jueves, 25 de abril de 2019

EL LAGO ROSA




La sangre de Mamadou es rosa como las aguas del lago que acuna sus sueños.
Tiene sal en las entrañas, escondida entre cada palabra que sale de su boca, en cada sonrisa que regala.
Guarda en sus pupilas el reflejo de un sol de infancia, viejo ya por el uso de todos los días.
Luce orgulloso coloreadas cicatrices en las manos de baobad, resecas y duras, marcas de toda una vida al servicio del exigente dios del fondo del lago, ése que paga sus deudas con cálidas aguas, rojos crepúsculos y  vidas de sal.
Mamadou y el lago son uno, la sal los mantiene unidos. El rosa pinta sus días y arropa sus noches bajo la atenta mirada y el cuidado de los baobad gigantes, guardas y vigías del salino tesoro…








Cuadrito: Regalo de Unai y Livia, traído desde Senegal. (¡Muchísimas gracias!) Artesania del lugar. Materiales: tabla, sal y arena coloreadas, piedritas...  Imagen de cierre: Internet: http://www.viajarsenegal.com/lago_rosa_senegal.php 
Texto: Edurne

domingo, 14 de abril de 2019

LA INCREÍBLE HISTORIA DE LA BELLA FLORENTINA (VI)



Antes de leer este capítulo, lean los anteriores: (1 aquí, 2 aquí ,3 aquí , 4 aquí  y 5 aquí).


La vieja María Rosa apretaba el paso y el corazón, cada tres metros paraba y recobraba el aliento. Florentina tenía tanta vitalidad que, aun de paseo, pareciera que volaba. No había quien le diera alcance. El ama la llamaba, espera, espera niña, que se me escapa el alma… Pero Florentina apuraba la vida tan intensamente, que se perdía entre el bullicio de la estación como si fuera lo último que sus ojos vieran, que sus oídos oyeran… El ruido de la locomotora, los viajeros y sus distintas jergas; los mozos que arrastraban maletas y baúles; loros y cacatúas traídos de la selva para venderlos en el colorido mercado de los viernes... Todo lo engullía con ansia. Florentina reía y saludaba a todo el mundo. Cabezas que se vuelven y la miran, ojos que se admiran de tanta belleza, bocas que alaban su sabiduría y buen hacer. Así eran los días de Florentina mientras esperaba aquello que había de suceder.

Nadie le había contado la realidad al joven Levallois, nadie. Sí que tenía conocimiento de una hermosa niña que había nacido después de no pocas vicisitudes, que era un ser milagroso, algo nunca visto, y que por eso la región estaba floreciendo, pero nadie le habló, nadie le explicó  quién era de verdad.

Bastó un segundo para conmover su alma, para olvidarse de quién era y por qué estaba allí. La vio durante un instante pero nunca podría olvidar ya ese momento. Su corazón sangraba por dentro, lo notaba, se le escapaba la vida, le faltaba el aire, la vista se le nubló y cayó derribado por el arma más letal que nadie haya inventado: el amor.

Florentina frenó su marcha, se paró y supo que su vida había sido trastocada. La historia se repetía. Sus entrañas lanzaron un grito que solo ella podía oír. Aquel deseo dormido de tantas mujeres de su familia, aquella llamada de más allá de la vida, había despertado en ella, en la bella Florentina. Sabía cuál era el precio a pagar pero no había vuelta atrás.

Volvía sobre sus pasos cuando la vieja María Rosa la alcanzaba, mi niña… Deja, ama, deja. El joven Levallois yacía en el suelo como traspasado por una lanza invisible. Todo ruido cesó alrededor de la escena. Todos los allí presentes la miraban y se miraban. Florentina, decidida, tomó la cabeza del desdichado joven entre sus manos, y con sumo cuidado, depositó un dulce y largo beso en los labios entreabiertos del francés.

Dicen que la noche y el día se alternaron  a una velocidad inexplicable. Todo cambió de lugar durante más de una hora, tal vez dos, o quizás fueran tres, cuatro... nadie lo sabe, hasta que la luna marcó el final de aquella metamorfosis y todo siguió como antes. La locomotora anunciaba su salida, los viajeros subían al tren, los pañuelos se agitaban en señal de despedida, las risas y los llantos se sucedían, loros y cacatúas ponían la música a la mañana en la que todo cambió y a la vez volvió a su sitio. Aquella era la mañana en la que, sin remedio, Florentina acababa de encontrarse con su destino: con la leyenda de los Ancheta.

