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martes, 23 de mayo de 2017

BEATRIZ LA LOMBRIZ




Pues sí que era mala suerte eso de nacer tan arrastrada, tanto como a ras de suelo.
¿No había otro cuerpo libre en el reparto? No, había llegado tarde a la convocatoria y lo único que quedaba era un stock de lombrices de parque, de esas que salen a reptar después de un día lluvioso. Pues nada, no podía quedarse así, en el limbo de los que no llegan a ser ni una cosa ni otra, condenada a vagar por el éter. Tenía que asumir su nuevo karma.

¡Lombriz, ahora le tocaba ser una lombriz! No quedaba otra que adaptarse a la nueva situación. En sus otras vidas ya había sido casi de todo, pero todavía no había alcanzado el nivel suficiente para optar a un cuerpo humano, el que fuera, un niño, un adolescente rebelde, un adulto amargado, un viejito tranquilo… Cuando fue tigre de Bengala tuvo que soportar las burlas de todos sus compañeros por no querer atacar ni comer a ningún otro animal ni a ningún humano, a él le valía con comer hierbas y demás vegetales. ¿¡Dónde se había visto un tigre vegetariano!? Pues él lo era, ¡y a mucha honra!
Estaba convencido de que si practicaba la empatía con sus semejantes y los que no lo eran, su vida sería más tranquila, más feliz, y además acumularía puntos para poder escoger un mejor cuerpo en el que habitar en el reparto de su próxima vida.

Así estaban las cosas: su último ciclo vital había terminado. Ser una mariposa tropical tampoco estuvo tan mal, la única pena es que todo se le pasó en un suspiro, no le dio tiempo a disfrutar de casi nada. Eso sí, las pocas personas que se percataron de su existencia, admiraron la belleza de su cuerpo, los colores tan vivos de sus alas, el baile acompasado de su vuelo…

¡En fin! De nada valía quejarse, ahora en vez de volar le tocaba reptar. El panorama cambiaba radicalmente. Solo había que procurar que nadie te espachurrara, que no te comieran o que ningún aficionado a la pesca te viera y te utilizara de cebo para atrapar verdeles, merluzas o cualquier otro animal con escamas…

¡Y encima le habían hecho otro regalito, una miopía de tomo y lomo! Menos mal que en el lote venían las gafas. Se había visto reflejada en un charquito de parque y, vaya, no le quedaban tan mal, ¡hasta parecía una lombriz intelectual!

Su nueva familia resultó ser de lo más divertida, ¡la estaban esperando con una pancarta de bienvenida y todo! Se ve que el sistema de comunicación entre lombrices funcionaba a las mil maravillas. Ni siquiera le hizo falta explicar de dónde venía, lo sabían todo de ella. Tenían previsto hasta el último detalle. Su hermana más pequeña le regaló un libro de historias en las que los protagonistas eran todos animalitos. ¡Fue todo tan fácil!

Por las mañanas salían todos juntos a recorrer los caminitos del parque en busca de alimento. Mientras tanto, jugaban y se gastaban bromas, no paraban de reír… ¡Resultaba de lo más guay ser lombriz! Aprendió a reptar en un santiamén, parecía que lo hubiera hecho toda la vida. Se estiraba y encogía como un acordeón, no dejaba de alucinar, ¡parecía que se había subido a una montaña rusa!

Decididamente le gustaba ser una lombriz. Tenía pensado montar una pequeña escuelita para lombrices preescolares, para enseñarles a leer, porque ya se sabe, en esta vida, el saber no ocupa lugar y hay que estar preparado para cualquier situación. Tal vez esa también podría ser una forma de ir acumulando puntos para el próximo reparto de vidas…

¡De momento, a disfrutar! Porque reptar era parecido a patinar: zisszass zisszass…


Imagen: Internet. Texto: Edurne

lunes, 17 de noviembre de 2014

MARLENE, LA VACHE QUI PLEURE


¿Que qué me pasa, por qué estoy así, con esta carucha que da pena verme...? ¡Ay, si yo lo supiera!
Y el caso es que no tengo motivos para sentirme así, para andar llorando por todas las esquinas de este verde prado. Aparentemente no los tengo, pero yo sospecho que sí, que ha de haberlos, y me he propuesto encontrarlos.

