domingo, 16 de enero de 2011

MÁS CORNÁS DA EL HAMBRE (Replay)


Martín Serrano, “Martinete”, tomó la alternativa en plena feria de San Isidro, un 15 de mayo, día del santo patrón. Había luchado mucho para llegar hasta allí, para estar en esa plaza de Las Ventas y ser introducido en el Parnaso de los toreros, en el templo de la sacrosanta Fiesta Nacional. Y había peleado para que fuera de la mano de su admirado “Pepín de Ronda”, sin lugar a dudas, el maestro de toda una generación de jóvenes matadores como él.
Aquella tarde, jueves, lucía un sol espléndido, orondo y bonachón. El cielo, raso, libre y azul, sonreía desde su púlpito y mandaba su enhorabuena.“¡Más cornás da el hambre!”. Esa frase era como un catecismo aprendido a fuerza de eso precisamente, del hambre. De donde él venía, conservaba consigo una maleta llena de estrecheces, de fantasmas, de miedos y sobre todo, de hambre, hambre de todo tipo.

Miró al cielo desde la amplia ventana del quinto piso del Hotel Puerta de Toledo. Le pareció que alguien le sonreía desde allá arriba. Serafín le ajustó la torera y de paso, el tiempo.
- ¡Andando, maestro, que ya es la hora!
Y como un padre, lo acogió en su pecho con un fuerte abrazo. Martín suspiró hondo y lanzó una mirada hacia el pequeño altarcito dispuesto sobre la cómoda: velas, imágenes de la Vírgen de la Paloma, de Sta. Bárbara y de ese San José, que como su propio padre fue un hombre resignado a los mandatos de la vida.

Madrid vestía de gala, y en aquel año que corría, 1973, la Fiesta se vivía no sólo como un orgullo, un derroche de virilidad y espíritu nacional, sino también como una huída. Una huída hacia adelante, sin retorno ni posibilidad de marcha atrás.

Martín era un hombre hecho a sí mismo, y que a pesar de sus escasos años, ya había caminado por las oscuras sendas de la desesperanza. Pero aquella tarde, el mundo le sonreía. Todos esperaban lo mejor de él, no les podía defraudar.
Vestía de oro y grana, y con ese cuerpo prodigioso, su imagen reflejada en el espejo de la habitación, era como la réplica del mismísimo Apolo que hubiera bajado del Olimpo de los dioses a mezclarse con los mortales, en una tarde de sangre y arena…

El hall del hotel estaba repleto de periodistas y curiosos. Martín Serrano, “Martinete”, había suscitado gran interés no sólo entre el público y entendidos en la Tauromaquia, sino también en la sociedad en general. El caso “Martinete” era singular: su propia vida, la forma en que llegó al mundo del toro, su originalidad e innovación en el arte de Cúchares, la valentía y arrojo que había demostrado en su corta pero fecunda experiencia como novillero… Todo eso hizo que despertara la simpatía y admiración de todo el mundo, y que su salto a la categoría de los elegidos hubiera sido tan rápido y sorprendente. No había un solo rincón en toda la piel de toro donde no se hubiera oído su nombre alguna vez, donde no se hubiera hablado de él. “Martinete” era, representaba, al “héroe nacional”, aglutinaba en él todas las virtudes de una persona “como Dios manda”. Era el hijo que toda madre quisiera tener, el novio que toda chica soñaría como marido, el amigo noble y leal que cualquiera desearía. ¡No, no podía defraudar a todo un país!

Trató de esquivar a toda esa muchedumbre, de escabullirse a sus miradas… y como si fueran un único toro, los fue dejando atrás con todo tipo de suertes: “de costadillo”, “recortes”, “cordobitas”, “naturales”… Sólo le faltaba entrar a matar. Y para cuando sus pensamientos quisieron volverse negros como el tizón, viscosos y espesos como el petróleo, Serafín ya le había empujado dentro del coche que enfilaba derecho hacia Las Ventas.

La negra montera reposaba sobre sus rodillas, como el pasado que dormía en su interior y que empujaba por salir; la sujetó y miró por la ventanilla. La primavera estaba en su clímax, los árboles lucían su vestido renovado y le saludaban con fresca sonrisa. Serafín se percató de que algo sucedía y puso su mano sobre la de Martín.
- Tranquilo maestro, que todo va a salir bien.
Veía los pitones de aquellos Miuras que iba a torear embistiéndole sin piedad, una y otra vez… pero no eran los toros, eran sus penas, eran sus miedos, era su conciencia. No quería sentirse así y trató de disimular su arcada, el asco, el vacío en su cabeza, la nube en sus ojos… no quiso. No quiso, y pudo.

