lunes, 22 de julio de 2019

TENGO UNA MUÑECA VESTIDA DE AZUL (Replay III)



Te doy las gracias

porque un día,

tus carnes se abrieron

para darme a mí la vida.

Porque sufriste

con paciente espera

a que mi llanto cesara.

Porque dejaste

tu piel en mi piel.

Porque tu sudor

fue formando mi sangre.

Porque tu corazón

de madre, se hizo

corazón de niña.

Porque me pariste

un lluvioso día,

con todo el amor y

con todo el dolor…

¡Te doy las gracias,

madre mía!




Fotos: De la memoria familiar Texto: Edurne, año 1977. 

(Texto ya publicado por cuarta vez en esta Orilla desde que se abrió, allá por 2007. No encuentro mejores palabras para agradecer a esta madre mía que hoy, hace 86 años tuviera a bien aterrizar por este mundo y esperar unos pocos para mostrarnos su corazón de madre. Creo que no puedo quererla más... Hoy cumple. Zorionak, amatxu!!!)

viernes, 5 de julio de 2019

BUONA SERA SIÑORINA




Mario tenía un plan. Decía que era infalible. Piero y Luigi, apoyados contra la pared de la iglesia, la que daba al cementerio, se afanaban en liar unos canutos con la poca hierba que les quedaba y no le prestaban demasiada atención. Mario estaba iluminado. El plan, eso era lo único que ocupaba su cabeza y su tiempo desde hacía un par de días. Había que innovar el negocio y él lo tenía todo pensado, muy bien pensado.

Silvana se aburría. Hacía mucho calor y el mes se estaba dando mal, no había duda, la gente prefería quedarse en casa a salir de compras. Ya no recordaba los años que llevaba metida en esa pequeña tienda del casco antiguo de la ciudad. El género de la sastrería era demasiado bueno para los vecinos de aquel barrio, salvo excepciones, las que salvaban del cierre al negocio. Cuando terminó la secundaria, ni se planteó seguir estudiando, eso era algo imposible en la situación en la que estaba su familia, así que aprendió a cortar y coser pantalones en el taller del tío Ricardo, el hermano de su madre. En un principio, su tío la mantuvo de aprendiz mientras le iba enseñando el oficio de pantalonera, para que pudiera tener un trabajo extra. Al año de estar allí, el tío Ricardo enfermó y en pocos meses murió. Ninguna de las oficialas se quiso hacer cargo del negocio, así que Silvana tuvo que buscar trabajo.

Y lo encontró gracias a su abuelo Francesco, el contable. Los dueños de la sastrería “Il mondo elegante” eran unos antiguos conocidos de su abuelo. Silvana era lista, entendía el oficio. Además era una chica risueña, sabía sonreír en el momento preciso, tenía una conversación agradable y el saber estar  que se necesitaba para un negocio así. Con el tiempo incluso tuvo un  romance con el nieto pequeño de los patronos, pero cuando estaban a punto de casarse, Bruno murió en un accidente. Silvana asumió el papel de viuda joven, de mujer soltera para toda la vida. No le faltaban pretendientes, pero ella no tenía ni el humor ni las ganas de volver a enamorarse. Su vida estaba dedicada a cuidar de la frágil salud de su madre viuda y a enderezar los entuertos de su  hermano  Luigi.

El señor Antonio y su mujer, doña Concetta, eran de los pocos asiduos al comercio de la Piazza Garibaldi, tanto que, compraran o no, todas las tardes se daban una vuelta por la tienda y hacían compañía a Silvana un rato. Don Antonio había sido procurador en la Judicatura, no tenían hijos y disfrutaban de una buena situación económica y mucho tiempo libre. Eran una pareja de rutinas: pasear por el barrio, sentarse a tomar un café, una limonada o un chocolate en la terraza del Casino, pasar un rato con Silvana en la sastrería... La señora Concetta era una anciana tímida pero de muy buen conformar, todo lo que hacía su marido le parecía bien. Eran la pareja ideal, nunca se peleaban e iban  del brazo y se sonreían cada pocos pasos. Silvana los apreciaba y envidiaba. Si su madre hubiera tenido ese entendimiento con su padre, que le hizo sufrir lo indecible; y si ella hubiera podido casarse con Bruno…

Luigi sabía que en la tienda de su hermana no había mucho negocio pero sí que de vez en cuando se dejaban caer clientes con posibles. Más de una vez le propuso a Mario dar un golpe allí, pero Mario estaba perdidamente enamorado de Silvana y siempre declinaba la oferta de Luigi.

El plan de Mario tenía que ser espectacular. Era tiempo de feria, y como todos los años, el circo llegaba a la ciudad. Un viejo circo para una pequeña ciudad. Mario conocía al chico que se encargaba de limpiar las jaulas de los animales, de darles de comer… Era un circo muy pobre, solo tenía un elefante desdentado, tres perritos caniche que hacían volteretas sin parar, y una vieja serpiente que no tenía ni veneno pero que era el reclamo del circo. ¡Ese era el plan! Usar al reptil como arma intimidatoria para perpetrar los atracos. ¡Nadie querría ser mordido por una serpiente! El impresionante ofidio tenía nombre, y por extraño que parezca, respondía a él. Gina, se llamaba Gina, por la Lollobrigida. El domador, que solía actuar disfrazado de faquir de la India, contaba que en su juventud había tenido un affaire con la Lollo, y que su vieja serpiente se la recordaba…

Mario se dejó convencer por Luigi y decidieron ensayar un primer golpe con Gina en la tienda de Silvana. Por supuesto, tuvieron que aceptar al muchacho del circo como parte de la banda. Las negociaciones fueron duras, la parte del botín a repartir entre los cuatro no quedaba muy equilibrada con sus exigencias, pero al final aceptaron;  él era quien podía manejar mejor a Gina.

