domingo, 17 de noviembre de 2019

DUELO A GARROTAZOS (LA RIÑA)





Siempre es difícil versionar, o inspirarse en una obra de la categoría de esta que nos ocupa. El pintor, Goya, un icono de la pintura española, ha sido maestro de maestros y fuente en la que han bebido artistas de todos los tiempos. El universo pictórico del de Fuendetodos abarca la mayoría de los campos. Y el sentimiento, del tipo que sea,  aflora cuando su pincel es manejado desde dentro: por las tripas, por el corazón…

Este “Duelo a garrotazos” es una de las archifamosas “Pinturas negras”, concebidas para decorar la Quinta del Sordo. Hasta ahí su origen. Pero, ¿qué hemos querido ver, interpretar… en esta pintura? Podemos considerar a Don Francisco como el gran cronista social de la época, de esa transición, de ese levantamiento contra la tradición, de ese coqueteo con lo que viene de fuera, y que, al final no se sabe si era tan bueno…

Goya lucha con él mismo, y a la par que su sordera avanza,  potencia su visión más amplia de la sociedad. No quiere perderse el espectáculo. Y asiste a él con toda la rabia que le explota en las manos.

Esta versión, bebe del cuadro original, pero a la vez escucha melodías postmodernas. El Neoexpresionismo de Anselm Kiefer está presente, no solo en la estructura, un cuerpo yacente esperando a que su destino sea cumplido, sino también en ese vaso comunicante con la pintura de Goya, ese espectáculo al que asiste la sociedad. Y a la vez salpica el lienzo de colores de feria, muy actual y muy frío también…

¿Remisniscencias? Hay quien quiere ver en esta obra la pugna fraticida, la lucha por ver quién es mejor, quién termina con quién, quién impone sus ideas… Ustedes mismos. Tal vez sea cosa de los tiempos que nos ha tocado vivir, que todo es cíclico, que no aprendemos, que…
¡Pasen y vean!

Pintura: "La riña", para la exposición "Interpretando El Prado" de La Carpa. Antonio. Texto: Edurne


martes, 12 de noviembre de 2019

NE ME QUITTE PAS




No,
no hace falta que me olvides,
amor.
Tu recuerdo ya duerme
en mi descuido,
acunado por los brazos de la pena,
de la rabia silenciada.

¿Ves?
Mi piel ya se vistió de hielo,
ahí quedaron la miel,
¡y el mar!
Huérfanos para siempre
de tu boca,
de tus manos...

No,
no hace falta que huyas
de mis sueños.
Aprendí a
dormir sin despertar,
a decir sin hablar.

No,
no hace falta que me arranques
de tu vida,
de tus horas…
Ahora es el momento.
Tú y yo,
desnudos
en un lecho de reproches
mudos .

Respira.
¡Así!
Tu aire ya es el mío.
Te tengo dentro.
Te pienso,
te río,
te duermo.
Te amo,
te odio…

Las calles han cambiado de rumbo.
Y yo, 
loca,
las camino buscando tus pasos,
los míos,
 nuestra historia…

No,
no hace falta que llores,
amor.
Mis lágrimas,
secas,
han desbordado el cauce
de esta loca pasión
sin principio,
sin fin.

Pintemos el cielo
de nuestros recuerdos.
¡Ahora!
De rojo,
de negro,
de fuego…

No,
¡Ne me quitte pas!


Vídeo: Youtube. Texto: Edurne 


domingo, 27 de octubre de 2019

¡DIOS MÍO, AMPÁRAME!




El sol estaba en lo más alto. El ruido acompasado del vaivén de las olas, algún canto de aves, lejano, y unos temerosos y pequeños pasos en la arena, eran las únicas notas de la banda sonora de aquella mañana, vacía y vieja ya.

La espuma lamía con fruición, desesperada por llegar, los bordes ribeteados de una arena tostada. Una extensa mancha roja avanzaba, lenta pero segura, hacia el mar, mientras una pequeña avanzadilla de ese acorazado ejército llegaba hasta el cuerpo que yacía junto a la orilla.

María Teresa de Jesús López de Heredia y Sotomayor había abandonado el convento de Las Clarisas en Sevilla por orden paterna, justo a dos meses de tomar sus hábitos definitivos. Don Pedro, su padre, Contador-Escribano de La Casa de Contratación de Indias, había decidido casarla con un rico terrateniente de Cuba, propietario de uno de los mayores ingenios azucareros de la isla. Las ordenes de Don Pedro, no se discutían. Él había decidido, cuando era una niña, entregarla a la Iglesia, y ahora, convertida en una joven y hermosa mujer, mandarla a las Américas con la misión de dotar al linaje de los López de Heredia de un patrimonio sólido y terrenal por medio de esta unión. Unión que solo beneficiaba al padre y al futuro marido.