Llegaron a la Plaza, y el murmullo, el jolgorio de la calle estalló en su cerebro como una potente bomba. Dejó a un lado sus tribulaciones, con un hondo suspiro volvió su mirada hacia Serafín, y le dedicó una amplia pero triste sonrisa. Entró en la plaza protegido por los suyos, entre un escudo de capotes y monteras, con los aplausos de la muchedumbre arremolinada en las entradas.

El presidente de la plaza salió a recibirle. Le estrechó la mano, una mano grande, caliente y algo pegajosa; y con un leve empujoncito lo introdujo en la enfermería (qué comienzo, pensó). Allí estaba el cirujano de la plaza, Don Francisco Soto, una auténtica institución. Le dio un abrazo mientras sostenía un flamante Montecristo en su mano izquierda.
-Tranquilo muchacho, no hay de qué preocuparse, si ocurriera algo, estás en buenas manos.
Martín se estremeció, aunque le obsequió con una forzada carcajada.
- ¡Vaya cosas que tiene usted, don Paco!
Rieron.

Y allá, en el fondo, sentado en una silla, estaba José Sánchez, “Pepín de Ronda”, serio, enjuto, con los ojos bajos. Se puso en pie y caminó unos pasos hasta poder enfrentar su mirada con la de Martín, dejando al descubierto una gran cicatriz que cruzaba su mejilla derecha de norte a sur. Martín sintió cómo la emoción le cerraba la garganta y se apoderaba de su voz. El “Maestro” le sujetó por los hombros, esbozó una leve sonrisa y lo abrazó con una mezcla de rabia y desgarro.
- ¡Ánimo, maestro, que hoy saldrá usted a hombros y por la puerta grande!
Las lágrimas quedaron ahí, a punto de romper en diluvio. Fueron juntos a rezar y Don Julián, el capellán de Las Ventas, los bendijo con parabienes y mucha prisa.

Serafín y la cuadrilla estaban esperando en el callejón: El Toto, Juan, Sito y Manuel. Los capotes desplegados, haciendo pases ante toros imaginarios, citando con las banderillas a esos fantasmas que les esperaban en el coso de rubia arena. La música rompió el pesado silencio de sus pensamientos. Los alguaciles en sus caballos, vestidos con las galas propias, y detrás ellos, los protagonistas, el cartel completo: Armando Ríos, “El Rubio”, y sus hombres; José Sánchez, “Pepín de Ronda”, con su cuadrilla, y él, Martín Serrano, “Martinete”, con los suyos, dispuesto para su tarde de gloria.

Miuras. Los que esperaban en los toriles eran, ni más ni menos, que unos bravos y bellos ejemplares de la ganadería de Miura, los mejores, los más bravos, los más peligrosos. Al son de un pasodoble se abrieron los portones y la comitiva taurina irrumpió en la Plaza, cegada por el potente sol y con la bendición del Santo.

De aquella tarde ya no recuerda más, no quiere recordar más. Ahí termina esa parte de su vida, el punto de partida y el final de la historia. Nadie dijo cómo empezaría, ni cómo sería el final. Todas las conciencias del mundo se levantaron en armas en su interior. Todos los miedos y las mentiras. Y ahí es donde decidió poner punto y final a todo.

Desplegó su capote, obsequió con una “verónica” al público arrebatado que se lo comía con su entusiasmo, echó a volar el rojo reclamo y a la vez, giró con arte sobre sí mismo. Saludó al respetable. Y haciendo un profundo hoyo de rabia encendida en el coso de su vergüenza, con esas manoletinas que estaban destinadas a pisar orgullosas todas las arenas de España y Latinoamérica… salió por uno de los burladeros justo debajo de los tendidos de sol. Eran las seis y media de la tarde, la tarde de su ignominia. Acababa de deshonrarse y de ofender a todos aquellos que habían creído en él, que le habían apoyado y aupado hasta llegar allí. Pero ya era suficiente, ya había pagado con creces esa ayuda. Ahora había llegado su turno, ahora escupía su asco y su miedo a la Fiesta, lo escupía ahí, en esa arena que le reclamaba bravía.

