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jueves, 25 de abril de 2019

EL LAGO ROSA




La sangre de Mamadou es rosa como las aguas del lago que acuna sus sueños.
Tiene sal en las entrañas, escondida entre cada palabra que sale de su boca, en cada sonrisa que regala.
Guarda en sus pupilas el reflejo de un sol de infancia, viejo ya por el uso de todos los días.
Luce orgulloso coloreadas cicatrices en las manos de baobad, resecas y duras, marcas de toda una vida al servicio del exigente dios del fondo del lago, ése que paga sus deudas con cálidas aguas, rojos crepúsculos y  vidas de sal.
Mamadou y el lago son uno, la sal los mantiene unidos. El rosa pinta sus días y arropa sus noches bajo la atenta mirada y el cuidado de los baobad gigantes, guardas y vigías del salino tesoro…








Cuadrito: Regalo de Unai y Livia, traído desde Senegal. (¡Muchísimas gracias!) Artesania del lugar. Materiales: tabla, sal y arena coloreadas, piedritas...  Imagen de cierre: Internet: http://www.viajarsenegal.com/lago_rosa_senegal.php 
Texto: Edurne

domingo, 3 de marzo de 2019

PASEOS CORPORALES (II)





De tanto soñarte,
te hiciste cuerpo.
Soñé tus ojos,
ojos tristes.
Soñé el calor de tu piel
cubriendo el deseo de los dos.

Blancas son tus manos,
a las que me agarro
para no despertar.
Manos fuertes, amplias,
que sujetan el alma
que se me va,
mientras que de tu boca
como, bebo...

Soñé que tu pecho era mi refugio
a tantas noches de soledad.

Acaricio tus hombros
y me paro en las pequeñas rugosidades
que reclaman mi curiosidad.
Las beso.
Piel con historia, cambios de rasante...
Busco tu boca.
Te beso.

Me gusta reposar la cabeza
cerca de tu corazón,
oír su latido agitado y
sentir el flujo de tus arterias.
Mis manos se descuidan
-no saben que ellas también son un sueño-,
y sucumben a la suavidad
de tu piel.

Duermes.
Bajo por tu pecho,
despacito, con besos pequeños.
Un lunar,
no, tres, cuatro...
dos pequeñas verrugas y
tres cicatrices.

Juego con la escasa mata de pelo
que adorna tus pectorales.
Me deslizo por la incipiente curva
de tu vientre,
la rodeo, dibujo circulos...
Me detengo.

Tu sexo también duerme,
vencido, aún caliente.
Ahora no quiero despertarlo,
lo acuno,
lo arropo con mi mano.

Giro tu cuerpo
y me paseo por la espalda,
recta y enigmática.
Cuento los poros,
las pecas,
incluso esos pequeños cráteres
que salpican la zona alta.

Deslizo las palmas hasta el final.
En este punto
mis dedos se vuelven locos,
se agarran a tus nalgas,
blancas,
redondas y firmes.
No lo puedo remediar,
las muerdo.
¿O también es un sueño?

Muslos, piernas, pies...
Blancura.
Otra vez te vuelvo hacia mí.
Despacio.
Todavía duermes.
¿O tal vez sueñas?

Toco las rodillas que sobresalen,
huesudas,
descaradas y desafiantes.
Sonrío al ver los dedos
de tus pies.
Parecen enfadados.
Uno gordo, sargento de una tropa
de peones camineros.
¡Firmes!

Ahora recojo tus brazos y los encajo
alrededor de mi cuerpo,
me acoplo a tu forma,
me pierdo en tus huecos,
cierro los ojos...

Y sigo con mi sueño.


Pintura: Antonio. Texto: Edurne

viernes, 24 de agosto de 2018

YA SOMOS MAYORES. RETRATOS (I) María del Carmen





Aquel beso no era lo que yo había soñado, pero ahora pienso mucho en él. No sé por qué, pero me viene a la cabeza continuamente, no estaría mal volver a sentir el contacto de unos labios en los míos… ¡Hace tanto tiempo ya!

No me acuerdo muy bien, tal vez tendría yo unos diecinueve años, sí, diecinueve, y soy tan precisa porque me veo con aquella blusa de cuadritos verdes y blancos que tanto me gustaba, por eso sé que yo tenía, exactamente, diecinueve años.

Aquí nadie te besa. No me gusta estar en este sitio. Yo quiero que me besen, aunque sea un beso robado en una esquina.