La blanca y nacarada piel, desnuda, expuesta a la ardiente mirada del astro sol, comenzó a reaccionar ante las insistentes llamadas de los emisarios de la marea roja, que avanzaba decidida hacia su futuro. Solo ella se interponía en su camino.

Pequeñas patas filosas pinchaban con insistencia la humana geografía. Por manos, brazos, piernas y pies, sentía María Teresa la llamada de la vida. Intentó abrir los ojos, pero una masa de arena húmeda se lo impedía. A duras penas, logró entreabrir el ojo derecho. Frente a ella dos bolitas negras se movían nerviosas, observándola con un interés insistente. Quiso mover la mano, el brazo, un dedo… Imposible. Estaba paralizada. Quiso gritar. Tampoco podía. Los visitantes iban llegando en pequeños grupos, y como si de una montaña se tratase, su cuerpo fue escalado por el norte y el sur, de este a oeste…

¿Qué había ocurrido, estaba soñando? Un sabor salado inundaba su boca, pastosa y llena de arena. De pronto sintió cómo una arcada le subía violenta desde el estómago. Tosió, vomitó  y consiguió encorvarse. La melena, enredada en su hermoso cuello, enmarañada y con pequeños crustáceos colgando de ella, impedía que el aire besara su cara. Un penetrante olor a salitre terminó de espabilarla.

Se creyó muerta durante unos instantes. El silencio era ensordecedor. Sentada sobre su nalga izquierda y apoyada en una mano, sacudía, nerviosa, con la otra, los diminutos guerreros rojos que estaban colonizando su cuerpo. No había duda de que se encontraba en una playa, la arena lo rodeaba todo. Ardía. Su piel también. Tenía sed y los labios  resecos y agrietados. Intentaba enfocar la poca visión de la que disponía pero todo era cegador, la luz, el oro, el  verde y el azul, el blanco; y la soledad… ¡Inmensa!

No había nada reconocible a su alrededor, ¡nada!

El chillido de una gaviota que vino a posarse cerca de ella, atraída por la posibilidad de un banquete, la asustó y entonces  consiguió ponerse en pie, tambaleante. Al punto se dio cuenta de que sus ropas eran puros jirones que apenas tapaban su níveo cuerpo. Sentía vergüenza, una vergüenza infantil, e instintivamente se llevó las manos al pecho, al vientre. Se sentía profanada, violada… ¿Dónde estaba? Quería llorar, pero tampoco eso podía.  

Solo un grito que le nacía de muy adentro se atrevió a salir de su garganta. Un grito oscuro, largo y perdido. En ese momento, un coro de aves desconocidas le respondió desde algún recóndito lugar con un graznido helador. Un minuto, cinco, veinte… ¿Cuánto estuvo así, en pie, vacilante, aguzando el oído, la vista…? Y el silencio de nuevo. Solo el mar susurraba canciones que ella no conocía.

Se dejó caer pesadamente en la arena. Sentada, intentó recordar. Frente a ella se extendía el piélago traidor, la mar que la había tragado y vomitado allí, la mar océana, ahora en calma. Un horizonte infinito, un sol en todo su esplendor. A sus espaldas, la playa, blanca, brillante y extraña, que extendía su lengua hasta el umbral de un inmenso bosque de palmeras, frondoso y caótico. A izquierda y derecha, no se veía el fin del arenal. Volvió a enfocar la vista, utilizando esta vez su mano derecha a modo de visera. Nada.

Intentó respirar con calma. Cerró los ojos. Poco a poco las imágenes iban llegando, mezcladas y confusas. Caras, lugares, conversaciones… Recordaba la fría despedida de su padre en el puerto de San Lúcar, las lágrimas ahogadas en su garganta, el olor a azahar de su Sevilla, los abrazos de sus hermanas del convento, la mano fuerte de Juanita apretando la suya, no temas mi niña, no temas… Y los hermosos y grandes ojos del negro Manuel, mirándola con lástima y amor.

Te llevas a Juanita y Manuel, le había dicho su padre, ellos cuidarán de ti por mí hasta que lleguéis a Trinidad, donde será tu marido, Don Lope de Aguinaga, tu señor y valedor. Ve con Dios y procura ser digna hija de tu padre y tu linaje. Aquellas fueron las últimas palabras de don Pedro. Palabras que ahora aparecían reflejadas en el espejo de arena de aquel lugar perdido en el océano.

Se acercó a la orilla. El agua estaba caliente. Mientras observaba sus dedos hundirse en la arena con cada envite de ola y espuma, vio cómo llegaba una multitud de cangrejos rojos, empujándose unos a otros, pasando por encima de sus pies, a fundirse con aquellas cálidas aguas. Se sentía reconfortada, y por un momento olvidó sus tribulaciones.