Habían pasado los años. Su acto, cobarde para unos, valiente para otros, no pasó desapercibido, y no hubo mentidero en el que no se hablara de ello. Sí, habían pasado los años, y Martín Serrano rehizo su vida. Lejos, tuvo que marchar lejos, pero eso no le importó, nada le ataba, su deuda estaba saldada. “Martinete” quedó enterrado para siempre, allí, en el coso de los grandes, cubierto de sudor, de lágrimas, de vítores, de pitadas y sobre todo, de rabia, de mucha rabia.

Martín Serrano levanta los ojos del papel y mira por la ventana de su pequeña casa en Australia, la vista se pierde en el infinito. Pequeños puntos blancos que se mueven con tranquilidad, es el gran rebaño de ovejas de su vecino Fred. Vuelve a lo suyo. Se pone las gafas y sigue con la correspondencia. Esta vez tendrá que viajar a Japón, donde le invitan a dar unas charlas acerca del maltrato que sufren los animales. Martín, se ha convertido en un reputado activista por la causa animal, fundador de varias asociaciones, escritor de artículos, libros… Vive en paz con él mismo y con el mundo. Atrás quedó “Martinete”, que de vez en cuando le sonríe desde la oscuridad del olvido… y le brinda la faena de la tarde: “¡Gracias, maestro!”.


Postal: regalo de Lourdes a Silvia, préstamo de esta última Texto: Edurne (Entrada ya publicada anteriormente en este blog el 6 de febrero de 2008)
Aquí los comentarios que suscitó en su día la historia.

20 comentarios:

Elba dijo...

Hola linda ! me pareció estar ahi...muy impresionante todo...y muy alentador si creara consiencia entre los seguidores...un beso enorme

Gitana ♥ dijo...

:)

TORO SALVAJE dijo...

Que historia tan hermosa Edurne.
En primer lugar está escrita maravillosamente.
No sé si te has documentado o conoces ese mundo a la perfección.
Y después está desarrollada de tal forma que mantiene en vilo al lector hasta llegar a ese final tan esperanzador.
Leerla ha sido un regalo.
Gracias.

Besos.

Ojosnegros dijo...

El hambre mueve lo inamovible, hasta conciencias.
El final es un aliento, un respiro.
Me has emocionado, narras impresionantemente bien.
Eligió ser un hombre valiente, menos mal que no se convirtió en un pelele cobarde comprado por el dinero y la desesperanza dedicándose a matar animales inocentes y ensuciándose de sangre y apariencia.
Gracias por esta historia.
Un abrazo.

Fernando dijo...

Bonita historia Edurne. Sólo he ido una vez a ver los toros; era bastante joven, lo cierto es que me identifiqué con el animal y desde entonces no he vuelto a ir.


Un muxu.

Antorelo dijo...

Edurne, he llagado hasta aquí desde un blog que ambos visitamos. He dado una vuelta por el tuyo y me gusta, no lo perderé de vista. Te dejo el mío: Tijerasdepapel, por si quieres echarle un vistazo.
Saludos.

Javier dijo...

¿Toros sí, toros no? No quiero entrar en esa cuestión.
Sólo diré una cosa, si no crees en Dios no seas cura, si crees que la fiesta es una ignominia no seas torero.
Tengo mi opinión, no es el lugar ni el momento de exponerla.
Sólo te digo que la historia está muy bien escrita, pero tiene trampa.

Saludos.

A.K.E. dijo...

Una historia excelentemente narrada, con final feliz para el protagonista y para los toros que tuvieron un matador menos.
Un beso y gracias por tus visitas.

Antorelo dijo...

Edurne, gracias por tu comentario: Efectivamente, compartimos profesión-pasión. Me había puesto como seguidor de tu blog, pero sin saber por qué estaba de forma anónima, ya me he puesto de forma pública. El nombre de tu blog se corresponde con el título de un poemario de mi mujer.
Un abrazo

♥♥♥ M @ r Y ♥♥♥ dijo...

____________00______LAS AMISTADES
____________0000_______VERDADERAS
___________000000____SON COMO
__________00000000_______LAS ESTRELLAS
________000000000000_________NO
00000000000000000000000000000__LAS
__0000000000_000_0000000000__VEMOS
____00000000_000_00000000___A TODA
______000000_000_000000___HORA_PERO
_______00000_000_00000___ SABEMOS
_______000000000000000_____QUE ELLAS
______00000000000000000_______*EXISTEN* COMO TU
_____000000000_000000000__________
____0000000_______0000000_________
___000000___________000000________
__000___________________000____.:.:

Mar dijo...

Qué maravillosa entrada, Edurne...

Im-presioante...