Dicen mi madre, mi abuela y mis tías que soy un poquito exagerada, que me gusta andar llamando la atención...Ya, ya, la atención, ya verían ellas lo que es tener este nudo en la panza y que ni mugir me deja, miren, miren: muu... Nada, que no hay forma, no me sale, que se me ahogan las ganas. Y no vean ustedes el ridículo que hago cuando todas las de mi cuadrilla se ponen a mugir cada vez que viene el Piru, el muchacho que nos trae el heno, que nos lleva a los pastos frescos y luego nos ordeña ayudado de su padre, y que es... guapísimo, oigan, sí, lo reconozco, para ser humano, es de lo más guapo y simpático, porque nos hace unas carantoñas, nos da unas palmaditas en el lomo, nos prepara para el ordeñe de una forma que... que vamos, que nos pone a todas a mugir como tontas, Y él, que se lo sabe, se ríe, y hala, otra vez el muy zalamero a decirnos cositas al oído, y nosotras venga a mover el rabo y espantar moscas y moscones nerviositas perdidas.

Mi madre dice que toda esta tontería es porque estoy adolescente, que ando con la edad de la vaca tonta, que ya se me pasará. No las tengo todas conmigo.

Yo soy una vaca rubia, ya se habrán percatado de ello, ¿no? Bueno, pues el caso es que a nosotras nos destinan más bien para que sirvamos de proteínas a los amantes de la carne vacuna (de esto me enteré hace poco y me llevé un disgusto que no vean, lo mismo, lo mismo que cuando supe por mi prima Vaca Lechera que los Reyes Magos no eran de verdad. ¡Ya les digo, casi me da un soponcio!) Y a mí, sinceramente, que soy vaca y vegetariana, la cosa me pone los pitones tiesos. ¿Cómo puede alguien comerse a unos seres tan inofensivos como nosotras? Pero si dicen que somos como tontitas, que vamos para donde nos lleven y lo más que protestamos es cuando mugimos un poco más alto que lo que se considera mugido normal, entonces, a ver, ¿para qué quieren comerse nuestras carnes, eh?
A lo mejor este es uno de los motivos por los que me encuentro ahogada, alicaída y triste a más no poder...

El otro día estaban las vacas viejas de mi familia mugiendo un poco alteradas en una pequeña asamblea que habían formado en un rincón del establo. Que si muuu, que si mu, mu, mu y remuuumuuu... algunas estaban más excitadas de lo normal. Yo me hacía un poco la loca, y, disimuladamente, mientras ramoneaba unas hierbitas por aquí, rumiaba otras por allá, ponía la oreja por ver si me enteraba de algo. Nada.

A mí, cada vez se me hacía más grande el nudo de la panza. Era evidente que algo pasaba. Pero ¿qué? El resto de vacas jóvenes y tontorronas no se enteraban de nada. Sacudían sus rabos con movimientos acompasados, y uno, y dos, y un, dos, tres... Y rumiaban a coro y a capella. Una delicia. Pero a mí nada de eso me tranquilizaba.

No tuve que esperar mucho más, ya que al poco rato la asamblea se dispersó precipitadamente. A lo lejos se oía el ruido de un motor. Dejé mis pensamientos a un lado y torcí la testuz hasta identificar de dónde venía.
A mi lado pasaron casi al trote las hermanas Tolón-Tolón, mi amiga Leche Merengada, y la pequeña Petite Suisse. Iban muge que te muge y haciendo sonar sus cencerros sin pudor alguno. Junto a la valla de la carretera esperaban, como si de una comitiva de recibimiento se tratara, la asamblea de vacas sabias.

Para cuando quise darme cuenta, de un elegante camión de reparto entre granjas, descendió una vaca... ¿Cómo diría yo? Una vaca como jamás en la vida había visto yo, estilizada, ¡colorada! ¡Una vaca colorada! Con pendientes, madre mía, qué pendientes, y una sonrisa... Yo nunca había visto a una vaca reír.

¡Felicia, Felicia! Mugían a diestro y siniestro todas mis congéneres. ¡Así que esa era la famosa Felicia, nuestra pariente más famosa, La Vache qui rit!
Mi nudo en la panza se iba apretando cada vez más. ¿Quién podía competir con una vaca como la prima Felicia?

Resultó que mugía en francés y todo, ¡Mon Dieu! Un cazatalentos de vacas risueñas se la llevó al Paris de La France cuando era una ternerita, y solo vuelve una vez cada tres años a visitar a la familia mientras le hacen algún reportaje de esos pactados con revistas del mundo rosa de las vacas...
También me enteré de que el color rojo de su piel se debía a una especie de alergia o alteración genética que Felicia padecía desde pequeña, ¡quién iba a decir que eso iba a ser un sello de peculiaridad!