Dicen que estoy vieja para estas tonterías. Ellos sí que son viejos, ¿quién querría darles un beso? Yo soy guapa, tengo los ojos azules, un poco tristes, sí, que me los veo yo todas las mañanas cuando me miro al espejo, pero son azules, igualitos que los de mi padre. Solo yo heredé esos ojos, mis hermanos me tenían envidia, ellos tenían los ojos marrones, y nadie quería robarles un beso…

Ahora están todos muertos, ya no queda nadie de mi familia. No estoy triste, tampoco me querían tanto, ni yo a ellos. Ninguno de nosotros se casó nunca. Mis hermanos, se comprende que no lo hicieran, eran feos, antipáticos, y siempre estaban enfadados… Y mi hermana era muy rara, un día se marchó a un convento y nunca más volvimos a saber de ella, dijo que la olvidáramos, que su vida era otra. ¿Pero yo, que era guapa y delgada, con los ojos azules y una larga melena dorada, por qué no tuve nunca un novio, por qué no me casé? Los hombres me tenían miedo, era demasiado para ellos, me veían como un trofeo inalcanzable, seguro. al menos eso era lo que decía siempre mi madre.

Pero todos no me tenían miedo, ¡qué va! Estaban aquellos obreros de las casas modernas junto al mercado. Aquéllos siempre me decían cosas. Yo me hacía la loca y no les contestaba. Todos los días pasaba por la acera de enfrente, justo a la hora del bocadillo. Pasaba muy seria, muy digna, despacito, entreteniéndome en los puestos callejeros… Me producía un regusto especial pensar que todos aquellos ojos me miraban a mí y solo a mí, todos a la vez, y que de esas bocas de hombres rudos, de manos gruesas y nudosas, de barbas cerradas y ojos vidriosos, salían palabras de deseo cuya destinataria era yo.

Pero nadie se atrevió a nada más conmigo, solo aquel pobre de Andrés aquella tarde de lluvia. Digo pobre porque era muy poca cosa, no valía nada. Yo nunca me fijé en él, solamente en sus manos, blanquísimas, de finos y largos dedos con unas uñas impecablemente limpias y recortadas, cuando iba a la mercería de su madre a comprar todo lo que la mía, la mejor modista del barrio, necesitaba para sus encargos. Nunca sospeché que Andrés estuviera secretamente enamorado de mí, pero resultó que sí.
Me besó, y yo, cuando reaccioné, le di un tortazo, ¡qué se había creído! Cuando volví a la mercería, Andrés ya no estaba. Me dijeron que se había ido a un seminario, que se le había despertado la vocación y quería ser cura. Nunca me lo creí, se fue por despecho, ¡seguro!

Yo era muy guapa, y en este sitio nadie se lo cree cuando les cuento y les enseño las fotos que llevo en mi cartera. No me hacen caso. Tampoco he cambiado tanto... Estoy convencida de que me tienen envidia, no hay otra razón. Tengo buenas ropas, buenos zapatos, ¡zapatos de marca! Voy dos veces a la semana a la peluquería, me arreglo todos los días, aunque no sean días de fiesta, y me paseo con mi bolso y mi chal por el hall de esta residencia de viejos tristes y llorones. Yo sonrío con desgana a cualquiera que se cruce conmigo, y después me siento en un rincón a leer periódicos con noticias pasadas. Espero durante horas, hasta que llega la hora de cenar.

Pero nadie me habla, y nadie me quiere besar como Andrés aquella tarde de primavera, cuando tenía diecinueve años y me tuvo que robar el único beso que han dado y recibido mis labios…

Imagen: Internet. Texto: Edurne.
(Inicio una serie de "Retratos", inspirados en personas que he conocido a lo largo de los dos meses y medio que he convivido con  muchas de ellas en una residencia de mayores donde mi ama ha estado ingresada en un módulo de Recuperación Funcional).

miércoles, 9 de noviembre de 2016

EL JARDÍN



Es hora de que abramos la puerta de nuestro jardín.
Dejemos que el viento barra las hojas secas
que se acumulan en la entrada,
que sople fuerte y
se lleve las flores muertas.
Removamos la tierra y
démosle nuevos nutrientes
para que germinen las semillas
que plantamos  tiempo atrás.
Limpiemos de malas hierbas las esquinas,
arranquemos viejas raíces que
absorben todo el riego
que de nuestros corazones mana .
¿Sabes, amor?
Un día,
el jardín me mostró su verdadero aspecto.
Yo lo veía hermoso,
pero…
ése era solo mi sueño.
Entonces planté un vigía en el centro,
uno que espantara los pájaros de mal agüero.
Escogí los mejores rayos de un sol huidizo
para que solazara y calentara 
nuestro pequeño árbol.