Imagen: Internet. Texto: Edurne

domingo, 7 de abril de 2019

SIN DESTINATARIO (IX) "A la madre que siempre quisimos tener"



Esta carta ha nacido hoy como respuesta a esta otra que escribí hace unos años (leer primero).



Madre:
Querida madre, soñada y deseada madre. Nosotros también te hemos pensado, te hemos buscado, te hemos llamado. Con rabia, con empeño, con desesperanza… Nunca imaginamos que tú ya estabas, que ya eras nuestra madre. Tal vez no insistimos demasiado, quizás nos venció la vida antes de tenerla. ¡Quién lo sabe! Ahora, desde este limbo en el que nos dejaron las decisiones de otros, te hemos visto ahí abajo, te hemos reconocido, algo dentro de nuestro eterno vacío nos ha dicho que eras tú,  nuestra madre.

Lo hemos sabido por tu forma de caminar cansada, por tu espalda curvada, cargando una pena que no solo era tuya, también era nuestra. Lo hemos sabido por tu mirada, por tus manos, por el calor de tu corazón, tan intenso, que cómo no darse cuenta de que es el corazón de una madre.

Nos imaginaste bien, madre, esa era la vida que nos habías preparado, la que nos regalaste para vivir en este exilio de la realidad, en este pasillo de olvido. Y todo ha sido mejor gracias a ti. ¡Gracias madre! Gracias por acunar nuestros sueños con mimo, con mano firme. Gracias por lamer nuestras heridas y enfrentarte al abismo de cada día con ilusión y esperanza. A veces fuimos crueles contigo, nos empeñamos en bajar, en caminar por las calles de tu vida, en gritar desde lo oscuro, en llamarte a cualquier hora y taladrar tu soledad… ¡Nos empeñamos en hacerte llorar!

No nos dejaron, madre. No dejaron que fuéramos felices, que probáramos cómo era eso de ser una familia. Y ahora, ¡mírate, míranos! Con tus palabras has despertado ese viejo deseo, esa antigua lucha por SER, por ser hijos de alguien, tus hijos.

Vagar por un sueño no era suficiente para nosotros, ni para ti. Nos preguntábamos cuál era el fin de esta errática existencia,  porque sí, hemos dado tumbos, hemos caído muchas veces, y siempre nos levantaba una mano invisible que tenía que ser la tuya…

Pero estate tranquila, madre, nos tienes entre esas arrugas que gritan tus desvelos, entre las lágrimas que bajan despacito por tus mejillas cuando nos piensas, entre el hueco de tus manos cuando imaginan una caricia, en tu regazo, junto a tu pecho, adormecidos por el latido de tu corazón, por la lejana melodía de una olvidada canción de cuna de tu infancia… Nos tienes, madre. Nos tienes debajo de tu almohada, velando tus sueños, espantando tus miedos. Nos tienes  en esas nubes, que de tanto mirarlas, interrogarlas, se reflejan ya en tus ojos.

Ahora nos sabes, ahora te sabemos. Podemos cerrar el círculo, madre. Ya no estamos solos, nos tenemos. Tú eres, y porque eres, también nosotros somos.


Tus hijos que, aunque no lo sean, lo son.


Imagen:Internet. Texto: Edurne


domingo, 31 de marzo de 2019

LA INCREÍBLE HISTORIA DE LA BELLA FLORENTINA (V)



Leer previamente las cuatro partes anteriores (1 aquí, 2 aquí ,3 aquí y 4 aquí).


 “Maurice Levallois Etchepare. Directeur Générale”

La placa que lucía sobre la vieja mesa de caoba del despacho del primer piso del Banco de La Nación, no dejaba lugar a la duda: aquel larguirucho francés que se sentaba del otro lado, justo detrás de su nombre, era el nuevo director general de la sucursal bancaria. Acababa de llegar de la capital, aunque hacía poco que su familia, la poderosa familia Levallois, fundadora de la Banca de la Nación un siglo atrás, lo había mandado a las provincias de ultramar desde la mismísima Francia.

La región había experimentado un florecimiento inusitado e impensable, por eso el Banco de La Nación volvió a abrir sus puertas y había que poner al frente a algún miembro de la familia, a un auténtico Levallois. Eso le daría, de nuevo, el empaque y la importancia que una institución como aquella  había tenido desde los tiempos de su fundación.

