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sábado, 7 de diciembre de 2019

¡YA ESTÁN AQUÍ! LOS 60 HAN VENIDO PARA QUEDARSE




Pues sí, parece mentira pero ya han llegado. Llevaban un tiempo amenazando con venir, yo me hacía la loca, que no, que no, que sesenta son muchos ya, que todavía no me ha dado tiempo a … ¡tanto! Pero nada, ellos dicen que cumplen el protocolo, que no cabe recurso de casación ni protesta alguna, son sesenta y vienen todos juntos, de golpe. Dicen que es mejor así, que ya veré dentro de unos meses cómo me acostumbro a eso de: ¿edad? Y que me saldrá sin pensarlo apenas, “sesenta”. ¡Toma ya!  Que tendré que atender en la cola de la frutería a eso de “señora, ¿algo más?”

Pero vamos a ver, si yo lo único que recuerdo es que mi ilusión era tener 10 años, pero solo 10, por eso de los dos dígitos, ¡y punto! Ni caso. Y todos los años uno más, y uno más, y otro, y hala, toma ahora cambiamos de década, y otra vez… ¡Y aquí estamos! Esto es muy fuerte, oigan, muy fuerte, porque, vamos a ver, pasas a los sesenta, en mi caso me jubilo (merecidamente), y de pronto eres “CESANTE”, en los papeles que te mandan del gobierno, te dicen que tal día cesarás en tu condición de funcionario de carrera y que pasarás a ser pensionista. ¡Socorroooo!

Y ahí están los malditos sesenta, riéndose a mandíbula batiente (me quedo con el lugar común, total ya tengo 60…), se lo están pasando pipa con mi agobio.

Además, del maremágnum emocional que tengo por las tripas, llevo haciendo un duelo de esos potentes desde hace meses, y que ahora lleva un mes azuzando a base de bien en forma de gripe complicada. No levanto cabeza. Total, que me jubilo el día 20 de diciembre, de semejante guisa, ¡pues vaya!

¡Qué vida esta, eh! Te pones ahí en plan dale que te pego a trabajar, a estudiar, a planear, a trabajar, a estudiar, a esto, a lo otro, a lo de aquí y lo de más allá, a caerte, a levantarte, a reír, a llorar, a correr, a pasear y… Y de pronto, se cruza en tu camino esta cuadrilla de petardos, que viene a recordarte que: ¡Alto ahí, guapita, que las cosas no son así, echa el freno! ¡Y cualquiera les dice que no!

Y en esas, en estas, estamos, estoy más bien. Que hoy cumplo. Habrá que congratularse porque todavía puedo contarlo y echar unas rabias y unas risas. Se abre ante mí un nuevo paisaje (nuevo en parte, lo demás es una continuación de lo que ya tengo). Soy activa e inquieta por naturaleza, tengo recursos para nadar por el estanque sin ahogarme demasiado, así que con unos buenos manguitos, creo que saldré a flote.

Gracias mil a todos y todas los que seguís acompañando a esta orillera desde hace tantos años. Procuraré seguir guardando el horizonte como se merece.

Y permítanme que hoy el brindis sea por mí, porque sea capaz de sobrevivirme y dar lo mejor que mi persona en el tiempo que aún me toque seguir en la carrera de la vida.

Mejor reír que llorar, ¿no les parece?



ESKERRIK ASKO!


