lunes, 14 de abril de 2008

FUNDIDO EN NEGRO




Reír. Reír es la más pura y simple de las manifestaciones de su cobardía.
Ha decidido terminar con todo. Es ahora o nunca, pero ya no puede seguir arrastrando esa carga.


Se pasa los días en el letargo del olvido voluntario, y las noches queriendo reírse de su propia osadía. Protege su existencia y desprecia a los demás. Instalado en su mundo irreal lanza amenazas que nadie escucha. Camina altivo, el mentón prominente, marcando el rumbo. Pasos inciertos...


Al igual que sus pensamientos, es un ser negro. Y viste de negro, bebe en negro, fuma en negro, duerme y despierta en negro. Y coronado por negro bosque, maraña impenetrable que cobija la oscuridad de su negra rutina, nido de negros pájaros. Pájaros que revolotean sobre su cabeza, chillando sin parar.


Desde la altura vigila. Habla con sus fantasmas dormidos, y despierta la herida de su destino... Su edad, incierta, ¡puede que haya vivido ya tantas vidas...! Y la rutina. Rutina anclada en esos cincuenta metros que le separan de una madre triste y el banco frente al bar donde pasa todo el tiempo. Camina. Se sienta. Mira. Fuma las horas. Bebe los días... Tirita, camina. Vomita.


“¿Y por qué me miran? ¿Acaso no han visto nunca un escarabajo revolcándose en su propia mierda?
Allá... allá van esos dos, son los de siempre, los de todos los días. ¿Y qué? Sí, bonitos trajes, bonitos zapatos, italianos, seguro, corbatas de firma... ¿Y qué? Yo también tengo un traje, y una corbata. Será por eso por lo que hoy me miran más. Yo también puedo ser como ellos, yo también puedo tener una vida normal. ¡Qué saben de mí! Humo... si al final todo es humo, todo se desvanece como el humo de este cigarro.

¡Sí, creo que me voy a dejar las uñas largas! Luego mi madre dirá que...
Me encanta... me encanta ver cómo mi madre se enfada, se desespera y llora... ¡sí! Aunque... si lo pienso mejor, serían un impedimento para descorchar las botellas.
¡Y esas malditas pastillas! Después de aquel ataque de ansiedad ya no las tomo... ¡Si supieran lo que hago con ellas!

¿Qué hora es? Las once, aún son las once... ¡Qué larga es la vida!
Me miran. Yo también les miro. Y no saben nada. No saben que un día me buscarán, me buscarán para escupirme su desprecio, pero... ¡no me van a encontrar! Y entonces se arrepentirán de mirarme como me miran, así, con asco, con sorna, con lástima. Y yo seré el que ría el último, más fuerte y más alto... ¡Mi risa se oirá hasta en el último rincón! Ya, ya verán...

Tendré que beber algo para animar el circo de esta noche, para inspirarme, para pensar... y para que no vuelvan los guardianes de mis mazmorras. A ésos tendré que desterrarlos, no puedo vivir con ellos pegados a mis talones...
A ver, vamos a ver... ya no me queda dinero, no he calculado bien... Necesito beber, necesito pensar. Pensar cómo escapar de esta cárcel.

Miro. Izquierda, derecha... ¿Sabrán estos imbéciles cuál es la izquierda y cuál la derecha? Creo que no. Lo miran desde otro punto, no están en mi punto, el preciso. ¡Y qué sabrán de mí, de mis puntos, de mis derechas y de mis izquierdas...!
Y tú... ¿Tú qué miras gorda con cara de rana? Croac, croac... ¿No veis cómo me río, no escucháis mi risa? Están todos sordos, les escupo mi risa y no la escuchan...
¿Y estas manos? Parecen las mías, sí, pero son descomunales... Mira, se están alargando... ¡hasta el infinito! Nada, que no puedo alcanzar la Luna.
Un plan, necesito elaborar un plan. Un plan sencillo pero increíble. Un plan para poder llegar hasta allí, hasta la Luna. Escapar, escapar... Y ya verán, entonces verán de lo que soy capaz. Beber, necesito beber, tengo que pensar.”


Ha decidido terminar con todo. Es ahora o nunca, pero ya no puede seguir arrastrando esa carga.
Y tan solo es capaz de continuar rumiando las soledades de las horas vacías. De seguir bebiendo el tiempo perdido y respirar el aire contaminado, negro, de la oscuridad incierta, de navegar entre las turbias aguas de sus dominios más recónditos...


Como Sísifo, acarrea un día y otro la misma carga, la misma roca dura y pesada.
Mira a los demás, los mira desde la indiferencia de su mundo artificial y... ríe.
Reír. Reír es la más pura y simple de las manifestaciones de su cobardía.

Dibujo: Aitor Texto: Edurne





viernes, 11 de abril de 2008

RECLAMACIONES



A quien corresponda:
Hace un par de noches que vengo observando que algo no funciona bien en el "Servicio de Sueños Contratados a la Carta".
Me explico:
Yo diseñé mi propio programa de sueños individualizado, en base a las plantillas que su empresa facilita. Hasta aquí todo bien, y durante los primeros meses todo ha funcionado a la perfección, mis sueños eran tal y como yo los había soñado: idílicos, tranquilos, reposados, alegres...
Me levantaba todas las mañanas con esa sensación placentera de haber recargado la mente y el cuerpo, de haber vivido experiencias maravillosas con las que me deleitaba a lo largo del día. Si algo iba mal, mis sueños salían a la superficie y me rescataban de los malos momentos.
Ya les digo, ¡una maravilla!
Sé que es un servicio caro, pero pensé que merecía la pena hacer semejante inversión, por eso contraté sus servicios; ustedes se ofertaban como la empresa más seria y responsable en esto del mundo onírico...
Pero desde que mis sueños no son los pactados, ando como un alma en pena, mi vida se ha vuelto gris y oscura, estoy amargado, triste, irritable, nada es como creía...
¡Me siento estafado!
No sé si es que existen hackers que se dedican a robar los sueños ajenos y a reutilizarlos bajo otros parámetros o... son ustedes mismos quienes, llegado un tiempo, manipulan nuestros programas para ofrecernos otro servicio más completo, más seguro y, por supuesto, más caro... alegando quién sabe qué razones.
No quiero que las guerras, los enfrentamientos, decepciones, asesinatos y demás barbaridades entren a formar parte de mi otra vida, ésa que vivo mientras duermo. Ahora me siento solo, abandonado, ¡me siento víctima! Y no quiero experimentar el dolor, el sufrimiento, la desilusión, el hambre ni el miedo.
Por favor, ruego, exijo, la pronta restitución de mis sueños, por los que ya pagué un alto precio.
Esperando que mi petición sea atendida lo más rápidamente posible, me despido de ustedes lamentando haber tenido que llegar a estos extremos de reclamar lo que me pertenece.
Atentamente.
Texto: Edurne

lunes, 7 de abril de 2008

¡MALDITAS MOSCAS!


"¡Malditos roedores!"
Emulando al gato Jinks, pero yo con malditas moscas voladoras.
Les cuento:
Llevo una semana toreando a un ejército de moscas que se me han instalado en plan okupas en una habitación, sin saber por dónde han entrado, por qué han elegido mi humilde morada...
Y yo, aquí me ando, cual matadora en el ruedo, con el bote de insecticida en ristre: zzzzzzsplaf va y zzzzzzsplaf viene...
¡Pero nada, que no les da la gana abandonar el calorcito de mi casa!
No les miento ni exagero cuando les digo que el otro día me las tuve que ver con catorce o quince de ellas, me volaban y revoloteaban alrededor... vamos, que se burlaban de mí, pero yo, zzzzzzsplafplafplaf y una a una me las quité de encima.
Lo malo es que tengo la sensación de que han anidado por algún sitio que no encuentro por mucho que busco y las muy canallas vuelven a salir cuando menos me lo espero.
Y que nadie se piense que en esa habitación tengo algún cadáver troceado y guardado en bolsitas... ¡nada más lejos de la realidad! Tengo mis sospechas, pero claro, carezco de pruebas, así que por si las "flys", no he vuelto a abrir la ventana que da al patio, ¡que cualquiera sabe... hay que evitar las tentaciones!
Pero lo mejor de todo es que no son unas moscas cualquiera, ¡qué va! Estas malditas son todas del mismo calibre: gordassss, grandessss, azulessss y carroñerassss...
¡Ay, ay, ay, ayyyyyy!
Si alguien conoce una solución a mi problema, por favor, que me informe, que le quedaré eternamente agradecida.
¡Las cosas que pasan!
Dibujo: El Roto para El País

domingo, 30 de marzo de 2008

TUS OJOS




Tu voz que se extiende hacia mí,
tu risa que me reclama…
Lazos que atan los deseos
con nudo inquebrantable.
Como lianas de gruesa fibra,
tu vida y la mía se funden
en eterno abrazo.
Soldadura que nadie osa profanar.