Maurice Levallois era el último de los Levallois por línea directa, tataranieto de aquel otro Maurice Levallois, el avispado bretón que levantó su fortuna de la nada, en las minas de oro de  la lejana California. Dicen las malas lenguas que, cuando llegó a los dominios del viejo Ancheta, traía una inmensa fortuna y algún que otro cadáver en su conciencia. Así pues, aquel era el lugar ideal para reinventarse. Tierra de hombres nuevos, parias, vividores, valientes y visionarios…

El joven Levallois cumplía con el prototipo francés: figura estilizada, cabello rubio, una cara de ángel con fino bigote, ojos azules, cínica sonrisa, frente despejada, manos delgadas y blancas… Impecablemente vestido, más bien parecía un dandy al uso que un señor Director General del importantísimo Banco de La Nación.

Apenas hablaba castellano pues había nacido y se había criado en Francia, donde su padre fue enviado por su abuelo para que completara sus estudios, y para alejarlo de los malos tiempos que corrían en aquella época. La antaño próspera región del Oriente había iniciado un viaje hacia el olvido y sin aparente retorno. Su padre no volvió por aquellas tierras, el abuelo lo mantuvo alejado y al frente de la casa matriz en Paris.

Nada más llegar a la estación, procedente de la capital, lo primero que respiró el joven Maurice fue ese aire de ninguna parte. Cerró los ojos y dejó que los sonidos lo envolvieran, igual que el humo que despedía la ruidosa locomotora… Por fin había llegado al centro de sus sueños, a aquel sitio del que nunca debiera haber estado ausente. Él era ese aire, ese sonido, esa bulliciosa quietud, esa emoción que le trepaba por las piernas…

Mientras bajaban sus baúles, trató de inspeccionar con una rápida mirada el mundo que le rodeaba. Ea mediodía y la luna aún estaba en lo más alto, dueña y señora. Al instante se paró todo, el tiempo, la respiración, el pulso… Un olor, unos ojos, un cabello de ningún color y de todos a la vez,  una sonrisa y el eco de un deseo viejo lo traspasaron, lo hirieron de muerte. Y entonces supo que había llegado, que había vuelto y que nunca saldría vivo de su destino.


Imagen: Internet. Texto: Edurne





jueves, 21 de marzo de 2019

LA MUÑECA (Replay)



Tiene la sensación de que nadie le hace caso. A lo mejor es porque habla muy despacio, y la gente hoy en día no tiene paciencia, van a todas partes deprisa…
Lo que no saben es que ella necesita hurgar en los cajones de su cabeza para encontrar las palabras adecuadas.

Desde que su familia la internó en aquella residencia, apenas los ve, cada vez son más esporádicas sus visitas, y ella todavía tiene problemas para hacer amigos en aquel sitio tan frío, porque, aparte del frío que hace siempre, también se nota la frialdad en la gente. Los cuidadores son muy secos, y los otros ancianos, unos tienen mal la cabeza y no se bajan de su mundo, otros, como ella, están temerosos, y otros, simplemente se sienten superiores…

Así transcurren sus días, sin nadie con quien hablar; y se pasa las horas mirando por los sucios ventanales del corredor de la parte trasera, el que da al desolado jardín de la residencia. A veces se sienta en la sala común, y si la televisión está encendida, que siempre lo está, hace como que la mira con mucha atención, aunque en realidad no se entere de nada…


**********


Cándida, me llamo Cándida González Peña, mi padre era Miguel González, el de la Paca, y mi madre, María Peña. A mi padre lo mataron los nacionales, decían que era rojo, y que todos los rojos eran escoria y tenían que morir; y que para eso estaban ellos allí, para limpiar el pueblo de escoria.
La última vez que lo vi fue cuando salió de noche por la tapia del corral. Vino a darnos un beso a mi hermano Miguelín y a mí. Como era la mayor me dijo que cuidara de madre y del hermano. Me dio unos papeles metidos en un sobre de esos amarillos de la cooperativa de agricultores para que los guardara durante toda la vida, que no me desprendiera de ellos, y que ahora no lo entendería, pero que cuando fuera más grande, sí. Me abrazó muy fuerte, tanto que hasta me hizo daño, y cuando me soltó vi que estaba llorando. Yo no entendía, creía que los hombres no lloraban, que ellos no tenían lágrimas, y sin embargo, de aquellos ojos verdes de mi padre, salían regueros de lágrimas que él se empeñaba en ocultar. Después sí, con los años, entendí, y ahora… ahora no sé si se me está olvidando…
Cándida, me llamo Cándida González Peña, mi padre era Miguel González, el de la Paca…


