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miércoles, 23 de abril de 2025

YA SÉ QUE TE HAS IDO

 


Ya sé que te has ido.

Que te has ido para no volver.

Que ya no llamarás más a mi puerta,

 ni te veré llegar.

Ya he caminado sola

por este desierto de lágrimas

trescientos sesenta y cinco eternos días.

Sola, sí.

Ya sé que te has ido.

Me lo dices cuando me miras

desde las fotos,

desde los recuerdos,

desde aquella otra vida

que tuvimos y tú te has llevado.

Sí, ya sé.

Pero me resisto a dejar

que tu aliento se aparte de mí,

a que tus manos ya no toquen mi piel,

a que tu boca no calme en la mía

su sed…

Ya sé que te has ido.

Me lo dice el silencio

de los demás

que me habla como si nuestra historia

no hubiera tenido lugar…

Ya sé que te has ido.

Te has ido y el cielo es ahora

quien recoge mi lamento,

las noches quienes abrazan mi pena

y la lluvia quien llora por mí…

Ya sé que te has ido, Antonio,

pero de mi corazón nunca te irás.



Hoy, 23 de abril, día del libro, fecha para no olvidar,, hace un año que falleció Antonio, mi compañero de vida. Todavía estoy desolada y mi duelo va lento e incompleto.
Foto 1: Montaje casero by una servidora. Foto 2: alguien que estaba por ahí (Viena, esperando para entrar en la Musikvereim, agosto de 2009). Texto: Edurne.

jueves, 23 de enero de 2025

HOY

 


Hoy,

tras nueve meses de un embarazo no deseado,

paro esta hija del dolor.

Nueve meses alojada en mi  corazón.

Nueve meses alimentándose de mi llanto,

excavando en mis recuerdos,

azuzando las noches en blanco,

los días en negro…

Y ahora no sé qué hacer con ella.

No tengo con qué amamantar su hambre,

ni sus ansias por crecer.

Aún le queda tiempo para alejarse de mí.

No ha pasado un año,

no está preparada para salir al mundo,

todavía necesita de mis lágrimas,

de mi amor…

Nueve meses de soledad,

Nueve meses de incredulidad.

Nueve meses y ya sé que es verdad

que nunca volverás,

pero que nunca te marcharás.

 

Hoy, 23 de enero, hace nueve meses que falleció Antonio. El tiempo de un embarazo. Hoy es el parto.

Foto: de su hijo Unai, sacada el 22 de enero de 2012 en Getxo. Felicidad: Antonio y Edurne. Texto: Edurne


lunes, 12 de septiembre de 2022

 


Ayer me dijiste
con la boquita de mentir
que me querías.
Y hoy, 
hoy acabas de inocular
la última dosis de carcoma exprés
en las vigas de mi casa.

Me afano en apuntalar 
momentos que creí ciertos, 
caricias a contraviento, 
besos al vuelo, 
miradas de riguroso estreno
y cuerpos ya viejos... 

Reparto cubos y baldes 
para recoger las aguas que desbordan
por las lindes de mi fracaso y tu olvido. 
Guardo en mi maleta de ida y vuelta
todo el amor que te di,  
el que todavía me queda, 
las gafas de ver la vida siendo dos, 
y lo poco que  de tu casa me pude traer. 

Cada paso que doy 
me hunde más en el desasosiego. 
Camino sola, 
a oscuras y en silencio
por no despertar a los miedos.
Amenaza ruina nuestro refugio
pero yo me hago fuerte
mientras me quede aliento.

Ya ves, 
soplan malos vientos
y yo tengo las manos llenas de dolor,
los ojos ciegos de llanto,
el corazón encogido de la pena,
la boca muda de llamarte
y los pies anclados en un mundo
que tú no quieres mirar.

A lo lejos se escuchan unas risas, 
es la vida que, 
una vez más,  
se ríe de mí. 

Dibujo: Antonio. Poema: Edurne


 

martes, 12 de noviembre de 2019

NE ME QUITTE PAS




No,
no hace falta que me olvides,
amor.
Tu recuerdo ya duerme
en mi descuido,
acunado por los brazos de la pena,
de la rabia silenciada.

¿Ves?
Mi piel ya se vistió de hielo,
ahí quedaron la miel,
¡y el mar!
Huérfanos para siempre
de tu boca,
de tus manos...

