Mostrando entradas con la etiqueta Reflexiones a mano alzada. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reflexiones a mano alzada. Mostrar todas las entradas

jueves, 31 de diciembre de 2020

LAS UVAS DE LA IRA (Sic.)



Este año, más que ningún otro, sí que son las uvas de la ira.

Y a pesar de los pesares, aquí estoy, como la semana pasada, con estas uvas, que, seguro que van a ser más simbólicas que otra cosa, para desear de todo corazón que el año que asoma, este 2021 que ya antes de nacer viene cargado de responsabilidades, sea menos puñetero que su hermano mayor, que nos engañó bien engañados…

Dicen que es el principio del fin de esta maldita pandemia, aunque yo no me atrevería a afirmar tan categóricamente que vaya a ser así. Creo que todavía nos quedan meses muy largos, duros y penosos, y que hay mucho más detrás de todo lo que nos dejan saber, vamos, que esto es como un iceberg, que la inmensidad que vemos es solo una pequeñísima parte de todo lo que hay por debajo.

Lo malo, lo triste, es que no se haya dejado atrás eso de los intereses y los réditos políticos que quieren acaparar unos más que otros; que se hayan fomentado las rencillas, los bulos, las luchas de patio entre matones de pacotilla… ¡No hay derecho, no! Es una auténtica vergüenza y una inmoralidad este tipo de actuaciones. Ante la magnitud de la desgracia, de la crisis a todos los niveles, hay quien hace suyo lo de “a río revuelto, ganancia de pescadores”. Una vergüenza, ya digo. Me causa indignación, tristeza… Me revuelve las tripas tanta mezquindad, tanto “y tú más” o “y yo más”. En semejantes momentos hay que ser como los de Fuenteovejuna, todos a una, y luchar por vencer al verdadero enemigo.

Este año se va a ir marcado en rojo fosforito, se estudiará como “el año que nos cambió la vida”… En el fondo, pienso que algo así ya se venía fraguando, lo que pasa es que nos ha estallado en toda la cara y sin estar preparados. Ahora ya no hay disculpas, ahora teníamos que estar mucho mejor, y estamos al revés, estamos peor que mal.

Nos han fastidiado la vida bien fastidiada. A unos más que a otros, puesto que los que la han perdido… esos ya no tienen posibilidades de nada. Y sus familias, marcadas para siempre por esta tragedia. Pero bueno, no voy a ahondar en algo que estamos viviendo todo el mundo a la vez, en lo que ya sabemos. Habrá muchas opiniones, críticas y halagos acerca de la gestión de esta pandemia, contradicciones, yo qué sé… Cada uno es un mundo  y cuenta la feria tal y como como le va.

En esta familia mía estamos pasando un annus horribilis particular, por un lado teniendo mucho que ver con el maldito Covid, y por otro, por viejos males que afloraron en el confinamiento, otros que han aparecido hace casi dos meses y no mejoran de momento… Así que lo de comerse las uvas mañana va a ser muy simbólico, no creo que podamos hacerlo, pero bueno, hay que mantener ciertas tradiciones porque son las cosas que, de algún modo, nos sujetan y nos enraízan a la tierra.

Claro que vendrán tiempos mejores, porque sabido es que “No hay mal que cien años dure…” ni cuerpo que lo aguante (el mío no sé hasta cuándo resistirá). Lo malo es que mientras estamos en esta especie de limbo, no somos nada, no tenemos respuestas, todo es una pura incertidumbre…

Lo que sí es seguro es que el 2020 le dará el relevo al 2021, le pasará una maleta de lo más tóxica y le dirá: “Chau, chau, ahí te quedas, yo ya monté el lío, a ver ahora cómo te las arreglas tú”. O sea, un marrón en toda regla. Un cabrito este 2020, no me queda duda alguna.

Aquí les traigo las uvas de la cocina de mi amatxu, aunque ella no esté ahora en Nocheviejas ni nada parecido, está sufriendo mucho y nosotros con ella, así que lo mismo que en Nochebuena, no habrá cena ni nada parecido, cuando podamos comeremos algo en la cocina, y los que podamos. Son las segundas Navidades más tristes de mi vida, pero no me voy a quejar demasiado, que las cosas siempre pueden ponerse peor y realmente hay quien sí está muchísimo peor.

Ya pasará. 

Seguiremos aguantando. 

Resilencia, 

paciencia…

Así que… ¡Feliz Año Nuevo! A ver si estrenándolo todos a la vez conseguimos que no pierda esa parte inocente e ingenua que tienen los años, como las personas, cuando son nuevos en un sitio.

Salud, lo primero, Trabajo, Amor, Comprensión, Empatía, Solidaridad, Paz… Para todo el mundo. Levanto mi copa virtual por todos ustedes: chinchin.

Y no se olviden de ser felices aunque sea en pequeñas dosis, robando ratitos a la vida… 

¡Ah, y no pierdan la sonrisa!

URTE BERRI ON!

 

Foto y Texto: Edurne. Uvas: de la cocina de mi amatxu.


martes, 1 de septiembre de 2020

AÑO NUEVO ESCOLAR Y UNA PANDEMIA OKUPA





Hoy es 1 de septiembre de este año extraño que nos ha tocado vivir. Son las 19:03 de una tarde soleada y un poco ventosa en este Botxo de mis amores. Me siento al ordenador casi con miedo. Últimamente le hablo muy poco, lo visito casi nada, para consultar alguna cosa y nada más. Sé que me mira raro, que me lanza reproches callados, y que, al mismo tiempo, me anima a que me deje llevar, a que me suelte la coleta, a que abra las puertas de mi corazón “tancat”… En ello estoy.