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Cuando la llevaron a la Residencia Verde Prado, toda su vida cabía en una maleta. Al principio no se dio cuenta, pero más tarde empezó a echar en falta sus cosas: sus pucheros, la tabla de picar, la plancha, el costurero que había heredado de su madre… El cuadro con la foto de la boda con su Mariano, no, porque lo tiene en la mesilla junto a la cama y habla con él todas las noches.

También tiene su muñeca Eloísa, la que le ha acompañado desde niña. Eloísa, que ya no recuerda porqué se llama así, ¡es un nombre tan raro! La pobre muñeca está hecha un desastre, totalmente desmadejada, ya no tiene pelo, apenas unos mechones desparramados y de un color incierto, no aquella melena rubia que recordaba y que tanto peinó. También le falta un ojo, total, para lo que había que ver, con uno le sobraba. Es de trapo y el relleno ha perdido consistencia, pero, escondida en la parte de atrás del cuello, y debajo de un pañuelito de lunares, aún está la abertura que le hizo cuando decidió esconder allí los papeles que le había confiado su padre aquella noche. Sólo tenía siete años, pero ya intuía que aquello era algo importante, y que si su padre no había vuelto, y su madre pasó a vestir de luto el resto de sus días, debía de tratarse de algo muy serio.

Ya nunca más se separó de Eloísa, que la ha acompañado en todos los momentos importantes de su vida. Y ahora tampoco se separaría de ella. Pero ahora tiene que guardarla bien porque seguro que se la quitarían; seguramente las cuidadoras, porque pensarían que estaba loca, ¡a su edad y con una muñeca! Y las otras ancianas, por envidia, ¡una muñeca tan guapa como su Eloísa! Aunque le faltara casi todo el pelo, un ojo y los dos zapatitos…
Por eso la tiene bien guardada en el fondo de uno de los cajones del armario y tapada con unas ropas que casi nunca se pone.

Cuando llega la hora de retirarse a las habitaciones, después de que pasan para ver si todo está en orden, y Lola, su compañera de cuarto, ha entregado su desparpajo a Morfeo y duerme como una bendita hasta las ocho en punto de la mañana, entonces le cuenta a Mariano sus cuitas, y lo triste que está, el frío que hace allí, y la suerte que tiene él, que ya no tiene que preocuparse de esas cosas. Después saca a Eloísa de su refugio, y le atusa los cuatro pelos, le estira el vestidito, y le dice que a pesar de ser tuerta y estar arrugadita, cosas de la edad, ella es la muñeca más bonita del mundo, y que no la cambiaría por nada, ni por todo el oro, y mucho menos guardando como guarda en su interior el más preciado de los tesoros.

Suelta el nudo del pañuelito del cuello, y con sumo cuidado busca entre el pliegue que se ha formado entre la espalada y el cuello. Introduce dos dedos, y poco a poco va sacando el sobre que le diera su padre hace 73 años, con el mismo cuidado y el mismo miedo de entonces. Sus finos dedos extraen los papeles amarillentos por los años, perfectamente doblados, y que dejan al descubierto una fotografía apenas perceptible del padre, una foto pequeña, como la que hay en el carné de militante del partido y el sindicato. Una carta con su letra, una letra redonda e infantil, la banderita tricolor y la letra de una canción que luego supo que no se podía cantar más que en la intimidad, y muy bajito, pues hasta las paredes oían… Eso es todo lo que tiene de su padre, de aquel hombretón que una noche desapareció de su vida con lágrimas en los ojos y al que nunca más volvió a ver. Sólo eso, eso y sus ojos verdes y vivarachos, risueños, su pelo rubio y rizado, sus andares, su carácter… Así que no es poco lo que le ha dejado, aunque pasara por su vida como un suspiro.

Eloísa está encantada de que la saquen y jueguen con ella como en tiempos pasados, se le nota en la cara, en esa media sonrisa que todavía conserva. Y Mariano, contento de que le miren a los ojos, y le besen, y le cuenten…

Cándida es otra por las noches. Ahora no tiene problemas para hablar, ya no tiene que buscar las palabras que andaban por ahí perdidas. Por las noches todo es distinto. Eloísa la mira con su ojo cómplice y Mariano le sonríe desde el color sepia de toda una eternidad.