Y llegó el gran día. Tras días de observación, seguimientos a los clientes más asiduos, en este caso el señor Antonio y su esposa, doña Concetta, decidieron actuar. Mario se quedaría en la esquina con la vespa del hermano de Piero, que era repartidor de pizzas y que tenía un cajetín de carga trasero. Ahí llevarían a Gina. Piero, Luigi y el muchacho del circo entrarían en la tienda con la serpiente como arma. Su cuidador sujetaría la cabeza, Luigi la parte trasera y Piero se encargaría de desvalijar la caja y llevarse alguna corbata de seda, algún guante de cuero o cabritilla para poder vender en el rastro…

Tenían los relojes sincronizados con el de la catedral, el más cercano a la plaza y que se veía desde la tienda. Las seis menos cinco. Faltaban cinco minutos para ponerse en marcha. Las seis en punto. Estaban listos. Dentro, Silvana, don Antonio y doña Concetta charlaban animadamente. La puerta estaba abierta pues no había aire acondicionado ni ventilador y total, daba lo mismo. No dio tiempo para nada, ni para gritar del susto. La sola visión de aquella cabeza, de aquella lengua viperina moviéndose sin control, de aquellos colmillos y aquellos ojos amenazantes dejó a los tres paralizados, sin habla. Gina apuntaba directamente a los pechos de Silvana y esta no tuvo más remedio que coreografiar su miedo para evitar tan siniestro mordisco. Los atracadores llevaban las cabezas completamente cubiertas, era imposible saber quiénes eran, y eso le daba más intensidad a la escena. Piero, Luigi y el chico, lo tuvieron fácil.

—Buona sera, siñorina, esto es un atraco—dijo Piero, impostando la voz como los actores de teatro clásico—si nadie se pone nervioso y no hacemos ninguna tontería, nuestra amiga Gina no tendrá necesidad de actuar. ¡A ver, abra la caja, rapidito que hay prisa!
—Caballero…—balbuceó don Antonio— Mire usted, todavía están a tiempo de arrepentirse…
—Usted, mejor calladito, abuelo, que si nos salimos del guion, va a ser peor para todos—contestó Piero, mientras hacía un gesto al muchacho del circo para que amenazara a los viejos con Gina.

La pobre doña Concceta, se meó encima. Luigi no pudo reprimir una carcajada, pero enseguida bajó los ojos y sujetó con fuerza la cola del reptil. Gina movía la cabeza de izquierda a derecha, como si dudara a quien clavarle los colmillos, el viejo parecía apetitoso, pero la abuela estaba más rellena… Al instante la sacaron de dudas y le pusieron delante el sinuoso cuerpo de Silvana, ¡eso ya era otra cosa!

En la caja no había casi nada, salvo por el dinero que los dueños habían depositado a la mañana para pagar unos trajes que estaban pendientes de llegar, y que estaba en un sobre marrón en el fondo, el resto era calderilla sin importancia. Piero dominaba la escena, se sentía seguro. Echó mano de un par de camisas y unas cuantas corbatas, unos cinturones, algún par de guantes, pañuelos... ¡Y aún tuvieron tiempo de despedirse y dar las gracias!

Mario, inquieto, esperaba en la Vespa con el cajetín abierto. Pero de pronto, se apeó, soltó el cajetín, lo dejó en el suelo y volvió a montar. Tiró el cigarrillo que estaba fumando. Sabía que estaba haciendo mal, pero arrancó y dobló por la esquina de la catedral tomando la carretera que va hacia el río.

Según salían de la tienda, Gina ya estaba enrollada y lista para dormir en el cubículo que le había preparado. La bolsa con lo afanado la llevaba Piero en bandolera. ¿Y Mario, dónde ostias estaba Mario? No había rastro de él.

—El muy cabrón se ha largado, se ha largado y nos ha dejado con todo el paquete. ¡Cuando lo coja… se va a enterar!—maldijo Piero mientras los otros dos intentaban meter a una rebelde Gina en el estrecho cajetín, que al menos había tenido el detalle de dejarles… No había tiempo que perder.
—¡Vamos, vamos por la parte de atrás, agarrad el bicho como podáis y vamos, deprisa!— ordenaba Piero mientras corría en dirección a la Vía Vecchia, la que se alejaba del casco antiguo hacia los arrabales de la ciudad, donde estaba el circo. Tal vez pasara uno de los tranvías del extrarradio… Faltaba una hora para que Gina actuara enroscándose en el cuello de todo aquel que quisiera probar una experiencia excitante. Hubo suerte. Piero, Luigi y el cuidador de Gina tomaron el tranvía que los dejaría cerca del circo dentro de diez minutos.