Recién despiertos de su sueño,
así, sobrecogedoramente hermosos
me miran tus ojos.
Me sonríen con pequeños rayos
de luz verde y azul,
con burbujas de dulce almíbar que
desbordan por tus pestañas.
Así, hermosamente sobrecogedores…
Tus ojos que me miran.


Fotos: Antonio y Edurne Manipulación yTexto: Edurne

jueves, 27 de marzo de 2008

ÚLTIMAS LECTURAS


Nunca está de más hablar de libros, nunca.
Ahora es mi turno, así que aquí traigo las últimas letras que ando "engullendo", sí, todas a la vez, uno, otro, otro y otro...
Vamos a ver, comenzamos:
"El perfume del cardamomo" de Andrés Ibáñez, cuentos chinos, pequeños y exquisitos cuentos chinos.
Descubrí el libro un día que estaba curioseando y claro, para mí lo de los libros es como un flechazo, me tienen que llamar, que chistar, que buscar... y así ocurrió con éste. Lo ví un día, pero no lo compré, y como no se me quitaba de la cabeza, a los dos días fuí a "rescatarlo" y me lo traje a casa.
"La naranja mecánica" de Anthony Burgess, novela de ciencia ficción. Éste, confieso que lo estoy leyendo porque me toca, por deber, para la tertulia del próximo día 9 de abril.
He visto la película, pero hace mucho tiempo. Recuerdo mucha violencia, casi diría yo que gratuita... Pero en la peli de Kubrick, el final no es el original. Burgess escribió 21 capítulos, capítulos que se vieron reducidos a 20 en la edición estadounidense de la obra, por requerimiento expreso del editor... y la película, está basada en esta edición censurada.
Yo estoy leyendo la versión completa.
"Habitación de hotel" de Cristina Peri Rossi, poesía de la que no te deja indiferente. Me gusta la Peri Rossi, siempre rompedora y tan sexual en sus temas, comprometida y sin tapujos en sus mensajes...
Se lee muy bien, aunque siempre es conveniente volver atrás en la lectura, por quedarse mejor con el regusto.
Apunto una cita del comienzo del libro:
"La poesía es un esfuerzo del ser insatisfecho por encontrar satisfacción mediante las palabras y, de vez en cuando, del pensador insatisfecho por encontrar satisfacción mediante sus emociones". de Wallace Stevens
Para que saquen sus conclusiones.
"Rimmel" de Koldo Izagirre, poesía en Euskera. Poesía más enraizada en la memoria familiar, en los orígenes. Quien haya leído a Izagirre ya sabrá cómo se las gasta escribiendo. No es que sea un poeta fácil, hacía tiempo que no leía nada de él, pero este libro me lo recomendó una compañera, y en ello estoy...
Como ven ustedes, un poco de todo, para amenizar ratos largos, cortos, momentos de nostalgia, ganas de viajar a otros lugares, compartir lo leído, lo aprendido, cultivar el espíritu...
¡Buena lectura!
Foto: Edurne

lunes, 24 de marzo de 2008

MEDITACIONES


No hay nada para paliar el dolor, para paliar la separación, la pérdida... ¡Nada, no hay nada!
El tiempo, compañero inseparable de la existencia, es el único que lo sabe. Es el único que sabe de nuestra soledad, nuestra tristeza y abandono.
Sólo él puede echar cuentas de nuestros llantos escondidos, de nuestras sonrisas forzadas, de nuestra alegría enmascarada y teñida de pena...
Pero hay algo que desde dentro, muy dentro nos impulsa, nos lanza hacia fuera, a ese mundo que nos absorbe… a ese depredador insaciable...
¡Tal vez también se coma nuestro vacío, nuestra tristeza!

Bailas con tu vida, con tu ser y no ser... y la danza se vuelve amarga en momentos, dulce y acompasada en otros. Una nunca sabe cómo va a ser la melodía, con quién te va a tocar bailar.
Pero no podemos estar siempre preparados...Y cuando nos agarra desprevenidos... ¡Ay, entonces! Entonces, hay que improvisar. Es difícil. Que nadie se piense lo contrario. Por mucho sentido del ritmo que se tenga... ¡Es difícil! Pero ahí están los guías-acompañantes. Son unos personajes muy importantes en esta danza alocada y descompasada. Aunque no los veamos, resulta que siempre están. Sólo hay que abrir bien los ojos. Seguro que los vemos. Y con tenue luz nos ayudan a dirigir nuestros pasos descarriados.

Los tiempos son variables, mutables... caprichosos.
Pero siempre vendrán tiempos mejores. Hay que vestir las mejores galas para recibirlos. La sonrisa volverá a los labios, el brillo de nuestros ojos atraerá como si de un faro en agreste acantilado se tratara...Y habremos salido fortalecidos de la oscuridad, del laberinto.
Nunca hemos de perder la capacidad para asombrarnos hasta de nuestra propia pena. Yo no la pierdo.
La adversidad nos curte, pero por eso aprendemos... ¡Y disfrutar de un miligramo de felicidad es el mayor de los regalos que la vida nos da!
Degustar los momentos. La brisa imperceptible que flota en torno a nuestra sombra, la risa lejana, la mirada tranquila, la mano amiga, la palabra justa en el momento preciso...

Sobrevivir en tiempos difíciles es un arte que se va aprendiendo. Crecemos como personas. Como hombres y mujeres, con todas nuestras inseguridades y nuestros miedos, pero... ¡Avanzamos!
Lo importante es no estancar, no anclar la vida; sacudir el polvo asfixiante y respirar. Respirar...
La vida es bella. La vida es cruel. La vida es injusta. La vida es sorprendente.
¡Vivámosla!


Pintura: "Muerte y Vida" de Gustav Klimt Texto: Edurne

martes, 18 de marzo de 2008

HOY CUMPLO


¡Pues sí, hoy cumplo un año de blogger!
Como pueden observar, aún estoy en pañales y voy en sillita porque apenas me lanzo yo solita por este mundo incierto.
Y esto de que me reconozcan por la calle y me saquen fotos... horroreur! lo llevo bastante mal (no, photo noooo!), que luego cualquiera sabe dónde puede aparecer tu imagen...

Pues nada, que yo quería haber preparado un ágape y poder invitarles a ustedes a un lunch de ésos, pero ya ven, me faltaban los ingredientes para mi famoso bizcocho (si quieren probar algo, bajen hasta el 25 de noviembre, por aquí mismo, un poquito más abajo), y se tendrán que conformar con los restos del de la celebración centenaria.

Pero lo que importa es que en un año he dado muchos pasitos, he engordado esta orilla con experiencias y amigos... y que como el baño es libre espero que sigan pasando por aquí para chapotear un rato conmigo.

A todo el mundo GRACIAS, MUCHAS GRACIAS por sus palabras, sus reflexiones, sus sonrisas y sus guiños... ¡Y que feliz cumpleaños, carajo!
¡Va por ustedes!

Foto: De la memoria fotográfica familiar

jueves, 13 de marzo de 2008

UN REGALO INESPERADO



La luz entraba tamizada por las amplias ventanas del taller. Todo transcurría con la misma calma monacal de siglos.

Sor Ernestina se afanaba con los pinceles, y Sor Esther rezaba a su lado, ofreciendo preces y oraciones a los santos más desconocidos.

Sor Ernestina la miraba por encima de las gafas mientras se lamentaba de la falta de inspiración en ese día. Una gota de sudor inició un lento camino de descenso desde la fruncida frente de la Sor hasta dar con su salado elemento en la naricilla que sostenía graciosamente las gafas. Sor Ernestina apartó la molesta gotita con un dedo y dejó una huella de azul celestial en su chato apéndice. Resoplaba. Hoy no estaba contenta con su trabajo y eso que la Inmaculada que terminó el mes pasado le había quedado realmente bien, vamos, ¡ni Murillo! Es decir, básicamente era buena, muy buena, pero hoy no daba pie con bolo, ésa era la verdad.

