la del abuelo y magnífico alumno.
Un abrazo Edurne

Fernando dijo...

Tiene razón Matías, hay muchas cosas que para verlas sólo hace falta querer ver.
Bonito relato.

Muxus

Edurne dijo...

CECY:
Pues sí, esas personas sencillas son las más sabias la mayoría de las veces.

Besitos, guapa!

LUNA AZUL:
Es que haber conocido y disfrutado de los abuelos es un privilegio (yo he sido una gran privilegiada también)!

Muxus!

FERNANDO:
Querer es poder, que dicen, pues ya se sabe que no hay mayor ciego que el que no quiere ver...
Vaya, me dio la noche refranera! Jejejeje!

Muxutxus!

Steki dijo...

Como decía el Principito: "lo esencial es invisible a los ojos" y Matías pudo ver más allá de sus ojos.
Qué linda historia, Edurne.
Mis felicitaciones a Matías!
Molts petons.
STEKI.

Miguel Baquero dijo...

Un homenaje sencillo y humano, o lo que es lo mismo: un homenaje excelente. Me encanta esa gente que no se viene abajo y sigue hacia adelante y no se para en un cuneta a roer su negra suerte, creo que son las personas para las que está hecho el mundo

Edurne dijo...

STEKI:
Qué pena que sean tan pocos los que sepan ver lo esencial!

Besitos!

MIGUEL:
Gracias por lo que me toca!

hay personas que pasan casi desapercibidas por la vida y resulta que tienen una vida de lo más rica en experiencias, en sabiduría...!

saluditos!

piensaenbrooklyn dijo...

Matías.
Que personaje.
CIAO

Landahlauts dijo...

Hay quien tiene los dos ojos y ve menos que Matías con uno.

Muxus.

Una ET en Euskadi dijo...

Edurne: ¡qué bien lo contás! ¿Es verdad la historia? A mí me da pena que un niño tan espabilado termine en una portería, por más digno que sea ese trabajo: quizás si le hubiera tocado vivir en otro tiempo, en otro lugar, otro gallo cantaría...
Ah! Fekliz cumple a Matías y decile, de mi parte, que se lo ve muy guapo

Edurne dijo...

PIENSAENBROOKLYN:
Gracias por tu visita!

Un abrazo!

LANDA:
Los ojos, sean dos, sea uno... hay hasta quien tiene tres ojos!
;)
Los ojos, dicen, son el espejo del alma... vaya usted a saber!

Muxus!

BIBI:
A Matías me lo inventé yo una tarde, y el Matías de la foto, ni idea de quién es (lo mismo aparece de verdad y me dice que a ver qué carajo hace su foto colgada en un blog orillero!)

Besitos!

♥♥♥ M @ r Y ♥♥♥ dijo...

Que tierno...¡ Hermoso homenaje.Besos.

Edurne dijo...

MARY:
Cuánto tiempo!
Muchas gracias por la visita.

Besitos!