En la tienda, Silvana, don Antonio y doña Concetta se recuperaban del susto riendo y llorando, abanicándose con unas viejas revistas de moda masculina. Nadie pensó en llamar a la policía, al menos en ese momento, ni el viejo procurador. En cuanto se les pasó el susto, Silvana hizo recuento de lo sustraído y lo apuntó cuidadosamente con una perfecta letra redondilla a pesar del temblor de manos. Enseguida imaginó de dónde podía venir semejante hazaña y agradeció la discreción del señor Antonio. A la noche hablaría con Luigi. Pero tendría que dar una explicación a sus jefes, llamar a la policía, algo… No se veía capaz.

Les miraban raro. Tres tipos demasiado abrigados para la altísima temperatura de la que todo el mundo intentaba protegerse, sujetando no se sabe qué. Un bulto demasiado grande, demasiado largo, demasiado… sospechoso. Ellos, nerviosos, buscan sitio en la parte trasera del tranvía, pero Gina, ansiosa por salir a escena, empuja con furia y logra sacar la cabeza y un buen trecho de su resbaladizo torso. Hace amago de saludar al respetable. Gritos. Era de esperar. Pero ella, lejos de acobardarse, se siente halagada y en un alarde de vanidad consigue enroscarse a la barra metálica del centro. Está fría. Mejor, así  se desliza sin problema. Repta hasta el techo, y desde allí  inicia su protocolo de saludos y reverencias. Hipnotiza. Piero, Luigi y el chico del circo no pueden hacer nada, dejan que sea ella la que resuelva el problema. Ahora es la protagonista total, puede presentar su número de baile, el que le boicotean cada vez que lo intenta. No necesita música para moverse. El  tranvía ha parado y todo el vagón la está mirando, más bien admirando, y ella lo sabe. Se crece, y entonces intenta lo más difícil: enroscarse a ella misma. Se entusiasma rodeando su propio cuerpo, entrando y saliendo por los puentes que ella misma va levantando. Apoteosis. El público entregado. Lo nota. Es su momento, hace un último gesto de gloria, se estira, se anuda… Y aprieta, cerrando así todo resquicio que le devuelva el aire, la vida. Ha merecido la pena: todos esos ojos fijos en ella, sin miedo, con admiración, con respeto. Todavía oye los aplausos. Todavía le da tiempo a un último saludo. Le cuelga la lengua, la cabeza cae de golpe, el cuerpo queda allí, atado y enroscado a la barra del vagón del tranvía 334, el que tiene su última parada justo frente a la carpa del circo que todos los años visita la ciudad en época de feria…  Piero, Luigi y el chico bajan del tranvía, atrás dejan a una Gina en toda su gloria, autoinmolada ante un público inesperado.

Mario esperaba junto a la marquesina.

Las preguntas de la policía habían sido muchas, demasiadas, tal vez por lo novedoso del arma utilizada para el atraco. ¿A quién se le puede ocurrir usar una vieja serpiente para robar? Estaban confusos, todos. Nunca habían visto un modus operandi semejante. Los tiempos avanzan, apuntó el sargento de los carabinieri mientras se atusaba los bigotes y ponía pose de mirar al infinito (alguien le había dicho que esa postura intimidaba, por el carácter intelectual que imprimía al suceso). Silvana estaba cansada, había sido un día muy intenso, diferente, divertido en el fondo.



Al cerrar la tienda, observó que alguien se paseaba nervioso en la acera de enfrente, como si la estuvieran esperando. Cuando bajó la persiana y echó el candado, al volverse vio a Mario parado frente a ella. Estaba guapo, el pelo engominado hacia atrás, con una media sonrisa y una mirada que la hizo sonreír. Lo miró mejor y entonces distinguió la camisa celeste de Visconti que estaba preparando para poner en el escaparte justo antes del atraco. Había que reconocer que le quedaba perfecta, sus ojos azules resaltaban todavía más con ella. Buona sera, siñorina, le dijo. No lo pensó, se enganchó de su brazo y dieron la vuelta a la esquina con paso firme, sin miedo.




Dibujo: Walter Molino, vía Jon Bilbao. Texto: Edurne

jueves, 27 de junio de 2019

EN EL LIMBO



Arriba el telón.

Veo estrellas. Muchas. No sé si me he mareado o me he dado un golpe; si estoy soñando o directamente me he muerto y estoy en ese espacio que no es de nadie, y donde, como la basura espacial, me puedo quedar flotando por toda la eternidad…

Ya me lo dijo Melitón, que es un pesado, pero que siempre tiene razón. Ya me lo dijo: Aquiles, ten cuidado con tanta estrella, que no es bueno esnifar estrellas de ningún tipo. Y ahora que ya no puedo hacer nada, aquí estoy, en algún lugar de mis sueños, de mis fantasías, de…

Veo estrellas. Muchas. Creo que sigo descatalogado. Y es que una vez soñé cosas raras. Me explico, los sueños siempre son raros, pero los míos, mucho más. Soñé que era un dibujo, que alguien había hecho de mí la caricatura de un deseo, alguien a quien manipular, de quien reírse. Alguien a quien todo lo que le pasaba carecía de sentido alguno. Un trazo que iba de acá para allá, con una vida extraña y absurda.