Y Sor Esther que no callaba. Estaba muy bien esto de tener un don, pero el de estar todo el día inventando oraciones a los santos más extraños… ya cansaba. Dejó el pincel y se limpió con un trapo que tenía sobre el blanco delantal. Ella pintaba sentada porque las piernas se le cargaban demasiado y luego padecía de unos calambres muy molestos, por eso tenía dispensa de la Madre Superiora para sentarse en la iglesia más a menudo que el resto de sus hermanas.

Se levantó para abrir uno de los ventanales, justo el que daba al huerto. Allí se quedó unos minutos, tan solo dejando que el sol acariciara su rostro. A pesar de que julio ya avanzaba hacia el ocaso, el fresquito, propio de la tierra y las alturas, hizo que se despabilara y saliera de sus pensamientos. Allá abajo estaban Sor Emilia y Sor Luisa faenando con los tomates, las acelgas, las lechugas… Eran las cinco de la tarde, pero la hermana cocinera estaba ya en lo de preparar la cena; y de los fogones subía un olorcillo cálido, un olorcillo a sopa de cocido.

Tenía que ser pecado de gula eso de pensar tanto en la comida. Le gustaba comer, no podía remediarlo. Tal vez fuera algo relacionado con su infancia, cuando apenas había con qué engañar al hambre y sus pobres padres ya no sabían qué hacer para alimentar tan ruidosa prole. Casi no recuerda las caritas de aquellos hermanos que se fueron, bien a causa de una viruela, bien por una pulmonía, incluso hubo uno que murió al extirparle una pequeña verruga cuando tan solo tenía cinco años. ¡Y Florentina…! Su hermana Florentina que se fue a los quince de unas fiebres palúdicas. Fue entonces cuando los padres decidieron entregarla a las Clarisas, no estaban dispuestos a ver morir más hijos. Y aquí estaba desde los doce años. Cincuenta y tres años entre esos muros, el convento era toda su vida.

Al principio, y a pesar de la distancia entre el pueblo y el convento, las visitas de los padres eran más frecuentes; iban a verla por las Navidades, por Pascua, y en los veranos iba ella a pasar una semana a su pueblo. Siempre llevaban a Adelina, tres años más joven que ella, y al pequeño Irineo que sólo tenía dos añitos.

Pero poco a poco, la relación con los suyos fue haciéndose más lejana. Supo de cuando Adelina marchó a la ciudad a servir, de cuando murió la madre, de cuando Irineo fue al servicio, de cuando el accidente del padre… Entregada ya a su vida de clausura, de todo se fue enterando por cartas que fueron el mejor puente con lo que dejó atrás.

Cartas como la que había recibido la pasada semana y que la había sumido en un estado de zozobra e inquietud que no le dejaba sacar su espíritu alegre y afable. Ya ni en maitines le salía ese chorro de voz cantarina que Dios le había dado. Y hoy, con la pesada de Sor Esther sin callar, y su mano que se le agarrotaba ante los angelillos, no deslizaba el pincel sobre el lienzo como siempre, embebida como estaba en sus recuerdos…

Recuerda muy bien la noche en que todo el convento se vio alterado por aquellas llamadas insistentes en la puerta cuando Sor Juana, la superiora de entonces, a quien Dios tenga en su Gloria, corrió presurosa en su busca para decirle que era su hermana Adelina la que estaba en la puerta, la que venía buscando auxilio y amparo en la Santa Casa de Dios.

Allí estaba Adelina, llorando a moco tendido. A pesar de todo estaba hermosa, con esa carita de ángel que siempre tuvo, con sus rizos dorados y esos ojos de perrilla asustada. Hacía casi cinco años que no la veía. Se abrazó a ella hipando: “Ernestina, Ernestina, tienes que ayudarme”, le decía entre sollozos.

Y ahí contó su historia. Venía huyendo del hijo de su jefe, el señorito Pedro que, a más de maltratarla, la había dejado preñada. No podía ir al pueblo, el Irineo montaría en cólera; al no vivir el padre, él era el jefe de la familia… No, no podía, él no debía enterarse.

Resolvió la superiora tenerla allí, con las monjas y, cuando naciera la criatura, darla en adopción a alguna buena familia. Sor Juana se encargó de todo con la mayor de las discreciones.

Adelina dio a luz rodeada de todas las hermanas y cuando se recuperó, enseguida marchó a Oviedo, a servir en casa de un primo militar de la Madre Superiora. A la pequeña se la bautizó con el nombre de su abuela, Irene. Sor Juana, que se había tomado el asunto como algo personal, se encargó también de encontrar una familia para la pequeña, un matrimonio de aldeanos del pueblo vecino que ya habían perdido una hija. Éstos la acogieron con gran alegría y la criaron bajo los preceptos cristianos como si de su propia sangre se tratase.

Nadie supo nada. Irineo no se enteró de la desgracia de su hermana. Adelina tan solo tuvo conocimiento de que su hija había sido acogida en una familia temerosa de Dios, e Irene… Irene creció en la creencia de que aquéllos eran sus verdaderos padres. Todo el secreto quedó encerrado entre esos muros de paz y oración. Hace tanto tiempo… mucho más de treinta años.

Sor Ernestina dejó por un momento sus recuerdos, se volvió hacia Sor Esther justo en el instante en que Sor Lucía entraba escandalosamente, como siempre, en la estancia: “¡Ea, madres, ayúdenme a doblar estas sábanas!” La zozobra de Sor Ernestina encontró anclaje entre la risa de Sor Lucía, escondiéndose en la blancura de los lienzos.

Mientras ayudaba a doblar las sábanas, se vio años atrás haciendo esa misma tarea con su hermana, allí, en el convento. Con esa hermana que ya hacía años que había muerto pero que entonces era portadora de una nueva vida, la vida de la pequeña Irene. Siempre se sintió en deuda con esa niña, sin embargo nunca fue capaz de enfrentarse a ella, de hablarle y explicarle quién era en realidad.

Durante años supo de la vida y los pasos de Irene en cada momento, incluso guardaba alguna fotografía de la niña y de la joven preciosa que había llegado a ser hasta que marchó del pueblo. Como a todos los jóvenes, más en aquellos años, la ciudad llamaba y tiraba muy fuerte. Era el único modo de salir de la monótona vida de un pueblo que poco o nada tenía que ofrecer.

Por un momento consiguió acallar esa voz que la interrogaba desde dentro. Era tal el jaleo que se había montado en la sala de planchado, que no tuvo más remedio que dejar a un lado sus angustias y sus miedos. El estrépito la devolvió al mundo.

La carta que habían dejado la semana anterior en el torno era una escueta nota: “Pronto el pasado y el presente se abrazarán”, y la firma era una I. ¿Qué querría decir todo eso después de tantos años? ¿Una I de Irene? ¿O una I de Irineo?

Irineo. Hacía demasiado tiempo que no tenía noticias de su hermano. Desde que había enviudado y sus hijos estaban lejos, se había vuelto más taciturno que de costumbre y sus cartas fueron cada vez más escasas hasta dejar de escribir. Estaba preocupada por él, pero nada podía hacer. Ahí perdió la Sor los pasos de su hermano pequeño.

Con tanto viaje al pasado, para cuando quiso darse cuenta ya estaban todas las hermanas dando las gracias por los alimentos que iban a tomar. La sopa de cocido entonó su cuerpo y su mente, y el muslito de pollo al ajillo, su plato preferido, desató su alegría reprimida. Saboreó con especial deleite la cuajada casera de Sor Catalina con un poco de miel y así, con el estómago contento y agradecido, sintió que su desasosiego encontraba consuelo.

Serían algo más de las ocho y media de la noche cuando la hermana tornera pasó como un rayo por el corredor de la galería norte camino del despacho de Sor María, la Superiora. Todas la vieron, todas se miraron sin decir nada y ella, Sor Ernestina, sintió como si ya hubiera vivido ese momento. Esperó.

No pasó media hora cuando la Madre Superiora entró en la sala de lectura. Buscó con la mirada a Sor Ernestina, pero ésta ya estaba en pie, intuía que todo aquel revuelo tenía que ver con ella.

Y allí estaba de nuevo, igual que hace treinta y cuatro años atrás, frente a esa carita de ángel, esos rizos dorados y esos ojos de perrilla que ya no manifestaban miedo, que la miraban fijamente. Sólo que esta vez no era Adelina, no tuvo necesidad de preguntar, sabía quién era, sabía que era su sobrina Irene.
Intuyó lo que pasaba, intuyó una nueva sorpresa en su vida.


