viernes, 8 de junio de 2012

A CÉSAR LO QUE ES DE CÉSAR



No podía soportar el calor. El termómetro de la plaza del ayuntamiento marcaba treinta y dos grados. Tan solo eran las doce del mediodía y el panorama no tenía visos de cambiar, muy al contrario, las previsiones eran totalmente amenazadoras: la temperatura podría elevarse hasta los cuarenta.

Pablo aumentó la potencia del ventilador de pie que estaba junto a la ventana y le dio al botón de función giratoria. Al momento, un aire ya usado pero revestido de un falso frescor le golpeó sin piedad en las piernas, después sacudió las cortinas de la ventana y lanzó por toda la habitación una pila de revistas que dormitaban en el suelo, junto a la tele… Le gustó la sensación y se quedó de pie junto al aparato mientras observaba una y otra vez  ese viento artificial y los efectos que causaba a su paso.

Se había propuesto un par de horas de lectura tranquila, pero la tarde había empezado mal; con ese calor y ese ruido insoportable de las aspas del ventilador no se podía pretender nada tranquilo, ni la tarde, ni la lectura, ni nada de nada... Cansado, lo apagó. Ahora podía percibir el silencio. El calor, el silencio y el vacío. Nada se movía. Las revistas estaban desperdigadas por el suelo. Realmente insoportable.

Se dejó caer en el sofá. El techo le devolvió  una visión real de ese vacío, de ese silencio, de ese calor… Cerró los ojos, pero los volvió a abrir rápidamente. Lo que vio no le gustó nada. Instintivamente empezó a palparse nervioso: la cara, el cuerpo, las manos, el cabello… ¡No, otra vez no! Los recuerdos. Era la hora de los recuerdos que volvían a llamar sin pedir permiso a su puerta. Pensó que ya la había abierto en demasiadas ocasiones, que ya era suficiente y, sin embargo, ahí estaban de nuevo, diluidos entre aquel sol plomizo...

Corrió al baño, se miró en el espejo. Era él, ¡sí, todavía era él! Dejó correr el agua fría de la canilla y se refrescó la cara una y otra vez obsesivamente… No quería volver a enfrentarse con el espejo. Cogió la toalla y se tapó con ella el rostro empapado de agua y de miedo. Frotó enérgicamente mientras repetía cada vez más alto que no, que él seguía siendo él todavía, que estaba ahí, en su casa, que todo lo demás no era cierto, que el pasado se había ido para siempre y que ya le había cerrado la puerta. Levantó la cabeza poco a poco y, muy lentamente, fue deslizando la toalla por la cara. Dejó que el frescor del agua le penetrara hasta dentro, hasta los recuerdos de aquellas mañanas de agosto… Aún tenía los ojos cerrados, con los párpados reducidos a un montón de arrugas. Respiró hondo y después de contar hasta tres, los abrió al pasado.

Todos los días bajaba a la playa junto con su hermano César y el resto del grupo por el camino que atravesaba las huertas del tío de Alfredo. Era el mejor de los atajos porque siempre «caía» algo: unas peras, unas moras…. Y a él siempre le tocaba en suerte el trabajo sucio. No se quejaba, ¿para qué? Cuando volvían a casa, la madre también le regañaba por los pantalones rasgados, la camiseta rota o las zapatillas sucias… ¡Para qué protestar! Siempre había sido así; primero su hermano, después él. Él, último en todo.

Las comparaciones eran inevitables; aunque gemelos, César y él eran bien distintos, no físicamente, que eran como dos gotas de agua, pero sí en el carácter. Nadie parecía fijarse en él, solo había ojos para César. César y su gracia y desparpajo, César y sus ojos, César y esa forma tan peculiar de mover el flequillo, César… ¡siempre César! Toda la vida igual. César y él, el sin nombre. Casi nadie recordaba el suyo: Pablo. Ellos eran César y Pablo, los gemelos.

Aquella mañana bajaban jugando a las adivinanzas y al veo-veo, como los niños chicos. Hacía mucho calor, demasiado. Mientras caminaban se jaleaban unos a otros, riendo y empujándose. Iban siete en el grupo: César, Alfredo, Ana, Juanín, Tere, Elena, la chica más guapa del mundo, y él, Pablo, que avanzaba unos pasos más atrás, observándolo todo, incluso cómo César trataba de impresionar a Elena con sus gracias, sus chistes, sus poses… y ese gesto tan suyo de echarse el flequillo hacia atrás que parecía ejercer un influjo especial en todo el mundo. Ninguno de ellos se daba cuenta de que se iba quedando cada vez más rezagado. Únicamente Elena se volvía alguna vez y le hacía un gesto con la mano para que se apurara.

Llegaron a la playa. No había nadie, como siempre. En realidad, más que una playa, era una pequeña cala donde se podía bucear tranquilamente, coger percebes y algunos bivalvos de las rocas. Además estaba La Cueva del Pirata, el lugar secreto donde solían reunirse de vez en cuando para hacer fogatas en las tardes de verano.