No sé si mis reflexiones serán objetivas o demasiado subjetivas. Me invaden sentimientos encontrados. Todo está siendo diferente, desconocido, no esperado y mucho menos deseado o pedido… ¡Y largo! Ya dura demasiado esta incertidumbre, este miedo agazapado en las entrañas, en la mirada, en la sonrisa acobardada… Y no quieres saber, no quieres oír, no quieres ver, no quieres pensar… ¡Mentira! Eso solo lo dices los primeros dos minutos antes de lanzarte a la búsqueda de alguna respuesta que calme tus angustias. Nada, no hay nada para apaciguar las rabias, los desconciertos…

Unos días te levantas más optimista, otros parece que el mundo se te ha caído encima y no puedes casi ni andar, te cuesta respirar, miras a tu alrededor y ya no sabes ni qué pensar, ni qué esperar… Y entonces decides lanzarte a la calle y dejar que los pies te lleven por donde ellos quieran, y que tus ojos conecten con lo que llevas dentro y vean lo que has visto mil veces pero que lo miren, que tú lo descubras como nuevo. Y entonces sacas tu móvil y clic, clic, clic…. Fotografías todo, hasta el aire que malrespiras a través de la maldita mascarilla. Miras y ves: casas, calles, puertas, letreros, árboles, ventanas y balcones, niños, palomas y coches, autobuses, nubes y abuelos, mujeres y hombres presurosos, altivos y taciturnos, lonjas cerradas, carteles de se vende, se alquila, sueños perdidos, ilusiones escondidas entre los jirones de tantas vidas… Subes y bajas cuestas, cruzas calles, esperas semáforos y observas, miras, ves, escudriñas…. Disparas: clic, clic, clic…

Hoy me siento mal, parezco una esquirola. En los últimos 39 años, es el primer 1 de septiembre que no estoy en la caja de salida del nuevo curso escolar. Mi yo más guerrero y solidario siente que tenía que estar ahí, dándolo todo, como siempre, pero… por otro lado también sé que ya me tocaba, que este Año Nuevo que supone para todos los docentes el primero de septiembre, ya no me tocaba, éste no era mío. Ayer me dediqué a mandar mensajes de ánimo a todos mis compas y demás amigos y conocidos de la profesión. Lo agradecieron, enseguida me llovieron los whatsapp de gracias por los ánimos, por acordarte, no te olvides de pasar a visitarnos, suerte vamos a necesitar… Sé que hoy la cosa ha sido un poco liosa, que ahí andan, con el miedo y las ganas de arrancar para ver cómo va a ser esta tragicomedia que nos han escrito desde no se sabe muy bien dónde. Pero lo que si está claro es que l@s docentes son quienes van a sacar esto adelante, esta vuelta al cole tan controvertida. El profesorado y las familias y alumnos comprometidos con su salud y su derecho a una educación pública y de calidad, para tod@s... De las administraciones ni hablo, mejor, porque daría para mucho y mucho cabreo. Estoy muy orgullosa de tod@s mis colegas.

Se nos está esfumando el maldito año con una carga de dolor y estupor gratuita e innecesaria. ¿Tan mal@s hemos sido? Parece que la cosa va para largo, porque, aunque no quiera oír, leer, ver… al final estoy todo el día metida en harina con la dichosa pandemia y los distintos flecos que la adornan. Paciencia. No sé si esa es la palabra, el concepto que hemos de asumir, no lo sé. Se está acelerando demasiado todo. Todo lo que no necesitamos que llegue tan pronto.

Cuando miro a mi ama, pienso en l@s de su generación y me corroe la pena y la rabia, la impotencia, y como a Woody Allen cada vez que escuchaba a Wagner, me entran ganas de invadir Polonia. Han pasado una guerra horrible siendo niñ@s, una posguerra terrible y durísima, les arruinaron la juventud, de adultos pasaron mil estrecheces y vivieron con miedo y en silencio… Y ahora, ¿terminar así? No hay derecho, ¡no!

¿Qué nos espera? ¡Cualquiera lo sabe! No quiero ser agorera ni conspiranoica ni nada parecido, sí prudente y expectante. A mí la vida me ha plantado en estos 60, que ya voy terminando, en una encrucijada sin indicaciones claras de hacia dónde ir. Voy tirando de mi intuición, de lo aprendido y aprehendido, de lo mucho deseado, de lo no conseguido, de lo logrado, de los afectos, de las ganas y las fuerzas que aún me quedan por ahí, latentes… Voy tirando y a veces me miro en el espejo y me río conmigo misma, otras, no reconozco a la que asoma del otro lado, a la que llora bajito, a la que se le anegan los ojos, esos ojos verdes chispeantes, y se le convierten en un mar de lágrimas, en un piélago descontrolado, en un tsunami de olas de miedo… STOP. Le doy el alto, le pido la documentación, le pregunto por las intenciones, y luego le doy una tila, una palmadita en la espalda y la dejo pasar. La frontera está justo en las lindes del sueño y la verdad. ¿Qué habrá tras la puerta?

 Las 19:41. Termino ya, así va esta reflexión, tal cual.

Seguimos caminando. ¡Ánimo compañer@s, y que la fuerza nos acompañe!

Foto y Texto: Edurne

viernes, 31 de julio de 2020

2020. INFLEXIÓN




Recordaremos este año durante toda nuestra vida. Pasará a los anales de  la Historia como fatídico, pernicioso, malvado, aprovechado… ¡Como para olvidarlo!