Instintivamente Sor Ernestina e Irene se abrazaron, lloraron. Éste era el regalo que el destino le restauraba. Sor María observaba la escena con una sonrisa y desde la discreción propia de su cargo. Una luz tenue se reflejaba en la pared de poniente justo sobre la imagen de la Santísima, era como si ella también sonriera.

Pronto corrió el rumor entre las monjas de que era Irene, la pequeña Irene la que había vuelto al lugar de donde salió. La mayoría de las hermanas la había conocido, y aquéllas que llegaron después de su nacimiento también eran sabedoras de los hechos.

Sor Ernestina no cabía en sí de gozo. ¡Su pequeña Irene allí! No hizo falta mucha perspicacia para darse cuenta de que ella, al igual que su madre, también se presentaba... ¡embarazada!

Irene hablaba y hablaba pero, a diferencia de Adelina, el fruto de sus entrañas era motivo de gran alegría para la futura madre.

¿Y cómo supo Irene de sus verdaderos orígenes? Al final se atrevió a preguntar Sor Ernestina. Todo era tan sencillo… Julia, la madre adoptiva de Irene, reveló todo el secreto en su lecho de muerte, no quería que la joven se quedara sola.

Irene había vivido en la ciudad tratando de mejorar una vida que se presentaba dura, sin un porvenir cierto. Consiguió superarse, estudió Secretariado alternando con un trabajo de dependienta y pronto consiguió un puesto en una compañía de seguros donde conoció a José. Se casaron a los pocos meses de haberse conocido. Al saber de su embarazo, Irene decidió volver al lugar de sus primeros días de vida. ¡Y allí estaba!

Paseaba sus ojos la humilde Sor por aquel ser que ahora estaba frente a ella, sin poder evitar que las lágrimas resbalaran por las rechonchas mejillas, sin saber qué hacer: si reír, llorar, saltar, comerse a besos a Irene que ahora era una mujer, el vivo retrato de Adelina, su querida y llorada hermana…y que a su vez la miraba con esa sonrisa de paz y verdadera calma.

Suspiraba Sor Ernestina, hipaba, daba vueltas sin orden ni concierto a las cuentas del rosario, se diría que repetía mil y una veces los misterios de gozo. Y saltaba, daba pequeños saltitos con sus pies regordetes y pequeños. Estaba sofocada. Irene hizo una breve pausa en su relato, respiró hondo, cogió las manos de su tía, las besó con infinita ternura y las llevó a su cara cerrando los ojos sin poder evitar que sus lágrimas empaparan esas manos protectoras.

Sor Ernestina pensó en su hermano, en Irineo, en que ya había llegado la hora, que tenía que saberlo todo, y… Ahora sí que tenía ganas de cantar: ¡Aaaaleluya, Aaaaleluya, Aleluya, Aleluya, Aleeeeeeluya!


Foto: Gentileza de Maricruz Manipulación y Texto: Edurne





miércoles, 12 de marzo de 2008

NEPTUNO FURIOSO


Tal cual...
Hoy toca hablar del temporal, de esa furia desatada del dios Neptuno.
Hoy toca asombrarse y también preguntarse.
Está claro, más que claro, contra las fuerzas de la Naturaleza no hay nada que hacer.
Suele suceder que, cada vez más a menudo, la Madre Tierra se cabree con nosotros sus hijos, y nos mande sus castigos (no sé si divinos...) bajo apariencias diversas, pero siempre con tremendo susto para el personal.
Ayer fue atacada la costa cantábrica como muchos viejos del lugar ni recordaban. Olas de hasta diecisiete metros de altura, aguas desmadradas y furiosas entrando a saco en calles y locales, viviendas... destrozando todo cuanto se interponía en su loca carrera.
Y es que ya se sabe, el mar, de vez en cuando reclama lo que es suyo, lo que le hemos arrebatado. De vez en cuando nos recuerda quién es, y lo que puede hacer con todos nosotros...
Ruje, ruje...
Claro que también es una forma de echarnos la regañina por cómo le tratamos, cómo vertemos en él toda clase de residuos y deshechos...
¡Parece que no tenemos enmienda!
Hoy toca reflexionar un poco.
La foto la he encontrado buscando en la web de EITB24. Si quieren ustedes más, pinchen aquí y busquen en Fotogalerías... http://www.eitb24.com/


Foto: Agencia EFE

sábado, 8 de marzo de 2008

MUJERES

POR NOSOTRAS

Sí, por nosotras, las que fuimos, las que fueron, las que somos, las que son, las que seremos, las que serán… ¡por las mujeres!

No sé si este post tiene mucho sentido dentro de todos los ríos de tinta que se van a verter acerca del tema, pero bueno, yo me veo en la obligación de hacer algo, al menos escribir, decir, pensar, protestar, reivindicar, colaborar…

Y me vienen a la cabeza todas esas mujeres que han hecho que las de ahora estemos aquí, así, con todos los logros conseguidos y con todas las ganas por seguir luchando.
Pienso en nuestras bisabuelas, nuestras abuelas, nuestras madres… mujeres totalmente entregadas, trabajadoras donde las haya, dentro, fuera, sobre… verdaderas heroínas anónimas a las que dedico estas letras.

Y también pienso en todas esas mujeres que ya no están porque se las han quitado de en medio, porque las mandaron a mejor vida esgrimiendo el “la maté porque era mía”, ¡y tan anchos!

Ante todo esto: lo que vemos y lo que no vemos, lo que nos indigna, nos humilla y nos une… ante todo esto, eso y aquello, las mujeres de este mundo, y los hombres también, aquellos que hacen causa común, aquellos que nos acompañan por la vida, nos unimos en una sola voz.

“Compañera te doy, que no esclava”… ¿dónde he oído yo esto?
Pues eso, que no somos propiedad de nadie, que nuestro cuerpo y nuestra mente son nuestros y nadie ha de decidir por nos, ni utilizarnos, mancillarnos, violarnos, mutilarnos, obligarnos, dominarnos… ¡matarnos!

Hombres-compañeros, los que van codo a codo por la senda de nuestras días, ésos, los que también son tiernos, los que entienden nuestras lágrimas con o sin razón, nuestros enfados, nuestro cansancio. Los que nos alivian de cargas y comparten nuestros días y nuestras noches.

Somos mujeres, somos madres, hijas, hermanas, amigas, profesionales y amantes... somos todo eso y mucho más, todo en una, en un solo envase.

¡Agítese antes de usar! Pero ojo, miren la fecha de caducidad, el manual de instrucciones, el modo de empleo. Es fácil, más de lo que nadie se imagina, sólo hace falta un poco de voluntad. Entendernos, acompañarnos, respetarnos, valorarnos…
Ante todo y sobre todo somos personas.

Ha hecho falta mucho dolor para que tengamos un día en el que se nos recuerde de forma especial, pero nuestro día no es sólo hoy, es todos los días. No tenía que existir un "día de…" Todavía falta mucho por hacer, y mientras esa igualdad no llegue a ser total, aquí seguiremos.

Por todas nosotras… y todos ellos, los que nos quieren y nos comprenden, por todas las buenas gentes que pueblan este planeta que es nuestra casa. Por todas las conciencias que han alimentado nuestra historia. Por todas las mujeres…
¡FELIZ DÍA!

Foto: De una agenda que obra en mi poder desde hace veinte años


viernes, 7 de marzo de 2008

LA CAJA DE PANDORA


Fuego que devora las entrañas y la rabia.
Vergüenza en las nubes,
esas nubes de conciencias
dormidas
a destiempo,
despiertas
con miedo.

Se ciernen los humores encendidos de los dioses
bramando por barrancos que arrastran
vidas y muertes ajenas,
y cantan las almas de niños huérfanos
de manos paternas.

Siento la llama que aviva
los ojos del alma
que, perdida,
busca una luz
entre tanta espesura.

Gritos que rasgan el grueso vestido
de la inconsciencia y
abren una fisura en la estrecha
casa de la verdad escondida.

Pintura: Aitor Texto: Edurne

lunes, 3 de marzo de 2008

PERDÓN


Perdón por las estrellas dormidas.
Perdón por vivir sin prisa,
por la pereza marchita.
Perdón, sí, perdón por la risa.
Perdón sin temor,
sin visado de color...
Perdón al alba.
Perdón por mirar despierta,
por dormir aburrida.
Perdón por creer en la luna,
por bailar enloquecida.
Perdón y mil veces perdón.
Perdón sin perdón,
cruel situación...
Perdón por mis pasos,
por mi vida.
Perdón...
Foto: Aitor Texto: Edurne

miércoles, 27 de febrero de 2008

LA LEY DEL MÁS FUERTE


Dicen que el pez grande se come al chico.
Dicen que en esta vida impera la ley de la selva: la ley del más fuerte...
Dicen.