Fotos: De la memoria familiar y de mi perfil de WhatsApp. Texto: Edurne

martes, 13 de marzo de 2018

EL SALTO DEL CANGURO




—¡Roseeee, que soy yo, abre, no te asustes!
—¿¿¿Jack???
—Que sí, que soy yo.
—No, no, yo no abro, ¿cómo vas a ser Jack, si tú eres un canguro? ¡Fuera, fuera, vete!
—Puedo explicarlo, pero ábreme, ¡por favor!
—Mira,  no insistas, no pienso dejarte entrar. No te conozco de nada.
—¡Vamos, Rose, solo he estado fuera unos días, ya sabes cómo es mi trabajo…!
—¿Tu trabajo? ¿Pero no ves dónde vivimos? Si fueras Jack sabrías que compramos esta granja para escapar, precisamente, de la esclavitud de nuestros trabajos. ¡No, tú no eres mi marido, a mí no me engañas!
—¡Venga, gordita, abre la puerta, que estoy agotado de tanto salto, ya sabes que no estoy acostumbrado a hacer deporte, y vengo así desde Melbourne!
—¿Me has llamado… Gordita? ¡Gordita solo me llama Jack!
—¡Yo, yo soy Jack, por eso te llamo gordita! ¡Abre, por favor!
—¿Desde Melbourne, que vienes saltando desde Melbourne? ¡Pero si vivimos en Adelaida! No sé qué es lo que está pasando, pero todo esto es muy raro, no te reconozco… ¡vaya una facha que traes! A saber por dónde habrás estado, y haciendo qué… ¡Fíjate qué uñas! ¡No soporto a los hombres, ni a los canguros,  con las uñas largas!
—¡Ya te he dicho que vengo saltando desde Melbourne porque he perdido el coche, o por lo menos no recuerdo dónde lo he dejado! Y en cuanto a las uñas, bueno… me dejé embaucar, perdí una apuesta y me hicieron la manicure semipermanente… ya, ya sé que estoy horrible. Pero te juro que me resistí todo lo que pude.
—¿Una apuesta, que perdiste una apuesta? ¡Pero si tú no sabes jugar ni al parchís, qué apuesta  has podido perder! Oye, ¿quieres dejar de dar golpes en el cristal? Lo vas a romper. Además no me fío ni un pelo de ti ni de lo que dices. No te pareces nada a mi Jack. ¡Que no, que no, que no te abro!
—Me estoy haciendo daño, Rose, y encima me mareo. ¡Anda, déjame entrar y te prometo que me corto las uñas!
—¡Ya, tú te quieres hacer ahora el bueno, el pobrecito, el que han engañado los amigotes, que si yo no quería…! Ya, pero yo solo sé que, suponiendo que seas lo que queda o en lo que se ha convertido mi marido, te fuiste el otro día, el lunes para ser más exactos, a que te revisara Joe el motor del “4x4”, y de paso al registro ganadero para las fechas de esquile de las ovejas… ¡Y mira, mira en lo que has vuelto convertido!
—Sí, todo es muy raro, ni yo mismo sé muy bien cómo ha sucedido este lío, pero de lo que sí estoy seguro Rose, es de que soy Jack, tu marido y el padre de Al y Alf.
—¿Sabes el infierno que he pasado estos días? Yo sola, aquí, con los gemelos, sin saber qué pensar ni qué hacer, ni a quién acudir. Te llamé y llamé compulsivamente, pero tu celular estaba fuera de cobertura. No quería avisar a mi familia por no asustarlos, y por vergüenza, porque seguro que me iban a decir aquello de “ya te lo dijimos, sabíamos que no era de fiar, que tenía un pasado un tanto… salvaje”. ¡Y tanto que salvaje! Y a la Police tampoco, ellos me habrían dicho que seguramente habías salido a buscar tabaco, y todos sabemos lo que significa eso en estas tierras…
—Por dios, Rose, no me hagas llorar, que ya sabes lo sensible que soy, y todo esto me tiene trastornado. ¡Ayúdame, por favor!
—¡Pero si es que eres feísimo, Jack! ¿Qué voy a hacer contigo? ¡Qué horror, no, los niños no pueden verte así!  Nos asustarías a cualquier movimiento que hicieras, lo romperías todo, y es que se ve que no coordinas muy bien lo de ponerte en pie. Por no hablar de otras situaciones más embarazosas… Y vaya cola larga y dura, qué miedo, my God, que no, que no, no insistas…
—¡Roseeee! ¿Ves? ¡Ya has conseguido hacerme llorar!
— ¿Y… sabes si esta facha se te va a pasar algún día, si hay que hacer algo especial, si te han intoxicado, te han embrujado o…? Es que esto es raro, pero raro, raro. Parece un nuevo capítulo de La Metamorfosis de Kafka, aunque no te llames Gregorio. ¿Seguro que no es un sueño, una pesadilla más bien?
—¡Ah, pues mira, no se me había ocurrido pensarlo! ¿Y si esperamos un poco a ver si nos despertamos, al menos uno de nosotros, y ya si eso, vamos viendo qué hacer…?
—Bueno, no tenemos muchas más opciones, por probar… De verdad, Jack, ¡me das unos disgustos! ¿A quién se le ocurre meterse en el sueño de su mujer, y con semejante pinta? Venga, vamos a ver si nos dormimos y luego despertamos a la realidad… ¡Pero lo primero que vas a hacer es cortarte esas uñas!
—¡Que sí, Rose, anda, duérmete de una vez! Pero me abres la puerta, eh, no vaya a ser que me dejes aquí fuera, a la intemperie, con todos esos canguros salvajes dando saltos de un lado a otro…
—¡Sííí, shhhhhhh, venga, calla! ¡Melburne, que viene saltando desde Melburne, eso no se lo cree ni él!


Vídeo: Internet. Texto: Edurne


miércoles, 14 de febrero de 2018

LA REUNIÓN




“Buenas tardes, caballeros, les ruego que tomen asiento, vamos a dar comienzo a la reunión de hoy y les advierto que son muchos y muy importantes los temas a tratar”.

Así comenzaban las reuniones del “Monkey’s Team” de todos los viernes, con Mister Judicious presidiendo la asamblea.

Crazy Junior, como siempre, prorrumpía en alaridos, era su forma de asentir para acto seguido hacer lo que le venía en gana. No se podía conseguir nada de él, era el hijo de lord Big Crazy y miembro impuesto a dedo por el Royal Tribunal, así que  tenían que soportar su presencia, sus salidas de tono  y sus locuras.

Mister Judicious había sido presidente de la más alta institución judicial del reino, y desde su jubilación, forzosa, se le había encargado la presidencia de este Consejo de Sabios, de primates con pedigrí social, procedentes de familias de rancio abolengo que todavía pesaban en las decisiones del gobierno.

Ardua tarea la que le había sido encomendada.

El viejo Sir Drunk pertenecía a una antigua familia de babuinos venidos a menos y con bastantes escándalos sexuales en su árbol genealógico, de ahí que no fuera un espécimen  puro. Por eso él, como mecanismo de defensa y para protegerse de las habladurías, permanecía siempre por encima  del resto. Claro que eso solo podía hacerlo en un estado permanente de dulce embriaguez. Su opinión, cuando se avenía a darla, apenas era tenida en cuenta, por absurda. Pero Mister Judicious le tenía cierto cariño, en algún punto compartían un pariente de cara negra del que descendían las dos ramas, la sangre tira…

Mister Judicious era un mono sensato, juicioso y empático. Su carrera en la magistratura se caracterizó, precisamente, por las sentencias justas, de esas que sientan jurisprudencia.