Uf!... Que peso se quita de encima al llegar al final de la entrada:
Vive en paz con él mismo y con el mundo.

Besos.

¡Gracias, maestra!

Juan de la Cruz Olariaga dijo...

Hermosa historia, bien narrada, muy bien llevada hasta el mismisimo final, me encantó, me llevó de la mano desde la primera a la última letra.

Mi opinión de cobarde nada, de valiente todo...

Un beso grande orillera de mi corazón.

Juan

miralunas dijo...

dejame un instante para reponerme, querida Edurne. para volver a respirar.
me ha dejado sin aliento esta historia.
y digo como Toro:
leerla ha sido un regalo.

gracias!

muxus!

Humberto Dib dijo...

Hola, llegué a tu blog por un contacto en común (creo que Antorelo), me pareció muy bueno. Voy a seguirte.
Aprovecho la oportunidad para invitarte al mío.
Un saludo desde Argentina.
Humberto.

www.humbertodib.blogspot.com

Edurne dijo...

ELBA:
Me gusta este "Martinete", al final supo encontrar su verdadero camino.

Y a mí me gusta encontrarte por aquí!

Un besote orillero!
;)

GITANA:
;) para ti también!

TORO:
Va por ti, Torito!
;)

Un petó!

Edurne dijo...

OJOSNEGROS:
Sí, creo que el hambre puede llegar a hacer que las personas hagan cualquier cosa...

Gracias por tus palabras!

Un besito!
;)

FERNANDO:
Yo también he ido una sola vez en mi vida, y fue porque me invitaron... bueno, era una cuestión familiar y, ya digo, yo tampoco he vuelto, es algo con lo que no he podido jamás!

Besarkada bat!
Qué paso ayer que no fuíste al Taller? Te echamos d emenos, aunque nos tiramos las dos horas venga a escribir, una "jartá" de escribir!
;)
Muxus!

ANTORELO:
te reitero las gracias por el chapoteo!
Eres bienvenido por esta Orilla y espero que nos sigamos visitando!

Un abrazo!
;)

Edurne dijo...

JAVIER:
Pues no sé qué te diga...
Yo soy de las de "sin trampa ni cartón", así que no sé dónde estará la trampa de la historia!
En cualquier caso, soy tremendamente respetuosa con cualquier opinión. Yo, me declaro antitaurina, y esta historia, es simplemente eso, una historia!

Escribirla, recuerdo que me surgió a cuenta de la postalita de marras, y sin más! Me documenté, pregunté y tal y es lo que me salió.
A mí también me gusta cómo me quedó, pero ya te digo, cada cual es cada cual y puede pensar lo que quiera!

Gracias, como siempre por pasar de seguido y comentar siempre con total sinceridad!

Un saludo!
:)

A.K.E:
Gracias, amiga!
Y las gracias a ti por ser una chapoteadora asídua!

Como ya he comentado antes,soy de las que aplaudo el gesto de "Martinete", pero no pretendo que nadie me siga...

Un besote!
;)

MARY:
Las gracias ati por tus visitas!
Un besote!
;)

MAR:
Jajajajaja! Lo de "maestra" lo recojo porque, sabidoes queuna es maestra, pero sólo por ejercer el magisterio escolar no por otra cosa!

Me alegra mucho que te haya gustado!

Un saludo "torero"!
;)

Edurne dijo...

JUAN:
Querido amigo, qué gusto encontrarte entre las olas de esta Orilla!
;)

Feliz de que te haya gustado la historia del amigo "Martinete".

Un beso apretadito!
Y sigue disfrutando de tu veranito! (Grrrr, qué envidia me das!)
;)

MIRALUNAS:
Amigaaaaa! Qué bien que cruzaste el charquito y te veo, que ya sé, el calorcito del verano le hace a uno más perezoso... jejejeje!

Gracias, gracias, gracias...!
Un placer siempre tu compañía!

Muxus!
;)

HUMBERTO:
Un placer que desde otras costas hayas llegado hasta esta Orilla!

Y gracias por tu seguimiento, tu visita y tus palabras!

Un abrazote!
;)
Nos leemos!

Mannelig dijo...

Pues a la primera vez no llegué, pero ya que he podido disfrutar de la segunda, opino que es original, ingenioso y con estilo. Mucho arte, maestra...

Edurne dijo...

MANNELIG:
Pues nada, entonces lo de segundas partes o segundas oprotunidades...
ahora sí es válido, no?
Un abrazo y gracias!
;)