Desde aquella vez, las estrellas son mis amigas. Las elijo según el día, si mi ilustrador y mi guionista deciden que sea un buen día, las rojas son las perfectas. Esnifar polvo de estrella roja te hace más sabio, y así en la próxima historieta puedo rebelarme y pasar alguna viñeta haciendo lo que me da la gana, normalmente dormir panza arriba. Y, si por el contrario, la jornada ha sido de esas que no merecen nuestra atención, las azules son las más adecuadas. El polvo de estrella azul es frío, entra en tu corazón antes que en cualquier otro lugar, y ahí ya… te arrancas con un llanto denso y caudaloso. No hay forma de pararlo.

Veo estrellas. Muchas. No hay duda, esta vez creo que me querían fuera de órbita, seguro que no ha sido ni roja ni azul la estrella que he escogido, esta me ha lanzado directamente al firmamento, me ha cortocircuitado el cerebro.

Ya, Melitón, ya, ya sé que tú eres muy buen amigo y por eso estás ahí, guardando mi ausencia, esperando a que baje de donde quiera que esté subido… Gracias, amigo, pero no sé cuándo volveré, ni siquiera si volveré.

Veo estrellas. Muchas.

Abajo el telón.

Imagen.: Vía Jon Bilbao. Texto: Edurne

lunes, 10 de junio de 2019

ESAS CALLES QUE NO RECONOZCO (Replay)




Vienen las calles
a pisar la sombra
de mis prisas.
Vienen y me engañan
con baldosas que brillan
de puro nuevo,
que resbalan y
se llevan mis pasos
a no se sabe dónde.
Que no,
que yo quiero las mías,
mis calles empinadas,
tortuosas y
con esquinas dobladas  
de tanto usarlas.
Esas calles que me conocen,
que llevan escondido
entre su asfalto
la huella de cada una
de mis pisadas.
Las viejas calles de mi infancia,
las de los primeros sueños,
las de una libertad peleada
a paso rápido,
a la carrera,
con miedo y esperanza.
Las calles de mis pasos
más tranquilos,
las de mis risas
y mis llantos.
Mis calles sin luz,
mis calles llenas de
voces,
llenas de calor.
Vienen las calles
tras de mí
en una mañana gris
que no reconozco;
con hombres hoscos,
con mujeres sin
brillo en los ojos,
con niños sin esperanza
ni futuro en la mirada;
con viejos tristes
que traen en las manos
todo el desencanto heredado
de otros más viejos que ellos.
Las miro
y
salgo corriendo.
Corriendo
hacia la nada.


Foto y Texto: Edurne. Entrada ya publicada en esta Orilla el 30/9716

martes, 4 de junio de 2019

HAY RABIA





Claro que hay rabia, y mucha. A veces pienso que la vida se me va anudando de a pocos, o de a muchos, según la temporada, y que es un fenómeno imparable.

Cuando crees que más o menos tienes sujeto, asumido y encaminado tu presente y piensas que mejor no atisbar por si aparece el futuro por alguna esquina, que mejor vas capeando los días uno a uno… ¡Zas! Un golpe de ola y te vas a la mierda, tú y todo tu equipamiento.

Metáfora pura y dura, ya, pero me siento como un náufrago en una isla desierta, desolada y rabiosa, yo, la isla, inhóspita y perdida en el océano. Cuando llega la aparente calma, intento reconstruir desde dentro con lo que tengo fuera. Difícil, a veces, me resulta una tarea de titanes, los elementos ajenos a mí, a mis penas y mis glorias, van y vienen y me dan en la boca cada vez que pasan por aquí. Se burlan de mí, se me ríen a la cara, disfrutan con mis pesares.

Hoy amaneció soleado. Se me alegra el día cuando veo la posibilidad de luz, de calorcito… Suele durar poco, las más de las veces, hoy, por ejemplo, estamos así, pero, siempre hay un pero, para la tarde anuncian cambio radical, nubes ocupas, vientos fanfarrones y tal vez, solo tal vez, lluvias esporádicas, pero muy puñeteras… 

¡Ahí estamos!

Imágen: Internet. Texto: Edurne


viernes, 31 de mayo de 2019

COMO LA BRISA



Como la brisa del mar, 
en calma unas veces, 
furiosa, otras... 
así transito por la vida. 
No teman, que sigo.
Que sigo rumiando
penas y alegrías, 
como cualquiera.
Que sigo el camino
que me han asignado; 
sorteo los baches, 
salto muros  y me hundo
en charcos embarrados.
Total, ¿qué les cuento?
La vida misma.

Texto: Edurne. Imagen: Internet

jueves, 25 de abril de 2019

EL LAGO ROSA




La sangre de Mamadou es rosa como las aguas del lago que acuna sus sueños.
Tiene sal en las entrañas, escondida entre cada palabra que sale de su boca, en cada sonrisa que regala.
Guarda en sus pupilas el reflejo de un sol de infancia, viejo ya por el uso de todos los días.
Luce orgulloso coloreadas cicatrices en las manos de baobad, resecas y duras, marcas de toda una vida al servicio del exigente dios del fondo del lago, ése que paga sus deudas con cálidas aguas, rojos crepúsculos y  vidas de sal.
Mamadou y el lago son uno, la sal los mantiene unidos. El rosa pinta sus días y arropa sus noches bajo la atenta mirada y el cuidado de los baobad gigantes, guardas y vigías del salino tesoro…








Cuadrito: Regalo de Unai y Livia, traído desde Senegal. (¡Muchísimas gracias!) Artesania del lugar. Materiales: tabla, sal y arena coloreadas, piedritas...  Imagen de cierre: Internet: http://www.viajarsenegal.com/lago_rosa_senegal.php 
Texto: Edurne

domingo, 14 de abril de 2019

LA INCREÍBLE HISTORIA DE LA BELLA FLORENTINA (VI)



Antes de leer este capítulo, lean los anteriores: (1 aquí, 2 aquí ,3 aquí , 4 aquí  y 5 aquí).