Imagen: Internet Texto: Edurne (Entrada ya publicada en esta Orilla el 3 de abril de 2012 https://edurne-desdelaorilla.blogspot.com/2012/04/la-muneca.html)

lunes, 18 de marzo de 2019

PUESTA DE LARGO: 12 AÑOS PASEANDO POR LA ORILLA



¡Parece que va una a pedir una docena de huevos! No sé, pero lo de la docena, siempre lo he asociado a los huevos, aunque, ya vemos que docenas hay muchas y variadas…

Pues sí, aquí estamos, con doce añitos de "ná", así, como quien no quiere la cosa, y ya ha pasado todo este tiempo.

No es que quiera yo repetirme en los mensajes que lanzo desde aquí año tras año, pero sí es verdad que la costumbre es como la cabra, que siempre tira "p’al" monte, o sea, que aquí voy a estar celebrando con ustedes los aniversarios orilleros hasta que… ¡hasta que el cuerpo, las ganas, las circunstancias o lo que sea, aguanten!

Y también me asomo porque “es de bien nacido ser agradecido” (mi amama dixit), y no quiero olvidarme de nadie (dense tod@s por acordad@s, agradecid@s y abrazad@s).

En doce años pasan muchas cosas (buenas y menos buenas), mucha gente pasa por tu vida: unos se quedan un rato largo, otros asoman y se van enseguida, pero también hay otros que  permanecen. Está bien. Todo está bien.

Las mareas arrastran cosas, vivencias, sentimientos… Todo lo llevan y lo traen, lo jalean y luego lo dejan en la orilla. Aquí  hay de todo, como en botica. Las mareas de la vida, de cualquier vida.

Nunca me he planteado echar el cierre a esta orilla, es un espacio libre que respira según la brisa le sea benévola o algo más traidora. Aquí seguimos, como buenamente podemos, como nos dejan, pero aquí. 

Me gusta sentarme en la orilla y perder la mirada en el horizonte, dejarme llevar, acunar; escuchar el vaivén de las olas, respirar el salitre ése que se te mete hasta bien adentro; cerrar los ojos y soñar…

La vida pasa, sí, y en los últimos tiempos pienso mucho en el ahora, en el antes y en el enigmático después… Recuerdo la sensación de placidez tumbada boca arriba en el mar, con los ojos cerrados, dejando que el agua perlee en tu piel, sintiendo la suavidad del sol, sus caricias, la brisa susurrando al oído… Hacerte la muerta y esperar.

El mundo del blog ya no es el que era hace doce años. Ahora hay tal cantidad de escaparates/redes sociales, que estos reductos se han convertido en algo hasta raro. Sigo visitando blogs amigos, los de toda la vida (aunque no siempre comente). Es que, ¿saben ustedes? Me falta de todo, y el tiempo es uno de los elementos más escasos en mi día a día. Sabrán disculparme.

Aunque parezca trillado, vuelvo a levantar mi copa por todos ustedes, por mí, por la amistad, por la vida… Gracias de todo corazón por seguir chapoteando de vez en cuando por esta orilla. ¡Y que los vientos les sean favorables!

ESKERRIK ASKO!


Foto: De la memoria familiar (borrosa, movida… pero bueno, ahí estoy yo con 12 años, sería marzo/abril del 72… Ya saben que intento poner fotos mías que corresponden a la edad que cumple el blog). Texto: Edurne







viernes, 8 de marzo de 2019

MANOS DE MUJER




Soportan el peso
de toda una vida.
Guardan en sus palmas
el amor de una madre,
de una hija,
la pasión de una esposa,
de una amante y
de una amiga.
Recogen los pedazos de
nuestras vidas
cuando llegan rotas
en busca de cobijo.
Manos “todoterreno”,
dentro y fuera trabajan.
Manos que lavan,
acunan,
friegan,
cocinan,
aman,
calman,
pelean
y
acarician.
En ellas está escrita
la historia de todas
las mujeres que
nos precedieron en esta lucha.
Manos hermosas,
manos de mujer,
guerrilleras del día a día.