Desde que enviudó y su único hijo decidió explorar nuevas selvas, alegando que era la llamada de su yo más salvaje, Mister Judicious vivía solo en la antigua casona de sus antepasados. Únicamente mantenía a su lado a la vieja Nanny Housemaid, una chimpancé que había sido injustamente acusada treinta años atrás de traficar con plátanos de Canarias y a la cual, en una de sus famosas sentencias, salvó de pudrirse en la cárcel. Desde entonces pasó a su servicio voluntariamente, por agradecimiento. Había jurado no abandonar nunca a ningún miembro de la familia. Ella cuidó del pequeño Jeffrey, fue la que auxilió hasta sus últimos momentos a Miss Judicious, y ahora se ocupaba de él, del prudente y justo Mister Judicious, el primate más bueno y sabio del mundo.

Estaba claro que aquellas reuniones, supuestamente decisorias y consensuadas, no iban a ninguna parte. Al final, los informes, las recomendaciones y demás trámites los redactaba él mismo. A nadie parecía importarle, así que, para qué darle más vueltas, él se atenía al protocolo: leía el orden del día, el acta de la reunión anterior, hacía disertaciones, pasaba turnos de palabra, apuntaba las “intervenciones” de los demás miembros del equipo… Y al final, tomaba las decisiones más oportunas y adecuadas en cada caso. ¡Y todos contentos!

Lord Gluttonous, otro cara negra, primo tercero de Sir Drunk, también pertenecía al grupo por designación real. Éste calmaba su ansiedad con la comida, si no ingería alimentos continuamente, sobre todo en situaciones que requerían relacionarse con sus congéneres,  podía romper a llorar sin razón aparente y no cesar en su llanto hasta caer exhausto horas más tarde y visiblemente deshidratado. La causa de su inestabilidad emocional no era otra que la enorme tristeza que le produjo la traición de la bella Adèle, su joven esposa, que tuvo a bien, mejor dicho, a mal, fugarse con un gorila espalda plateada, guardia de corps del Príncipe Heredero. Desde entonces, y ya habían pasado nueve años, Lord Gluttonous, era una sombra de lo que había sido: un mono inteligente, sagaz, con un fino humor que muchos querrían… y se había convertido en un amasijo de carnes flojas y ojos lagrimosos.

A su lado siempre estaba el servicial Freddy, el hijo mayor del héroe nacional, el Almirante All is the Sea, y que solo vivía para hacer feliz a Lord Gluttonous. En el fondo estaba secretamente enamorado de él, y por eso no le importaba ser su despiojador, su hombro amigo y paño de lágrimas, su ayuda de cámara, su cómplice…
Como es obvio, estos dos consejeros, tampoco tenían mucho que aportar a la resolución de problemas y conflictos de naturaleza gubernamental.

Los gemelos Albert y Alfred, eran los vástagos rebeldes de Lord y Lady Green Forest. Habían nacido antes de tiempo, y la madre siempre había comentado que cuando los lanzó al mundo, fue la mona más feliz y aliviada del orbe. Una nany se había encargado de criarlos y crecieron sin normas ni demasiado cariño. Herederos de una de las fortunas más  importantes del reino, dilapidaban sus rentas sin miramiento alguno. También eran los socios fundadores de The Monkey Businnes INT,  una de esas sociedades opacas tan de moda hoy en día, pero revestida de buenas intenciones. Estaban en ese consejo de monos sabios porque les tocaba estar, no porque ellos lo fueran en el sentido más estricto de la palabra, si acaso, listillos. Su padre ya era mayor y la cabeza le empezaba a jugar malas pasadas, eran las reglas del juego: los sucesores tenían que ocupar su lugar. No protestaron, estar allí les suponía un plus de información privilegiada que luego usaban deliberadamente en su propio beneficio.

Mister Judicious intentaba mantener la calma, llamaba una y otra vez al orden a sus consejeros, pero éstos se lanzaban ansiosamente sobre las bandejas de comida, o se abandonaban a sus cuitas. Solo muy de vez en cuando esas reuniones parecían ser lo que supuestamente eran.

Anthony Long Hand, era el hijo bastardo del Lord Mayor, y ese cargo le había sobrevenido como compensación a su naturaleza bastarda, un pequeño reconocimiento de la sangre noble que corría por sus venas. Pero nada era le era suficiente. Había crecido con un rencor aferrado en sus entrañas que había hecho de él un simio prepotente, ladino, embustero y estafador. Todo lo quería, y todo lo conseguía. Mister Judicious sabía que era el más listo, pero también en el que menos se podía confiar.

El más noble de todos los consejeros era un mono huidizo, melancólico... Txomin Tximua, una rara avis en aquel grupo. Txomin Tximua era descendiente del famoso corsario Sir Red-Monkey, que en una de sus incursiones en tierra, arribó a la costa de los vascos y quedó prendado de una de aquellas aguerridas hembras, tanto que se la llevó a las Tierras Altas con la intención de crear un nuevo linaje, y de paso, sentar de una vez las posaderas y la cabeza. El gen euskaro permaneció vivo en todos sus descendientes, de ahí la nobleza, el amor por la tierra y la familia… Todos los Txomin Tximua que habían sido miembros del Monkey’s Team se habían caracterizado por esa melancolía, esa añoranza de  la tierra que se extendía más allá del océano y de la que provenían. Mister Judicious sabía que en este consejero sí se podía confiar, lo malo era que su interés por los asuntos de estado apenas alcanzaba para prestar su voto a las juiciosas disposiciones que les presentaba.

Así estaba el panorama cuando, en plena reunión, llegó un emisario con una nota. Era urgente. El presidente abrió el sobre. Leyó. Miró con calma a su alrededor. Bajó de su asiento, recogió sus papeles, hizo un ademán de reverencia y salió tranquilamente dando pequeños saltitos. No volvió la vista atrás. Los consejeros ni se percataron de su marcha.