La vieja María Rosa apretaba el paso y el corazón, cada tres metros paraba y recobraba el aliento. Florentina tenía tanta vitalidad que, aun de paseo, pareciera que volaba. No había quien le diera alcance. El ama la llamaba, espera, espera niña, que se me escapa el alma… Pero Florentina apuraba la vida tan intensamente, que se perdía entre el bullicio de la estación como si fuera lo último que sus ojos vieran, que sus oídos oyeran… El ruido de la locomotora, los viajeros y sus distintas jergas; los mozos que arrastraban maletas y baúles; loros y cacatúas traídos de la selva para venderlos en el colorido mercado de los viernes... Todo lo engullía con ansia. Florentina reía y saludaba a todo el mundo. Cabezas que se vuelven y la miran, ojos que se admiran de tanta belleza, bocas que alaban su sabiduría y buen hacer. Así eran los días de Florentina mientras esperaba aquello que había de suceder.

Nadie le había contado la realidad al joven Levallois, nadie. Sí que tenía conocimiento de una hermosa niña que había nacido después de no pocas vicisitudes, que era un ser milagroso, algo nunca visto, y que por eso la región estaba floreciendo, pero nadie le habló, nadie le explicó  quién era de verdad.

Bastó un segundo para conmover su alma, para olvidarse de quién era y por qué estaba allí. La vio durante un instante pero nunca podría olvidar ya ese momento. Su corazón sangraba por dentro, lo notaba, se le escapaba la vida, le faltaba el aire, la vista se le nubló y cayó derribado por el arma más letal que nadie haya inventado: el amor.

Florentina frenó su marcha, se paró y supo que su vida había sido trastocada. La historia se repetía. Sus entrañas lanzaron un grito que solo ella podía oír. Aquel deseo dormido de tantas mujeres de su familia, aquella llamada de más allá de la vida, había despertado en ella, en la bella Florentina. Sabía cuál era el precio a pagar pero no había vuelta atrás.

Volvía sobre sus pasos cuando la vieja María Rosa la alcanzaba, mi niña… Deja, ama, deja. El joven Levallois yacía en el suelo como traspasado por una lanza invisible. Todo ruido cesó alrededor de la escena. Todos los allí presentes la miraban y se miraban. Florentina, decidida, tomó la cabeza del desdichado joven entre sus manos, y con sumo cuidado, depositó un dulce y largo beso en los labios entreabiertos del francés.

Dicen que la noche y el día se alternaron  a una velocidad inexplicable. Todo cambió de lugar durante más de una hora, tal vez dos, o quizás fueran tres, cuatro... nadie lo sabe, hasta que la luna marcó el final de aquella metamorfosis y todo siguió como antes. La locomotora anunciaba su salida, los viajeros subían al tren, los pañuelos se agitaban en señal de despedida, las risas y los llantos se sucedían, loros y cacatúas ponían la música a la mañana en la que todo cambió y a la vez volvió a su sitio. Aquella era la mañana en la que, sin remedio, Florentina acababa de encontrarse con su destino: con la leyenda de los Ancheta.

Imagen: Internet. Texto: Edurne

domingo, 7 de abril de 2019

SIN DESTINATARIO (IX) "A la madre que siempre quisimos tener"



Esta carta ha nacido hoy como respuesta a esta otra que escribí hace unos años (leer primero).



Madre:
Querida madre, soñada y deseada madre. Nosotros también te hemos pensado, te hemos buscado, te hemos llamado. Con rabia, con empeño, con desesperanza… Nunca imaginamos que tú ya estabas, que ya eras nuestra madre. Tal vez no insistimos demasiado, quizás nos venció la vida antes de tenerla. ¡Quién lo sabe! Ahora, desde este limbo en el que nos dejaron las decisiones de otros, te hemos visto ahí abajo, te hemos reconocido, algo dentro de nuestro eterno vacío nos ha dicho que eras tú,  nuestra madre.

Lo hemos sabido por tu forma de caminar cansada, por tu espalda curvada, cargando una pena que no solo era tuya, también era nuestra. Lo hemos sabido por tu mirada, por tus manos, por el calor de tu corazón, tan intenso, que cómo no darse cuenta de que es el corazón de una madre.

Nos imaginaste bien, madre, esa era la vida que nos habías preparado, la que nos regalaste para vivir en este exilio de la realidad, en este pasillo de olvido. Y todo ha sido mejor gracias a ti. ¡Gracias madre! Gracias por acunar nuestros sueños con mimo, con mano firme. Gracias por lamer nuestras heridas y enfrentarte al abismo de cada día con ilusión y esperanza. A veces fuimos crueles contigo, nos empeñamos en bajar, en caminar por las calles de tu vida, en gritar desde lo oscuro, en llamarte a cualquier hora y taladrar tu soledad… ¡Nos empeñamos en hacerte llorar!