Y suele suceder que esa ley se cumple en muchas ocasiones, demasiadas. No sé si hay que comer muchas espinacas para asestarle un buen gancho de izquierda al contrario, no lo sé... Pero lo que sí sé es que las agresiones de todo tipo están a la orden del día.

Y no me voy a referir a las peleas típicas, a las reyertas de taberna, a las peleas entre bandas, a los ajustes de cuentas entre delincuentes, a la llamada violencia "de género" (que tiene tema para ser tratado aparte), ni siquiera me voy a referir en esta ocasión a las peleas escolares... Y cómo no, a las peleas en mayúscula, ¡a las guerras!

Dicen que la violencia verbal, la gestual, la actitudinal, también es violencia, también es agresión hacia el otro o los otros... Y en estos días en que están/estamos de "campaña", esa agresividad es bien patente. Nadie escatima el insulto, la puñalada, el reproche... como niños de parvulario.

La verdad, me aburren. Estos políticos de factura moderna, me aburren soberanamente. Son mediocres, no tienen chispa ni carisma, no tienen eso que todo buen político ha de tener: garra. No hay líderes natos ni decentes. ¡Así nos va, claro!

Y con tanta torta repartida a diestro y siniestro, los que cobramos (y no en plata precisamente), somos nosotros, los pobres ciudadanos de a pie, los paganos en todos los casos. Mientras escribo estas letras oigo en la tele a uno de estos políticos que nos siguen prometiendo el oro y el moro... y todo por nuestro voto, lo quieren como sea, al precio que sea, para después del día 9 de marzo, olvidarse completamente de sus falsas promesas.

No me digan que no es como para pensárselo bien dos veces... porque lo que nos ofrecen... a mí, personalmente, no me ofrece demasiadas garantías.

¡A reflexionar se ha dicho!

Postal: Pintura de Roy Lichtenstein comprada en el Reina Sofía

domingo, 24 de febrero de 2008

EPISTOLA - AE



Querida:
Sé que no vas a leer estas cartas desesperadas que te escribo desde la oscuridad de mis recuerdos, pero aún así, las escribo.
El gato se murió. Sí, ya sé que pensarás que no es momento para hablar del gato, pero es que el pobre Chispitas murió de pena, de la pena de tu marcha, y de que yo fui incapaz de ocuparme de él, demasiado preocupado en lamerme mis propias heridas.
El mismo día en que te fuiste se estropeó la lavadora y perdí mi empleo. Desde entonces no me he quitado el pijama y mi vida carece de sentido.
Chispitas se ha muerto, y yo estoy a punto de hacerlo, de pena, de hambre, de suciedad, de amor, de aburrimiento…
Imagino que tú estarás sonriente, feliz con tu nueva vida; no sé ni dónde ni con quién, pero sí, seguro que sonríes con esos dientes tan blancos, juntos, grandes, bellísimos…
Y yo aquí, ¡que hasta se me ha roto un canino al intentar hincárselo a un trozo de pan más duro que una piedra!
A veces me entretengo en pensar. Fantaseo contigo, con que vuelves y me rescatas de esta cueva en que se ha convertido la casa…
Ya no tengo ganas de seguir escribiendo, sólo tengo ganas de llorar.

Querida:
Hoy retomo mi relato, el relato de mi triste existencia sin ti. Segunda de estas cartas fantasmas. Ya ni recuerdo cuándo escribí por última vez. Sólo recuerdo que tenía ganas de llorar. Últimamente lloro mucho, creo que todo lo hago llorando. Bueno, en realidad no es que haga nada, solamente lloro…
¡Y recuerdo!
Me ha dado por pensar en tu pelo, en lo sedoso que es, que era… En cómo me gustaba acariciarlo y meter mis dedos entre tu larga melena. Y tú te reías… Entonces, entonces yo te besaba. Ahora ni siquiera tengo a Chispitas para acariciar su lomo.
Y mi pelo… mi pelo está tan sucio y descuidado que ha decidido ir muriendo cada día un poco. Las persianas están bajadas, así no puedo ver la calle, ni cómo es la vida ahí afuera, ni si llueve o hace sol, frío… Total, nada me interesa. Seguro que te reirías si me vieras, sí, debo de estar patético, ¡soy patético! Hasta yo me doy pena… ¿Lo ves? ¡Otra vez tengo ganas de llorar!


Querida:
Hoy sí que me acuerdo. Fue ayer, ayer escribí la última carta. Y te preguntarás que cómo lo sé. Muy fácil. Encontré una cebolla en la despensa, y a falta de otra cosa que llevarme a la boca, decidí que si tenía que llorar, lloraría por una causa y además… ¡comería! Aún me huele el aliento, y las manos… ¡por eso lo sé!
Los vecinos deben estar preocupados, oigo cómo se plantan ante mi puerta y escuchan, cómo llaman insistentemente, con los nudillos, a golpes, con el dedo pegado al timbre… A veces me dejan en paz unos cuantos días, pero luego vuelven a la carga. Yo no les hago caso.
¿Y el teléfono? Sí, claro, el teléfono no dejaba de sonar hasta que decidí arrancar la conexión, Chispitas se ponía muy nervioso…
Me pica todo el cuerpo, he descubierto que me han salido unas manchas rojas que me producen un picor insistente. Me da igual, más me pica tu ausencia, más molesto es tu silencio…
Ya… otra vez, otra vez te tengo que dejar, no me gusta que me veas llorar…

Querida:
Hace algún tiempo que se ha instalado en mi cabeza la idea de que te fuiste por culpa de mi carácter. Sí, creo que mi carácter se ha ido amargando en los últimos años, que mi desidia ha podido con tu paciencia. Lo reconozco. Y tal vez por eso ahora esté en esta triste situación, de la que, por otra parte, no me interesa salir. No creas que lo hago para llamar tu atención, no. Sé que no vas a dar marcha atrás en tu decisión. Sé que me mandaste demasiados mensajes que yo desoí, que tuviste más paciencia que el Santo Job, que mis cambios de humor, mis gestos indiferentes ante tus pequeños logros y esfuerzos te hicieron mucho daño…
Pero todo eso lo sé ahora, ahora que me veo privado de tu presencia, de tu voz, de tu olor… Nunca te dije lo que realmente significabas para mí, es cierto, pero pensé que lo sabías, que por eso estábamos juntos.
Y luego está lo de los hijos. No te creas que no le he dado vueltas al asunto. Sé que nunca quise tenerlos, sé que mi negativa te decepcionó por un largo tiempo, pero también pensé que lo habías superado y que vivías feliz sin esa preocupación, sin esa responsabilidad…
Ahora me doy cuenta de que no, de que no era así, y de que te he privado de algo muy importante para ti. Tal vez sea tarde, pero quisiera pedirte perdón.
Tengo que expiar mi culpa y esta es la única forma que se me ocurre. Seguro que más de uno pensará que es un chantaje emocional, me da igual lo que piensen los demás, la única persona que me importa eres tú, y no te vas a enterar de mi “castigo”…
Releo esta carta, y me doy cuenta de que es la más lúcida de todas las que te he escrito hasta ahora. Y de pronto me invade el pensamiento de que tal vez algún día pudieras leer todo esto. Quién sabe, la vida es una auténtica sorpresa, a cada vuelta de la esquina, nos espera algo desconocido…
Te pienso, te veo, te toco… es así a todas horas, y ya he decidido dejar de hablarte como si me fueras a contestar desde la cocina o la habitación, yo preguntando algo y tú contestándome con las palabras precisas…
Tú la fuerte, yo el débil.
Sé que esta situación es una auténtica tortura pero, querida, la vida ya no tiene sentido para mí, no si tú no estás en ella, en la mía, en mi vida. Por eso me he encerrado aquí, y cuando todo se acabe, yo también habré terminado.
Hasta aquí he sido fuerte, he aguantado tu recuerdo y mi confesión, pero ahora, ahora ya no puedo más, las lágrimas acuden a mis ojos enrojecidos de tanto llanto…