Un grupo de revolucionarios había depuesto a Monkey King VII, el Príncipe Heredero y toda la familia real, estaba en paradero desconocido. El Consejo de Monos Sabios había sido disuelto. No quedaba más tarea por hacer, seguir allí carecía de sentido. Ahora solo quería vivir tranquilo en su casa, fumando su pipa y leyendo los periódicos atrasados que llegaban de las Colonias. Que cada cual velara por los suyos y lo suyo. Esta nueva etapa también pasaría, y los problemas no dejarían de ser los mismos, pero eso ya no era asunto que le interesara. Tal vez debiera buscar a Jeffrey y volver él también a sus orígenes…

Pintura: Walton Ford. Texto: Edurne (como siempre, sujeto a cambios y correcciones).


sábado, 31 de diciembre de 2016

LAS UVAS DE LA IRA (Sic.)


Parece mentira, pero no, ya son diez las uvas de la ira que comparto con todos ustedes. Espero poder seguir compartiendo muchas más todavía, aunque se nos atraganten de vez en cuando.

Son las 11:30 de una mañana soleada pero fresquita. Sábado 31 de diciembre, otro año que hace mutis y nos deja plantados en el escenario. Habrá que seguir improvisando. Y eso que meter morcillas cada vez se me hace más cuesta arriba, la imaginación me pide un receso y yo no me puedo permitir el lujo de dárselo. ¡En fin!

¿Qué vamos a decir de este año, de todo lo que nos abruma, del panorama que se nos presenta, de, de y de…? Nada, sencillamente nada. A mí se me han agotado las palabras. No así los sentimientos, los deseos, los sueños… Seguiré por ese camino.

Se me había casi olvidado colgar esta entrada, un clásico de la Orilla. Y es que es cierto que el tiempo no me alcanza. Echo cuentas y las matemáticas no mienten: el día tiene 24 horas, cada hora 60 minutos, cada minuto 60 segundos. Pero en algún tramo hago algo mal, el resultado final no me sale. ¡Suspendida! ¡Jajajaja, menos mal que yo soy la profe y me perdono solita y me animo a hacerlo mejor la próxima vez, a fijarme en el enunciado del problema, en el desarrollo, a estudiar bien los datos…!

¡Ya, dirán, menos rollo y al lío!

El lío era eso de recapitular, de hacer propósitos, de formular deseos, de recordar a los que están, a los que no, a los que nos acompañan de cerca y en la distancia, a… ¡A todo eso! Pero eso, ustedes ya lo saben. Saben que yo les agradezco infinito su chapoteo en el modo que sea, en el activo, en el de tarde en tarde… ¡Hasta en el modo avión! Yo sé que andan por ahí, y eso me gusta.

Una se pone nostálgica de vez en cuando, bastante a decir verdad, y recuerda las panzadas de tele que se daba de pequeña (tengo tele desde los 4 años echen cuentas, tengo 57…), así que hoy les traigo algo de aquella época, y yo misma me he descolorido, ¡jejeje! Todo para asomarme a sus pantallitas, las del móvil, la Tablet o el ordenador, y desearles un año lleno de todo lo mejor que se pueda desear, pero sobre todo que sigamos siendo buena gente, humildad y generosidad, empatía y alegría (toma rimas), y que estemos en paz con nosotros mismos para poder estarlo con los demás.

Y no se olviden de que tenemos la obligación de SER FELICES. ¡Pues hala, dicho está!


Volveremos a vernos las letras.








Fotos y manipulaciones varias: Edurne. Vídeo: Youtube. Texto: Edurne. Uvas: de la cocina de mi amatxu.

viernes, 22 de abril de 2016

COQUETEOS QUIJOTESCOS (Replay)



Aconteció entonces que mi señora Doña Dulcinea despertó alterada del sueño. A fe mía que aquel frugal almuerzo no sentó bien a su sesera. Y en profiriendo atronadores gritos, despertóme a mí también del dulce reposo en que me hallaba.

No sin aturdimiento, corrí a su lado por ver de qué se trataba. Y cuál no fue mi sorpresa al ver que toda ella se encontraba empapada de pies a cabeza en aquel habitáculo, que dijeron era el dedicado al aseo personal, donde manaba el agua de un cable terminado en extraño artilugio por mí nunca antes visto.

En verdad, extraña era la venta, pero tan cansadas nos encontrábamos mi señora y yo después de la larga cabalgata del día, que no reparamos en todo lo misterioso del lugar.

Mi señora Dulcinea, que había dedicado toda su vida a estudiar, ya se había percatado de que entrábamos en un lugar singular. Por sus muchas lecturas tuvo la sospecha, y yo fiel escudera no osara jamás dudar, de que algo sobrenatural tal vez nos sucediera.

En llegando a la venta, ya nos miraron raro, pero más raro hubimos de mirarlos nosotras, pues pareciónos que sus vestes no eran apropiadas para venteros...

Era casi de noche y no podíamos saber dónde habíamos recalado con nuestros molidos cuerpos. Caballera y escudera, rocín y pollino, no pedían, por merced, sino un lugar para reposar y viandas con que reponernos.

Entramos, así pues, en la venta más enorme que jamás ojos humanos hubieran visto, y ya entonces, mi señora me advirtió: "Lucrecia, abre bien los ojos, que en aquesta venta acontecerán hechos de los que otros escribirán".

Perplejas las dos, arrogante ella y temblorosa yo, seguimos al mozo, seguramente uno de los muchos hijos del ventero, hasta una caja mágica que abría y cerraba sus puertas haciendo aparecer y desaparecer personajes extraños ante nuestros ojos.

Risas y más risas... Ojos que nos miraban. Mi señora Doña Dulcinea reafirmó sus sospechas: ¡Estábamos en el futuro! ¡Santa María, madre de Dios, habíamos sido víctimas de un encantamiento... tal vez con el Bálsamo de Fierabrás pudieramos deshacer semejante hechizo!