No nos dejaron, madre. No dejaron que fuéramos felices, que probáramos cómo era eso de ser una familia. Y ahora, ¡mírate, míranos! Con tus palabras has despertado ese viejo deseo, esa antigua lucha por SER, por ser hijos de alguien, tus hijos.

Vagar por un sueño no era suficiente para nosotros, ni para ti. Nos preguntábamos cuál era el fin de esta errática existencia,  porque sí, hemos dado tumbos, hemos caído muchas veces, y siempre nos levantaba una mano invisible que tenía que ser la tuya…

Pero estate tranquila, madre, nos tienes entre esas arrugas que gritan tus desvelos, entre las lágrimas que bajan despacito por tus mejillas cuando nos piensas, entre el hueco de tus manos cuando imaginan una caricia, en tu regazo, junto a tu pecho, adormecidos por el latido de tu corazón, por la lejana melodía de una olvidada canción de cuna de tu infancia… Nos tienes, madre. Nos tienes debajo de tu almohada, velando tus sueños, espantando tus miedos. Nos tienes  en esas nubes, que de tanto mirarlas, interrogarlas, se reflejan ya en tus ojos.

Ahora nos sabes, ahora te sabemos. Podemos cerrar el círculo, madre. Ya no estamos solos, nos tenemos. Tú eres, y porque eres, también nosotros somos.


Tus hijos que, aunque no lo sean, lo son.


Imagen:Internet. Texto: Edurne


domingo, 31 de marzo de 2019

LA INCREÍBLE HISTORIA DE LA BELLA FLORENTINA (V)



Leer previamente las cuatro partes anteriores (1 aquí, 2 aquí ,3 aquí y 4 aquí).


 “Maurice Levallois Etchepare. Directeur Générale”

La placa que lucía sobre la vieja mesa de caoba del despacho del primer piso del Banco de La Nación, no dejaba lugar a la duda: aquel larguirucho francés que se sentaba del otro lado, justo detrás de su nombre, era el nuevo director general de la sucursal bancaria. Acababa de llegar de la capital, aunque hacía poco que su familia, la poderosa familia Levallois, fundadora de la Banca de la Nación un siglo atrás, lo había mandado a las provincias de ultramar desde la mismísima Francia.

La región había experimentado un florecimiento inusitado e impensable, por eso el Banco de La Nación volvió a abrir sus puertas y había que poner al frente a algún miembro de la familia, a un auténtico Levallois. Eso le daría, de nuevo, el empaque y la importancia que una institución como aquella  había tenido desde los tiempos de su fundación.

Maurice Levallois era el último de los Levallois por línea directa, tataranieto de aquel otro Maurice Levallois, el avispado bretón que levantó su fortuna de la nada, en las minas de oro de  la lejana California. Dicen las malas lenguas que, cuando llegó a los dominios del viejo Ancheta, traía una inmensa fortuna y algún que otro cadáver en su conciencia. Así pues, aquel era el lugar ideal para reinventarse. Tierra de hombres nuevos, parias, vividores, valientes y visionarios…

El joven Levallois cumplía con el prototipo francés: figura estilizada, cabello rubio, una cara de ángel con fino bigote, ojos azules, cínica sonrisa, frente despejada, manos delgadas y blancas… Impecablemente vestido, más bien parecía un dandy al uso que un señor Director General del importantísimo Banco de La Nación.

Apenas hablaba castellano pues había nacido y se había criado en Francia, donde su padre fue enviado por su abuelo para que completara sus estudios, y para alejarlo de los malos tiempos que corrían en aquella época. La antaño próspera región del Oriente había iniciado un viaje hacia el olvido y sin aparente retorno. Su padre no volvió por aquellas tierras, el abuelo lo mantuvo alejado y al frente de la casa matriz en Paris.

Nada más llegar a la estación, procedente de la capital, lo primero que respiró el joven Maurice fue ese aire de ninguna parte. Cerró los ojos y dejó que los sonidos lo envolvieran, igual que el humo que despedía la ruidosa locomotora… Por fin había llegado al centro de sus sueños, a aquel sitio del que nunca debiera haber estado ausente. Él era ese aire, ese sonido, esa bulliciosa quietud, esa emoción que le trepaba por las piernas…

Mientras bajaban sus baúles, trató de inspeccionar con una rápida mirada el mundo que le rodeaba. Ea mediodía y la luna aún estaba en lo más alto, dueña y señora. Al instante se paró todo, el tiempo, la respiración, el pulso… Un olor, unos ojos, un cabello de ningún color y de todos a la vez,  una sonrisa y el eco de un deseo viejo lo traspasaron, lo hirieron de muerte. Y entonces supo que había llegado, que había vuelto y que nunca saldría vivo de su destino.


Imagen: Internet. Texto: Edurne





jueves, 21 de marzo de 2019

LA MUÑECA (Replay)



Tiene la sensación de que nadie le hace caso. A lo mejor es porque habla muy despacio, y la gente hoy en día no tiene paciencia, van a todas partes deprisa…
Lo que no saben es que ella necesita hurgar en los cajones de su cabeza para encontrar las palabras adecuadas.