Hoy es el último día de julio, del séptimo mes del año, y yo sigo como si me hubiese pasado una apisonadora por encima, como si me hubieran vaciado por dentro. A veces me parece que me muevo por inercia. No, no es cierto, pero… ¡Así me siento!

Acabo de ponerme frente al ordenador, que me mira raro, casi no me reconoce, ¡lo visito tan poco! Me estoy obligando a teclear, a hacer “dedo” y dejar que lo que tenga por ahí dentro, salga, ¡si quiere! De momento, ya llevo unas cuantas líneas, y ya he activado las luces de alarma de mi cerebro, de mis tripas y de mi corazón.

Aquí estamos, intentando hacer un recuento de penas y alegrías en todos estos meses, también de miedos e inseguridades, de rabias, de “ditasea”s… Y cuando te sientes así, impotente (iba a poner imponente, en qué estaría pensando yo… ;)), pues es como si todo cortocircuitara. Pipiipiiiiii. No había un plan de evacuación preestablecido, yo el único que me sé de memoria es el de mi escuela (¡ay, mi escuela!), así que corremos el riesgo de chamuscarnos en la huida, o de convertirnos en ceniza si nos quedamos en el lugar del crimen…

Divago, eso se me da muy bien. Por las noches, cuando me sumerjo en las catacumbas de mis sueños, me da por diseñar un mundo repleto de catástrofes y cataclismos… ¡vaya que estoy espléndida! Son paisajes oníricos muy densos, pesados, oscuros, cerrados y de muy mal gusto. Menos mal que no siempre me acuerdo de mis desventuras nocturnas, un alivio, ya les digo.

Ahora mismo, a las 20:34 del reloj de mi ordenador, miro por la ventana. Muevo lentamente la cabeza hacia mi derecha, bajo la barbilla y elevo la vista por encima de mis gafas (me recuerdo a mi amama). Me quedo mirando como una tonta. Ha desparecido el monte, la bruma se lo ha zampado. Nubes de camuflaje, imposible saber cómo es el cielo que se esconde detrás de este disfraz tan poco agraciado. Ayer moríamos del calor: 46 grados marcaba el mercurio de la calle, 39 el de la terraza, a la sombra. Deshidratación garantizada. Y parecía que iba a descargar un bronca monumental, pero… ¡Ná de ná! Daba un miedo irse a dormir, bueno, a dormir… a la cama, más bien, por eso de que el cuerpo necesita la posición supina y relajarse. ¡Ay, qué risa!

Todo va muy rápido, no sé si será por eso de los 60, que ya se me están desgastando de usarlos, voy para ocho meses de la mano con ellos. Pesan, no se crean ustedes que no… Como esos kilos de más, esos okupas descarados que llevan un tiempo amargando, poniendo lo suyo también. Pero he decidido declararles la guerra, y en dos meses ya he conseguido echar a tres de ellos. Los otros andan furibundos, pero nada, soy una maestra jubilada sin piedad alguna. ¡Suspendidos! No me voy a ablandar, ni repesca de septiembre ni amnistía general, nada, pienso acabar con todos ellos, son unos impresentables, ya les digo yo que sí, que no tienen educación alguna y andan aprovechando las circunstancias, los despistes, la puerta sin cerrar…

Nos ha cambiado todo el panorama vital, a unos más que a otros, pero a todos nos ha marcado. Y esperen… Los miedos son los nuevos capataces del rancho. Hay quien pensó que esto nos iba a fortalecer como sociedad, nos iba a hacer mejores personas… Que lo repita, por favor, que lo repita y nos cuente si ahora se atrevería a afirmar lo mismo. Reflexión colectiva, please!

Secuelas. Todo esto trae secuelas importantes, algunas todavía por llegar, y por esa razón, desconocidas, aunque las más importantes, las que ya estamos padeciendo, las conocemos. Quiero pensar que alguna enseñanza sacaremos de esta guerra sin enemigo a la vista.

Quiero leer, y casi no puedo. Quiero escribir, y se me atasca todo en el grifo de salida al exterior. Quiero reír y mi boca ha olvidado cómo se esboza una sonrisa. Quiero ver lo hermoso de la vida, y… tengo que dejarme las uñas de tanto escarbar. Miro el calendario. Los días van uno detrás de otro, sí, pero son todos iguales (y no por eso de la jubilación, otro mito, ya que eso de “todo el tiempo del mundo”, es una patraña), y ninguno veo yo que traiga un lazo en la cabeza, o un clavel en el ojal… Todos de uniforme, obreros grises golpeando el duro metal.

A mí vinieron a ponerme una venda en los ojos, para que diera palos de ciega, supongo... Dejaron en mi puerta preocupaciones y angustias; también me regalaron vértigos, mareos, dolores varios y altas dosis de ansiedad. Regalos-trampa, ya que venían adornados con esencia pura y dura de miedo, del  racional y del otro, del irracional. Voy sacudiéndome esa lotería de encima. Atuso los pliegues de mis ropas y reubico la posición de mis entrañas. En esas me ando. Calladita, no quiero dar mucha guerra. Ya aprendí hace mucho a emular un poco de felicidad, por disimular, por no hacer sufrir… Masajeo mi corazón, estiro mis penas, para que no se me encojan y no se hagan crónicas, viviendo del subsidio de mi compasión. Sé que no soy la única que sufre, que cada cual lleva su cruz a cuestas, o plegada en el bolsillo… y que cada uno, cada una, hace lo que puede para salir a flote, para sacar la cabeza y respirar, una bocanada nada más, pero lo suficiente para poder seguir dando un par de brazadas más…

Las 21:13. Ya saben que carezco de método, que escribo según siento, según sale, que no miro, que no veo… pero que sí intuyo. Intuitiva y resolutiva, eso me salva.
¡Allá vamos!