Querida:
Se me caen los pantalones del pijama. Me los he quitado, ya no me sirven para nada. Mis piernas apenas me aguantan, están realmente flacas, acabo de darme cuenta.
Ya no sé cuánto tiempo llevo así, como si fuera un muerto viviente. Ya no recuerdo por qué te fuiste, sólo que una mañana, al despertarme, no te encontré a mi lado, ya no estabas… Y desde entonces todo mi mundo se ha ido derrumbando dejándome a mí enterrado entre sus ruinas, sin saber, ni querer, ni poder salir de ellas. Ya no.
Creo que la luz se va a morir también, así que no sé cuántas cartas más podré escribirte.
Sólo me quedan siete galletas María Fontaneda y dos caramelos toffes de Solano. El agua del grifo sabe mal y mi lengua ha engordado, está blanca y gorda. No hablo con nadie, sólo contigo, pero no me contestas…
Si me dijeras que vas a venir, aunque sea de visita, limpiaría la casa, me lavaría y me pondría una camiseta, unos vaqueros... aunque seguramente me encontrarías muy cambiado. Yo tampoco me reconozco cuando me miro al espejo, por eso no me miro, yo no hablo con desconocidos.
A veces me tumbo en la cama y me envuelvo con tus ropas, entonces me quedo dormido… Y cuando despierto no sé cuánto tiempo ha pasado, ni me importa, sólo sé que vuelvo de estar contigo, y hasta huelo tu perfume, hasta puedo tocarte, y entonces lloro…

Querida:
Tal vez sea la última carta que escriba. No hay luz y escribo aprovechando la que entra por las rendijas de la persiana de la cocina.
Esto está hecho un asco y el grifo gotea, su tintineo me pone nervioso. Desde hace unos días noto que me tiembla el pulso, bueno, en realidad todo yo tiemblo. Sólo tengo agua, pero me sienta mal, así que procuro no beber.
Mis vecinos han dejado de darme la lata. ¡Menos mal que al final no vas a venir, no tengo nada que ofrecerte!
Todavía recuerdo cuando hacíamos cenas en casa, con los amigos. Cenas que siempre eran un éxito garantizado; no me extraña, ¡cocinabas como los ángeles! Hace tiempo que he dejado de sentir hambre, mis tripas ya no me reclaman.
Si vieras mi cara, mis manos, mi cuerpo… estoy en una pura llaga, pero ya da igual. Sé que no vendrás, que ya no volverás. ¡Todo da igual!
Llamo a Chispitas, pero tampoco viene, y no sé si se ha muerto o también se ha ido, como tú. Y tú… ¿te has muerto, o te has ido?
Yo creo que me voy a morir, que también me voy a ir… Esta casa ya no me gusta, hace frío, no veo nada y sólo tengo ganas de llorar…

Pintura: Antonio Texto: Edurne






jueves, 21 de febrero de 2008

EN LOS CONFINES


Sumerjo los confines de mis sueños
en la cámara oscura
de mi otra vida,
y veo pasar ante mí anhelos
deshechos,
y oigo voces que, desgarradas
muestran sus heridas de sangre plateada.

Olvido recuerdos de incierta amargura
y acuno nuevas promesas
en mi regazo callado,
y canto nanas mudas de llanto,
mudas de ausencia y frío.

Reclamo agua para mi boca dormida,
pan para mi corazón desolado,
y vienen a mí horas y días
llenos de sol y de vida,
y traen cantos de luz y risa
que tímidos, a mi lado caminan…

Foto y Texto: Edurne

lunes, 18 de febrero de 2008

VIVIR ADREDE


Hoy voy a echar mano del maestro Benedetti.
Y voy a echar mano de él, para reflexionar un poco sobre el hecho de vivir, vivir adrede...
Este libro acaba de salir a la palestra, y es otra joyita de Don Mario. Y quien sea entusiasta del maestro, como yo, me entenderá.
Voy a dejarles a ustedes un par de pasajes, para leer, para degustar, para pensar, para interiorizar, para comentar...
¡Buen provecho!
1.- COLOR DEL MUNDO
Millones y millones. En todas las monedas. Eso es lo que nos cuesta averiguar si hay seres vivientes (Adanes y Evas, serpientes o gorilas, árboles o praderas) en planetas de roca o quién sabe de qué, en tanto que en este planetito con vida miles de niños mueren de hambre civilizada.
Los sentimientos se deslizan, a veces se refugian en guaridas de amor, pero cuando emergen al aire preso o libre, dan el color del mundo, no del universo inalcanzable sino del mundo chico, el contorno privado en que nos revolvemos. Gracias a ellos, a los sentimientos, tomamos conciencia de que no somos otros, sino nosotros mismos. Los sentimientos nos otorgan nombre, y con ese nombre somos lo que somos.
2.- EL MIEDO
No se juega con el miedo porque el miedo puede ser un arma de defensa propia, una forma inocente o culpable de coraje. El miedo nos abre los ojos y nos cierra los puños y nos mete en el riesgo desaprensivamente. Andamos por el mundo con el miedo a cuestas como si fuera un pudor obligatorio o en su defecto una variante del fracaso. Tal vez sea el mandamiento o quizás el mandamiento de alguna desconocida ley, de un dios cualquiera. Por las dudas, una buena fórmula contra el miedo puede ser la que dejó escrita el bueno de Pessoa: "Espera lo mejor y prepárate para lo peor".
Textos: Mario Benedetti

jueves, 14 de febrero de 2008

CAMPOS PEREGRINOS



Aromas.
Aromas de tórrido verano
cercan los suspiros de mi mañana
dormida…
Olores a espliego y lavanda
que despiertan mi sangre,
presta para el camino,
incierto…
Pían los pájaros entre las ramas de
árboles de dorado sueño
y verdes hojas de ingenuo
pensamiento…
Al alba de mis días,
a la anochecida de mis temores,
acuden campanillas y lejanos
ecos…
Ecos de otras geografías
en escala de una a mil alegrías.
Aromas de recuerdos.
Deseos de infancia en algún baúl
olvidados…
Batir de alas en el refugio
del tiempo perdido.
Dulce abandono al alma
ausente...


Foto y Texto: Edurne

martes, 12 de febrero de 2008

LAS CAMPANAS



En la lejanía, Roque parece oír el sonido de unas campanas.
Es una tarde gris de otoño y la bruma lo envuelve todo con su espeso manto. El viento trae y lleva la hojarasca, huérfana ya de las ramas que lucía con soberbio verdor hasta no hace mucho. La noche se acerca. Parece eterna la oscuridad. Como el alma de la urbe, el viento viene y va. Pasajeros de la nada. Árboles difuminados.
Roque espera, escucha. Los pasos de sus recuerdos se van acercando cada vez más y más. Son tan nítidos que tiene que volverse para comprobar que no se encuentran tras él, soplando como un viento helado.
Apenas se oyen las campanas.
Todo sucede en las horas de lo oscuro, en el umbral de la verdad, en el terreno del sueño, en lo incierto de la vida. Él sabe de su miedo. Lo esconde entre el forro de su mirada. Los pasos le buscan, le encuentran. ¿Y esos recuerdos? No los reconoce. Ese niño parece ser él, pero no, él no era un niño alegre, no recuerda color en su infancia...
Vuelve el sonido de las campanas. Insisten.
Hay prisa, inquietud en esa llamada. Seguro que quieren algo, que le llaman y se está retrasando. Y la hojarasca danza. Se deja llevar por el viento... Libidinosa, pide más y más, se muestra juguetona, provocadora. Y el viento sopla y sopla...
Desde la niebla surge un joven. Le sonríe. Roque no reconoce esa sonrisa. Se parece a él, podría ser él...
De nuevo las campanas. El eco de su tañido resuena y resuena...
Los recuerdos están inquietos. Le esperan junto a los árboles desfallecidos, aquellos del sendero. Llueve, llueven sus temores. Y, entre la lluvia, un viejo decrépito y enfermo le llama. Lleva su ropa, tiene su mirada... pero él no es un viejo decrépito, no está enfermo. Los pasos se acercan presurosos en busca de su vida, la que quedó enredada entre el ramaje de los árboles... ésos, los desvanecidos.
¡Esas campanas van a volverle loco!
Y los pasos llegan. Y los recuerdos toman posesión de sus dominios. Roque cierra los ojos. Ante él pasa toda una vida, ésa que él no reconoce como suya.
Y las campanas repican, y las campanas le llaman...
Lo ha comprendido. Los recuerdos le reclaman. Se pierde en ellos y emprende el camino. Ahora puede recuperar la calma.
Ya no se oyen las campanas.


Foto y Texto: Edurne

CORRECAMINOS, BEEP, BEEP...