Texto y foto: Edurne. Las manos, de mi amatxu, manos llenas de magia y amor.

domingo, 3 de marzo de 2019

PASEOS CORPORALES (II)





De tanto soñarte,
te hiciste cuerpo.
Soñé tus ojos,
ojos tristes.
Soñé el calor de tu piel
cubriendo el deseo de los dos.

Blancas son tus manos,
a las que me agarro
para no despertar.
Manos fuertes, amplias,
que sujetan el alma
que se me va,
mientras que de tu boca
como, bebo...

Soñé que tu pecho era mi refugio
a tantas noches de soledad.

Acaricio tus hombros
y me paro en las pequeñas rugosidades
que reclaman mi curiosidad.
Las beso.
Piel con historia, cambios de rasante...
Busco tu boca.
Te beso.

Me gusta reposar la cabeza
cerca de tu corazón,
oír su latido agitado y
sentir el flujo de tus arterias.
Mis manos se descuidan
-no saben que ellas también son un sueño-,
y sucumben a la suavidad
de tu piel.

Duermes.
Bajo por tu pecho,
despacito, con besos pequeños.
Un lunar,
no, tres, cuatro...
dos pequeñas verrugas y
tres cicatrices.

Juego con la escasa mata de pelo
que adorna tus pectorales.
Me deslizo por la incipiente curva
de tu vientre,
la rodeo, dibujo circulos...
Me detengo.

Tu sexo también duerme,
vencido, aún caliente.
Ahora no quiero despertarlo,
lo acuno,
lo arropo con mi mano.

Giro tu cuerpo
y me paseo por la espalda,
recta y enigmática.
Cuento los poros,
las pecas,
incluso esos pequeños cráteres
que salpican la zona alta.

Deslizo las palmas hasta el final.
En este punto
mis dedos se vuelven locos,
se agarran a tus nalgas,
blancas,
redondas y firmes.
No lo puedo remediar,
las muerdo.
¿O también es un sueño?

Muslos, piernas, pies...
Blancura.
Otra vez te vuelvo hacia mí.
Despacio.
Todavía duermes.
¿O tal vez sueñas?

Toco las rodillas que sobresalen,
huesudas,
descaradas y desafiantes.
Sonrío al ver los dedos
de tus pies.
Parecen enfadados.
Uno gordo, sargento de una tropa
de peones camineros.
¡Firmes!

Ahora recojo tus brazos y los encajo
alrededor de mi cuerpo,
me acoplo a tu forma,
me pierdo en tus huecos,
cierro los ojos...

Y sigo con mi sueño.


Pintura: Antonio. Texto: Edurne

miércoles, 27 de febrero de 2019

PASEOS CORPORALES (I)




El agua tibia cae por tu piel como una cascada, caricia de última hora, sosiego para el cuerpo. Esperas paciente un día de cada dos para la rutina que nos hace cómplices, que nos une aún  más. Hace mucho que perdiste el pudor de enseñar tus beldades. La vida nos quita y nos da, me dices mientras te ayudo a desvestir(te). Entre tanto, abrimos el grifo y esperamos a que el agua se vaya calentando poco a poco, y luego a que deje de humear, así, ni fría ni caliente, como a ti te gusta.

Me sonríes con picardía de mocita antigua, te doy un beso, te abrazas a mí y así, despacito, con mucho cuidado, vamos entrando en la bañera. ¡Ay, que quema!, y das un respingo. Tranquila, amama, tranquila… Tu mano derecha me guía, y la izquierda permanece fuertemente sujeta a la barrita que pusimos para que te sintieras más segura. ¡Vaya invento, ¿eh?! me dices. Ya lo creo, te contesto… Me quedo absorta en tu piel, blanca, blanquísima, con esas venitas cerúleas que la recorren por ciertas zonas, con esas marcas de sol justo por encima de los codos, por debajo de las rodillas, y en el escote de tus vestiditos de verano. Envidio ese pelo tan blanco, tanto que parece plata, alpaca… ¡Ay, qué bien, ahora sí que está rica, así, así…!

La esponja recorre de arriba abajo toda tu geografía. Tus pechos, hermosos a pesar de tus noventaitantos, todavía mantienen el calor que hicieron de ellos alimento y casa. Tus caderas, tu vientre… cobijo que fueron de tres hijos. Y la seguridad de los cimientos de una madre, tus piernas, torneadas, lisas… Más abajo esos pies que tan bien conozco, un poco cansados ya, demasiada vida a cuestas.