La brisa soplaba suave, como una caricia, pero algo había cambiado. Algo que la hizo volverse y mirar al punto exacto del que emergía, lejos, muy lejos, una figura que, poco a poco, iba haciéndose más grande. Los cangrejos habían desaparecido, la gaviota se había alejado, y el sol empezaba a cubrir su rostro…

María Teresa encomendó su alma al Señor, y arrodillada en la dura arena, con las manos cruzadas en signo de oración, suplicante, solo alcanzó a decir: ¡Dios mío, ampárame!



Imágenes: Internet. Texto: Edurne

martes, 1 de octubre de 2019

A REY MUERTO, REY PUESTO




Septiembre ha muerto, ¡viva octubre!

Y este veranillo de San Miguel que todos los años me regala un catarro de los de libro, apoteósico él, que me tiene aturdida y más perdida si cabe todavía... 
Estornudo con escándalo, queriendo expulsar a todos los demonios que me arañan las tripas, que se esconden dentro de mis armarios, que se ríen a mis espaldas, que blasfeman y se me atragantan...

El rey ha muerto, ¡viva el rey!

Imagen y Texto: Edurne

domingo, 15 de septiembre de 2019

¡ME QUIERO JUBILAR!




                                                         
¡Jajajajaja! Me paso el día diciendo que me quiero jubilar. Lo digo así, como en broma, pero no lo es. El hecho tiene dos lecturas, al menos dos, que seguro que tendrá más... Claro que me quiero jubilar, es necesidad vital para mí en estos momentos de mi vida, pero, ¡qué bajonazo me está dando!

Treinta y ocho años de mi vida dedicados a la enseñanza en la Escuela Pública. Ahí es nada. Y de ellos, treinta y cinco años, cuatro meses y treinta y tres días, para cuando deje de formar parte activa del claustro de mi último centro, o sea, más de la mitad de mi vida en “mi escuela”. ¡Cómo no voy a estar de bajón! Tengo un maremágnum de emociones en el cuerpo, que no les digo nada.

Ando haciendo limpieza y ordenamientos varios de cajas, armarios, carpetas, libros y cuadernos, también voy encontrando reliquias, apartando lagrimones que no piden permiso… ¡Ay!


Cuando digo que en navidades me jubilo, mucha gente me mira con cara rara, así como pensando que seguro que no tengo 65 años… Y tengo que aclarar: miren ustedes, es que yo soy maestra, funcionaria de carrera, o sea, con mis oposiciones, en el ejercicio de mi profesión y cotizando desde el curso 81-82, lo que se traduce en 38 años, que en diciembre cumpliré 60, y que al pertenecer al régimen de MUFACE (Mutualidad de funcionarios civiles del Estado), lo que llaman “Clases Pasivas” (me río yo de eso de las clases pasivas, que venga Dios y lo vea, ¿pasiva yo? ¡Ay, que me parto!), pues eso, que en esas circunstancias… ¡ME PUEDO JUBILAR!


Veremos cómo transcurre este trimestre. De momento estoy haciendo un duelo escalonado, que no sé si será mejor o peor. Para empezar he tenido que salir de la que ha sido mi aula en los últimos veintiocho años, porque no voy a coger tutoría, voy a dar refuerzos de Euskera en el tercer ciclo, así que... ¡Fuera!, ¡y eso sí que ha sido la repera limonera! Ahora mismo no sé si seguir con el tema, porque se me están anegando los ojos, ¡ya les digo!


¡Ah, y en estos dos meses de verano, hasta nos ha crecido una calabaza en nuestro pequeño huerto escolar!


Que sepan que por aquí estoy, que no me he ido, y que no me pienso ir. Llevo un ritmo dispar en todo, solo dejo que mis días vayan fluyendo tal cual, y luego ya iré poniendo orden en todo mi mundo, que está bastante “despeinado”, como unas crónicas que tengo por ahí a medias… en algún momento las sacaré.

