lunes, 13 de julio de 2009

EN LA FRONTERA (II) "La caricia de la muerte"




Fue el roce, el leve roce de aquellas manos lo que desató la desgracia de Martín. Sólo fue un instante, o eso creyó él, un minuto, dos, acaso…

Hacía calor y en ese impasse de espera entre la última clase de la mañana y la comida, había decidido pasarse por la biblioteca. No tenía hambre, así que ya picaría algo antes de las tres, hora de volver al aula.

Hoy no había demasiada gente. El ambiente era bueno, tranquilo, así que no tuvo ningún problema en encontrar lo que quería, ni tampoco una de aquellas mesas tan solicitadas en las bibliotecas, había sitio de sobra, no como otras veces, sobre todo en época de exámenes.

Martín era profesor adjunto del departamento de Arqueología de la Universidad. Hacía cuatro años que había terminado la carrera, y desde entonces, allí estaba, en donde más le gustaba: entre huesos, fósiles varios y mandíbulas de Australopithecus…

Tenía que preparar una introducción a una clase práctica sobre técnicas de trabajo con útiles del Magdaleniense, en lo que él era un verdadero experto, y escogió ese día, ese momento, para hacerlo. Cuando de trabajo se trataba, no existía el tiempo para él, las vértebras de algún viejo mamut despistado siempre le esperaban en algún sitio para ser analizadas…

Ensimismado como estaba en sus pensamientos, no se dio cuenta de que alguien le estaba preguntando. Para cuando Martín volvió a la realidad, una joven estudiante esperaba paciente, y con una leve sonrisa le indicó algo con la mano, algo que él no comprendió.

Y fue entonces, en ese preciso instante, cuando esas manos le rozaron.

Sólo se oía el leve y monótono paso de las hojas, y en la lejanía algún ruido de pasos, pasos que deambulaban por la biblioteca. Reparó en los demás rostros. Eran caras grises, cetrinas, tristes, secas, mudas, como sin vida.
Y las manos frías de aquella chica que le habían rozado…

Parecía que todo hubiera cambiado de espacio, como si él mismo hubiera sido tocado por la muerte… El tiempo se congeló dentro de aquel lugar. Cuando pudo tomar conciencia de lo ocurrido, su entorno era otro.

Martín se encontraba en su despacho, frente al ordenador, rodeado de apuntes, libros, esquemas y alguna que otra pieza de las que los ignorantes daban en llamar “piedras”. Se estremeció, un escalofrío recorrió su cuerpo sin apenas darle tiempo a reaccionar.

Era tarde, demasiado tarde. No recordaba cuánto tiempo llevaba allí. Sí recordaba haber estado en la biblioteca al mediodía, recordaba la suerte que había tenido al encontrar una buena mesa para poder extender libros, apuntes… y también recordaba el roce de aquellas manos, ¡las manos de la muerte!

Pero no, él no creía en esas tonterías; la chica tenía las manos frías, sólo era eso, y cuando rozó la suya no lo hizo con intención de asustarlo, ¡si hasta le sonrió!
Y sin embargo esas manos le rodeaban, sí, ahora mismo esas manos le tocaban, le sujetaban… estaba a punto de caer al suelo del miedo que sentía, que le invadía completamente.

Cerró el libro que tenía abierto: “Tratado de Paleontología II”, se mesó los cabellos, echó hacia atrás la cabeza y suspiró. Al levantarse de la silla un leve chirrido le sobresaltó.

Se acercó hasta la puerta que estaba entreabierta. Salió al pasillo y miró en ambos sentidos. Nada, todo estaba en calma, tan sólo las luces de emergencia y una rayita de luz debajo de la puerta del profesor Martínez, al fondo del corredor…

Se adelantó hasta el pasillo de las aulas. Las luces estaban encendidas pero no parecía haber nadie. Y al volver hacia su despacho, ¡allí estaba ella de nuevo! Sentada en un banco, con la mirada ausente pero con una sonrisa en los labios.

Sintió un frío glacial. La muchacha parecía hacerle un gesto con las manos, aquellas manos trémulas que se agitaban ante su confundida presencia. Casi le tocaban, casi le rozaban. No entendía lo que le preguntaba, hacia dónde señalaban…

La miró a los ojos, y en esa profundidad sin fin, se perdió Martín. Se perdió con el frío como único abrigo. Estaba solo. No había rastro de la chica. Volvió a su despacho, el camino se le hizo eterno, el pasillo no tenía fin… y esas manos que le indicaban.