Entramos en una de esas cajas encantadas, y enseguida el estómago se nos disparó, ¿pues no volábamos acaso, como si aves fuéramos? Una musiquilla nos depositó de nuevo en tierra, la caja se abrió, y ante nosotras aparecieron unos seres parecidos a aquellos de las novelas que habían vuelto la cabeza casi del revés a mi noble señora Dulcinea. Ella era muy jóven aún, y todo lo quería ver, pero yo cansada ya de tanto trajinar, le pedía reposar...
Entramos en una gran habitación, ésta en la que ahora nos encontramos, y el mozo informó a mi señora de que al rato vendrían en nuestra busca.

Así fue, y dos mancebos de muy buen ver, tanto que alegraron nuestros ánimos, se presentaron al punto. ¿Y no pretendían que nos despojáramos de nuestras vestimentas? ¡Seguramente con intenciones de aprovecharse de nuestra inocencia e ignorancia, y hacer aquello que caballero no ha de hacer con dama, ni escudera, decente alguna!

Y mi señora montó en cólera, y yo ayudéla en lo que pude, aunque si he de ser sincera, de buen gusto y grado, hubiera probado aquel Bálsamo de Fierabrás en forma de fornido mancebo...

Y que una, aunque escudera, aún mantiene la buena planta que de moza tuvo. Pero escudera se debe a su señora, y así, entre gritos y empellones, logramos desalojar a los muy bellacos del aposento, mientras nos decían tontas, y que no sabíamos lo que nos perdíamos al rechazar sus masajes, y que hasta hablaron de baños turcos y...

Y hete aquí que mi señora seguía pensando que, con malas artes, algún mago envidioso nos había traído hasta este mundo en un aparato volador. Y ahí estábamos las dos, asustadas a más no poder, sin atrevernos a salir, esperando a que algo se le ocurriera a mi señora Dulcinea. 

Pero eso... eso ya es harina de otro costal.


Foto: Antonio. Texto: Edurne (Texto ya publicado en esta Orilla en un par de ocasiones, pero esta de ahora lo permite de nuevo…)


lunes, 1 de junio de 2015

HOGAR, DULCE HOGAR


Al principio llegó a pensar que todo era producto de su imaginación y, por lo tanto, que estaba loca. Se trataría de una locura pasajera, algún episodio raro pero fácilmente explicable por la ciencia. También quiso tranquilizarse con la teoría de que todo era un sueño, muy vívido, pero un sueño, más bien una pesadilla de la que enseguida podría despertar… No fue así. Al cabo de una semana de angustias y zozobras, llegó a la conclusión de que ella seguía estando tan cuerda como siempre y que su vida seguía su curso normal.

Normal si se exceptuaba el hecho insólito, que ella ya había comenzado a aceptar, de encontrarse cada día al regresar del trabajo ese cambio sorprendente en su casa. No solo cada día muebles y ubicación aparecían distintos, sino que se encontraba dentro con una familia diferente a la suya. Un marido y unos hijos a los que antes jamás había visto. Y nadie, excepto ella, parecía percatarse de lo excepcional de este hecho.

Desde hacía unos días, venía sucediendo el extraño prodigio. Algo nada fácil de explicar por otro lado. Era casi abstemia, así que no podía culpar de ello a la ingesta desmedida de alcohol; tampoco tomaba ningún tipo de medicación y ni siquiera se fumaba un porro de vez en cuando… No, no era ése su caso.

 Trató de calmarse, de razonar y buscar una explicación a semejante fenómeno. Comprobó su DNI y sí, era ella, Natalia Valdivielso Arizmendi. Se miró en el espejo: seguían siendo su cara, sus manos… Aún no conocía el verdadero alcance de esta novedad y se encontraba confusa, realmente desconcertada. Si salía a la calle con el marido o los hijos que en ese momento estaban en la casa, ¿seguirían siendo los mismos cuando volvieran? ¿Y si era esa nueva familia la que salía mientras ella se quedaba  esperando, regresarían los mismos o vendrían otros nuevos a la vuelta? Demasiadas preguntas.

El lunes a la noche se había encontrado con un marido casi albino de puro aúreo y dos hijos gemelos, también de un rubio cegador; era como ver al mismo hombre tres veces. El martes la esperaban un señor calvito con gafas y cara de malas pulgas, un hijo larguirucho poco hablador y con pintas de gótico, y un gato negro autista; un susto, aquel día fue un susto. El miércoles, cuando empezó a tomárselo un poco a chufla, se encontró con una nueva pareja, esta vez era un cachas de estos que están todo el santo día con el deporte y la vida sana a vueltas, y con tres nuevos hijos que, contrariamente a lo que hubiera sido lo normal con un padre así, eran todos gorditos y sonrosados, dos niñas y un niño de edades un tanto inciertas. Ya el jueves, al abrir la puerta, tenía el gusanillo en el estómago y esperaba la sorpresa con ganas: un tipo con pinta de ejecutivo, muy atractivo y algo nervioso que decía ser su marido, y una jovencita muy guapa, tan guapa como una modelo de las de anuncio y que sería su hija, la esperaban sentados a la mesa muy serios y con la cena preparada. Sin embargo, el viernes al llegar del trabajo se encontró con otros nuevos miembros en su familia. Quería experimentar durante el largo puente de cuatro días si al comenzar la semana laboral se repetían de nuevo los mismos turnos o todo volvía a ser como siempre, como antes, con su Manu, su Iñigo y su Anita. ¡Ah, y su Michifú! Su familia, su auténtica familia.