Septiembre avanza a pasos agigantados, ya nos hemos zampado la mitad de este mes tan especial. Y digo especial porque para mí, desde niña, septiembre era mágico. El final del verano, de esas largas vacaciones en las que yo disfrutaba como una enana, y el ir preparando la vuelta al cole. Despacito. Entonces el curso empezaba en octubre. Recuerdo yo el 3 de octubre de 1968, comienzo de curso; terminada la Primaria, 1º, 2º y 3º, y previo paso por Parvulitos, claro, entrábamos en un limbo llamado “Ingreso”, lo que hoy en día es 4º de Primaria, y antes 4º de EGB. Ahí se suponía que se cimentaba el paso al Bachiller Elemental, 1º, 2º, 3º y 4º, más una Reválida (verán ustedes que yo soy muy antigua ya…). Bueno, que me desvío, yo estaba en ese 3 de octubre de 1968, primer día del nuevo curso. Nervios. Nueva profesora, en este caso la hueso más hueso de todo el cole, “la Pinocho”, se llamaba Rosa, pero todo el mundo la llamaba La Pinocho (¿cómo me llamarán a mí?), y así nos fue dada en herencia. Nervios y miedo, porque, infundía miedo la tía, ya les digo yo que sí…El caso es que a mí, aquel día todo me daba un poco igual, me sentía a flote. Me pasé la mañana preguntando a todas las niñas, que a ver qué iban a hacer a la salida de clase, que a dónde iban a ir…Y todo para que me preguntaran a mí y yo poder contestar: “¡Pues yo voy a la clínica, porque hoy me ha nacido un hermanito, o una hermanita!” Ese fue, ha sido y será, el comienzo de curso más especial de toda mi vida.

Septiembre, desde hace muchos años es el comienzo de una nueva etapa, para nosotros es como si el Año Nuevo nos llegara el 1 de septiembre, así de claro. El olor a tiza, a lápices de colores, a libros y forros… ¡Eso no tiene precio! No hace falta ser niño para disfrutar de ese hormigueo de estrenar la sabiduría que está por venir. ¡Tantas cosas!

El pasado lunes 2, en el claustro de comienzo de curso, pensaba yo que con cada frase, cada situación, estaba despidiéndome de ese mundo, de mi mundo, que iba a ser la última vez que me reencontraba con mis compas en la sala de profes, que iba a ser la última vez de ese ritual tan interiorizado…

¿Pero yo no había dicho que iba a dejar el tema por eso de los embalses llenos de agua que me inundaban la casa de las emociones? No tengo remedio.



Maestra soy. Maestra seré hasta que me muera.
¡Feliz comienzo!


Fotos, texto y emociones: Edurne. Imágenes: Internet

viernes, 2 de agosto de 2019

DE PASEO


Pues nada, les voy a contar un secreto: ¡QUE ME SACAN A PASEO!
Sí, después de 10 años, 10, hoy vuelvo a pasear un poquito, ná, seis días nomás, pero, oigan, ¡que para mí es un regalazo!

Y como me hacía ilusión sacar a relucir el cartelito que hice para una de mis últimas escapadas, pues hala, que lo he recuperado y aquí lo dejo, para que se haga el importante, ¡jejejeje!

Vuelvo enseguida, ya les digo, pero tenía ganas de compartir el hecho, inusual para mí en esta última década.

Disfruten ustedes también allá donde se encuentren, y no se olviden de ser felices.
Un superabrazo. 
¡Ah, y mil gracias por seguir por esta orillita!


Letrero y minitexto: Edurne

domingo, 28 de julio de 2019

LA CASA DE BERNARDA ALBA




El universo femenino de García Lorca se muestra en toda su crudeza en esta obra. Todas las mujeres del mundo lorquiano nos miran cara a cara, ninguna se esconde, y estas de la casa de Bernarda Alba, lo hacen con rebeldía, pasión, rabia… 

La casa es una cárcel. Bernarda gobierna con mano férrea a todo un ejército de mujeres: hijas, madre, criadas… Y solo un hombre es capaz de desbaratar todo ese mundo, de romper la aparente calma de sus vidas. Pepe “el Romano” no se hace ver, pero sí se hace sentir.

Pepe representa esa vida que hay fuera. Ese amarillo, esos colores pujando por salir, que intentan deshacer el negro que cubre a las mujeres, son Pepe “el Romano”, él es la esperanza, la sensualidad, la sexualidad… la vida, en una palabra. 

Bernarda decide sumir la casa en un luto de ocho años, y a su vez decide casar a su hija mayor, Angustias, con Pepe, puesto que ella es la única que posee una dote. Adela, la más joven, es pura pasión y está loca de amor por “El Romano”. Martirio, resentida y celosa, también lo ama en secreto. Magdalena y Amelia, sumisas, observan y obedecen, callan… La lucha por Pepe “el Romano” está servida. 

Porcia, la mano derecha de Bernarda, siente como un gran peso la servidumbre que le debe a esa ama cruel y fría, ella es libre y decide no callar. En la historia asoma, como una conciencia silenciada,  María Josefa, la madre “loca” de Bernarda. Una loca que canta las verdades, ella sabe, pero Bernarda no la escucha, la encierra, la oculta…

Los colores juegan con los sentimientos, con los caracteres, las palabras de Lorca son aquí pinceladas firmes y vivas. Señoras y señores, con ustedes, la tragedia.