Gracias por estar, por seguir, por vivir con ganas o a medio gas, pero por continuar en la función. Me sean felices, ¡aunque cueste!

 Y… ¡Arriba el telón!


Imagen: de Internet, me llegó por Whatsapp. una peineta bien hecha. Reflexión: Edurne 

domingo, 26 de abril de 2020

DEL CONFINAMIENTO AL VÉRTIGO, Y AL LEVANTAMIENTO DE LA VEDA INFANTIL




Ha pasado mucho tiempo desde que estamos en esta situación extraña, como de ciencia-ficción, pesadilla que no se acaba nunca. Es como el día de la marmota: un día que sucede a otro casi igual. Hoy te aventuras a salir a la calle para hacer la compra, y te toca hacer colas, mirar con temor al que tienes delante o detrás, guardar la distancia de seguridad, comprar algo de lo que hayan dejado los arrasadores oficiales de alimentos y productos x… Volver a casa mirando a todas partes procurando no cruzarte con demasiada gente, y empezar con el siguiente proceso, el de desembalaje, limpieza y desinfección, guardar las cosas, cambiarte tú, lavarte y volverte a lavar… ¡Una tortura!

Casi se me había olvidado cómo eran las voces infantiles, las figuras de criaturas saltando, corriendo por la calle, preguntándolo todo, llorando, reclamando… ¡Hoy he visto niñ@s! Y me he asombrado a mí misma mirándolos como si no hubiera visto un@ nunca. ¿No me digan que no es para reír, si no fuera realmente para llorar?

¿Y las personas mayores? Yo tengo a mi madre en casa, casi 87 años, formalita y disciplinada, obediente… No en vano  son la generación que ha vivido bajo el yugo del miedo, del no salirse del camino marcado… Pero hasta ella, mi ama, que está tan tranquila en su casa haciendo mil cosas, está harta ya. El otro día me lo dijo: “hija, ya sabes que yo soy muy casera, pero, ¡desde el último día de la pelu (¡otro drama!) no he salido a la calle! Cuarenta y seis días confinada, y eso con la tremenda suerte de tener una terraza por la que pasear y solazarse de vez en cuando. Pero tienen mucho tiempo para pensar, y ¿qué piensan? Pues no es difícil de adivinar. Han pasado una guerra siendo niños, miedo y miseria. Una postguerra durísima, una vida adulta llena de sacrificios, y ahora… esta incertidumbre, este enemigo invisible y silencioso.

Yo sí que tengo miedo, y angustia, ansiedad… Tanta es la tensión, la responsabilidad que cargo que llevo una semana totalmente vertiginosa, volátil e inestable. Hacía tiempo que no padecía una crisis de vértigos como esta. Voy capeando como puedo, pero mal, mal…

Yo también cuento los días, ahora los cuento, al principio no, pensaba que iba a ser algo más rápido, menos letal a todos los niveles. Llevo dos meses y dos días sin ver a mi pareja, nos separan malditos 400 kilómetros, ¡y a saber cuándo podremos volver a vernos! Los kilómetros da igual, mi hermano tampoco puede ver a la suya, que está a 30. ¡No, no quiero que esto sea lo normal de ahora en adelante!

Y tengo miedo por todo. Nos hemos acostumbrado a quedarnos dentro de nuestros caparazones, de estas conchas protectoras. Y luego, ¿qué? Claro que si me pongo a pensar en todos los que no tienen conchas protectoras, que no tienen a nadie que les de cobijo, cariño, consuelo… La sangre se me hace bilis.

Me quedo mirando por la ventana, o salgo a la terraza, a escuchar, a ver… A no oír nada, a no ver nada ni nadie. ¿Qué mundo es este que nos han puesto delante, de la noche a la mañana? ¿Cuándo va a venir el príncipe a besarnos para poder despertar de este letargo, de este sueño infernal?

Las ocho de la tarde. Como por arte de magia, aparecen ventanas y balcones llenos de gente. Aplaudimos. Suelto un irrintzi. Aplaudimos. Desaparece la vida de nuevo. Cinco minutos. Ojos que vienen y van, gente desconocida que vive en tal o cual casa y tú no conocías. Saludos, abrazos y besos al aire con los vecinos de toda la vida. Signos de fuerza y victoria. Cinco minutos.

Unos días sale el sol, incluso hace calor. Primavera, bajas los toldos, sacas las hamacas, sientas a la madre, te pones a leer… Otros días, hay enfado en el cielo, nubes grises, brumas y vientos con mala leche. Agua, cabreo celestial.

Uno, dos y tres, uno, dos y tres…. ¿Ejercicio? Caminas por el pasillo, por la terraza, haces que haces. La báscula del baño está escondida, ni ella quiere que la mires. Mejor.

Sales otra vez, aprovechas el carro y vas al supermercado que está cerca de tu casa, subes a echar un vistazo, a ver que todo está en orden, subes y bajas persianas, riegas las pocas plantas que se mantienen vivas para que tú las veas y les digas cosas bonitas, que las arengues y animes a seguir luchando… Y de vuelta a la “casa matriz”. Cuando entras, la madre te mira con ojos de pena, te pregunta sin palabras, te abraza sin tocarte, te agradece sin querer llorar, con los ojos acuosos… y tú que disimulas y le das el parte de “guerra” como si fuese algo totalmente rutinario.