Lo abrigué con mi aliento,
le canté nanas y requiebros.
Tejí de día y destejí de noche,
cual Penélope de Ítaca,
el manto que aún hoy nos cobija.
Y emprendí un viaje hacia el centro
del laberinto,
en busca del Minotauro.
Llevo sujeto de mi mano
el hilo de Ariadna,
el que me permitirá regresar victoriosa.
No temas, amor,
soy fuerte,
soy sabia,
¡y te quiero!
Sé que nuestro jardín está vivo,
aunque tú lo des ya por muerto.
La tierra late,
¿no oyes?
Desde sus entrañas
todavía nos habla
y flores nos regala.


Fotos, manipulaciones y Texto: Edurne


domingo, 31 de julio de 2016

CARTAS A RICARDO (y III) (Replay)



 Hola, Ricardo:

Ha pasado mucho tiempo desde que volví a Argentina. Huyendo, sí, ahora puedo decirlo: huyendo de ti, de mí, de Marta y de mi madre. Huyendo de esa nube espesa de amor, pena, culpa, rencor, traición… Sé que hice lo correcto, de lo contrario habría muerto de angustia, engullida en esa espiral que habíais creado y en la que me dejé mecer durante tantos años. Haberme quedado nos habría traído más problemas.

¿Eres consciente, Ricardo? ¿Eres consciente de que las vidas de tres mujeres dependen de ti? Creo que no, aunque a veces te veo como un auténtico depredador, frío y cruel. Te odio, Ricardo. En mí se conjugan muchos sentimientos y uno de ellos, tal vez el más importante, es el odio. Has destruido tres vidas, si no contamos la tuya, que también lo está, pero tres son las que me importan: la mía, la de mi madre y la de Marta.

Marta, mi madre y yo. Tres mujeres enamoradas de ti hasta los tuétanos. Tres mujeres unidas por lazos de sangre. Tres mujeres de diferente edad. Tres mujeres que estoy segura, para ti formaban el ideal de una sola. Por eso tal vez, y a tu manera, nos has querido a las tres, aunque nos hayas utilizado, manejado, jugado con nosotras...
Marta, sabedora de la historia que tenías con mi madre, se volcó en mí como forma de derramar todo ese amor que sentía por vosotros. Y después aprendió a quererse a ella misma. Gracias a ella tomé la decisión de dejaros y regresar a Argentina.

Mi madre, sospechando que Marta sabía y que yo también había sucumbido a ti, quiso disuadirme. Me prometió dejarte para alejarme del peligro, incluso me propuso volver aquí juntas… Pero no, tú eras más fuerte que todo, más fuerte que cualquier otro amor, incluso del materno y prefirió arder en las llamas de un amor prohibido y que estaba abocado a no llegar a buen puerto. No le importó sacrificarme a mí también. Estaba enferma de amor. Y sabía que más tarde o más temprano también lo estaría de verdad, la enfermedad hereditaria estaba asomando, tal vez Marta y yo misma la heredemos, y entonces tú serás el único testigo de nuestra verdad. Ahora ya no hay remedio, el final es inminente.

Cuando te conocí, mi corazón de niña sufrió su primer envite. Intenté desterrarte de mis sueños sin demasiado éxito. Mientras, Marta me acogió como si de una hermana mayor se tratase. Mi madre necesitaba mucho cariño, apoyo… ¡Y lo tuvo, ya lo creo que lo tuvo! Tu ayuda fue primordial para poder liquidar todo el asunto de la herencia de mi padre e instalarnos definitivamente. También que nos tomaras bajo tu tutela directa nos dio seguridad. Mi madre volvió a sonreír, parecía otra, no, parecía la que había sido, solo que más viva. Yo no veía más allá de mis propios deseos y viví esos primeros años angustiada por un sentimiento de culpabilidad que me hizo ser una adolescente taciturna y encerrada en mí y mis propias fantasías. Pasaste a formar parte de nuestras vidas como el aire que necesitábamos para respirar. Nos eras totalmente imprescindible. Si no era con Marta, eras tú solo el que nos visitaba, y nuestra casa, esa vieja casa de la abuela que tanto miedo me daba, se volvió luminosa de pronto. Tu presencia la iluminaba, tu risa… Pero cuando no estabas, mi madre irradiaba esa luz que yo no sabía explicarme de dónde le nacía, y la casa quedaba esperando tu vuelta, lo mismo que nuestros corazones. Siempre había un pretexto para que os dejarais caer por allí, y si no era así, nosotras lo inventábamos. Cada día lo vivía como un castigo, tú no podrías ser mío nunca. Al principio no supe ver la realidad. Hasta aquel día…