La mañana transcurría normal entre juegos, chapuzones, risas… Comieron los bocadillos que llevaban en los macutos y la fruta que habían «recolectado» por el camino. A la hora de la siesta, y a pesar del calor que hacía, Alfredo y Juanín se quedaron como troncos; Tere y Ana se pusieron a leer revistas y a cuchichear  mientras se les escapaba alguna que otra risita nerviosa; César y Elena bajaron hasta la orilla en dirección a La Cueva del Pirata y Pablo se quedó sentado en una roca leyendo un libro de aventuras mientras su mirada les perseguía… Hasta que los perdió de vista cuando desaparecieron en la cueva.

No recuerda cuánto tiempo pasó, pero sí tiene bien clara la figura de Elena, cada vez más grande, corriendo mientras agitaba los brazos y pedía ayuda. Entre sollozos y con la voz entrecortada, contó como pudo que César se había caído al agua, en el Pozo Negro, y que no lo veía… Pablo salió corriendo, los demás no pudieron seguirlo. El corazón le latía desbocado, un sentimiento que ni él mismo podía explicarse le aturdía entero. Lloraba, reía, gritaba, llamaba a su hermano… Cuando llegó, se lanzó al pozo. Una, dos, tres veces se sumergió en las oscuras aguas. Hasta que lo vio. Allí estaba César, su hermano. Su propio reflejo. Se miraron. César estaba prácticamente hundido y apenas podía sacar con esfuerzos la nariz para respirar unos instantes. Se apoyaba sobre el pie atrapado que había comenzado a desgarrarse por el tobillo. Ya no tenía fuerzas… aun así se apartó el flequillo para ver mejor, y con los ojos imploró a su hermano. Pablo se le fue acercando hasta casi tocarle. La vida de César dependía de él, un solo gesto, una decisión, y podría salvarse o perderse en la oscuridad de aquellas aguas para siempre.

Así pasó un buen rato, midiéndose en César como en un espejo, solamente su instinto de supervivencia le hacía sacar la cabeza cada tanto para tomar aire y volver a sumergirse. Los ojos de César se habían quedado abiertos, con una expresión de miedo y angustia clavada en los de su hermano, una expresión que de pronto parecía desafiante. Su pelo flotaba como una medusa que intentara zafarse de una trampa; su cuerpo, inerte ya, parecía bailar una estremecedora danza. Pablo reaccionó. Tomó aire de nuevo y mientras se aproximaba al cuerpo de César, le susurró al oído que no lo abandonaría, que siempre que le necesitara no tenía más que llamarlo y él acudiría allí. Después, empujó la roca que aprisionaba el pie de su hermano y éste desapareció ante sus ojos, arrastrado por la corriente, sin dejar de mirarle…

 Ya estaba anocheciendo cuando Pablo salió del agua. Lo vieron acercarse como una aparición que hubiera vomitado la cueva. En silencio cogió una toalla y se la echó por encima; estaba tiritando, amoratado, con los ojos rojos, la piel casi traslúcida como un alma de otro mundo. Solo Elena se atrevió a preguntar:
–¿Y César?
–No está, ha desaparecido.

Y echó a andar. Los demás se miraron perplejos y asustados. Pablo caminaba unos cuantos metros por delante de ellos. ¿Qué dirían al llegar? Cogieron sus cosas y siguieron por la senda de soledad que habían dejado los pasos húmedos de Pablo. Querían salir de allí cuanto antes y se azuzaban silenciosamente unos a otros...

Pablo y su familia nunca más volvieron al pueblo. A partir de entonces infinidad de leyendas y suposiciones comenzaron a correr de boca en boca intentando explicar el extraño suceso de la trágica desaparición de César. Nunca apareció el cuerpo.

La ausencia de César marcó sin remedio las vidas de toda la familia. De pronto Pablo se convirtió en hijo único, pero aun así no cambió la consideración que todos tenían de él. Su carácter se tornó variable, si bien todo el mundo pensaba que con el tiempo olvidaría la tragedia y las cosas volverían a ser como antes. Había temporadas en que recordaba a su hermano, hasta se atusaba el flequillo de igual forma, hacía sus mismas gracias… y gozaba de todas las atenciones y los favores de sus amigos, que veían entonces el vivo retrato del gemelo ausente como si así retornase a la vida, como si nada hubiese pasado. Sin embargo, otras veces se mostraba huraño, taciturno y como perdido, como si el mundo y él se abandonaran.

Ahora estaba solo, era cierto, pero estaba tranquilo. Tranquilo… Solo le molestaba este maldito calor, no soportaba los veranos… Necesitaba seguir tranquilo… Tranquilo… No quería volver, pero lo había prometido, había prometido que no lo abandonaría, que si lo necesitaba le podía llamar… Pero otra vez, no… Era pronto, ¿por qué volvía? ¡No, otra vez no! No quería volver a la oscuridad de aquellas aguas, al frío de aquel vacío inmenso…

Miró fijamente la imagen que se reflejaba en el espejo. Una mueca de satisfacción cruzó sus ojos. Echó su flequillo hacia atrás con decisión y terminó de secarse la cara. Estaba de nuevo aquí, había vuelto, esta vez para quedarse.
No era un verano tan caluroso, o eso le pareció.