Llegó. La luz había cambiado. Las manos le asieron con firmeza y le llevaron hasta su mesa de trabajo. En la pantalla del ordenador, la chica le sonreía, le indicaba que mirara… El tratado de Paleontología II estaba abierto. Las manos pasaron las páginas: “Útiles muebles y domésticos en el Magdaleniense Superior: bastones de mando, agujas, arpones…”

A la mañana siguiente, Lucía Revuelta, la jefa de su Departamento acudió a la Universidad algo más pronto de lo habitual. De camino a su despacho vio la luz que salía bajo la puerta del de Martín. Se acercó. Sintió frío. Empujó la puerta mientras le llamaba…

Fue ella quien encontró el cadáver. Martín estaba sentado en su silla, con una mano en el ratón del ordenador. En la pantalla una recreación de la vida en el Magdaleniense Superior: un grupo humano mostrando diversos útiles y técnicas de trabajo. Una muchacha que parecía sonreír, sostenía un pequeño arpón con sus manos…

La cabeza de Martín reposaba encima del Tratado de Paleontología II, justo sobre una ilustración de diferentes tipos de arpones. Y en el corazón de Martín, clavado, un ejemplar único de arpón magdaleniense, tallado en asta de cérvido y con incrustaciones que denotaban el alto estado de perfección alcanzado por el Homo Sapiens Sapiens…


Foto y Texto: Edurne

13 comentarios:

miralunas dijo...

..............
me ha dejado helada ese relato!
qué bien escribes, Edurne querida!
qué bien lo haces!....ese arpón...mmmmmm...me ha helado los dedos!

MiLaGroS dijo...

Edurne. Que relato más genial. Te tiene en vilo hasta el final. Es estupendo. un beso. milagros

Cecy dijo...

Orillera, me encanta este relato, aunque me ha dejado heladita.

Muy bueno.

Besotes polares que te alivien el calor.

betty dijo...

he leído este texto con un ojo tapado (como hago con las películas de terror, que las quiero mirar pero no del todo jajaja)me mata el suspenso!
y lo del arpón...que impresión!

Edurne dijo...

MIRALUNAS:
Esque las manos de la chica estaban.... heladas!
Gracias por tus halagaso, y celebro que te haya gustado!
Besitos!

MILAGROS:
A mí también me daba un poco de miedo mientras lo escribía, jejejeje!
Gracias a ti igualmente.
besitos!

Edurne dijo...

CECY:
Bueno, que tú no necesitas más frío...!
La próxima entrega será más cálida, lo prometo!
Besotes!

BETTY:
Sabes' Yo hago igual que tú, me escondo y no me escondo, pero siempre me muero de miedo!
Encantada de que te haya gustado!
Besotes orilleros!

Una ET en Euskadi dijo...

¡¡¿¿TE ME HAS VUELTO EDGARD ALLAN POELEANA??¿GORE CON ALGO DE NOVELISTA NEGRA? ¡Qué bueno! Es el primer relato que leo tuyo, en este estilo.
En un primer momento me hizo acordar a la peli "Una mente maravillosa" pené que el tío también era ezquisoide
péro no, la fantasía era toda tuya, no del profe
Me encantó

Edurne dijo...

BIBI:
Ya quisiera yo escribir como el amigo Edgardo, ya!
Nada, que me ha dado la vena del suspense...
Lo de los esquizoides me da más yuyu que esto, así que... veremos por dónde tiro la próxima!
hala, muxutxuak!

Juan de la Cruz Olariaga dijo...

Que buena narrativa tenès mi querida orillera, estos relatos me atrapan hasta el final, y a mi para tenerme mas de un minuto en la silla sin pestañear es todo un logro. Suspenso, sorpresa...lindo, lindo de verdad. Un beso mi querida amiga.

Edurne dijo...

JUAN:
Buenooo, si te estuvíste más de un minuto sentado, sinpestañear... ya me doy por satisfecha! Jejejeje!
Gracias por chapotear tan de seguido, y por tus palabras!
Besitos espumosos!

Fermín Gámez dijo...

El texto es genial, vaya suspense. Lo bueno que tiene esa caricia es que es completamente democrática y que jamás ha incumplido su trato con los seres humanos, sean del oficio, rango, estirpe o categoría que sea, desde los tiempos de nuestros ancestros.

Edurne dijo...

FERMÍN:
Mira que me he parado a pensar en tus palabras, en la categoría "democrática" de esta caricia...

Tienes toda la razón, ahí sí que no valen prevendas, recomendaciones ni cohechos...

Muchas gracias por tus palabras, las de halago y las aclaratorias.
Un abrazo!

sinver dijo...

Hola orillera. Vuelvo por aqui con nocturnidad llanense y alevosía. Veo que me he parado en un par de relatos de suspense. Este muy negro, con la vieja dama dando guerra,... veo que a cambiado la guadaña por el arpón y las magdalenas. :-)