La visita de Felicia fue como la del veterinario, un visto y no visto. Yo no me atrevía a acercarme a ella y atosigarla con preguntas tontas ni “selfis” de ésos que ahora están tan de moda, total, no tengo ni vachebook, ni vachitwiter donde colgar fotos y cotilleos. Yo soy una vaca deprimida, está claro, y esas cosas no pueden hacerme feliz, al contrario. He llegado a esa conclusión hace poco y sin ayuda alguna, puesto que nadie me toma en serio cuando digo que tengo problemas. Tampoco me interesa parecerme a Felicia, eso se lo dejo a otras vacas más... cómo diríamos, ¿superficiales?

He decidido que voy a dejar de llorar, que voy a aflojar el nudo que me oprime en la panza y que como no me apetece nada, pero nada, nada, que hagan de mí chuletas de ningún tipo, voy a tomar las riendas de mi vida en este mismo instante. Así que, a ver, usted, caballero, el de la cámara, en cuanto me saque la foto y yo deje de ponerle ojitos de pena... por favor, me aparta un poco las maderas de la valla que me separa de la libertad, para que pueda salir corriendo. Porque, digo yo que ya se habrá dado cuenta de que yo no soy la vaca triunfadora, la famosa Vache qui rit, ¿no?
¡Muuuuuchas gracias!


Foto: Aitor, Texto: Edurne Vídeo: "La vache qui pleure" en Youtube de Kate&Anna McGarrigle.


domingo, 18 de mayo de 2014

UN CUENTO BLANCO


El niño apretaba contra su níveo pecho la paloma que había encontrado vagando por las salinas. El sol estaba justo en el mediodía  y cegaba su vista. Con la mano protegiendo sus ojos claros, intentó ver más allá de aquel inmenso mar de sal.

Pertenecía al pueblo de Los Albinos, los mensajeros de los dioses. Cuando salió de su poblado, ocho lunas atrás, partió con la misión de llegar hasta el Reino del Hielo. Para ello debía atravesar las Tierras Saladas, las Tierras de Agua, las del Gran Caballero Blanco, a donde se dirigía siempre y cuando consiguiera cruzar Las Salinas. Después de descansar en las tierras del Gran Caballero Blanco habría de partir hacia el Reino de la Dama de la Nieve, y por fin, llegar al gélido Reino del Hielo.

Pequeños surcos blancos de sal se iban abriendo a su paso. La paloma aleteaba y buscaba tímidamente el calor del blanco cuerpo. El niño la acarició con ternura y acercando su cara al animal, le susurró palabras llenas de música y luz que lograron calmar al ave, hasta que quedó dormida en su regazo.

Al alba, aún quedaban titilantes estrellas, férreas guías empeñadas en mostrar los blancos senderos al amado de los dioses.

El pequeño talismán de marfil que colgaba de su cuello, llamó la atención de la paloma que, al despertar, intentó picotearlo con la insistencia de un recién nacido en busca del pecho materno. Enseguida comprendió el niño que el animalillo tenía hambre. Buscó en el interior del zurrón que llevaba consigo, y sacó un pequeño cántaro de arcilla blanca.

Se puso en cuclillas y posó en el suelo, con suma delicadeza, a la débil paloma. Tomó el cantarillo entre sus manos y sopló dentro de él, suavemente… Al poco, y con mucho cuidado, dejó el recipiente junto a la blanca paloma. Ésta se asomó a la boca del cántaro e introdujo su pico en ella una y otra vez saciándose de aquel líquido lechoso que le devolvió las ganas de volar, cosa que hizo dando giros alrededor del niño, hasta terminar posándose en su rubia cabecita.

Él fue el elegido, y lo fue por la pureza de su corazón y su espíritu sin atadura alguna. Por eso, y por ser un ser inocente, libre de culpas y odios, él era el único que podía recuperar la «Madreperla de Nácar», el símbolo de los elegidos.

Un cálido viento proveniente del Sur azotó su cara sacudiendo los restos de sal que salpicaban su piel como pequeños cristales convertidos en diminutos diamantes. El sol volvía a calentar pasadas las frescas horas de la mañana, y la sal, cristalizada, le hacía daño en los pies. Pequeñas heridas amenazaban con paralizar su marcha.

Volvió a buscar en el zurrón, y de nuevo sacó el pequeño cantarillo de arcilla blanca. Volcó su interior, sopló levemente, y enseguida un reguero de agua cristalina empezó a discurrir ante él. Ahora podía proseguir su camino sin problema, el agua refrescaba su delicada piel y el tono blanco de ésta, que tornaba en rosáceo por el efecto de la fuerza del sol. Se sintió agradecido.