Versión revisada y condensada de “L’Été”, ya  publicada en tres entregas en el mes de enero. La foto, de la Red.



15 comentarios:

Bertha dijo...

Claro! ya decía yo que me sonaba est e relato.-Una pregunta: nos quedamos en el II capítulo no?.Es que ahorita que estamos haciendo un alto en el camino...me metí en el blog y me dije cáspita este relato lo conozco yo jejeje.

Muy excitante esta tercera parte.Pero aun las dudas no se despejan... lo mató sí o no?.Ah!!! Edurne: apíadate de esta mortal que esta al límite ummm.

Un abrazo feliz finde!

Marta C. dijo...

Edurne, un magnífico relato. Estremecedor, inquietante. Nos sumerges en la personalidad de esos gemelos antagónicos y dejas en el aire la auténtica identidad del que se salvó. Me ha parecido una idea muy original y, como siempre, contada con exquisitez. Enhorabuena.
Besos

Bertha dijo...

...vuelvo a entrar...-Por lo que leo es que tiene tres entregas.Claro! es que yo me quedé en la II.

-Nada,nada... que es...un usurpador y hay que darle su merecido... digo yo?.

-Sorry Seño: por la parida de arriba no me la tomes en cuenta(que bochorno!:(

Francisco Espada dijo...

EN Sevilla, "la caló", empieza a partir de los 40; lo anterior no es templanza, pero...
Un magnífico relato, marca de la casa, como ya nos tienes acostumbrados.
Besos

Javier F. Noya dijo...

Caín y Abel no es solamente una narración bíblica. El odio al hermano es una sentimiento humano, hay que reconocerlo. Cómo vivir con la ejecución de ese odio, es una tarea de la literatura, que has intentado aquí con magnífica precisión. Ser-no ser, con el espejo como extractor de sí mismo y, a su vez, quien devuelve el presente. Besos.

Antorelo dijo...

Magnífico relato. El bien y el mal, siempre juntos,siempre opuestos.
Un abrazo

Elena dijo...

Recuerdo el texto, pero me ha gustado refrescarlo en la memoria.

Un beso Edurne.

Cecy dijo...

Ay! tal y cual como en la realidad, tantas veces, ese antagonismo que se persigue. El bien y el mal, el amor y el odio...

Gracias Orillera por estar desde hace tanto tiempo.
Un abrazo enorme.

María (lady) dijo...

Eres una artista!
Me has dejado en ascuas.
Besos!

TORO SALVAJE dijo...

A mí también me suena.
Cuando la gente repone posts no me atrevo a comentar no sea que diga todo lo contrario que dije.

Besos.

Edurne dijo...

BERTHA:
Pues sí, ya lo habías leído.

Lo he trabajado más, remodelado, corregido, condensado, y hasta cambiado algunas cosas; para empezar, el título, usando el célebre "AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR", aunque yo he prescindido de la "l" de AL y de DEL, para hacer a ese César más concreto, puesto que en este caso lo es.

El relato queda así, y así sale publicado en el libro de relatos conjuntos de este año del Taller, que creo que acaba de salir de imprenta, así que el lunes lo tendré en mi poder...

mM alegra que te haya gustado!

Un abrazote!
;)

MARTA:
Encantada de que te haya gustado.
El tema de la dualida, d elos gemelos, de la imagen del espejo, es algo que siempre me ha atraído e intrigado...

Moltes gràcies!
Una abraçada molt fort!
;)

FRANCISCO:
Me hace gracia cuando me dices lo de "marca de la casa", me hace sentir importante, jejejeje!

Gracias, gracias...!

Un besote y cuidadito con "la caló"!
;)

Edurne dijo...

JAVIER:
En verdad que es complicado el sentimiento!
Resolverlo, a nivel de escritura, como anivel de vida... harto complicado.

Gracias por tus palabras!

Un besote!
;)


ANTORELO:
El bien y el mal siempre van de la mano, son inseparables...
Gracias!
Un abrazo!
;)

ELENA:
He querido reponerlo porque así le doy más credibilidad, me parece a mí... al haberlo trabajado bastante más y que salga impreso....

Un besote, guapa!
;)

Edurne dijo...

CECY:
Gracias a ti!

Así es, la dualidad siempre nos acompaña!

Un besote, linda! Y sigue disfrutando de tu día!
;)

MARÍA:
Ya quisiera yo ser una artista! Jajajaja!

Bueno, si te ha dejado en ascuas el relatillo... ya hemos conseguido algo de lopretendido!

Un besote, guapa!
;)

TORO:
No hay que preocuparse, a veces leemos cosas y nos producen una sensación... las volvemos a leer más tarde y esa sensación, puede ser, perfectamente, otra!

Un petó!
;)

Teyalmendras dijo...

Toda una novelita que llega a dejarme con muchas ganas de segir...

>Felicidades.

Besos almendrados ;)

Edurne dijo...

Esta historia es así, no tiene continuación, salvo la que cada cual quiera darle...

Gracias por tus palabras!

Un abrazo!
;)