Mantenemos nuestra clase semanal de escritura en modo on line, y ese es un momento esperado por todo el grupo, dos horas para vernos y oírnos, para avanzar y también hacer un poco de terapia. Un breve espacio para sentirnos unidos a esa otra vida que teníamos antes de todo esto.

Estoy constreñida, toda yo. No escribo, no me sale nada de dentro, si no es amargor. Las palabras se me han encerrado en una caja vieja de zapatos, se han hecho fuertes allí y no ceden a mi acoso. Lo intento, pero no tengo tantas fuerzas ni tantas ideas como antes. Ya no soy la misma, me han dado el cambiazo, lo siento hasta en mi forma de caminar, cansada…

Vuelvo la cabeza, con sumo cuidado, y observo el horizonte más lejano que abarco con la mirada: un trocito de verde apagado que linda con el cielo plomizo y enmarcado entre edificios durmientes. Las dos y media de la tarde. No tengo hambre pero sé que tengo que comer.

Dejo constancia de que aún estoy viva, de que los míos lo están, de que todavía somos sensibles al amor y al dolor, de que dentro de nosotr@s brilla el sol y la vida bulle pidiendo ser vivida.

Hasta que nos volvamos a ver por calles y veredas, por montes y playas… Cuiden de ustedes, cuiden los unos de los otros, cuiden de la casa común, y no se olviden nunca de ser felices, a pesar de todo y de todos.

Continuará…

Foto y Texto: Edurne (lanzo esta botella tal cual, no he corregido nada, disculpas. He aprovechado un momento de “aquítepilloaquítemato” y esto es lo que ha salido).


domingo, 15 de septiembre de 2019

¡ME QUIERO JUBILAR!




                                                         
¡Jajajajaja! Me paso el día diciendo que me quiero jubilar. Lo digo así, como en broma, pero no lo es. El hecho tiene dos lecturas, al menos dos, que seguro que tendrá más... Claro que me quiero jubilar, es necesidad vital para mí en estos momentos de mi vida, pero, ¡qué bajonazo me está dando!

Treinta y ocho años de mi vida dedicados a la enseñanza en la Escuela Pública. Ahí es nada. Y de ellos, treinta y cinco años, cuatro meses y treinta y tres días, para cuando deje de formar parte activa del claustro de mi último centro, o sea, más de la mitad de mi vida en “mi escuela”. ¡Cómo no voy a estar de bajón! Tengo un maremágnum de emociones en el cuerpo, que no les digo nada.

Ando haciendo limpieza y ordenamientos varios de cajas, armarios, carpetas, libros y cuadernos, también voy encontrando reliquias, apartando lagrimones que no piden permiso… ¡Ay!


Cuando digo que en navidades me jubilo, mucha gente me mira con cara rara, así como pensando que seguro que no tengo 65 años… Y tengo que aclarar: miren ustedes, es que yo soy maestra, funcionaria de carrera, o sea, con mis oposiciones, en el ejercicio de mi profesión y cotizando desde el curso 81-82, lo que se traduce en 38 años, que en diciembre cumpliré 60, y que al pertenecer al régimen de MUFACE (Mutualidad de funcionarios civiles del Estado), lo que llaman “Clases Pasivas” (me río yo de eso de las clases pasivas, que venga Dios y lo vea, ¿pasiva yo? ¡Ay, que me parto!), pues eso, que en esas circunstancias… ¡ME PUEDO JUBILAR!


Veremos cómo transcurre este trimestre. De momento estoy haciendo un duelo escalonado, que no sé si será mejor o peor. Para empezar he tenido que salir de la que ha sido mi aula en los últimos veintiocho años, porque no voy a coger tutoría, voy a dar refuerzos de Euskera en el tercer ciclo, así que... ¡Fuera!, ¡y eso sí que ha sido la repera limonera! Ahora mismo no sé si seguir con el tema, porque se me están anegando los ojos, ¡ya les digo!


¡Ah, y en estos dos meses de verano, hasta nos ha crecido una calabaza en nuestro pequeño huerto escolar!


Que sepan que por aquí estoy, que no me he ido, y que no me pienso ir. Llevo un ritmo dispar en todo, solo dejo que mis días vayan fluyendo tal cual, y luego ya iré poniendo orden en todo mi mundo, que está bastante “despeinado”, como unas crónicas que tengo por ahí a medias… en algún momento las sacaré.

Septiembre avanza a pasos agigantados, ya nos hemos zampado la mitad de este mes tan especial. Y digo especial porque para mí, desde niña, septiembre era mágico. El final del verano, de esas largas vacaciones en las que yo disfrutaba como una enana, y el ir preparando la vuelta al cole. Despacito. Entonces el curso empezaba en octubre. Recuerdo yo el 3 de octubre de 1968, comienzo de curso; terminada la Primaria, 1º, 2º y 3º, y previo paso por Parvulitos, claro, entrábamos en un limbo llamado “Ingreso”, lo que hoy en día es 4º de Primaria, y antes 4º de EGB. Ahí se suponía que se cimentaba el paso al Bachiller Elemental, 1º, 2º, 3º y 4º, más una Reválida (verán ustedes que yo soy muy antigua ya…). Bueno, que me desvío, yo estaba en ese 3 de octubre de 1968, primer día del nuevo curso. Nervios. Nueva profesora, en este caso la hueso más hueso de todo el cole, “la Pinocho”, se llamaba Rosa, pero todo el mundo la llamaba La Pinocho (¿cómo me llamarán a mí?), y así nos fue dada en herencia. Nervios y miedo, porque, infundía miedo la tía, ya les digo yo que sí…El caso es que a mí, aquel día todo me daba un poco igual, me sentía a flote. Me pasé la mañana preguntando a todas las niñas, que a ver qué iban a hacer a la salida de clase, que a dónde iban a ir…Y todo para que me preguntaran a mí y yo poder contestar: “¡Pues yo voy a la clínica, porque hoy me ha nacido un hermanito, o una hermanita!” Ese fue, ha sido y será, el comienzo de curso más especial de toda mi vida.