Al llegar la tarde del viernes, en casa la esperaban un marido, un hijo pequeño y una hija mayor. ¡Y un hámster! La recibieron como si la conocieran de siempre, y eso que ella los acababa de incorporar a su vida. Claro que le había ocurrido cuatro veces ya esa semana.

Cuando el sábado a la mañana abrió los ojos a la hora de siempre y se desperezaba poco a poco, vio que a su lado tenía un cuerpo peludo dándole la espalda. Se asustó. Su Manu apenas tenía unos pelillos rubios en el pecho. Aquél no era Manu, sin duda. ¿Sería el marido del viernes? Ya no lo recordaba. Decidió quedarse quieta y hacerse la dormida. Al poco, aquel ser peludo empezó a dar síntomas de estar vivo: bostezó escandalosamente, se estiró dos, tres veces, y apartó las sábanas con furia.

Natalia seguía con los ojos cerrados, fuertemente cerrados. Tiritaba y no sabía cómo hacerse con las sábanas de nuevo. No tuvo tiempo. Para cuando su mano se deslizaba ya sigilosa en busca de la ansiada protección, sintió cómo le estampaban un sonoro beso que la dejó sorda durante unos segundos mientras le susurraban al oído: «Nata, Natita mía…» ¡Horror! Éste era de los pegajosos, y no había nada que le diera más grima que un tío pegajoso… ¡Encima velludo! ¡Decía que quería repetir la «hazaña» de la noche anterior! ¿Hazaña? ¿Había compartido ella alguna hazaña de tipo… carnal con aquel cromañón? No, no podía ser cierto.

Mientras intentaba zafarse del abrazo de oso de aquel extraño, notó que algo le mordisqueaba el dedo gordo del pie derecho. En ese mismo instante la puerta de la habitación se abrió de golpe. De un salto, el niño, un pequeño de unos siete años, se plantó en la cama y empezó a bucear entre las sábanas hasta que… «¡Te pillé!», se oyó decir, más bien gritar, bajo el remolino de sábanas y edredón. El tacto de una pequeña mano en su pie volvió a sobresaltarla cuando el pequeñajo emergió de las profundidades más rojo que una granada y riéndose como un orate. Mostraba orgulloso su trofeo que, sujeto de la cola, agitaba sus diminutas patitas en el aire. Era el hámster del niño.

Natalia salió lo más rápidamente que pudo del lecho mientras el hombre de la casa, el vástago y aquella pequeñísima mascota la miraban fijamente antes de dedicarle todo su repertorio de risitas y demás variantes de la juerga doméstica. Con tanto alboroto y alborozo apareció la que faltaba, la que seguramente habría de ser la niña de sus ojos, una adolescente rellenita, pelirroja y pecosa como jamás había visto antes. Perpleja y en pie junto a la cómoda, trataba de reaccionar, calibrar sus posibilidades de salir intacta, pensar, pensar… De nuevo no tuvo tiempo. A la voz de «¡A por ella!», los tres se lanzaron sobre su espalda y la arrastraron hasta la cama donde empezaron a hacerle cosquillas y más cosquillas, a darle besos… ¡Dios mío!, pensó, ¡sí, tenía que ser un sueño!

Se los veía encantados y no paraban de repetir lo bien que estaban los cuatro juntitos, los cinco, pues también había que tener en cuenta que el pequeño roedor era otro miembro más de la familia. Era sábado y había suficiente comida en la nevera para pasar por lo menos una semana. Además no paraba de llover, por lo que no había necesidad de salir a la calle en todo el largo fin de semana. ¡Socorro! Ésa era la única palabra que repetía su cabeza. ¡Socorro, socorro! Pero ella sí, ella sí tenía necesidad, verdadera urgencia por salir de ese encierro. Le fue imposible. Estaba secuestrada en su propia casa y por su propia familia. Bueno, por la propia no, por la que le había tocado el maldito viernes. 

No quedaba otra cosa que aguantar unos días como buenamente pudiera; al fin y al cabo era un lote familiar de lo más común: un marido, dos hijos y una mascota, todo muy parecido a su realidad. Echaba mucho de menos a los suyos, muchísimo, y aunque intentaba no establecer comparaciones, poco a poco éstas fueron inevitables, las buenas y las malas. Se estaba sorprendiendo. Después de veinticuatro horas juntos no le estaban pareciendo tan pegajosos como al principio, incluso le hacía gracia que todos, incluso ese hombretón, la llamaran «mamuchicariño», todo seguido y casi sin respirar. «Mamuchicariño» por aquí, «mamuchicariño» por allá… Ya no recordaba desde cuándo nadie la llamaba cariño, ¡si es que alguna vez se lo habían dicho!

Aquella familia se desvivía por ella. Estaban atentos a cada una de sus palabras, la rodeaban continuamente, la abrazaban, la besaban, chocaban sus naricillas con la suya como los esquimales. Reían sin parar, casi todo el rato reían. ¿Realmente podía haber una familia así de feliz? La suya, la de verdad, lo era o así lo había considerado siempre; a pesar del semblante un tanto taciturno que se le estaba poniendo a Manu en los últimos tiempos; a pesar del carácter algo huidizo de su hijo Iñigo, en plena adolescencia y que ya no le contaba todas las cosas como antes; y a pesar de la preocupación que le agobiaba —sin razón aparente, le decían— por Anita, que cada vez comía menos, menos… Y por supuesto, nadie la llamaba «mamuchicariño». Manu siempre la llamaba por su nombre, Natalia, nunca un apelativo cariñoso, algo así como «cuqui», «cari», «pitufa»… Nunca, ni de novios. Los chicos siempre mamá. Ma-má, dos sílabas y punto. Mamá, como cualquier otra madre, nada íntimo, cariñoso ni personal; ningún nombre que fuera solo para ella, que la hiciera sentirse diferente, especial… No, ella era «mamá» a secas. Mamá, ¿me has planchado los pantalones? Mamá, ¿me das dinero para el bonobús? Mamá, hoy me quedo a dormir en casa de Nerea. Mamá, el sábado nos tienes que llevar a Joselu, a Mikel y a mí al partido. Mamá… Mamá… Siempre mamá y siempre con exigencias.