La paloma, también agradecida a la bondad del niño, seguía junto a él; elevaba el vuelo a cada tanto y se alejaba para volver enseguida y como con un código que solo entendían los dos, indicar el camino correcto.

Camino que transcurrió tranquilo, entre pequeños riachuelos, con la música del agua clara de fuentes y manantiales que se hallaban por doquier…

El agua pasó a tener un aspecto más denso y blanco, lo que solo podía significar que ya se habían adentrado en las Tierras del Gran Caballero Blanco. El niño miró a la paloma, que volaba haciendo filigranas en el aire, de puro contento.

Los dos estaban contentos, el Gran Caballero Blanco era amigo de su pueblo, y sabía que allí podrían ayudarle en su búsqueda. Además, en aquellas tierras nacía el manantial del que  bebían las palomas blancas, protectoras del pueblo de Los Albinos, y del que manaba el líquido que albergaba su cantarillo de blanca arcilla.

El cielo estaba limpio, relucía como una patena, ni una sola nube lo poblaba, y el sol señoreaba de norte a sur y de este a oeste. Avanzaron seguros.

Los días que pasaron bajo la protección del Gran Caballero Blanco y su pueblo, sirvieron para recuperar el cuerpo y el espíritu. Recargaron de aire puro sus pulmones y partieron con el corazón pleno de alegría.

Pronto dejaron atrás Las Salinas, las Tierras de Agua y las del Gran Caballero Blanco, y en el horizonte se pudo divisar el Reino de la Dama de Nieve, envuelto entre gasas y blanco algodón helado… Avanzaron con cautela. El niño palpó el talismán, y comprobó que estaba en su sitio, que su temperatura y color eran los de siempre. La paloma se mantenía sobre su hombro batiendo alas y en espera de su decisión de avanzar o esperar. El Elegido sacó de nuevo el blanco cantarillo, lanzó su contenido al aire, en dirección al Reino de la Dama de Nieve, y sopló, suavemente. En ese instante el lejano y frío reino se mostró ante sus ojos tal cual era. Y el niño pudo ver.

La Dama de Nieve era una bella mujer de piel muy pálida, de dulce y transparente mirada, de larga y blanquísima cabellera… Estaba en una estancia acristalada que dejaba pasar la luz argentina del exterior. La Dama paseaba entre rosales de flor nacarada y jaulas de plata con majestuosos pájaros de largas colas que elevaban sus trinos a lo alto, haciendo los gustos de la Dama y su séquito de pequeños sirvientes, que, al igual que ella, eran poseedores de una piel sumamente blanca, casi translúcida.

Y el niño vio que todo estaba bien. Con una mirada, indicó a la paloma que podían proseguir.

El Reino de la Dama de Nieve los recibió con una lluvia de pétalos de rosa blanca. Un leve olor a almizcle adormeció los sentidos del niño, quien solo oía los hermosos trinos de los regios pájaros de La Dama. Y cayó dormido sobre un lecho de blandas plumas de cisne blanco del Lago Real.

La paloma, no. Ella se mantuvo sobre su cabeza, velando su sueño. Un sueño que duró cien años. Y aunque dormido, el niño, disfrutó de la paz y belleza del reino de la Dama de Nieve. Ella lo cuidó como a su propio hijo, sus rosas nacaradas aromaban sus días y sus noches, y sus blancos pájaros cantores, adormilaban sus sentidos, transportando su espíritu a tierras de profunda quietud..

Cuando, por fin, despertó, al abrir los ojos vio a su leal amiga aleteando sobre su cabeza, contenta de su regreso de La Tierra de Los Sueños. La Dama, en pie junto a él le sonreía mostrando una perlada dentadura. El niño se incorporó, comprobó que todo estaba en su sitio, hizo una breve reverencia ante la Dama y partió. Ahora era más sabio. Los cien años que había pasado dormido, le habían regalado cien sueños, cien enigmas resueltos…

El niño y la paloma pusieron rumbo al Norte, hacia los confines de la Tierra, hacia los dominios del Reino del Hielo, gobernado por un tirano, el mismísimo Hielo, que un día se reveló contra el orden establecido desde El Principio de los Tiempos por la Mater Natura y Los Dioses. Hielo, había invadido no solo lugares recónditos, sino los corazones de pueblos enteros. El hielo que antes era aliado del resto, y era blanco, azulado, transparente… ahora era un hielo gris, sucio, oscuro… Hielo había robado la «Madreperla de Nácar», y el mundo estaba en peligro. Lo blanco podía trocar en negro, la luz en oscuridad, la bondad en maldad, lo puro en impuro, la risa en llanto, la paz en guerra y el día en noche eterna.