Pintura: "La casa de Bernarda Alba": Antonio (para la exposición "García Lorca" de La Carpa). Imagen libro: Internet. Texto: Edurne. Recomiendo la lectura o relectura de esta obra. Lorca siempre merece la pena.

lunes, 22 de julio de 2019

TENGO UNA MUÑECA VESTIDA DE AZUL (Replay III)



Te doy las gracias

porque un día,

tus carnes se abrieron

para darme a mí la vida.

Porque sufriste

con paciente espera

a que mi llanto cesara.

Porque dejaste

tu piel en mi piel.

Porque tu sudor

fue formando mi sangre.

Porque tu corazón

de madre, se hizo

corazón de niña.

Porque me pariste

un lluvioso día,

con todo el amor y

con todo el dolor…

¡Te doy las gracias,

madre mía!




Fotos: De la memoria familiar Texto: Edurne, año 1977. 

(Texto ya publicado por cuarta vez en esta Orilla desde que se abrió, allá por 2007. No encuentro mejores palabras para agradecer a esta madre mía que hoy, hace 86 años tuviera a bien aterrizar por este mundo y esperar unos pocos para mostrarnos su corazón de madre. Creo que no puedo quererla más... Hoy cumple. Zorionak, amatxu!!!)

viernes, 5 de julio de 2019

BUONA SERA SIÑORINA




Mario tenía un plan. Decía que era infalible. Piero y Luigi, apoyados contra la pared de la iglesia, la que daba al cementerio, se afanaban en liar unos canutos con la poca hierba que les quedaba y no le prestaban demasiada atención. Mario estaba iluminado. El plan, eso era lo único que ocupaba su cabeza y su tiempo desde hacía un par de días. Había que innovar el negocio y él lo tenía todo pensado, muy bien pensado.

Silvana se aburría. Hacía mucho calor y el mes se estaba dando mal, no había duda, la gente prefería quedarse en casa a salir de compras. Ya no recordaba los años que llevaba metida en esa pequeña tienda del casco antiguo de la ciudad. El género de la sastrería era demasiado bueno para los vecinos de aquel barrio, salvo excepciones, las que salvaban del cierre al negocio. Cuando terminó la secundaria, ni se planteó seguir estudiando, eso era algo imposible en la situación en la que estaba su familia, así que aprendió a cortar y coser pantalones en el taller del tío Ricardo, el hermano de su madre. En un principio, su tío la mantuvo de aprendiz mientras le iba enseñando el oficio de pantalonera, para que pudiera tener un trabajo extra. Al año de estar allí, el tío Ricardo enfermó y en pocos meses murió. Ninguna de las oficialas se quiso hacer cargo del negocio, así que Silvana tuvo que buscar trabajo.

Y lo encontró gracias a su abuelo Francesco, el contable. Los dueños de la sastrería “Il mondo elegante” eran unos antiguos conocidos de su abuelo. Silvana era lista, entendía el oficio. Además era una chica risueña, sabía sonreír en el momento preciso, tenía una conversación agradable y el saber estar  que se necesitaba para un negocio así. Con el tiempo incluso tuvo un  romance con el nieto pequeño de los patronos, pero cuando estaban a punto de casarse, Bruno murió en un accidente. Silvana asumió el papel de viuda joven, de mujer soltera para toda la vida. No le faltaban pretendientes, pero ella no tenía ni el humor ni las ganas de volver a enamorarse. Su vida estaba dedicada a cuidar de la frágil salud de su madre viuda y a enderezar los entuertos de su  hermano  Luigi.

El señor Antonio y su mujer, doña Concetta, eran de los pocos asiduos al comercio de la Piazza Garibaldi, tanto que, compraran o no, todas las tardes se daban una vuelta por la tienda y hacían compañía a Silvana un rato. Don Antonio había sido procurador en la Judicatura, no tenían hijos y disfrutaban de una buena situación económica y mucho tiempo libre. Eran una pareja de rutinas: pasear por el barrio, sentarse a tomar un café, una limonada o un chocolate en la terraza del Casino, pasar un rato con Silvana en la sastrería... La señora Concetta era una anciana tímida pero de muy buen conformar, todo lo que hacía su marido le parecía bien. Eran la pareja ideal, nunca se peleaban e iban  del brazo y se sonreían cada pocos pasos. Silvana los apreciaba y envidiaba. Si su madre hubiera tenido ese entendimiento con su padre, que le hizo sufrir lo indecible; y si ella hubiera podido casarse con Bruno…

Luigi sabía que en la tienda de su hermana no había mucho negocio pero sí que de vez en cuando se dejaban caer clientes con posibles. Más de una vez le propuso a Mario dar un golpe allí, pero Mario estaba perdidamente enamorado de Silvana y siempre declinaba la oferta de Luigi.