Desde que su familia la internó en aquella residencia, apenas los ve, cada vez son más esporádicas sus visitas, y ella todavía tiene problemas para hacer amigos en aquel sitio tan frío, porque, aparte del frío que hace siempre, también se nota la frialdad en la gente. Los cuidadores son muy secos, y los otros ancianos, unos tienen mal la cabeza y no se bajan de su mundo, otros, como ella, están temerosos, y otros, simplemente se sienten superiores…

Así transcurren sus días, sin nadie con quien hablar; y se pasa las horas mirando por los sucios ventanales del corredor de la parte trasera, el que da al desolado jardín de la residencia. A veces se sienta en la sala común, y si la televisión está encendida, que siempre lo está, hace como que la mira con mucha atención, aunque en realidad no se entere de nada…


**********


Cándida, me llamo Cándida González Peña, mi padre era Miguel González, el de la Paca, y mi madre, María Peña. A mi padre lo mataron los nacionales, decían que era rojo, y que todos los rojos eran escoria y tenían que morir; y que para eso estaban ellos allí, para limpiar el pueblo de escoria.
La última vez que lo vi fue cuando salió de noche por la tapia del corral. Vino a darnos un beso a mi hermano Miguelín y a mí. Como era la mayor me dijo que cuidara de madre y del hermano. Me dio unos papeles metidos en un sobre de esos amarillos de la cooperativa de agricultores para que los guardara durante toda la vida, que no me desprendiera de ellos, y que ahora no lo entendería, pero que cuando fuera más grande, sí. Me abrazó muy fuerte, tanto que hasta me hizo daño, y cuando me soltó vi que estaba llorando. Yo no entendía, creía que los hombres no lloraban, que ellos no tenían lágrimas, y sin embargo, de aquellos ojos verdes de mi padre, salían regueros de lágrimas que él se empeñaba en ocultar. Después sí, con los años, entendí, y ahora… ahora no sé si se me está olvidando…
Cándida, me llamo Cándida González Peña, mi padre era Miguel González, el de la Paca…


**********


Cuando la llevaron a la Residencia Verde Prado, toda su vida cabía en una maleta. Al principio no se dio cuenta, pero más tarde empezó a echar en falta sus cosas: sus pucheros, la tabla de picar, la plancha, el costurero que había heredado de su madre… El cuadro con la foto de la boda con su Mariano, no, porque lo tiene en la mesilla junto a la cama y habla con él todas las noches.

También tiene su muñeca Eloísa, la que le ha acompañado desde niña. Eloísa, que ya no recuerda porqué se llama así, ¡es un nombre tan raro! La pobre muñeca está hecha un desastre, totalmente desmadejada, ya no tiene pelo, apenas unos mechones desparramados y de un color incierto, no aquella melena rubia que recordaba y que tanto peinó. También le falta un ojo, total, para lo que había que ver, con uno le sobraba. Es de trapo y el relleno ha perdido consistencia, pero, escondida en la parte de atrás del cuello, y debajo de un pañuelito de lunares, aún está la abertura que le hizo cuando decidió esconder allí los papeles que le había confiado su padre aquella noche. Sólo tenía siete años, pero ya intuía que aquello era algo importante, y que si su padre no había vuelto, y su madre pasó a vestir de luto el resto de sus días, debía de tratarse de algo muy serio.

Ya nunca más se separó de Eloísa, que la ha acompañado en todos los momentos importantes de su vida. Y ahora tampoco se separaría de ella. Pero ahora tiene que guardarla bien porque seguro que se la quitarían; seguramente las cuidadoras, porque pensarían que estaba loca, ¡a su edad y con una muñeca! Y las otras ancianas, por envidia, ¡una muñeca tan guapa como su Eloísa! Aunque le faltara casi todo el pelo, un ojo y los dos zapatitos…
Por eso la tiene bien guardada en el fondo de uno de los cajones del armario y tapada con unas ropas que casi nunca se pone.

Cuando llega la hora de retirarse a las habitaciones, después de que pasan para ver si todo está en orden, y Lola, su compañera de cuarto, ha entregado su desparpajo a Morfeo y duerme como una bendita hasta las ocho en punto de la mañana, entonces le cuenta a Mariano sus cuitas, y lo triste que está, el frío que hace allí, y la suerte que tiene él, que ya no tiene que preocuparse de esas cosas. Después saca a Eloísa de su refugio, y le atusa los cuatro pelos, le estira el vestidito, y le dice que a pesar de ser tuerta y estar arrugadita, cosas de la edad, ella es la muñeca más bonita del mundo, y que no la cambiaría por nada, ni por todo el oro, y mucho menos guardando como guarda en su interior el más preciado de los tesoros.