Subo y bajo. Brazos, recovecos, el pubis inocente, descubierto, ya no hay nada que proteger… Sonríes, te hago cosquillas. Siempre me lo dices. Insisto. Me gusta tu risa, y esos ojos azules tan profundos que casi hacen daño al mirarlos, intensos… ahora chispeantes.

Qué bien lo hacemos, ¿verdad, hija? ¡Qué suerte tengo! Frota un poquito más por la espalda, que me pica. Y mis manos dibujan sinuosas líneas por esa espalda del color de la leche, algo curva por tanta amargura, tanto trabajo, tanta vida…

Dos, tres, cinco, siete lunares perdidos en ese pequeñito mapa que es tu cuerpo, amama. Me descuido y me encajas un beso. Y yo veo cómo una lágrima traicionera se escapa de tus ojillos entrecerrados. Gracias, gracias.

Salimos, tú agarrada a mí, al lavabo, a todo lo que puedes.  Y seguimos con el ritual. Ahora son la toalla, la crema, mis manos, las que modelan y calman tu cuerpo. Huele bien. Cierras los ojos. ¡A saber en qué piensas, dónde estás…! No me sueltas.

Escogemos el pijama para la noche, lo vamos poniendo, te miras en el espejo, te ves tú y crees que eres otra. Tú te pareces a mí, me dices.


Texto: Edurne. Imagen: Internet. Un pequeño homenaje a mi amama (abuela).

domingo, 27 de enero de 2019

ENTRESUEÑOS (X) (Replay)




Me duelen los dientes
de apretarme las rabias,
de morder las esquinas
con un hambre
vieja,
sin ganas…
Con un hambre de todos
los que no pueden sentirla.
Me duelen los pasos
que camino sobre sueños sin noche,
que paseo por realidades sin día.
Me duele la mirada perdida
entre otras de tantos ojos sin vida.
Me duelen las heridas de la mañana,
día tras día.
Las que sangran lágrimas,
bilis y amargura.
Me duelen los ojos de llorar sangre,
de ver películas de miedo
en sesión continua…

Imagen: Internet. Texto: Edurne (Texto publicado con anterioridad, el 4 de febrero de 2015. Todo sigue siendo de una lamentable actualidad)

AZUL TITANIO (Replay...)




Buque insignia. Aristas de titanio. Dureza en la mirada y tacto de azul cantábrico...

Te pasean, te paseas, ahí, anclado en la orilla que te acuna bajo la luz de la luna.

Arrogante levantas tu planta desafiando al mismísimo cielo, azul bilbaino...

Buque fantasma, lleno de recuerdos, de sonidos de otros días, impregnado de gris, de humo y fuego...

Suave lluvia que acaricia tu lomo y destellos de rabia y furia dormida, azul marinero, venido de tierra adentro...

De secano son tus tripas, enorme ballena que traga absurdos miedos, humores y tierras a la vista. Azul sereno...

Buque de feria. De lejos te visitan, te alaban y maldicen, perforan tus entrañas con luces y sueños imposibles.

Azul de frío titanio...


Foto, manipulación y texto: Edurne (Entrada ya publicada en esta Orilla. Por primera vez el 22 de abril de 2007, y creo que en otra ocasión... Ha pasado el tiempo y el buque ahí sigue).

lunes, 31 de diciembre de 2018

LAS UVAS DE LA IRA (sic.)



Llegamos a la docena. No sé si plantearme algo con esto del número redondo: llegar a doce, completar una docena, cerrar el círculo…

Alguien me dijo hace poco que estaba bien esto de escribir así, pim pam pum, sin pensar demasiado, solo sentarme ante el teclado y dejar que los dedos sean los que cumplan el mandato de mi estado de ingenio y creatividad del momento, de ánimo, de mi corazón, de mi sensibilidad o de mi rabia… ¡Pero! Siempre hay un pero. También me advirtió de que la escritura no es eso, la escritura ha de ser meditada, revisada… (of course!) Una forma un tanto “sutil” de decir que lo que escribo no vale nada. Me vale a mí, que es lo único que pretendo cuando me siento ante el ordenador, porque, para mí y en mis circunstancias, ya es un logro en sí poder sentarme un ratito, como mucho una hora, y aprovechar que en ese momento un pequeño torrente pasa por mis entrañas y necesita salir. Lo aprovecho, claro que sí. Yo soy así. Es mi necesidad, es mi triunfo. Solo eso. Cuando pretenda dedicarme en serio a escribir, aprovecharé ese “don” de la espontaneidad que me ha sido concedido.