El plan de Mario tenía que ser espectacular. Era tiempo de feria, y como todos los años, el circo llegaba a la ciudad. Un viejo circo para una pequeña ciudad. Mario conocía al chico que se encargaba de limpiar las jaulas de los animales, de darles de comer… Era un circo muy pobre, solo tenía un elefante desdentado, tres perritos caniche que hacían volteretas sin parar, y una vieja serpiente que no tenía ni veneno pero que era el reclamo del circo. ¡Ese era el plan! Usar al reptil como arma intimidatoria para perpetrar los atracos. ¡Nadie querría ser mordido por una serpiente! El impresionante ofidio tenía nombre, y por extraño que parezca, respondía a él. Gina, se llamaba Gina, por la Lollobrigida. El domador, que solía actuar disfrazado de faquir de la India, contaba que en su juventud había tenido un affaire con la Lollo, y que su vieja serpiente se la recordaba…

Mario se dejó convencer por Luigi y decidieron ensayar un primer golpe con Gina en la tienda de Silvana. Por supuesto, tuvieron que aceptar al muchacho del circo como parte de la banda. Las negociaciones fueron duras, la parte del botín a repartir entre los cuatro no quedaba muy equilibrada con sus exigencias, pero al final aceptaron;  él era quien podía manejar mejor a Gina.

Y llegó el gran día. Tras días de observación, seguimientos a los clientes más asiduos, en este caso el señor Antonio y su esposa, doña Concetta, decidieron actuar. Mario se quedaría en la esquina con la vespa del hermano de Piero, que era repartidor de pizzas y que tenía un cajetín de carga trasero. Ahí llevarían a Gina. Piero, Luigi y el muchacho del circo entrarían en la tienda con la serpiente como arma. Su cuidador sujetaría la cabeza, Luigi la parte trasera y Piero se encargaría de desvalijar la caja y llevarse alguna corbata de seda, algún guante de cuero o cabritilla para poder vender en el rastro…

Tenían los relojes sincronizados con el de la catedral, el más cercano a la plaza y que se veía desde la tienda. Las seis menos cinco. Faltaban cinco minutos para ponerse en marcha. Las seis en punto. Estaban listos. Dentro, Silvana, don Antonio y doña Concetta charlaban animadamente. La puerta estaba abierta pues no había aire acondicionado ni ventilador y total, daba lo mismo. No dio tiempo para nada, ni para gritar del susto. La sola visión de aquella cabeza, de aquella lengua viperina moviéndose sin control, de aquellos colmillos y aquellos ojos amenazantes dejó a los tres paralizados, sin habla. Gina apuntaba directamente a los pechos de Silvana y esta no tuvo más remedio que coreografiar su miedo para evitar tan siniestro mordisco. Los atracadores llevaban las cabezas completamente cubiertas, era imposible saber quiénes eran, y eso le daba más intensidad a la escena. Piero, Luigi y el chico, lo tuvieron fácil.

—Buona sera, siñorina, esto es un atraco—dijo Piero, impostando la voz como los actores de teatro clásico—si nadie se pone nervioso y no hacemos ninguna tontería, nuestra amiga Gina no tendrá necesidad de actuar. ¡A ver, abra la caja, rapidito que hay prisa!
—Caballero…—balbuceó don Antonio— Mire usted, todavía están a tiempo de arrepentirse…
—Usted, mejor calladito, abuelo, que si nos salimos del guion, va a ser peor para todos—contestó Piero, mientras hacía un gesto al muchacho del circo para que amenazara a los viejos con Gina.

La pobre doña Concceta, se meó encima. Luigi no pudo reprimir una carcajada, pero enseguida bajó los ojos y sujetó con fuerza la cola del reptil. Gina movía la cabeza de izquierda a derecha, como si dudara a quien clavarle los colmillos, el viejo parecía apetitoso, pero la abuela estaba más rellena… Al instante la sacaron de dudas y le pusieron delante el sinuoso cuerpo de Silvana, ¡eso ya era otra cosa!

En la caja no había casi nada, salvo por el dinero que los dueños habían depositado a la mañana para pagar unos trajes que estaban pendientes de llegar, y que estaba en un sobre marrón en el fondo, el resto era calderilla sin importancia. Piero dominaba la escena, se sentía seguro. Echó mano de un par de camisas y unas cuantas corbatas, unos cinturones, algún par de guantes, pañuelos... ¡Y aún tuvieron tiempo de despedirse y dar las gracias!