Solo la «Madreperla de Nácar» podía ayudar a mantener el equilibrio necesario, y para ello tenía que volver a manos de Los Albinos, sus guardianes, los elegidos de los Dioses.

El miedo no estaba tipificado en el código genético del niño, además, la paloma era su protectora. Sacó su pequeño cántaro, vertió el líquido de su interior, sopló suavemente y… el hielo que cerraba el camino quedó convertido en un riachuelo de blancas aguas. Poco a poco, un deshielo escalonado fue abriendo las montañas heladas que tomaron el aspecto de grandes montañas de nata.

El Reino del Hielo, volvió a tener su aspecto originario. El Hielo tirano se disolvió para siempre entre ríos de agua fresca y cristalina. Y en las entrañas de su más elevada montaña, la «Madreperla de Nácar» brillaba mandando destellos irisados al niño. Éste avanzó por los estrechos caminos, sorteando torrentes y piedras formadas del más frío hielo.

Cuando llegó ante ella, la paloma cesó en su vuelo y se posó junto a la «Madreperla de Nácar». El niño la tomó en sus manos, que eran puras, blancas y limpias, y la envolvió en un sencillo trozo de tela blanca que guardó en su zurrón. En ese mismo instante, un calor repentino invadió el Reino de Hielo. Y un mar tranquilo llegó hasta sus orillas dejando asomar blanca y cálida arena en la que se hundían los pies del niño.

La espuma, chispeante y salada, lamía los pies del Elegido. El olor a salitre le llenó por dentro. Cerró los ojos, respiró hondo y junto a su amiga la paloma, fue elevado por los aires. Cruzó un cielo inmenso, luminoso y plateado hasta llegar a su destino: la morada de los dioses.


Imagen: "Salinas Grandes de Argentina" tomada de Internet  Texto: Edurne. (Marguerite Yourcenar escribió un maravilloso cuento, el “Cuento Azul”, con la idea de una trilogía, el Rojo y el Blanco. Y más, muchos más maravillosos cuentos, para muestra, sus magníficos “Cuentos Orientales”. El ejercicio consiste en continuar su trilogía—con todas las limitaciones— y escribir el Rojo y el Blanco. Yo escribí el Rojo hace mucho tiempo, lo podrán releer en este enlace; y hoy les traigo el Blanco, sujeto a cambios y correcciones, por supuesto).


martes, 26 de junio de 2012

HISTORIAS DE PARIS (2) (Replay)



Violet et son petit chat Faustino.

Esta es la historia de la pequeña Violet, de su gato Faustino y del chocolate...

"El chocolate hace que olvide todas mis preocupaciones", decía Violet. Y por eso había decidido alimentarse única y exclusivamente de chocolate.

Desayunaba con chocolate; para comer, potaje de chocolate y laminillas de chocolate a la salsa del mismo, pero con menos intensidad... De merienda chocolate a la taza y para cenar un delicioso mousse del chocolate más negro.

Faustino se había aficionado a la misma dieta chocolatera de su dueña. ¡Y los dos eran felices! Aquí no vale decir lo de "fueron felices y comieron perdices..."

Violet compraba el chocolate en la petite chocolaterie del barrio, un barrio tranquilo a las faldas de Montmartre.

Monsieur Mignon le preparaba sus encargos con un mimo especial. Violet era una niña encantadora, dulce, amable... Sería por el chocolate, pensaba él, además la fama de su chocolaterie, gracias a Violet, se iba haciendo cada vez mayor.

Todo el mundo quería saber el secreto de la felicidad de Violet y de la tranquilidad de su gatito Faustino. No había secreto alguno, la respuesta estaba en el chocolate de Monsieur Mignon. Así es que el negocio del buen hombre pronto empezó a llenarse de gente venida de todas partes en busca de su famoso chocolate.

El viejo Mignon no daba abasto, estaba desbordado. En el pequeño obrador situado en la trastienda de la chocolaterie, tan sólo trabajaban Madame Mignon y él, y ya eran mayores... Además trabajaban como antaño, con las viejas recetas de sus abuelos, artesanalmente y con mucho cariño, sobre todo eso, mucho cariño.