... Que el Coyote te va a comer.
Suele suceder.
Sucede que luego viene el Coyote, y se quiere comer al pobre Correcaminos.
Siempre corriendo, de acá para allá, sube y baja, entra y sal... auuuuu!
Estrés, agobios, prisas, eso es lo que nos espera con esta vida tan ajetreada que nos traemos y nos llevamos.
Me veo, nos veo, sin tiempo para casi nada.
Este Correcaminos me ha recordado a mi hermano Aitor, que siempre anda comiendo como los pavos y sale a toda pastilla para "pescar" el metro y llegar al trabajo a la hora.
Seguro que lo intentamos, que intentamos que el Coyote no nos atrape, y nos destruya con ese montón de artefactos marca Acme...
Pero, ¿cuántos de nosotros lo conseguimos? Escapar... ¡digo!
Beep, beep...
Foto: Antonio

domingo, 10 de febrero de 2008

EGUZKILORE (la flor del sol)


En el principio de los tiempos, la oscuridad reinaba en la Tierra, y los hombres habitaban en las cuevas, temerosos de los genios y espíritus que salían de las entrañas de la tierra en forma de dragones, toros de fuego, caballos voladores...
Cansados, acudieron a Amalur, la madre Tierra, y le rogaron que les ayudara. Ésta, al principio no les hizo caso pues estaba muy ocupada, pero tanto insistieron, que al final les ayudó y creó para ellos a la Luna.
La Luna reinó en el oscuro de la bóveda celeste, y los pobladores de la Tierra, asustados, no se atrevieron a salir de sus cuevas hasta que se acostumbraron a la gran bola blanca y luminosa.
Lo mismo les ocurrió a los genios, pero enseguida volvieron a las andadas.
Y de nuevo tuvieron que acudir los hombres a la madre Tierra. Esta vez creó al Sol, un ser mucho más luminoso y poderoso.
El sol sería el día, y la Luna la noche.
Ocurrió lo mismo, al principio, los humanos se asustaron, pero cuando vieron que el Sol les proporcionaba felicidad y que las plantas crecían fuertes, dejaron de temerlo.
De día, no tenían problemas con los malvados genios, pero por las noches, los hombres vivían atemorizados.
Tanto volvieron a rogar y suplicar a Amalur, que ésta decidió crear a Eguzkilore, una flor tan hermosa como el mismísimo Sol, y que puesta en las puertas de las casas, hacía creer a los espíritus que se trataba del astro rey, espantando de ese modo a lamias, malos espíritus, brujos, rayos, tormentas, genios de la enfermedad...
Y así es hasta nuestros días.

Foto: Aitor

¡PARECE TAN FÁCIL!


Y me digo yo:
Si es tan fácil... ¿por qué todos estos problemas nos agobian, nos traen de cabeza y nos peocupan?
Si nos paramos a leer detenidamente el reclamo, este hombre lo resuelve todo, ¡todo!
Si alguien está interesado, que me lo diga, tengo el teléfono de contacto... ¡jejejeje!

Folleto: Curandero Berete

miércoles, 6 de febrero de 2008

MÁS CORNÁS DA EL HAMBRE


Martín Serrano, “Martinete”, tomó la alternativa en plena feria de San Isidro, un 15 de mayo, día del santo patrón. Había luchado mucho para llegar hasta allí, para estar en esa plaza de Las Ventas y ser introducido en el Parnaso de los toreros, en el templo de la sacrosanta Fiesta Nacional. Y había peleado para que fuera de la mano de su admirado “Pepín de Ronda”, sin lugar a dudas, el maestro de toda una generación de jóvenes matadores como él.

Aquella tarde, jueves, lucía un sol espléndido, orondo y bonachón. El cielo, raso, libre y azul, sonreía desde su púlpito y mandaba su enhorabuena.
“¡Más cornás da el hambre!”. Esa frase era como un catecismo aprendido a fuerza de eso precisamente, del hambre. De donde él venía, conservaba consigo una maleta llena de estrecheces, de fantasmas, de miedos y sobre todo, de hambre, hambre de todo tipo.

Miró al cielo desde la amplia ventana del quinto piso del Hotel Puerta de Toledo. Le pareció que alguien le sonreía desde allá arriba. Serafín le ajustó la torera y de paso, el tiempo.
- ¡Andando, maestro, que ya es la hora!
Y como un padre, lo acogió en su pecho con un fuerte abrazo. Martín suspiró hondo y lanzó una mirada hacia el pequeño altarcito dispuesto sobre la cómoda: velas, imágenes de la Vírgen de la Paloma, de Sta. Bárbara y de ese San José, que como su propio padre fue un hombre resignado a los mandatos de la vida.

Madrid vestía de gala, y en aquel año que corría, 1973, la Fiesta se vivía no sólo como un orgullo, un derroche de virilidad y espíritu nacional, sino también como una huída. Una huída hacia adelante, sin retorno ni posibilidad de marcha atrás.

Martín era un hombre hecho a sí mismo, y que a pesar de sus escasos años, ya había caminado por las oscuras sendas de la desesperanza. Pero aquella tarde, el mundo le sonreía. Todos esperaban lo mejor de él, no les podía defraudar.
Vestía de oro y grana, y con ese cuerpo prodigioso, su imagen reflejada en el espejo de la habitación, era como la réplica del mismísimo Apolo que hubiera bajado del Olimpo de los dioses a mezclarse con los mortales, en una tarde de sangre y arena…

El hall del hotel estaba repleto de periodistas y curiosos. Martín Serrano, “Martinete”, había suscitado gran interés no sólo entre el público y entendidos en la Tauromaquia, sino también en la sociedad en general. El caso “Martinete” era singular: su propia vida, la forma en que llegó al mundo del toro, su originalidad e innovación en el arte de Cúchares, la valentía y arrojo que había demostrado en su corta pero fecunda experiencia como novillero…
Todo eso hizo que despertara la simpatía y admiración de todo el mundo, y que su salto a la categoría de los elegidos hubiera sido tan rápido y sorprendente.
No había un solo rincón en toda la piel de toro donde no se hubiera oído su nombre alguna vez, donde no se hubiera hablado de él. “Martinete” era, representaba, al “héroe nacional”, aglutinaba en él todas las virtudes de una persona “como Dios manda”. Era el hijo que toda madre quisiera tener, el novio que toda chica soñaría como marido, el amigo noble y leal que cualquiera desearía. ¡No, no podía defraudar a todo un país!

Trató de esquivar a toda esa muchedumbre, de escabullirse a sus miradas… y como si fueran un único toro, los fue dejando atrás con todo tipo de suertes:
“de costadillo”, “recortes”, “cordobitas”, “naturales”… Sólo le faltaba entrar a matar… Y para cuando sus pensamientos quisieron volverse negros como el tizón, viscosos y espesos como el petróleo, Serafín ya le había empujado dentro del coche que enfilaba derecho hacia Las Ventas.

La negra montera reposaba sobre sus rodillas, como el pasado que dormía en su interior y que empujaba por salir; la sujetó y miró por la ventanilla. La primavera estaba en su clímax, los árboles lucían su vestido renovado y le saludaban con fresca sonrisa.
Serafín se percató de que algo sucedía y puso su mano sobre la de Martín.
- Tranquilo maestro, que todo va a salir bien.
Veía los pitones de aquellos Miuras que iba a torear embistiéndole sin piedad, una y otra vez… pero no eran los toros, eran sus penas, eran sus miedos, era su conciencia. No quería sentirse así y trató de disimular su arcada, el asco, el vacío en su cabeza, la nube en sus ojos… no quiso. No quiso, y pudo.

Llegaron a la Plaza, y el murmullo, el jolgorio de la calle estalló en su cerebro como una potente bomba. Dejó a un lado sus tribulaciones, con un hondo suspiro volvió su mirada hacia Serafín, y le dedicó una amplia pero triste sonrisa.
Entró en la plaza protegido por los suyos, entre un escudo de capotes y monteras, con los aplausos de la muchedumbre arremolinada en las entradas.

El presidente de la plaza salió a recibirle. Le estrechó la mano, una mano grande, caliente y algo pegajosa; y con un leve empujoncito lo introdujo en la enfermería (qué comienzo, pensó). Allí estaba el cirujano de la plaza, Don Francisco Soto, una auténtica institución. Le dio un abrazo mientras sostenía un flamante Montecristo en su mano izquierda.
- Tranquilo muchacho, no hay de qué preocuparse, si ocurriera algo, estás en buenas manos.
Martín se estremeció, aunque le obsequió con una forzada carcajada.
- ¡Vaya cosas que tiene usted, don Paco!
Rieron.