Mario, inquieto, esperaba en la Vespa con el cajetín abierto. Pero de pronto, se apeó, soltó el cajetín, lo dejó en el suelo y volvió a montar. Tiró el cigarrillo que estaba fumando. Sabía que estaba haciendo mal, pero arrancó y dobló por la esquina de la catedral tomando la carretera que va hacia el río.

Según salían de la tienda, Gina ya estaba enrollada y lista para dormir en el cubículo que le había preparado. La bolsa con lo afanado la llevaba Piero en bandolera. ¿Y Mario, dónde ostias estaba Mario? No había rastro de él.

—El muy cabrón se ha largado, se ha largado y nos ha dejado con todo el paquete. ¡Cuando lo coja… se va a enterar!—maldijo Piero mientras los otros dos intentaban meter a una rebelde Gina en el estrecho cajetín, que al menos había tenido el detalle de dejarles… No había tiempo que perder.
—¡Vamos, vamos por la parte de atrás, agarrad el bicho como podáis y vamos, deprisa!— ordenaba Piero mientras corría en dirección a la Vía Vecchia, la que se alejaba del casco antiguo hacia los arrabales de la ciudad, donde estaba el circo. Tal vez pasara uno de los tranvías del extrarradio… Faltaba una hora para que Gina actuara enroscándose en el cuello de todo aquel que quisiera probar una experiencia excitante. Hubo suerte. Piero, Luigi y el cuidador de Gina tomaron el tranvía que los dejaría cerca del circo dentro de diez minutos.

En la tienda, Silvana, don Antonio y doña Concetta se recuperaban del susto riendo y llorando, abanicándose con unas viejas revistas de moda masculina. Nadie pensó en llamar a la policía, al menos en ese momento, ni el viejo procurador. En cuanto se les pasó el susto, Silvana hizo recuento de lo sustraído y lo apuntó cuidadosamente con una perfecta letra redondilla a pesar del temblor de manos. Enseguida imaginó de dónde podía venir semejante hazaña y agradeció la discreción del señor Antonio. A la noche hablaría con Luigi. Pero tendría que dar una explicación a sus jefes, llamar a la policía, algo… No se veía capaz.

Les miraban raro. Tres tipos demasiado abrigados para la altísima temperatura de la que todo el mundo intentaba protegerse, sujetando no se sabe qué. Un bulto demasiado grande, demasiado largo, demasiado… sospechoso. Ellos, nerviosos, buscan sitio en la parte trasera del tranvía, pero Gina, ansiosa por salir a escena, empuja con furia y logra sacar la cabeza y un buen trecho de su resbaladizo torso. Hace amago de saludar al respetable. Gritos. Era de esperar. Pero ella, lejos de acobardarse, se siente halagada y en un alarde de vanidad consigue enroscarse a la barra metálica del centro. Está fría. Mejor, así  se desliza sin problema. Repta hasta el techo, y desde allí  inicia su protocolo de saludos y reverencias. Hipnotiza. Piero, Luigi y el chico del circo no pueden hacer nada, dejan que sea ella la que resuelva el problema. Ahora es la protagonista total, puede presentar su número de baile, el que le boicotean cada vez que lo intenta. No necesita música para moverse. El  tranvía ha parado y todo el vagón la está mirando, más bien admirando, y ella lo sabe. Se crece, y entonces intenta lo más difícil: enroscarse a ella misma. Se entusiasma rodeando su propio cuerpo, entrando y saliendo por los puentes que ella misma va levantando. Apoteosis. El público entregado. Lo nota. Es su momento, hace un último gesto de gloria, se estira, se anuda… Y aprieta, cerrando así todo resquicio que le devuelva el aire, la vida. Ha merecido la pena: todos esos ojos fijos en ella, sin miedo, con admiración, con respeto. Todavía oye los aplausos. Todavía le da tiempo a un último saludo. Le cuelga la lengua, la cabeza cae de golpe, el cuerpo queda allí, atado y enroscado a la barra del vagón del tranvía 334, el que tiene su última parada justo frente a la carpa del circo que todos los años visita la ciudad en época de feria…  Piero, Luigi y el chico bajan del tranvía, atrás dejan a una Gina en toda su gloria, autoinmolada ante un público inesperado.

Mario esperaba junto a la marquesina.

Las preguntas de la policía habían sido muchas, demasiadas, tal vez por lo novedoso del arma utilizada para el atraco. ¿A quién se le puede ocurrir usar una vieja serpiente para robar? Estaban confusos, todos. Nunca habían visto un modus operandi semejante. Los tiempos avanzan, apuntó el sargento de los carabinieri mientras se atusaba los bigotes y ponía pose de mirar al infinito (alguien le había dicho que esa postura intimidaba, por el carácter intelectual que imprimía al suceso). Silvana estaba cansada, había sido un día muy intenso, diferente, divertido en el fondo.