Habían pasado cinco años de nuestra vuelta, para entonces yo llevaba escondida en mi corazón la pena de un amor que nunca sería correspondido y la certeza de una traición. Demasiado sufrimiento para una joven como yo. No sé qué ocurrió entre vosotros aquel maldito mes de enero, entre mi madre y tú. Solo recuerdo que ella casi se vuelve loca, estaba fuera de su cuerpo y de su mente, era como un alma errante en un mundo extraño, apenas una sombra de lo que era. Recuerdo a Marta cada vez más delgada, más cómplice de su propia pena, sonriendo sin creérselo. Y te recuerdo a ti aquel día, sentado en el sofá de nuestro salón esperando a que mi madre, recluida en su habitación, te mirara, quisiera verte y hablarte. Recuerdo tu cabeza aprisionada entre tus manos, el pelo alborotado y tu sonrisa forzada. De pronto levantaste la mirada que mantenías clavada en los dibujos de la alfombra y me viste. Yo acababa de llegar de la universidad y estaba parada en la puerta, muda, atrapada en aquella atmósfera irreal. Hacía un frío terrible, la casa estaba helada, como yo, por dentro y por fuera. Me miraste y me viste. Te levantaste, caminaste despacio hacia mí, apartaste el pelo de mi cara, cogiste mis libros, mi bolso, lo dejaste todo encima de la consola y… ¡me besaste! Creí morir. Hoy sé que no era a mí a quien besabas, sino a mi madre.

Y sí, fue una muerte lenta que duró  hasta que me deshice de tus garras de crápula. Has chupado mis ilusiones, mi juventud, mi inocencia y me has regalado sueños oscuros y futuros sin horizonte. Necesitabas sangre joven para renovar tu pacto con el diablo. Tu encanto salió a flote de nuevo y todo siguió igual que siempre. Tu mujer intuyó lo que estaba pasando, y mi madre solo supo que estaba enamorada de ti. Nunca supieron que mi enfermedad era más grave de lo que parecía y que me estaba desahuciando.

No sé si para ti todo esto ha sido un juego nada más. Quizá solo te has dejado querer, pero nos has arrastrado como la marea arrastra todo lo que se pone en su camino aun a sabiendas del daño que nos estaba causando a todos esta relación. Nos  convertimos en tres inocentes moscas atrapadas en la tela que habías tejido tan sutilmente.

Me he decidido a escribir esta carta porque ya ha pasado el tiempo suficiente, porque mi madre va a morir de un momento a otro y porque en pocos días tendré que enfrentarte. Prefiero que sepas todo el dolor que me ha causado quererte, aunque tú pensabas que era el capricho de una niña mimada que necesitaba la figura de un padre… No, la figura paterna es la que siempre ha sido, la de Guido, mi maravilloso padre. Nunca he necesitado sustituirlo, pero sí he necesitado un hombre como tú. Lástima que llegara la última al reparto de tus sonrisas, de tu cariño… Yo necesitaba AMOR y PASIÓN con mayúsculas y eso ya lo habías regalado antes. AMOR a Marta, porque estoy segura de que en el fondo todavía la amas. Y PASIÓN a mi madre, que te envolvió con la suya, totalmente desagarrada por la vida, con su vitalidad . ¿Y para mí? Para mí quedaba el cariño de un hermano mayor, de un padre sustituto, de…

Ahora estoy tranquila. Mi conciencia está en paz. Con mi madre pienso enterrar mi pasado, y pienso enterrarte a ti. Cuando nos veamos no intentes ningún acercamiento, Ricardo, ahora soy una mujer nueva y fuerte. Solucionaré mis cosas y volveré aquí, donde he encontrado mi sitio. Solo deseo que tanto Marta como tú encontréis la paz.
                                                       
Liliana


Texto: Edurne  Imagen: Internet. Entrada ya publicada en esta Orilla el 26 de enero de 2013. Leer antes las entradas previas CARTAS A RICARDO (I) y (II). Comentarios hechos en su momento a esta entrada aquí.