Septiembre, desde hace muchos años es el comienzo de una nueva etapa, para nosotros es como si el Año Nuevo nos llegara el 1 de septiembre, así de claro. El olor a tiza, a lápices de colores, a libros y forros… ¡Eso no tiene precio! No hace falta ser niño para disfrutar de ese hormigueo de estrenar la sabiduría que está por venir. ¡Tantas cosas!

El pasado lunes 2, en el claustro de comienzo de curso, pensaba yo que con cada frase, cada situación, estaba despidiéndome de ese mundo, de mi mundo, que iba a ser la última vez que me reencontraba con mis compas en la sala de profes, que iba a ser la última vez de ese ritual tan interiorizado…

¿Pero yo no había dicho que iba a dejar el tema por eso de los embalses llenos de agua que me inundaban la casa de las emociones? No tengo remedio.



Maestra soy. Maestra seré hasta que me muera.
¡Feliz comienzo!


Fotos, texto y emociones: Edurne. Imágenes: Internet

domingo, 27 de enero de 2019

ENTRESUEÑOS (X) (Replay)




Me duelen los dientes
de apretarme las rabias,
de morder las esquinas
con un hambre
vieja,
sin ganas…
Con un hambre de todos
los que no pueden sentirla.
Me duelen los pasos
que camino sobre sueños sin noche,
que paseo por realidades sin día.
Me duele la mirada perdida
entre otras de tantos ojos sin vida.
Me duelen las heridas de la mañana,
día tras día.
Las que sangran lágrimas,
bilis y amargura.
Me duelen los ojos de llorar sangre,
de ver películas de miedo
en sesión continua…

Imagen: Internet. Texto: Edurne (Texto publicado con anterioridad, el 4 de febrero de 2015. Todo sigue siendo de una lamentable actualidad)

jueves, 8 de marzo de 2018

EMPODERAMIENTO (HEMEN GAUDE/AQUÍ ESTAMOS)


Gu barik ez da ezer mugitzen mundu honetan. 
Sin nosotras no se mueve nada en este mundo.

Imagen: Internet. Reflexión: Edurne

miércoles, 31 de mayo de 2017

LA VIDA



La vida me pasa por encima constantemente.


Imagen: Internet. Texto: Edurne

jueves, 6 de octubre de 2016

COSAS QUE PASAN, QUE NO PASAN, Y... ¡UN PAR DE PIMIENTOS!


Pasa que la vida me pasa. Me pasa como una apisonadora, por encima y sin contemplaciones; o como un tren de alta velocidad, dejándome en el andén, mirando estupefacta cómo se aleja sin mí, con el billete y la maleta en la mano.

Pasa que nada espera, que las cosas se presentan, muchas veces, sin haber sido llamadas, así, de sopetón, y te trastocan hasta la forma de mirar, la de ver, la de entender…

Pasa que ya está bien, que vale ya. Pasan cosas, muchas, demasiadas, y otras, las que realmente necesitaría que pasaran… ¡no sé dónde demonios se han quedado! Y miren que soy previsora, pero, últimamente me pilla demasiado el toro. Las cornadas duelen, son profundas.

Pasa que las palabras se me agolpan mientras camino, mientras como, mientras miro, mientras lloro o río. Pasa que ahí se me quedan, en la mismísima puerta, sin atreverse a salir, a gritar. Y eso que tengo muchas palabras escritas, una de las formas más fáciles para mí para expresarme, pero algunas están en la categoría de borrador del blog, o en el correo, también en un documento Word en el escritorio de este ordenador, o a medias…

El otro día, una de las personas que conforman mi anillo de afectos más estrecho, y que para mí es muy importante, me dijo, haciendo referencia al estilo literario de un escritor de nombre y estatus de sobra reconocido, que escribía parecido a mí, con frescor, espontaneidad, sin frenos…  Yo no busco halagos fáciles ni nada por el estilo, pero esa breve apreciación supuso para mí mucho, creo que esa persona no es consciente de lo que necesito ser reconocida, apreciada por ella, aunque sea en algo tan nimio.

Mi tempo es el que es: pequeño, triste, recogido, de mirar hacia adentro, con pesares y lágrimas contenidas, buscando a la Edurne que en realidad soy y quiero volver a ser y sentir. Por eso  ahora es cuando me aferro a los cariños, a las miradas y las manos amigas, cuando, pacientemente, voy construyendo el muro de mi defensa, piedra a piedra; cuando necesito del ánimo y el apoyo de todos los que me quieren, de todos aquellos para los que significo o haya significado algo. Estoy blandita, lo sé, muy blandita.



Y sin embargo, me siento como Don Quijote, luchando yo sola contra una legión de gigantes reconvertidos en molinos de viento. Cada mañana me asombro de seguir viva, de seguir teniendo las fuerzas para sostenerme y sostener a las tres personas que más me importan en esta vida.