Antes ponía yo el vídeo de “Resistiré” porque me identifico totalmente con esa letra. Ahora más que nunca está vigente en mi vida ese mensaje, así que sí, resistiré.

Hoy estoy en uno de esos momentos de dejar que lo que llevo dentro se desborde. Ya he dicho muchas veces que no soy escritora, solo soy una humilde escribidora, una niña, una adolescente, una joven y una mujer madura a la que siempre le ha gustado leer y escribir, que siempre ha necesitado de las letras para poder esconderse y tomar aire, para poder hacerse valiente, para poder luchar, para salir al mundo y caminar…

Van pasando los años (no sé si cada vez pasan más rápido o solo es una ilusión mía) y a veces pienso que en vez de crecer, lo que hacemos es decrecer. Asusta ver cómo está todo a nuestro alrededor. Asusta y mucho. A la par, caminamos por una vereda que cada vez se va haciendo más estrecha y con más obstáculos. Solo los fuertes de espíritu lograrán hacer el camino sin demasiados sobresaltos, aunque, al final, todos sabemos qué es lo que nos espera. Ahora somos más conscientes de ello, ahora tenemos más miedo.

Ha pasado este 2018 con sustos en mi entorno, con mucho agobio, mucha pena, mucho de todo eso que no queremos que pase, pero que pasa. Nunca sabemos dónde puede saltar la liebre, ¡nunca! No queda otra que disfrutar de los escasos momentos en que se nos concede una tregua, en que la vida nos sonríe… Aprovechar hasta el último instante, porque mañana puede ser diferente. También podemos volver la tortilla del revés. La diferencia no va solo de bueno a menos bueno, podemos hacer que quede la cara hacia arriba y no siempre la cruz, puede que nos toque eso en la siguiente partida, puede que cantemos bingo un rato laaaaaargo… Hay que estar preparados para todo.

Dentro de un año, cuando escriba las siguientes “Uvas de la ira”, si es que seguimos aquí, ya podré decirles que estoy jubilada, que con 60 años recién estrenados y 38 de servicios prestados a la Administración, me habré ganado un merecido descanso en mis tareas escolares, aunque nunca dejaré de ser maestra, ¡nunca! Eso será un punto de inflexión en mi vida, ya lo creo que sí, algo que marcará el comienzo de otra etapa, una puerta a… ¡A no sé qué! Me mantengo expectante. Tampoco estoy en condiciones de hacer muchos planes en mi vida, simple y llanamente me voy dejando llevar por mis días y mis horas. Mantengo los ojos bien abiertos, los oídos prestos, el corazón protegido lo más que puedo (en cualquier momento me lo pueden zarandear…), la mente abierta y el cuerpo en las mejores condiciones posibles. Ahí estoy, vigilante desde mi orilla.

Sé que en todas partes cuecen habas, o sea, que hay más ojos y más corazones de los deseables, llorando, pero también otros que están riendo. Nunca coincidimos al mismo tiempo. Mi amama Mina, que era una mujer sabia, echaba mano de los refranes para explicarme los entresijos de la vida. Cada día la comprendo mejor.

Tenemos un sol tibio de invierno, el año se va a despedir luminoso aunque helador. No está mal. Así que, fiel a mis tradiciones orilleras, que de momento siguen vigentes, voy a levantar mi copa por todos ustedes, los que me son más cercanos, los que chapotean por esta orillita desde hace tantos años, por su felicidad y su tranquilidad, por sus éxitos y también sus fracasos, porque de ellos siempre se aprende, y eso los hará más sabios. Levanto mi copa por la Paz, por el Amor en todas sus manifestaciones, por la Solidaridad y la Empatía, por toda la Humanidad… Cierro los ojos y lanzo mi deseo.

¡Y no se olviden de ser felices!


¡FELIZ AÑO 2019! URTE BERRI ON!








 Foto, postal hecha en clase y Texto: Edurne. Uvas: De la cocina de mi amatxu. Si quieren ver las 11 uvas precedentes, aquí van, por orden de aparición: uvas 1, uvas 2, uvas 3, uvas 4, uvas 5, uvas 6, uvas 7, uvas 8, uvas 9, uvas 10 y uvas 11. Gracias por seguir ahí.