CARTAS A RICARDO (II) (Replay)




Querido mío:

Cuando leas esta carta, mi salud estará bastante deteriorada, tanto como para hacer imposible que pueda pensar y razonar con claridad;  mucho menos redactar tres líneas con un mínimo de lógica.

Mi enfermedad, la misma a causa de la que murieron tanto mi abuela y mi madre como mi hermana, se ha manifestado por fin cruel y egoísta después de haberse mantenido agazapada y cobarde desde el mismo día de mi concepción. 

Te he querido muchísimo, demasiado. Te he querido con frenesí, con miedo, con culpa, con el último aliento, con cada poro de mi piel y cada sentimiento de mi corazón. Muchas veces ni siquiera me he podido mirar al espejo del asco que me daba ver mi imagen reflejada en él, y recordar lo que le estaba haciendo a Marta, a mi propia sobrina… Pero, Ricardo, tú has sido más fuerte que todo y me has arrastrado  tras tu sonrisa, tus ojos, tu piel, tu boca… Has sabido ver en mí esa mujer que aún era, y soy. Me has regalado a mí misma, la Andrea olvidada, dormida...

Con Guido fui muy feliz y nos quisimos mucho. Quedé destrozada cuando él murió, por eso decidí volver a casa, con mi gente, no soportaba estar allí entre extraños que no me entendían… Y aquí estabais. Reencontrarme con Marta fue como volver a mi infancia, mi adolescencia, a los brazos de mi madre… ¡Quién podía sospechar el peligro que nos acechaba!

No me arrepiento de nada, Ricardo, de nada. También sé que hemos sido temerarios, injustos… Marta ha sufrido mucho hasta que decidió quererse a ella y dejar que nosotros siguiéramos nuestro camino. En el fondo ha sido la más sabia de los tres, bueno, de los cuatro, sí, porque en este juego también entra Liliana. ¡Pobre hija mía!, quien tampoco pudo resistirse a ti. Sé que se enamoró perdidamente, como solo se enamora una adolescente. Sé de su sufrimiento durante estos años, y yo no he podido hacer nada por evitarlo. Por eso se ha marchado. Ella nos adora a los tres y sería incapaz de hacernos daño alguno. Ha preferido quitarse de en medio y poner todo un océano entre nosotros. ¡Pero cómo la necesito, Ricardo…!

¿Qué tienes Ricardo, qué tienes que anulas nuestras voluntades y consigues que corramos tras de ti sin importarnos nada más? Acaso sea ese halo de niño desvalido y eterno, o ese toque de “enfant terrible” que arrastras desde que de verdad eras un niño y que a las mujeres tanto nos gusta. De esta forma podemos ser mujeres, madres, amantes, amigas, confidentes… Podemos ser la buena, la víctima, la mala, ejercer nuestra dualidad sin cortapisas. O tal vez sea ese saber hacer y actuar en cada momento. Con Marta, atento y generoso. Conmigo pasional y tierno a la vez. Con mi hija paternal, cariñoso… No lo sé, Ricardo, no lo sé, pero eres droga dura.

Ricardo Castro, un hombre atractivo,  profesional de éxito probado, casado con una bellísima y brillante mujer, Marta Gallastegui. Ricardo Castro lo tiene todo, sí, aparentemente, lo tiene todo: una carrera y una posición social solvente y de éxito, una mujer que le apoya en todo, una amante solícita… Solo nosotros sabemos que no es así, que no tienes nada, que no tenemos nada.

Sé lo que me espera. Solo deseo que sea rápido, no sufrir como sufrió mi madre ni haceros sufrir a vosotros. Recuerdo la agonía de mi madre y lo que pasó mi pobre hermana. Estoy asustada, no lo voy a negar, tengo mucho miedo. Pero también sé que Marta estará a mi lado. ¿Y tú, Ricardo? ¿Vas a dejar tus miedos fuera y vas a asumir la verdad de nuestros amores de una vez por todas, pase lo que pase? Espero que lo hagas, no por mí, sino por Marta, que es más inteligente de lo que piensas, por Liliana y por ti mismo.

Cuando estés leyendo estas letras, posiblemente yo ya no sea consciente ni de mí misma. Mi amiga Mercedes tiene el encargo expreso de hacerte llegar esta carta cuando ese momento llegue. Lo siento, Ricardo.