No,
no hace falta que huyas
de mis sueños.
Aprendí a
dormir sin despertar,
a decir sin hablar.

No,
no hace falta que me arranques
de tu vida,
de tus horas…
Ahora es el momento.
Tú y yo,
desnudos
en un lecho de reproches
mudos .

Respira.
¡Así!
Tu aire ya es el mío.
Te tengo dentro.
Te pienso,
te río,
te duermo.
Te amo,
te odio…

Las calles han cambiado de rumbo.
Y yo, 
loca,
las camino buscando tus pasos,
los míos,
 nuestra historia…

No,
no hace falta que llores,
amor.
Mis lágrimas,
secas,
han desbordado el cauce
de esta loca pasión
sin principio,
sin fin.

Pintemos el cielo
de nuestros recuerdos.
¡Ahora!
De rojo,
de negro,
de fuego…

No,
¡Ne me quitte pas!


Vídeo: Youtube. Texto: Edurne 


jueves, 5 de julio de 2018

UN DÍA TE IRÁS




Sé que un día te irás.
Te irás
sin haber plantado un árbol
en mi casa,
ni un hijo en mi tierra,
seca ya de tanto esperar.

Sé que un día te irás.
Te irás
sin haber escrito en las páginas
de mi destino
ese libro que hemos ido llenado
de miradas y silencios,
de besos, promesas
y sueños olvidados.
Páginas de deseo 
y
 pasión de años.
Capítulos de abrazos que,
incrustados en las rocas
de nuestros días,
no hay forma de despegar.
La historia
que aún deseo poder leer.

Sé que un día te irás.
Te irás,
pero yo llevo guardados
en mi corazón
ese árbol,
ese hijo
y ese libro
que son solo tuyos,
que son solo  míos,
nuestros
y
de nadie más.

Imagen: Internet. Texto: Edurne

domingo, 3 de junio de 2018

TARDE DE DOMINGO






Me nacen las ganas de ti
en forma de lágrimas.
Rebeldes ellas,
locas,
sin caudal fijo,
hipando  y a su libre albedrío.

Me lloran las palabras que
guardo dentro de mí
para decirte cada vez que te tengo…

Toda yo soy un puro desatino
sin tu amor de autopista ,
sin tus caricias de whatsapp,
sin tus besos de móvil,
sin tus abrazos de puro deseo,
sin tu piel que me viste,
sin tu boca que se funde en la mía…

Se van contigo mis noches sin ti,
mis días de espera,
mis alegrías y mis miedos.

Imagen: Internet. Texto: Edurne


sábado, 17 de febrero de 2018

LA GRUTA




Estás ahí,
dentro, muy dentro.
Los ojos, cerrados,
se repliegan en sí mismos
y clausuran todo resquicio
de claridad.
Negro.
Te duelen de tanto apretar,
igual que los puños,
también cerrados.
Las uñas te hacen daño,
y notas que el dolor
se te escapa entre los dedos.
Lloras.
Y sigues quieta,
con miedo a moverte,
a respirar.
Buscas su mano.
Palpas con cuidado
las rugosidades de la pared.
Necesitas recuperar su apoyo.
No está.
En su lugar
algo frío,
húmedo y
viscoso
se ha pegado a ti.
Se apodera de tu cuerpo.
No puedes luchar,
tienes paralizada la razón.
Estás en la gruta,
ésa en la que tú no querías entrar.
No llevas mapa,
ni linterna,
ni agua...
Todo se lo diste a él.
Las paredes son resbaladizas,
como el suelo que pisas.
Caes.
Una,
dos,
tres veces...
Sigues con los ojos cerrados.
No hay dónde sujetar tus esperanzas,
y el miedo se ha apoderado
de tu sentido.
La gruta se vuelve cada vez más fría,
más estrecha,
más profunda.
Y caes.
Caes,
caes...



Pintura: Antonio. Texto: Edurne

domingo, 4 de febrero de 2018

¿QUÉ CUENTAS ME REQUIERES, VIDA?


¿Qué cuentas me requieres,

vida?

Ya no tengo nada más que darte,

nada.

¿No te basta con saber que

eres la dueña de mi futuro incierto,

que te quedarás como única heredera

de mi saldo de sueños,

y que ya me robaste las ilusiones?

Deja que me quede lo poco

que aún conservo.

A ti no te sirve,

y para mí, 

es el aire que respiro.