Antes, en la radio, en el programa de libros “La estación azul”, han puesto una cuña con la voz de José Luis Sampedro, una frase suya: “Hay que escribir porque se siente la necesidad de decir, de contar algo. Por uno mismo, no por otra cosa. Siempre por uno mismo”. En nuestras entrañas se encuentra la verdadera razón para ponernos a escribir. Tiene razón. Yo escribo por y para mí, eso lo tengo muy claro.

Pasa que pienso mucho, tal vez demasiado. Demasiado como para ser mínimamente feliz. Si antes ya era de pensar, ahora soy de mucho más pensar. ¡Qué le vamos a hacer!

Pasa que me enfado conmigo misma casi todos los días. Hay veces en que me acuso de cobarde, de pusilánime, de inmadura, de estar aguantando cosas que no debo… Otras, por el contrario, doy en alabarme y quererme un ratito frente al espejo, mientras hago muecas al lavarme los dientes, o mientras me peino, me quito y me pongo coletas, moños y melenas airadas… Me veo a mí misma por un pequeño agujerito que se me abre entre tanto desconcierto, y me digo que valgo mi peso en oro, ¡no, más, muchísimo más! Que lo mismo sirvo para un roto que para un descosido, y que quien no se haya dado cuenta es que no merece tenerme como nada. Me arengo, me suelto las Filípicas y las Catilinarias. En fin, generala de mi escuálido ejército de emociones desbocadas. Contención, pequeña, prudencia y contención. Esperar. Los momentos tienen todos sus días, sus horas, sus meses y sus años. Calma.


Pasa que me voy acercando a esa sexta década, espero que maravillosa, y que mi concepto de la vida se ha hecho más enorme, más importante, y que el miedo me come por dentro y por fuera. Inevitable. Practico la esgrima y la técnica del escapismo para mantenerlo a raya. No sé hasta qué punto lo consigo…

Pasa que el aire se me queda a mitad de camino, y entonces suspiro, suspiro y suspiro. Incluso bostezo, como haciéndome la loca, por si las despisto, a la ansiedad, a la angustia…

¿Por qué me pasa a mí todo lo que me pasa?

¿Habrá que dejar que todo fluya, como una corriente de agua? ¿Dejar que la vida, con sus luces y sus sombras, sus nubes y sus claros, fluya?




Pasa que me interrogo a cada poco, que me pregunto, que me agobio… Y no, no encuentro las respuestas que necesito. Y callo. Y guardo. Y rumio. Y me indigesto. Y no duermo. Y se me escapan minutos de vida, seguro...




Pasa también que soy mujer —porque soy una mujer, no una niña— alegre, optimista y luchadora, y que sigo en la brecha a pesar de todas las mal dadas que vienen y vengan.

Y también pasa que si mira una a su alrededor, a este mundo en el que sobrevivimos (unos mejor que otros), a esta sociedad que, sinceramente, una ya no sabe ni hacia dónde camina, pues, que te entra una tristeza...

Y como remate, aquí les traigo mis pimientos, ¿se acuerdan ustedes de mis pimientitos? Vean que ya han madurado, que se han vuelto todos encarnados. No han crecido más, pero seguro que han adquirido mucha sabiduría. Pues así pienso prosperar yo, aunque espero que no me arranquen de la mata y me manden, precisamente, ¡”a freír pimientos”!




Fotos (excepto imagen de las Catilinarias, que es de Internet, y las de Edurne divertida, que son, una de la menoria familiar, y otras sacadas por mi compa Estibaliz en junio de este año) y Texto: Edurne

domingo, 31 de enero de 2016

REFLEXIONES A MANO ALZADA (II)



Hay momentos en la vida en los que hasta respirar se nos hace cuesta arriba. Estoy en uno de esos momentos. Momentos que ya duran demasiado.

¿Y la felicidad, qué es la felicidad? ¿Podemos afirmar en alguno de esos escasos instantes que nos regala la vida, que somos, realmente felices? ¿Existe la felicidad? Si me preguntaran a mí… ¡No, yo no soy feliz! Aunque, tal vez sería demasiado tajante, puesto que sí hay cosas en mi vida que me hacen feliz, pero…  Sí, tener el cariño incondicional de unos poquitos ya es para ser feliz, lo sé, pero no, no es solo a eso a lo que yo me refiero.

La vida nos sonríe muy pocas veces, y cuando lo hace, tal vez nos pille con el paso cambiado, o cuando no nos enteramos. Incluso puede suceder que seamos nosotros mismos quienes cerremos esa puerta a la felicidad, inconscientemente, claro está.

A mí no me sale la risa, ni la sonrisa si me apuran ustedes. Y miren que me gusta a mí reír, sonreír… que lo necesito más que cualquier otra cosa. Eso y la tranquilidad de espíritu, que no la encuentro, que parece se me haya escapado con algún Romeo de pacotilla y aquí me ha dejado en un sinvivir del que no sé cómo librarme.

Son pocas las apariciones que hago por esta Orilla, y cuando lo hago, es con una carga de tristeza que, aburre, ya lo sé. Pido disculpas, pero, qué quieren, si ahí anda una, batallando con esta malahora noche y día, porque dejarme en paz, no me deja ni a sol ni a sombra.

Estoy bastante harta, y eso que soy persona con una paciencia que ni el famoso Job, el del santoral, me ganaba.