Recuérdame vital y apasionada, enamorada de ti, antes, ahora y siempre…

                        Tuya hasta el final
                                       
                                                    Andrea


P.D: Busca a Liliana y tráela a casa. Cuida de ellas, de Marta y de mi hija. Ellas son mi     legado, mi herencia.


Imagen: Internet  Texto: Edurne.  Entrada ya publicada en esta Orilla el 24 de enero de 2013. Leer antes la entrada previa CARTAS A RICARDO (I). Comentarios hechos en su momento a esta entrada aquí.

CARTAS A RICARDO (I) (Replay)

                  


                                                 Ricardo:
                                                                 
No creas que para mí es fácil escribir esta carta. De hecho, todavía no sé muy bien todo lo que quiero decirte, ni cómo decírtelo.

Hace mucho que tú y yo ya no hablamos, no al menos como lo hacíamos en los primeros años de nuestro matrimonio. Sé que todo eso es normal, pero nuestra situación excede esa normalidad. Intuyo que sigues conmigo por mera rutina, ya que desbaratar toda una vida  a estas alturas es un verdadero lío. Sí, lo sé, pero a veces pienso que nuestra cobardía nos ha ido encerrando cada vez más y más en nuestra propia cárcel. Llegados a este punto, lo mejor es decirnos las verdades, descorrer las cortinas y dejar que entre la luz de la realidad para poder ver el camino sin miedo. Liberarnos de tanto tapujo, de tanta mentira… ¿No crees?

Andrea. Sí, ya hace un tiempo que sé que Andrea y tú habéis sido amantes desde que ella llegó de Argentina al quedarse viuda. ¡Y ya han pasado casi catorce años desde entonces!

Tranquilo, no, no voy a hacer de esta carta un manifiesto de reproches ni voy a mostrarte mi orgullo herido. Hace tiempo que ya no me quedan reproches ni orgullo. Aunque las heridas sí estén en lo más hondo de mi ser, porque no dudes de que me sentí tremendamente herida y humillada durante muchos años, pero ahora… Ahora he asumido todo ese dolor, y por eso puedo escribirte.

Andrea. Mi propia tía y mi marido me traicionan sin ningún pudor; porque así ha sido, Ricardo, no habéis tenido ningún pudor, ni un ápice de vergüenza. Es más, casi me atrevería a decir que lo habéis aireado todo lo posible. No sé si queríais ser pillados, si os producía un cierto morbo o más cotas de placer…

Cuando asumí vuestro engaño y cambié mi propio papel en nuestra relación de pareja y en la mía como sobrina, decidí que lo primero era YO. Y ahí iba a salir ganando. La clandestinidad agota, querido Ricardo, ¿o no? Vuestra historia ha ido subiendo y bajando como los valores que se cotizan en Bolsa, igual que una montaña rusa, y ahora lleva un tiempo en el mercado de las horas bajas… También he sabido que Andrea te ha dado un ultimátum en más de una ocasión, porque estaba cansada de esta historia, y en estos momentos en que la enfermedad la tiene prisionera no tiene fuerzas para reclamarte absolutamente nada.
Tal vez sea por eso por lo que te escribo esta carta, no lo sé…

Mi relación con ella siempre fue muy especial. La disfruté como a una hermana mayor cuando yo era una mocosa. Quedé desolada cuando se casó con Guido, el tío Guido, un hombre fascinante a quien no tuviste la suerte de conocer. Enseguida me percaté de que ambas habíamos ganado: Guido resultó ser el complemento ideal de Andrea y para mí un tío maravilloso. Cuando marcharon a Argentina, creí que los había perdido para siempre. Sufrí mucho cuando el tío Guido murió en aquel trágico accidente, también sufrió mucho Andrea, por eso me volqué tanto en ella cuando decidió regresar con nosotros, su familia. Además, traía un pequeño regalo, traía a Liliana, que a sus quince años era tan hermosa como lo era su madre. Y pensé que se repetía la historia: yo asumía el papel que Andrea jugó conmigo y Liliana era como la adolescente que yo había sido.

¡Ilusa de mí! Tan contenta estaba desempeñando el papel de hermana mayor con aquella niña, mi joven primita, que descuidé mi propia casa y dejé que Andrea se apoderara de lo que más quería, tú.

Al principio no fui consciente de nada. Más adelante pensé que eran figuraciones mías, al fin y al cabo éramos familia y el cariño es moneda de cambio entre los de la misma sangre… Más tarde, lo que era evidente pasó a disipar la niebla de mi inocencia.