Al cerrar la tienda, observó que alguien se paseaba nervioso en la acera de enfrente, como si la estuvieran esperando. Cuando bajó la persiana y echó el candado, al volverse vio a Mario parado frente a ella. Estaba guapo, el pelo engominado hacia atrás, con una media sonrisa y una mirada que la hizo sonreír. Lo miró mejor y entonces distinguió la camisa celeste de Visconti que estaba preparando para poner en el escaparte justo antes del atraco. Había que reconocer que le quedaba perfecta, sus ojos azules resaltaban todavía más con ella. Buona sera, siñorina, le dijo. No lo pensó, se enganchó de su brazo y dieron la vuelta a la esquina con paso firme, sin miedo.




Dibujo: Walter Molino, vía Jon Bilbao. Texto: Edurne

jueves, 27 de junio de 2019

EN EL LIMBO



Arriba el telón.

Veo estrellas. Muchas. No sé si me he mareado o me he dado un golpe; si estoy soñando o directamente me he muerto y estoy en ese espacio que no es de nadie, y donde, como la basura espacial, me puedo quedar flotando por toda la eternidad…

Ya me lo dijo Melitón, que es un pesado, pero que siempre tiene razón. Ya me lo dijo: Aquiles, ten cuidado con tanta estrella, que no es bueno esnifar estrellas de ningún tipo. Y ahora que ya no puedo hacer nada, aquí estoy, en algún lugar de mis sueños, de mis fantasías, de…

Veo estrellas. Muchas. Creo que sigo descatalogado. Y es que una vez soñé cosas raras. Me explico, los sueños siempre son raros, pero los míos, mucho más. Soñé que era un dibujo, que alguien había hecho de mí la caricatura de un deseo, alguien a quien manipular, de quien reírse. Alguien a quien todo lo que le pasaba carecía de sentido alguno. Un trazo que iba de acá para allá, con una vida extraña y absurda.

Desde aquella vez, las estrellas son mis amigas. Las elijo según el día, si mi ilustrador y mi guionista deciden que sea un buen día, las rojas son las perfectas. Esnifar polvo de estrella roja te hace más sabio, y así en la próxima historieta puedo rebelarme y pasar alguna viñeta haciendo lo que me da la gana, normalmente dormir panza arriba. Y, si por el contrario, la jornada ha sido de esas que no merecen nuestra atención, las azules son las más adecuadas. El polvo de estrella azul es frío, entra en tu corazón antes que en cualquier otro lugar, y ahí ya… te arrancas con un llanto denso y caudaloso. No hay forma de pararlo.

Veo estrellas. Muchas. No hay duda, esta vez creo que me querían fuera de órbita, seguro que no ha sido ni roja ni azul la estrella que he escogido, esta me ha lanzado directamente al firmamento, me ha cortocircuitado el cerebro.

Ya, Melitón, ya, ya sé que tú eres muy buen amigo y por eso estás ahí, guardando mi ausencia, esperando a que baje de donde quiera que esté subido… Gracias, amigo, pero no sé cuándo volveré, ni siquiera si volveré.

Veo estrellas. Muchas.

Abajo el telón.

Imagen.: Vía Jon Bilbao. Texto: Edurne

lunes, 10 de junio de 2019

ESAS CALLES QUE NO RECONOZCO (Replay)




Vienen las calles
a pisar la sombra
de mis prisas.
Vienen y me engañan
con baldosas que brillan
de puro nuevo,
que resbalan y
se llevan mis pasos
a no se sabe dónde.
Que no,
que yo quiero las mías,
mis calles empinadas,
tortuosas y
con esquinas dobladas  
de tanto usarlas.
Esas calles que me conocen,
que llevan escondido
entre su asfalto
la huella de cada una
de mis pisadas.
Las viejas calles de mi infancia,
las de los primeros sueños,
las de una libertad peleada
a paso rápido,
a la carrera,
con miedo y esperanza.
Las calles de mis pasos
más tranquilos,
las de mis risas
y mis llantos.
Mis calles sin luz,
mis calles llenas de
voces,
llenas de calor.
Vienen las calles
tras de mí
en una mañana gris
que no reconozco;
con hombres hoscos,
con mujeres sin
brillo en los ojos,
con niños sin esperanza
ni futuro en la mirada;
con viejos tristes
que traen en las manos
todo el desencanto heredado
de otros más viejos que ellos.
Las miro
y
salgo corriendo.
Corriendo
hacia la nada.


Foto y Texto: Edurne. Entrada ya publicada en esta Orilla el 30/9716