Suelta el nudo del pañuelito del cuello, y con sumo cuidado busca entre el pliegue que se ha formado entre la espalada y el cuello. Introduce dos dedos, y poco a poco va sacando el sobre que le diera su padre hace 73 años, con el mismo cuidado y el mismo miedo de entonces. Sus finos dedos extraen los papeles amarillentos por los años, perfectamente doblados, y que dejan al descubierto una fotografía apenas perceptible del padre, una foto pequeña, como la que hay en el carné de militante del partido y el sindicato. Una carta con su letra, una letra redonda e infantil, la banderita tricolor y la letra de una canción que luego supo que no se podía cantar más que en la intimidad, y muy bajito, pues hasta las paredes oían… Eso es todo lo que tiene de su padre, de aquel hombretón que una noche desapareció de su vida con lágrimas en los ojos y al que nunca más volvió a ver. Sólo eso, eso y sus ojos verdes y vivarachos, risueños, su pelo rubio y rizado, sus andares, su carácter… Así que no es poco lo que le ha dejado, aunque pasara por su vida como un suspiro.

Eloísa está encantada de que la saquen y jueguen con ella como en tiempos pasados, se le nota en la cara, en esa media sonrisa que todavía conserva. Y Mariano, contento de que le miren a los ojos, y le besen, y le cuenten…

Cándida es otra por las noches. Ahora no tiene problemas para hablar, ya no tiene que buscar las palabras que andaban por ahí perdidas. Por las noches todo es distinto. Eloísa la mira con su ojo cómplice y Mariano le sonríe desde el color sepia de toda una eternidad.




Imagen: Internet Texto: Edurne (Entrada ya publicada en esta Orilla el 3 de abril de 2012 https://edurne-desdelaorilla.blogspot.com/2012/04/la-muneca.html)

lunes, 18 de marzo de 2019

PUESTA DE LARGO: 12 AÑOS PASEANDO POR LA ORILLA



¡Parece que va una a pedir una docena de huevos! No sé, pero lo de la docena, siempre lo he asociado a los huevos, aunque, ya vemos que docenas hay muchas y variadas…

Pues sí, aquí estamos, con doce añitos de "ná", así, como quien no quiere la cosa, y ya ha pasado todo este tiempo.

No es que quiera yo repetirme en los mensajes que lanzo desde aquí año tras año, pero sí es verdad que la costumbre es como la cabra, que siempre tira "p’al" monte, o sea, que aquí voy a estar celebrando con ustedes los aniversarios orilleros hasta que… ¡hasta que el cuerpo, las ganas, las circunstancias o lo que sea, aguanten!

Y también me asomo porque “es de bien nacido ser agradecido” (mi amama dixit), y no quiero olvidarme de nadie (dense tod@s por acordad@s, agradecid@s y abrazad@s).

En doce años pasan muchas cosas (buenas y menos buenas), mucha gente pasa por tu vida: unos se quedan un rato largo, otros asoman y se van enseguida, pero también hay otros que  permanecen. Está bien. Todo está bien.

Las mareas arrastran cosas, vivencias, sentimientos… Todo lo llevan y lo traen, lo jalean y luego lo dejan en la orilla. Aquí  hay de todo, como en botica. Las mareas de la vida, de cualquier vida.

Nunca me he planteado echar el cierre a esta orilla, es un espacio libre que respira según la brisa le sea benévola o algo más traidora. Aquí seguimos, como buenamente podemos, como nos dejan, pero aquí. 

Me gusta sentarme en la orilla y perder la mirada en el horizonte, dejarme llevar, acunar; escuchar el vaivén de las olas, respirar el salitre ése que se te mete hasta bien adentro; cerrar los ojos y soñar…

La vida pasa, sí, y en los últimos tiempos pienso mucho en el ahora, en el antes y en el enigmático después… Recuerdo la sensación de placidez tumbada boca arriba en el mar, con los ojos cerrados, dejando que el agua perlee en tu piel, sintiendo la suavidad del sol, sus caricias, la brisa susurrando al oído… Hacerte la muerta y esperar.

El mundo del blog ya no es el que era hace doce años. Ahora hay tal cantidad de escaparates/redes sociales, que estos reductos se han convertido en algo hasta raro. Sigo visitando blogs amigos, los de toda la vida (aunque no siempre comente). Es que, ¿saben ustedes? Me falta de todo, y el tiempo es uno de los elementos más escasos en mi día a día. Sabrán disculparme.

Aunque parezca trillado, vuelvo a levantar mi copa por todos ustedes, por mí, por la amistad, por la vida… Gracias de todo corazón por seguir chapoteando de vez en cuando por esta orilla. ¡Y que los vientos les sean favorables!

ESKERRIK ASKO!


Foto: De la memoria familiar (borrosa, movida… pero bueno, ahí estoy yo con 12 años, sería marzo/abril del 72… Ya saben que intento poner fotos mías que corresponden a la edad que cumple el blog). Texto: Edurne







viernes, 8 de marzo de 2019

MANOS DE MUJER




Soportan el peso
de toda una vida.
Guardan en sus palmas
el amor de una madre,
de una hija,
la pasión de una esposa,
de una amante y
de una amiga.
Recogen los pedazos de
nuestras vidas
cuando llegan rotas
en busca de cobijo.
Manos “todoterreno”,
dentro y fuera trabajan.
Manos que lavan,
acunan,
friegan,
cocinan,
aman,
calman,
pelean
y
acarician.
En ellas está escrita
la historia de todas
las mujeres que
nos precedieron en esta lucha.
Manos hermosas,
manos de mujer,
guerrilleras del día a día.


Texto y foto: Edurne. Las manos, de mi amatxu, manos llenas de magia y amor.