Eres un hombre especial, Ricardo, no conozco a nadie que no se haya resistido a tus encantos; es inevitable caer rendido ante tus atenciones, tu naturalidad, tu delicadeza, tus muestras de interés y cariño… Has sabido darnos a cada una lo que necesitábamos en el momento exacto. ¡Andrea no iba a ser menos, máxime la situación en la que se encontraba! Y tú, tú eres débil, te dejas querer. En el fondo eres como un niño al que le excita el riesgo, lo prohibido, desafiar la norma, jugar con el concepto del bien y el mal.

Ahora creo que dejabais pistas a propósito, tal vez porque queríais ser pillados y la situación os ahogaba. Pero yo me hacía la loca, no sabía cómo haceros frente, ¡os quería tanto a los dos que no me interesaba aceptar lo que estaba tan claro! Prefería esconderme en el desván de la ignorancia protegida por mi abrigo de cobarde, por el miedo a perderos, por la vergüenza y la pena que todo ello me producía.

Sé que la gente, la familia y las amistades hablaban a mis espaldas y me compadecían, pero tal vez también os compadecían a vosotros pues os creían presos de una pasión irrefrenable, no lo sé…

Andrea es como mi segunda madre. Ahora casi me alegro de que la mía no esté viva, habría sufrido muchísimo con esta situación; lista como era, lo habría sabido desde el principio y no lo habría consentido.

Has sido un cobarde, Ricardo, más cobarde que yo, y no has sido leal con tus propios sentimientos –tanto que me querías– y tus convicciones. No me vale la excusa de no querer herirme. Me herías constantemente, pero a la vez herías a la propia Andrea. Dejaste que se hiciera ilusiones sin haberle prometido absolutamente nada y sin que ella te lo pidiera, alargaste su agonía durante catorce años… También te herías a ti mismo, y eso sin contar a la pobre Liliana…

Andrea está muy enferma y ahora te necesita de verdad. Yo no puedo abandonarla. No puedo ni quiero abandonarla. Sé cómo es esta maldita enfermedad, tal vez dentro de unos años yo también la padezca, o Liliana… es el sino de las mujeres de nuestra familia.

Andrea siempre me ha querido. Sé de su sufrimiento y que ha sido víctima de ella misma, de su forma tan intensa de vivir la vida, con ese amor que se le escapa por todas partes, con esa pasión que pone en todo lo que hace...

Liliana no está; y desde que decidió regresar a Argentina tanto Andrea como yo, cada una a su modo, echandola emn falta por distintas razones, nos hemos sentido muy solas, ahora solo nos tenemos la una a la otra. Andrea nos necesita, a ti y a mí. Por eso te escribo esta carta, Ricardo, necesitamos reconciliarnos con nosotros mismos para poder ayudarla y que ella sepa que no está sola, que nosotros la queremos.

Espero que no nos defraudes, Ricardo. Yo hace mucho que os perdoné, que te perdoné, que nos perdoné…

                                                                              Marta

Imagen: Internet  Texto: Edurne. Texto ya publicado en esta Orilla el 22 de enero de 2013. Son tres cartas que publicaré a lo largo de hoy domingo 31 de agosto de 2016. Comentarios hechos en su momento a esta entrada aquí.



miércoles, 25 de noviembre de 2015

VUELO LIBRE





¡No! Por si alguien vuelve a preguntármelo otra vez, ¡no, no lo vi venir!
Es muy fácil ver las cosas desde el otro lado, detrás de la barrera, mientras que una está en el coso, tiñiendo de rojo el albero, toreando las embestidas que ése que se hace llamar “tu marido”, te asesta un día y otro también sin piedad alguna.

Muy fácil ver cómo iba a terminar todo, y más todavía cuando los hijos a los que hay que cuidar y proteger no son los propios, sino los de la que está tratando de esquivar los envites. Y encima es más fácil todavía asumir el papel de protector…

Pero no vale. Hay que estar en la piel de alguien como yo para saber lo que es vivir en la oscuridad más hermética, sin aire que respirar, teniendo que dormir con un ojo despierto, con la piel alerta y el corazón en el exilio de los afectos…

Y no, lo vuelvo a repetir: ¡no lo vi venir!