Pintura: Antonio  Texto: Edurne

domingo, 3 de diciembre de 2017

SPANTAX



Eran las nueve de la mañana del 16 de septiembre de 1966. El DC-3 de la compañía Spantax, que volaba de Tenerife a La Palma había pasado todas las revisiones rutinarias antes de emprender el vuelo, pero ahora tenía un problema con uno de los motores, dos gaviotas habían impactado en su interior, algo que solo los miembros de la tripulación sabían.

Apenas habían transcurrido veinte minutos desde que despegaran del aeropuerto de Tenerife, cuando el paso rápido de las azafatas, mientras entraban y salían de la cabina de los pilotos, despertó el interés de casi todo el pasaje.

Martín, absorto en sus pensamientos, miraba a través de la ventanilla que tenía a su derecha, le gustaba ver el mar, por eso siempre que iba a La Palma pedía el mismo asiento. Ese mar azul verdoso que rodeaba todo el archipiélago, y que tanto le gustaba, ahora se le antojaba uno oscuro y sin fondo. Oscuro como la pena que le oprimía el pecho, y sin fondo como el abismo en el que guardaba todas sus frustraciones. Pero no había vuelta  atrás. Había tomado la decisión: no podía seguir engañando a María, ni a sí mismo.

Miró el reloj instintivamente, las nueve y dos minutos, después, casi a cámara lenta, movió la cabeza de arriba abajo del pasillo y de izquierda a derecha. Algo estaba sucediendo. 

De pronto desaparecieron los ruidos, solo veía al resto de pasajeros gesticular, cómo gritaban en silencio; a su lado, un señor que conocía de otros viajes y que parecía un hombre serio y frío comenzó a llorar mientras se santiguaba una y otra vez, compulsivamente. Las azafatas se empeñaban en esa coreografía inútil que nos hacen aprender al inicio de cada viaje por si ocurriera un accidente. Iban mal sincronizadas. Nadie les hacía caso, solo Martín se las quedó mirando con una sonrisa bobalicona. Si no fuera por el drama que se estaba viviendo en ese momento, parecía una película de cine cómico de Buster Keaton o Los hermanos Marx: sin voz, sin color, solo movimientos histriónicos…

Martín volvió a mirar el reloj: las nueve y tres minutos. Volvió a mirar por la ventanilla: salía humo del motor derecho. Volvió a mirar el mar: ahora sí que era negro y oscuro.

María. María se instaló en su pensamiento, agazapada y sujeta como una lapa. Y él se agarró a su recuerdo como cuando se refugiaba en su cuerpo buscando esa paz que solo ella sabía darle. Las nueve y cuatro minutos. La vida se reduce  a eso, a cuatro minutos, tal vez cinco, pensaba.

Gritos, lloros, rezos, súplicas, risas histéricas, órdenes incumplidas. Los pasajeros, sin los cinturones, vagaban por el pasillo del avión sin que las azafatas, cuatro muchachas jóvenes y presas del miedo también a pesar de sus sonrisas forzadas, pudieran hacer nada.
Y de pronto volvió el color a la escena, era el color del miedo. De eso sí que se dio cuenta Martín. Vamos a morir, dijo alguien, pongamos nuestras almas en paz y encomendemos nuestras vidas al Altísimo. Oremos. Padre Nuestro que estás en los cielos, acoge en tu seno las almas de estos tus siervos que van a entregar sus cuerpos mortales a las aguas…
¡Yo no voy a morir! Se escuchó decir a sí mismo. Y como fichas de dominó, primero una y luego otra y otra… se alzaron voces acompañando a su grito de esperanza. Las nueve y cinco minutos.

A través de la ventanilla, el humo había oscurecido todo y aumentado la negrura del mar, que como fauces gigantes se abría sin remedio ante ellos. Miró dentro de él. María seguía allí, sujetando su miedo.

Los asientos empezaron a moverse hacia adelante, bolsos, chaquetas, libros, botellas de agua… saltaban de un lado a otro sin dueño, síntoma de que el avión caía en picado, al menos eso es lo que Martín dedujo. Gritos. Se hundirían en el mar.

En la cabina de los pilotos, el comandante se aferraba a los mandos en un intento desesperado por amerizar antes de estrellarse en el pueblo de El Sauzal. Su instinto, más que las posibilidades reales de llevarlo a cabo sin mayores riesgos, fue lo que consiguió que la nave impactara violentamente en las tranquilas aguas donde faenaban los pequeños barcos pesqueros de la localidad. Aquella mañana quedó para siempre en las vidas de los lugareños como una de las mayores pesadillas que jamás habían vivido.