Visto el ejemplo de Violet y Faustino, todo el mundo quería olvidar "ses tracas", sus preocupaciones; y allí acudían políticos de renombre, artistas famosos, amas de casa abrumadas por sus responsabilidades, escolares desbordados de tanta actividad... Todo el mundo necesitaba del chocolat de los Mignon.

Así es que Monsieur et Madame Mignon decidieron "emplear" a Violet y sus amigos, sólo ellos podrían ayudarles en la dulce tarea de elaborar chocolate para tantísimas personas preocupadas. ¡Y Violet y Faustino pasaron a ser la imagen de la felicité et le chocolat!

Como ahora el chocolate era más concentrado, tan sólo se necesitaba una onza diaria para sentir los efectos benefactores de tan delicioso alimento, el alimento de los dioses, dicen...

Si pasan por París, no dejen de buscar a la petite Violet y a su gato Faustino... ellos les guiarán hasta la chocolaterie del viejo Mignon.

Et bon appetit mes amis!


Postal: parisina Texto: Edurne

domingo, 19 de septiembre de 2010

MAMBRÚ SE FUE A LA GUERRA


Mambrú, como todos los de su tribu, los Clips de Playmobil, había hecho su instrucción militar y estaba a la espera de que le llamaran a filas.
Su pueblo llevaba años en guerra con otras tribus vecinas: los Madelman, los Airgamboy, los Geyperman… Todos ellos mucho más robustos, con más medios armamentísticos, mejor equipados y más belicosos que ellos.
Pero los pequeños Clips de Playmobil, en otra época también llamados de Famobil, eran constantes, tozudos, y muy, pero que muy disciplinados. Y era también gracias a esas cualidades, que la mayoría de las veces, en las pequeñas escaramuzas que tenían lugar en las lindes de su reino, ellos, siempre salían victoriosos.

Mambrú no tenía ni pizca de ganas de ir a la guerra, pero el Gran Libro, así lo disponía: “Todos los Playmobil varones, mayores de tres años, después de haber efectuado su instrucción militar, deberán quedar confinados en el Cuartel General de la Selva Tropical y esperar hasta ser llamados a filas, y partir a la guerra contra los enemigos de nuestra tribu. El no cumplimiento de esta norma, conllevará consigo el despiece del individuo: clip, clip y clip…”
Como es de suponer, no había desertores en el pequeño ejército Playmobil, y en cualquier caso, el despiece solía tener lugar en el campo de batalla; los restos de los pobres guerreros eran recogidos por los gigantes que gobernaban el Gran Mundo, y ya no se sabía nada más, ni cuál era su destino.

Aquel verano, mientras formaba parte del último regimiento de reclutas en Fase 3, conoció, por pura casualidad, a la que desde ese mismo instante pasaría a ser la única dueña de su pequeño corazón, la hermosa Dulcinea del Monte Hermoso, hija, también era casualidad, del poderoso rey Midas, el que todo lo convertía en oro, y que mejor no dejarse tocar o abrazar por él…

Dulcinea, vivía apartada de su padre por esa razón, por la de no ser convertida en vil metal con el solo roce de su áureo padre. Privada del cariño de unos progenitores como Dios manda (la madre murió al nacer ella), había sido criada por niñeras y amas, que procuraron darle todo aquello de lo que carecía, pero, el cariño de unos padres no es algo fácil de suplir, así que la pequeña Dulcinea se convirtió en una joven hermosa sin la mano amiga y cariñosa de una madre y sin el consejo y protección de un padre. Bueno, es verdad que Don Midas, como le gustaba que le llamaran, estaba pendiente de su manutención, sus necesidades más urgentes, su educación y demás, pero, ahí terminaba su trabajo, él también se había acostumbrado a no tenerla cerca, excepto en las recepciones oficiales y asuntos semejantes, pero casi era como si no existiera pues apenas la veía.

Suspiraba la pobre Dulcinea por su mala suerte. Suspiraba hasta ese día, en que visitó, como parte del séquito de su real padre, el campamento de aquellos soldaditos tan disciplinados que, decían, formaban parte del ejército mejor adiestrado de todo el Reino de Abracadabra. A su señor padre se le había metido entre ceja y ceja, hacerse con los servicios de las huestes de los Playmobil, por si las moscas, vamos, por si algún día se veía en el apuro de presentar batalla a los ambiciosos que le rodeaban y anhelaban sus riquezas, sus posesiones y hasta a su hija. Era mejor estar preparado.
Así que Dulcinea no sólo no dejó de suspirar, sino que sus suspiros se volvieron más constantes, intensos y alarmantes… ¡Había conocido a Mambrú!