Y allá, en el fondo, sentado en una silla, estaba José Sánchez, “Pepín de Ronda”, serio, enjuto, con los ojos bajos. Se puso en pie y caminó unos pasos hasta poder enfrentar su mirada con la de Martín, dejando al descubierto una gran cicatriz que cruzaba su mejilla derecha de norte a sur. Martín sintió cómo la emoción le cerraba la garganta y se apoderaba de su voz. El “Maestro” le sujetó por los hombros, esbozó una leve sonrisa y lo abrazó con una mezcla de rabia y desgarro.
- ¡Ánimo, maestro, que hoy saldrá usted a hombros y por la puerta grande!
Las lágrimas quedaron ahí, a punto de romper en diluvio. Fueron juntos a rezar y Don Julián, el capellán de Las Ventas, los bendijo con parabienes y mucha prisa.

Serafín y la cuadrilla estaban esperando en el callejón: El Toto, Juan, Sito y Manuel. Los capotes desplegados, haciendo pases ante toros imaginarios, citando con las banderillas a esos fantasmas que les esperaban en el coso de rubia arena. La música rompió el pesado silencio de sus pensamientos. Los alguaciles en sus caballos, vestidos con las galas propias, y detrás ellos, los protagonistas, el cartel completo: Armando Ríos, “El Rubio”, y sus hombres; José Sánchez, “Pepín de Ronda”, con su cuadrilla, y él, Martín Serrano, “Martinete”, con los suyos, dispuesto para su tarde de gloria.

Miuras. Los que esperaban en los toriles eran, ni más ni menos, que unos bravos y bellos ejemplares de la ganadería de Miura, los mejores, los más bravos, los más peligrosos…
Al son de un pasodoble se abrieron los portones y la comitiva taurina irrumpió en la Plaza, cegada por el potente sol y con la bendición del Santo.

De aquella tarde ya no recuerda más, no quiere recordar más. Ahí termina esa parte de su vida, el punto de partida y el final de la historia. Nadie dijo cómo empezaría, ni cómo sería el final… Todas las conciencias del mundo se levantaron en armas en su interior. Todos los miedos y las mentiras. Y ahí es donde decidió poner punto y final a todo.

Desplegó su capote, obsequió con una “verónica” al público arrebatado que se lo comía con su entusiasmo, echó a volar el rojo reclamo y a la vez, giró con arte sobre sí mismo. Saludó al respetable. Y haciendo un profundo hoyo de rabia encendida en el coso de su vergüenza, con esas manoletinas que estaban destinadas a pisar orgullosas todas las arenas de España y Latinoamérica… salió por uno de los burladeros justo debajo de los tendidos de sol.
Eran las seis y media de la tarde, la tarde de su ignominia. Acababa de deshonrarse y de ofender a todos aquellos que habían creído en él, que le habían apoyado y aupado hasta llegar allí. Pero ya era suficiente, ya había pagado con creces esa ayuda. Ahora había llegado su turno, ahora escupía su asco y su miedo a la Fiesta, lo escupía ahí, en esa arena que le reclamaba bravía.

Habían pasado los años. Su acto, cobarde para unos, valiente para otros, no pasó desapercibido, y no hubo mentidero en el que no se hablara de ello. Sí, habían pasado los años, y Martín Serrano rehizo su vida. Lejos, tuvo que marchar lejos, pero eso no le importó, nada le ataba, su deuda estaba saldada. “Martinete” quedó enterrado para siempre, allí, en el coso de los grandes, cubierto de sudor, de lágrimas, de vítores, de pitadas y sobre todo, de rabia, de mucha rabia.

Martín Serrano levanta los ojos del papel y mira por la ventana de su pequeña casa en Australia, la vista se pierde en el infinito. Pequeños puntos blancos que se mueven con tranquilidad, es el gran rebaño de ovejas de su vecino Fred. Vuelve a lo suyo. Se pone las gafas y sigue con la correspondencia. Esta vez tendrá que viajar a Japón, donde le invitan a dar unas charlas acerca del maltrato que sufren los animales. Martín, se ha convertido en un reputado activista por la causa animal, fundador de varias asociaciones, escritor de artículos, libros…Vive en paz con él mismo y con el mundo. Atrás quedó “Martinete”, que de vez en cuando le sonríe desde la oscuridad del olvido… y le brinda la faena de la tarde: “¡Gracias, maestro!”.
Postal: regalo de Lourdes a Silvia, préstamo de esta última Texto: Edurne

NOCTURNOS


I

Busco luz en la noche del sexo.

Fuera de ley, mi corazón

a saltos va en su inquietud.

¿Por qué un para qué?

Y he de besarla un día con rojo ardiente...

¿Para qué un por qué?

II

¿No sabes el secreto misterioso que entrañas?

¿No sabes de la simiente que, oculta,

germinas con tu llanto, con tu risa?

¿No sabes de la luz del deseo,

de la llama encendida que en ti habita?

¿No sabes?

Foto: Aitor Texto: Edurne

martes, 5 de febrero de 2008

SE NOS CAE


Estaba cenando y escuchando la radio. Entrevistaban a un personaje que había decidido abandonar su vida de consumismo, su trabajo estresante, y ubicarse en una finca rodeada de montañas y tranquilidad, trabajando la tierra y siendo autosuficiente.
El tipo decía que era muchísimo más feliz desde que había abandonado la tiranía de la sociedad consumista, que no echaba nada, pero absolutamente nada, en falta. Le creo.
Y es que si nos ponemos a mirar a nuestro alrededor, seguro que nos percatamos de que las cosas no van, de que el mundo que hemos construído, se nos cae. Así, poco a poco o ya a pasos agigantados, vamos.
Tecnología superavanzada, progreso a la carta. Avances, avances... retrocesos, retrocesos...
Hemos puesto los pilares para nuestro fin, ¡y lo malo es que cada vez está más cerca!
Sólo espero no llegar a ver el apoteósis final.
Y no es que quiera ponerme catastrofista, pero, la verdad, ¿ustedes se han parado a oír, a ver, a leer a fondo todo lo que nos dicen la radio, la televisión, los periódicos?
Todas las mañanas nos desayunamos con algún coche bomba, comemos con un derrumbe, cenamos con una muerte inútil...
Tal vez podamos hacer más de lo que hacemos, tal vez podamos poner sobre la mesa tanta miseria y mirarla de frente, tal vez podamos sentirnos algo responsables... ¡tal vez!
Pero ahora, sacudamos todo lo pesado y mandemos una sonrisa al mundo... Juntemos todas las manos para que no se nos caiga.
Pintura: Antonio

DE LA MORERÍA...




Una de moros y moras. Faltan los cristianos, que se les intuye. Mi correspon-sal en Madrid me manda estas fotos carnavalescas.
En este caso, representantes de las famosas comparsas de "Moros y Cristianos", que tanto auge tienen por todo el Levante español.
Reminiscencias de la época de ocupación musulmana de la Península, ocho siglos, ¡ahí es nada!
Y tantos vestigios, tantas huellas en la cultura, la lengua, las costumbres...
Crisol de razas, seguro que por nuestras venas corre sangre de todo tipo. Mestizaje. Y hoy en día vamos derechos hacia lo mismo, sino no hay más que mirar a nuestro alrededor.
Carnaval que hoy llega a su fin con el entierro de la sardina, y aquí hago una mención a Goya, recuerden...
Cualquier momento es bueno para sacar a relucir nuestra historia, la común. Aunque por aquí, por este Norte montañoso y abrupto, poco se pasearon los de Al-Andalus... ¡guerreros que son unos!
Fotos: Antonio

domingo, 3 de febrero de 2008

DON CARNAL Y DOÑA CUARESMA


Época de Carnes tolendas.
Carnaval, carnaval...
En estos días se nos junta todo: Carnavales, La Candelaria, San Blas, el de que "Por San Blas, la cigüeña verás, y si no la vieres... buen año de nieves", el viento ventoso, la lluvia lluviosa, Santa Águeda (Agate Deuna... ieup!)
¡Ayyyy, que no hay tiempo para tanta celebración!
Pues nada, que aquí tenemos unas deliciosas torrijas, tostadas de carnaval, ricas, riquísimas.
Hay tradiciones que conviene no perderlas... ni de vista, ni de gusto, ni de tacto, ni de olfato.
Una de éstas te devuelve a la infancia, te reconcilia con tu propio cuerpo, que no hay régimen que se resista, ¡que lo digo yo!
Así que aquí les dejo el platito, por si se me animan...
Torrijas: La madre que me parió, con la inestimable ayuda del hacedor de mis días
Foto: Edurne