Dentro, el caos era total. No había nada que hacer, así que, para qué gritar, para qué llorar, para qué correr, para qué rezar… Martín no pudo evitar volver a mirar por la ventanilla. Agua, agua por todas partes. Las nueve y seis minutos y todavía estaba vivo. Su compañero de asiento había dejado de llorar y rezar, se había entregado a la fatalidad y sus ojos, abiertos y vacíos, ya no miraban, ya no veían.

De nuevo fue María quien lo empujó a escapar de su miedo. Había que salir de allí, como fuera. Poco a poco y esta vez sí, siguiendo las indicaciones de las azafatas, los pasajeros se fueron agrupando en una de las salidas de emergencia. El avión se hundía, tenían que salir y lanzarse al mar, era la única posibilidad de sobrevivir.

Martín fue de los últimos en salir. Antes de hacerlo, volvió la vista atrás y pudo ver dos o tres cuerpos inmóviles entre los asientos, las máscaras de oxígeno que habían saltado a causa del impacto y el equipaje de los portamaletas. Las nueve y seis minutos. Él solo pensaba en María.

Un salto, y las aguas de ese Atlántico que acunaba toda su vida, lo recogieron como una madre hace con su hijo. El avión, aunque pequeño, y a medio engullir por el mar, parecía un monstruo marino. Miró alrededor. Humo. Toses. Voces de alegría y gracias Dios mío, gracias. Allí estaba la joven madre del asiento delantero con su niño pequeño, el que le provocaba con la mirada desde que habían montado;  la pareja de ancianos que hacían ese ruta una vez al mes y siempre le saludaban con un buenos días, a ver si tenemos un vuelo tranquilo; las cuatro azafatas que sonreían a todo el mundo a pesar de las circunstancias, los pilotos seguramente que también estarían flotando por allí… Empezó a contar. Contó hasta veintidós. ¿Cuántos se habrían quedado dentro? No quería pensar en ello.

Ruido de bocinas. Las pequeñas embarcaciones de los pescadores se acercaban hacia esa reunión de náufragos improvisados haciendo señales y lanzando cualquier cosa a la que pudieran agarrarse. Martín aguantó hasta que casi todo el mundo estuvo a salvo. 

Cuando dos fuertes brazos lo izaron hasta el interior de la barca, el cuerpo se le descompuso entero, pero sonrió a sus salvadores. Miró su reloj, aún funcionaba: las nueve y cincuenta y tres minutos. Miró en su interior: María también seguía allí.


Imagen: Internet. Texto: Edurne (sujeto a muchos cambios también).





viernes, 18 de agosto de 2017

PROCLAMA






No hay distancia que cuente

ni puente que separe.

Cielos, mares y tierras

conjurados para quererte.




 Boceto: Antonio   Texto: Edurne


lunes, 31 de julio de 2017

CENICIENTA




Desde que conoció al maldito Príncipe de Pacotilla, lo había perdido casi todo, no solo su zapato del pie derecho, el del par beig de los domingos y que le costaron un ojo de la cara. No, no era solamente eso. Ahora  iba coja por la vida en todos los sentidos.

Cada domingo, pobre Cenicienta sin zapato,  recorría el Rastro de arriba abajo por ver si encontraba algo de todo lo que había dado sin cobrar fianza alguna ni pedir aval de buena conducta.

También había perdido la luz que iluminaba su túnel sin salida, la confianza en la fe de sus mayores, la funda de sus gafas de andar espabilada por la vida —y hasta las mismísimas lentes—; de igual forma le habían despistado el cofre de los tesoros, la memoria de sus ancestros, el paisaje de sus sueños, la piedra filosofal de la sabiduría... Ahora no tenía dónde dejar la sombrilla japonesa que heredó de su abuela, ¡ni dónde poner un triste ramo de lirios silvestres!

Lo había perdido casi todo, pero aún le quedaba una pizca de dignidad como para no caer de nuevo en las garras de ningún gañán disfrazado de Príncipe de tus Sueños, uno de ésos que se compran y se venden al mejor postor en el rastro de la vida.

Foto: Antonio. Texto: Edurne.