Sucedió, como suele suceder en todas las historias en las que el amor sacude los corazones, que el destino hizo que sus caminos se cruzasen, accidentalmente, todo hay que decirlo, y que un pequeño Cupido, diestro en el manejo de las saetas amorosas, tuviese a bien disparar un par de ellas, con tan buen tino y acierto que hizo blanco en el centro de ambos corazones, puros e inocentes hasta el momento. No queremos insinuar con esto, que sus corazones dejaran de ser puros e inocentes, pero sí que se volvieron ansiosos y alocados, desbocados, como caballos salvajes.

Bastó con una leve mirada, perdida en el viento, mientras que el séquito real observaba el desarrollo de unas maniobras rutinarias de lucha cuerpo a cuerpo, en el patio del cuartel, y cuando nuestro pequeño héroe realizaba una pirueta en el aire con la que fue a caer justo ante los pies de nuestra desolada princesa, para que Mambrú sintiera su corazón hacer clipclipclipppppp, y para que Dulcinea se ahogara entre suspiros.

Llegó a oídos del rey y del Supergeneralote de los Playmobil el acontecimiento, y claro, automáticamente saltaron las alarmas. Era tan evidente la atracción que emanaba de los dos enamorados, que se palpaba en el aire y éste se hacía tan denso que era imposible respirar, cosa altamente peligrosa. Había que actuar inmediatamente por la seguridad de todos.
Se reunieron los altos mandos de los Playmobil, los ancianos de la tribu y el mismo Midas con sus consejeros. Los Playmobil eran amigos y aliados, pero, semejante osadía, enamorarse como loco de remate de la mismísima hija de Don Midas, con los consiguientes riesgos para la salud de todo el reino… no podía quedar impune: ¡enviarían a Mambrú a la guerra de ipso facto! Solamente había un pequeño problema: en esos momentos no estaba programada guerra alguna por los alrededores, casi todos los ejércitos se encontraban disfrutando de su periodo vacacional, pero… no importaba, enviarían a Mambrú a la guerra solo, ya se buscaría la vida. Iba en misión secreta: buscar y encontrar un enemigo, real o imaginario, contra el que luchar. Total, esto era algo muy habitual, lo habían aprendido de los gigantes que gobernaban el Gran Mundo, inventarse enemigos, guerras, causas “justas”…

Así que nuestro pequeño amigo, tuvo que salir del campamento especial con la misión de enfrentarse a los peligros que por el camino se le presentasen, y aventurarse hasta los confines de la Selva Tropical, solo, sin más ayuda que su instinto de supervivencia, su pequeña lanza, el casco que cubría su cabeza, y el escudo heredado de su abuelo. Eso sí, se llevaba la verde mirada de su Dulcinea, y sus suspiros enredados entre los “clips-clips” de su corazón…

Desde la Torre de La Pena más Honda llegaba hasta sus oídos la dulce voz de su amada cantando esta canción:

Mambrú se fue a la guerra,
mire usted, mire usted, qué pena.
Mambrú se fue a la guerra,
no sé cuándo vendrá,
Do-re-mi,
do-re-fa.
No sé cuándo vendrá.
Si vendrá por la Pascua,
mire usted, mire usted, qué gracia.
Si vendrá por la Pascua
o por la Trinidad.
Do-re-mi,
do-re-fa.
O por la Trinidad,
La Trinidad se pasa,
mire usted, mire usted, qué guasa.
La Trinidad se pasa.
Mambrú no viene ya.
Do-re-mi,
do-re-fa.
Mambrú no viene ya.

Dibujo: Gorka, uno de mis alumnos. Canción: del repertorio infantil de mi infancia y de la de tantos otros. Texto: Edurne

lunes, 6 de octubre de 2008

EL JARDÍN DE FLORENCIA





Florencia tenía un jardín, un jardín chiquitín, como ella, pero un jardín muy especial. Todos los años, el jardín de Florencia daba una sola y única flor. Una flor muy singular.

Todo el mundo quería saber cuál era el secreto de semejante flor, porque, de que era una flor mágica, nadie tenía duda. La flor poseía cualidades que la hacían única en su especie. Aparentemente, era una florecita insignificante, sencilla… pero en su interior guardaba un maravilloso secreto: tenía la capacidad de curar las penas.