Al principio, al poco de conocernos, yo ya sentí que tenía algo especial, no sé, su mirada, su forma de sonreír, cómo se me acercaba a preguntar qué tal estaba, si me encontraba a gusto allí… Y es que yo acababa de llegar nueva al instituto.  Mi padre había muerto y mis hermanos, mi madre y yo nos habíamos tenido que trasladar a vivir a casa de mis abuelos, una casa bastante más grande que la nuestra, y también  porque no podíamos pagar aquella en la que habíamos vivido hasta entonces, la casa que estaba ligada a nuestra infancia, a todos nuestros recuerdos, los buenos y los malos…

A mis catorce años yo era una adolescente tímida y fácilmente impresionable. Él fue el único chico, él ha sido el único hombre en mi vida. Lo tuvo muy fácil. Recién salida de la infancia, de su mano me interné en una adolescencia llena de zozobras y miedos. Miedo a no ser suficientemente guapa y lista para él, a no hacer lo que me pedía que hiciera; miedo a que me dejara por otra, por cualquiera de las que siempre revoloteaban a su alrededor, y porque así me lo hacía ver. Así me tuvo todos aquellos años, mendigando una caricia, un beso… Hasta que le demostré que por él era capaz de todo.

Él me hizo suya y me encerró en esta jaula. Tiró la llave muy lejos, tanto como grande era mi temor a que dejara la puerta abierta y me dijera que saliera, que ya no me necesitaba. Pero ahora, después de casi cuarenta años, acabo de salir yo sola de ella. Entré siendo casi una niña y salgo convertida en una esposa humillada y maltratada, en una madre amantísima y abnegada, y en una abuela entregada y temerosa. Una mujer perdida.

Y ahora, solo ahora, es cuando todo el mundo se está enterando de lo que ha sido mi vida en realidad, lo que había tras esa cortina de humo que yo dejaba escapar para que cubriera la verdad.

A los tipos como él no se les ve venir. Son de los que saben dar una de cal y otra de arena, así, rápido, rápido, para que no te dé tiempo a reaccionar y pienses que todo ha sido un mal sueño. Son de los que un día alaban lo que haces, cómo eres, y que te dicen muy bajito que sin ti no serían nada… Todo para ablandar tu corazón y hacer que te sientas culpable por haber querido huir de la jaula. Y también son de los que utilizan tu amor de madre para tenerte sujeta, segura, porque los hijos, ¡ay, los hijos.!

Y vas trenzando con hilos de frágil algodón el mundo en el cabéis todos. Inventas una felicidad pequeñita, pero que te sirva para seguir avanzando un paso más cada día. Te alimentas de un abrazo a deshoras, de un “te quiero” apenas balbuceado, de un viejo sueño una y otra vez desempolvado. Y te lo crees, te lo quieres creer.

Tapas las heridas de dentro y de fuera, los golpes, las ojeras, los insultos, reproches y sinsabores, todo lo escondes con mano hábil y temblorosa. Y así un día y otro, un año y otro.

Ante ti desfilan desprecios, amantes, engaños… Y de vez en cuando un beso de marido culpable, una mirada menos dura, una media sonrisa… Y piensas que todo está bien, que tu mundo no se caerá todavía. Aguantas un poco más. Aguantas  por esto, por lo otro y por lo de más allá. Disculpas, autoengaños…

Hasta que un día, a una se le cae la venda bien caída, no a medias, ¿sabes cómo te digo? Así, como si se hubiera hecho de día de repente y tanta claridad te dejara completamente ciega, tanto, que no pudieras soportarlo y tuvieras que apagar la luz para que nadie vea tu vergüenza, para que nadie sepa de tu pena arrastrada por los cuartos más oscuros de tu pobre,  triste y pequeña vida.

Y es la última mano alzada, el último exabrupto salido de su boca, la última amante que paseó por tu cara, lo que hace que digas que ya nada importa, y que grites ¡ya basta!

No, no lo vi venir. Solo cuando dejé de estar ciega, dormida, amordazada, muerta del miedo a perderle, del miedo a contar mi verdad, solo entonces tuve la fuerza suficiente para abrir la puerta y echar a correr hasta llegar aquí, hasta encontrarme con aquella que fui. Estoy sola, desnuda, sin nada, pero me tengo a mí y estoy viva. 
La VIDA me espera.







Foto: Edurne,  de una escultura de no recuerdo quién, expuesta en ARTMADRID de esta pasado Febrero. Texto: Edurne (breve ejercicio y reflexión sin corregir). Imagen. Circula por la Red estos días, en casi todos los perfiles de nuestros Whatsapps.

Ni una más. Ni una mujer más que sea humillada, maltratada, asesinada. Y ni un hombre más que sea humillado, maltratado y asesinado, porque menos, pero también los hay.