Así que el domingo a la tarde tuvo que reconocer que, aunque estaba deseando que llegara el miércoles por ver si la suerte le devolvía a su familia, a la verdadera, porque los seguía echando terriblemente en falta, en el fondo, muy en el fondo, un poco de cariño sí que les había tomado a aquellos trogloditas empalagosos que estaban consiguiendo que se sintiera diferente.

Pero el caso era que aún quedaban dos días por delante y nadie tenía prisa alguna por salir de aquel reducto de felicidad familiar. El marido y el hijo, vestidos con sus delantales de Hommer y Bart Simpson y tocados con unos gorros de cocinero hechos con un par de folios, se lo pasaban pipa en la cocina probando experimentos culinarios para presentarse algún día a Master Chef y Master Chef Junior, decían. Era la primera vez que Natalia se libraba de cocinar. Estaba encantada. Por su parte, la niña estaba resultando un primor a la que no le importaba lo más mínimo pesar tres o cuatro kilitos de más. Era feliz con su cuerpo, con su pelo rojizo, con sus pecas, con sus años, con su cole, con sus profesores, con sus amigas, con su padre, que era el padre más divertido, con su hermano, que era un «crac» y, sobre todo con su mamuchi, con ella, porque era la mejor madre del mundo, la más comprensiva, ¡y la más guapa! Natalia se miró de refilón en el espejo del cuarto y sí, le pareció que todavía era guapa. Así, en esa atmósfera de cariño y confidencias, madre e hija se pusieron a jugar. Se disfrazaron como las famosas de las revistas, se maquillaron como ellas, también probaron nuevos peinados y jugaron a ser artistas, porque además se les daba genial hacer imitaciones. En una palabra,  dedicaron la tarde a morirse de la risa, a darse besos y achuchones con el menor pretexto... ¡Ay, «mamuchicariño», cómo te quiero!

El martes por la mañana, último día del larguísimo puente, se despertó agarrada a ese grandullón que le susurraba al oído «Nata, Natita mía…», y esta vez sí que se acordó de todo, y no le importó repetir la «hazaña», ni reírse a carcajada limpia con las cosquillas que le hacía Charly con la barba, ni que Rusty, el hámster, se metiera entre las sábanas y le mordisqueara el dedo gordo del pie, ni que Miky fuera como loco al rescate del polizón, ni que todos a una, como los de FuenteOvejuna, la llenaran de besos… Porque Charly era su marido, Marietta su niña y Miky su adorable pitufo.  Char-ly, Ma-rie-tta, Mi-ky… ¡Y Rus-ty, cómo no! ¡Ay, qué bien sonaba!

Decidió que no iba salir nunca más de aquella casa —¡Hogar, dulce hogar!—, ni el miércoles, ni el jueves, ni el viernes… ¡Ni aunque el mundo se derrumbara a sus pies! ¡Ni aunque fuera un sueño! ¡Tendrían que venir por ella! Y estaba segura de que su nueva familia no iba a dejar que nadie se la llevara, ¡buenos eran ellos!

Dibujo: Internet. Texto: Edurne


miércoles, 6 de mayo de 2015

HISTORIA CONFUSA (Galimatías total) (Replay)





Salió como siempre, para volver a dormir frenando justo al llegar al borde de la mesa.
Tiró el vaso y vio como de entre la basura, María lo saludaba con ojos de tristeza y sin tiempo para decir que la batalla había resultado un esfuerzo inútil. Pero no, allí estaba la carta, bajo el Puente del Perdón, cabalgando sobre la superficie de su mantel recién planchado. Entonces, todos bajaron hasta el desván, justo cuando Ramón se comía el último átomo vivo del laboratorio.
–No tuviste la precaución de encerrar los sueños de la noche anterior bajo candado, y por eso llueve alegremente con lápices de colores y humeantes tazas de chocolate en la mesa de la cocina de tu tía Encarna…–le dijo con una sonrisa entre pan y pan su viejo perro verde.
No, hoy no vendrá, ha tenido que salir en busca del sueño para poder llegar hasta el borde de la mesa… ¡Y frenar!



Pintura: Antonio Texto: Edurne (Texto ya publicado en La Orilla el 12 de octubre de 2010.)