Todo el mundo quería poseer esa flor. Lo malo es que sólo había una y sólo florecía una vez al año. Nadie sabía cuándo iba a florecer, sólo que justamente cuando alguien estaba triste, cuando alguien la necesitaba… la flor, nacía. Entonces, Florencia se la regalaba; así ella siempre estaba contenta por poder ayudar a los demás, y la flor alegraba la vida de quien estaba triste, enfermo, solo, preocupado…

Y esta es la historia de Florencia y su flor mágica. Flor que un día viajó desde su jardín hasta el de su Tata Julián, para alegrarle los días mientras se ponía bueno y se curaba.

Los niños, todos los niños, tienen un pequeño jardín con flores mágicas… ¿no las habéis encontrado todavía? ¡Buscad, buscad!


Dibujo: Florencia Texto: Edurne

domingo, 11 de mayo de 2008

NIKO Y LA GUITARRA MÁGICA



Este cuentito lo acabo de inventar ahora mismo. Se lo dedico a mi potxola de sobrina, a Sara, que hoy ha hecho la Comunión. Ayer me regaló este dibujo y hoy le regalo yo este cuento. Y mogollón de besos.

Aquella noche no pudo dormir, estaba demasiado nervioso para poder hacerlo.
Niko había cumplido ocho años y ya se sentía un niño mayor.
Además era un niño especial, él había nacido la noche de Reyes, así que… no había duda, él era un niño especial, al menos eso es lo que él creía, lo que siempre le habían dicho.

Había limpiado sus zapatos por lo menos tres veces, había dejado la comida y la bebida para los tres Magos de Oriente y sus camellos; había sido bueno, más que bueno, buenísimo. Se había comido toda la sopa de la cena, y eso que no le gustaba nada de nada… Había aguantado las bromas de su hermana Piluca, que se creía mayorcísima, con eso de que tenía doce años... por Dios, ¡qué sabría ella de ser mayor!

Y allí estaba él, con los ojos cerrados, con los puños cerrados, imaginando que los Reyes Magos subían por una escalera interminable y que… ¡caramba, así no iban a llegar nunca! Tendría que haber dejado abierta la ventana de la sala, pero ahora ya no podía levantarse, no quedaba más remedio que aguantar.

Le parecía oír ruidos por todas partes, era un auténtico suplicio, ¡y él sin poder levantarse y mirar! Pero al final parece que se quedó algo traspuesto. Lo malo, los sueños. Bueno, más que sueños eran auténticas pesadillas, y en una de ellas se despertó bañado en sudor y llorando. Aun así no se atrevió a abrir los ojos, por si las moscas, no fueran a pillarle y se quedara sin sus regalos, sin la magia….

De pronto oyó las campanadas de las ocho en el reloj de la vecina que sonaba a cada hora y hacía retumbar toda la casa.
Ahí sí que ya no aguantó más. Salió disparado de la cama, pero antes de salir de su habitación se encontró con un obstáculo que no le dejaba abrir la puerta.
Era una funda casi tan grande como él. La abrió y... ¡hey, una guitarra! Pero él no había pedido una guitarra, además no sabía tocarla.

Se quedó un poco asustado, también pensativo porque no entendía muy bien cómo era que una guitarra que él no había pedido aparecía allí, en su habitación, y no en la sala junto a los demás regalos como era la costumbre.
Estos Reyes Magos se habrían despistado, ¡seguro que no tenían un GPS!

Dentro de la funda y entre las cuerdas de la magnífica guitarra, porque hay que decir que era una guitarra preciosa, bonita donde las haya, brillante, nuevecita… había un sobre donde se podía leer: “¡Ábreme!”.
Sacó una notita del sobre y mientras la leía, su cara de admiración dejó paso a una gran carcajada. Sacó la guitarra con sumo cuidado, se sentó en el borde de la cama. Le colgaban los pies y la guitarra le quedaba un poco grande, pero en cuanto puso sus manos sobre ella y acarició sus cuerdas… ¡se hizo la magia!

Doremifasolasidoooooo dododododooooooo… Las notas salían solas, como una cascada de agua deseando saltar y brincar. Al principio Niko se asustó, no podía controlar toda esa música, pero enseguida se dio cuenta de que con sus manos, y según rasgara las cuerdas, la melodía era una u otra. Sonrió y se olvidó de todo lo demás.

Al oír la maravillosa música que salía de su habitación, los padres y la hermana de Niko se asomaron con un poquito de miedo la verdad, ellos tampoco comprendían nada.
Niko les dijo que entraran, que no se asustaran, y les deleitó con un repertorio de canciones de lo más variado. Todos estaban encantados, de lo más contentos.

Y desde aquel día sí que Niko fue un niño especial: ¡el niño de la guitarra mágica!

Dibujo: Sara Texto: Edurne