Ando con los ojos más abiertos que nunca, y siempre he sido yo de ir por la vida con los ojos bien despiertos, pero aun así, me la han dado más de una vez. ¿Por qué? Esa es mi pregunta. Todavía no encuentro respuestas. Acumular decepciones crea frustración, enroca la tristeza y hace que se instale la desconfianza, yo, que soy confiada, que siempre concedo…

¡En fin! Que en la vida todo es un “volver a empezar” cada x tiempo. Lo malo es que con los años, nos cuesta más todo, nos duele más, nos cohíbe más. Es la edad de las pérdidas de todo tipo: las físicas, los seres querido empiezan a marcharse y a dejarnos sumidos en un gran vacío y tristeza; las pérdidas sentimentales, de pronto nada es lo que creíamos que era, y esos duelos cuestan muchísimo, amigos o parejas nos dejan hechos polvo cuando se muestran o descubrimos cómo son, cómo eran… Pérdidas de salud, que ya se sabe, estamos en una edad muy crítica, y las mujeres mucho más.

Y también vemos más cerca el final del camino, tomamos conciencia y consciencia de lo que pasa cuando la carrera termina. Y, aunque no sabemos qué tipo de sprint nos espera, nos sentimos asustados. Cada cual intenta espantar ese miedo como buenamente puede o sabe. Y así, a unos les da por retraerse, a otros por expandirse, a otros por rejuvenecer y hacer locuras, o por pasarse y no controlar el ridículo, o reencontrarse con su alma verdadera, resetear el disco duro de su existencia… Hay miles de formas, tantas como tipos de personas estamos en el mundo, de encarar los cambios que se nos presentan. Ya les digo, hay que estar muy atentos porque a la mínima nos sorprende la vida y nos da un tortazo o, quién sabe, nos regala un hermoso ramo de flores.

En todo este tiempo en que ustedes son testigos de mi “penar”, de mi evidente crisis personal, pasan cosas, claro está, la vida me pasa, a veces hasta me sobrepasa, pero voy y vengo, hago y deshago, leo y escribo, trajino y en algún momento, incluso descanso… 

Me he convertido en una espectadora demasiado crítica con la función que estoy representando, o mejor dicho, que me he visto obligada a representar, porque yo, valgo para mucho más que para el papel que me ha tocado. No desespero. Quien me conoce sabe que soy muy cabezota, insistente, que no tiro la toalla y que peleo, peleo, peleo por lo que creo que es justo, por lo que me merezco.

Y mientras estamos inmersos en nuestras propias batallas, a nuestro alrededor se libran otras guerras, que sumadas a las propias, y siendo persona de mucho pensar, mucho analizar, mucho indignar y mucho sufrir… pues ya les digo, ¡cómo no voy a sentir añoranza por una sonrisa, por una pequeña esperanza!

Dejé de colgar mis Crónicas del Foro, mis Historias de La Ría, con gran pena por mi parte pero, no estaba la cosa como para ello, y todo requiere de tiempo, tiempo del que carezco.

A Madrid sigo yendo, claro que sí, con la misma asiduidad y mucho más que antes; las circunstancias, puñeteras circunstancias, son las que ahora son. y las circunstancias de cada momento son las que nos ponen a todos en nuestro sitio, las que demuestran quién nos quiere y quién está dispuesto a luchar por nosotros hasta el fin y sin reservas… Ahí seguimos, luchando.

Y de mi Botxo, pues eso, que lo camino todos los días, y que nunca he dejado de quererlo, ya esté gris o resplandeciente. Me confundo con sus baldosas y me hago una con ellas.

Mi escuela sigue estando en el mismo sitio de siempre, pasando el bosquecillo de mi parque, el que me reconforta todas las mañanas y me devuelve la esperanza todas las tardes, cuando me acerco y cuando me alejo. Mis pupilos, mi cuadrilla galáctica progresa. Unos días  salimos todos contentos, otros, yo muy renegada y con mi nódulo tiroideo a tope. Dicen que es lo que hay, pero a eso tampoco me resigno. He conocido tiempos muy buenos. He sido feliz en mi escuela. Y me enfado conmigo cuando me descubro contando lo que me falta para el jubileo: 3 años y diez meses todavía. ¡Pero si yo adoro ser maestra! Los tiempos, que para eso también son un poco puñeteros.

Leer, leo, no se piensen que no. Sigo yendo al Taller a escribir todas las semanas, y presento tertulias, y me tocan lotes de libros, dos en poco tiempo en un concurso literario de RNE en el programa de libros dominical “La Estación Azul”, ¡no me lo podía creer! Y también me tocó un libro en la Feria del Libro de Bilbao… ¡Jajaja, quisiera que me tocaran más, adoro los libros!

Presentamos nuestro libro colectivo en septiembre en La Casa del Libro, y fue una gozada, leí mucho, un cuentacuentos “contó” mi relato, me reí, miren, sí, ahí sí que me reí, podríamos decir que fui feliz durante un par de horas, por eso lo tengo guardado, para rescatarlo en malos momentos, en los de bajón.

Y voy a exposiciones, aquí y allí. Y veo teatro, y pelis, y quedo de vez en cuando con alguna amistad...

También tomé un par de decisiones este verano para paliar mi angustia, una de ellas fue apuntarme al gimnasio, y aunque me da una pereza terrible ir, les aseguro que dos o tres veces por semana, voy religiosamente, sola o con mi hermano, y… ¡no vean ustedes para todo lo que da el observatorio privilegiado desde una cinta caminadora, o una elíptica, o un banco de remo! Historias. Cientos de historias.

Pues nada, seguiremos escribiendo la historia de nuestra vida, poco a poco, pero escribiéndola, caminándola, bebiéndola, viviéndola…

Por aquí me ando, ya saben, caminando por la orilla de la vida.
¡Gracias por estar ahí!




Fotos: 1) Edurne, 2) Aitor.  Texto: Edurne