viernes, 30 de mayo de 2014

PEQUEÑA HISTORIA DE AMOR PRIMAVERAL


—¡Hola hermosa!
—¿Es a mí, caballero?
—¿A quién si no, bella flor?
—Mire usté que aquí una menda no está para zalamerías…
—No me sea arisca, prenda, que mis requiebros son reflejo de un gran amor.
—¿Amor, dice? ¡Tira p’allá, camelador, que una no ofrece sus gracias al primer pinturero que la ronda y le regala el oído!
—¡Me parte el corazón, linda!
—Tenga pues unas tiritas y pare la hemorragia…
—¡Y además de guapa me salió graciosa y chisposilla! Pues habrá de saber que así me gusta cada vez más.
—¡Qué remedio que andar espabilada, que aquí hay que ser lista y estar al loro con tanto moscón alrededor…!
—¡Pero si yo no soy moscón, ni moscardón, que Don Abejorro es mi gracia, señorita!
—Ya, ya, que ya me conozco yo a los de tu especie… Ahora me rindo a tus vuelos en rasante, a tus cabriolas, a tus zumbidos, y… ¡zas! Te llevas lo más dulce de mí y... ¡Y si te he visto no me acuerdo!
—Querida, qué quieres, es mi naturaleza, por eso me llaman también “Picaflor”…
—Pues que sepa usted, don Picaflor, que yo no soy como las demás.
—Anda, preciosa, ¿no ves que ya es primavera, que los pajaritos cantan, que las nubes se levantan, que estamos hechos el uno para el otro…?
—¡Sí, sí, que a mí no me engañas, listillo, que una será florecilla silvestre, pero honrada a carta cabal! ¡Así que "alupé, alupé, sentadita me quedé!
—¿No querrás quedar mal con toda tu familia por un sentimentalismo pasado de moda, no…? Yo tengo todos los permisos en regla para realizar mi trabajo, mira, así que tú verás… Si me rechazas, el campo está lleno de primas tuyas deseosas de que un abejorro como yo se fije en ellas.
—Estoooo… Si nos ponemos así y apelamos al deber que nos llama y esas cosas... No voy a tener más remedio que claudicar, ¿verdad? ¡En fin, pero  que sea rápido! ¡Y no me haga daño por favor, que soy muy sensible!
—¡Tranquila, reina, que soy todo un profesional, estoy licenciado por la Universidad de Prado Largo, y además tengo un máster en mi especialidad!
—¡Ay! ¿Pero  por qué me habrá tocado nacer florecilla del campo, por qué?
—¡Gracias, hermosa! Te juro que ha sido un verdadero placer.
—Eso se lo dirás a todas, embaucador. Ahora seguro que no volveré a verte. No, si ya me lo sabía yo…
—Bzzzzzzzzzz… ¡Chao, florecita!


Dibujo: Internet. Texto: Edurne


domingo, 21 de julio de 2013

LA CURIOSIDAD MATÓ AL GATO


Grey y sus primos gemelos, Pixi y Dixi saliendo del baño...

Sobran las palabras.

Foto: Joseba

domingo, 21 de octubre de 2012

¿A SETAS O A ROLEX?


Esto son dos vascos que andan por el monte, buscando setas. De pronto uno se encuentra un flamante Rolex y emocionadísimo llama a su compañero:
–¡Patxi, Patxi, mira, un Rolex de oro!
A lo que el otro, se planta de jarras ante el entusiasmado Antxon y le dice muy serio:
–Vamos a ver, Antxon, si vamos a setas, vamos a setas, y si vamos a Rolex, a Rolex… ¿Queda claro? Pues hala, ¡a setas!



Me las encontré así, dispersas por toda la oficina. Trabajando.


Por un momento pensé que eran parte de una broma de alguno de mis compañeros, pero no, las setas no sabían nada de bromas, que ellas eran muy serias, y que estaban allí, me dijeron, o creí entender, porque las habían mandado de la oficina del paro.


No daba crédito a mis ojos. Setas, eran setas, aunque más bien parecían platillos volantes. ¡Setas trabajadoras, y parlantes! Y al parecer, muy buenas…




Enseguida llegaron mis compañeros, y la cara de susto debió de ser la misma que puse yo. Pero como les llevaba una ventaja de quince minutos, hice uso de ella y les informé de la situación: que no había que preocuparse, que ellas hacían su trabajo y no se metían con nadie. Además, les dije, podremos salir al bocadillo de la mañana con más tranquilidad, sabiendo que si llega algún teletipo de última hora, ellas lo recogerán y sabrán qué hacer con la información. Se las ve muy bien preparadas, y encima hablan idiomas…




Ya, me dijo, Juan, ¿Y si nos quitan el puesto? Que con esto de los recortes, unas setas... mano de obra de lo más barato. ¡Ahhhh, pues en eso no había pensado yo! Porque, no había más que mirar y ver: manejaban el ordenador como nadie, se desenvolvían con soltura en la fotocopiadora, al teléfono…




Una de ellas, la más mayor, que tenía la “antena” puesta, se volvió hacia donde estaba yo y me dijo con esa voz (que he descubierto ahora que es la voz típica de las setas campestres) terrosa:


–Tranquilos, nosotras no somos “okupas”, solamente cumplimos lo que nos mandan, y en este caso, nos han enviado del INEM, como ya hemos dicho antes, para hacer este trabajo y de paso echaros una mano. Nuestros puestos de trabajo son… casi como virtuales, es decir, que hoy estamos, pero que mañana, igual, no estamos. A nosotras no nos importa, mejor estamos aquí que en el bosque, expuestas al filo de los cuchillos de esa cantidad de desalmados que vienen con una locura setera que para qué vamos a contaros; y luego, creo que ya os imaginaréis dónde acabamos con nuestras tiernas carnes y nuestras esporas, ¿no? Pues eso, que cuanto más trabajo nos den, mejor. Además no nos pagan en money, en cash, nos pagan en especias, por la noche nos reubican en unos plantones con todos los nutrientes que necesitamos y listo, hasta el día siguiente.




Bueno, en ese caso… Aumenta la producción, se ahorran la contratación “legal”, la Seguridad Social, el sueldo mínimo, el finiquito, las reivindicaciones por convenio laboral… ¡Un chollo! La prima de riesgo descenderá, los mercados se recuperarán, la banca respirará tranquila (más de lo que ya lo hace), y a los funcionarios, tal vez no nos quiten la paga de Navidad…


Adoro las setas. ¡Que a nadie se le ocurra nada mejor que hacer con ellas, que han venido a salvarnos!



Fotos: Antonio Imagen platillo de setas cocinadas: Internet  Chiste: Popular Texto: Edurne (Hoy, los vascos vamos a setas (además llueve), aunque algunos pretendan ir a Rolex...)