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viernes, 31 de julio de 2020

2020. INFLEXIÓN




Recordaremos este año durante toda nuestra vida. Pasará a los anales de  la Historia como fatídico, pernicioso, malvado, aprovechado… ¡Como para olvidarlo!

Hoy es el último día de julio, del séptimo mes del año, y yo sigo como si me hubiese pasado una apisonadora por encima, como si me hubieran vaciado por dentro. A veces me parece que me muevo por inercia. No, no es cierto, pero… ¡Así me siento!

Acabo de ponerme frente al ordenador, que me mira raro, casi no me reconoce, ¡lo visito tan poco! Me estoy obligando a teclear, a hacer “dedo” y dejar que lo que tenga por ahí dentro, salga, ¡si quiere! De momento, ya llevo unas cuantas líneas, y ya he activado las luces de alarma de mi cerebro, de mis tripas y de mi corazón.

Aquí estamos, intentando hacer un recuento de penas y alegrías en todos estos meses, también de miedos e inseguridades, de rabias, de “ditasea”s… Y cuando te sientes así, impotente (iba a poner imponente, en qué estaría pensando yo… ;)), pues es como si todo cortocircuitara. Pipiipiiiiii. No había un plan de evacuación preestablecido, yo el único que me sé de memoria es el de mi escuela (¡ay, mi escuela!), así que corremos el riesgo de chamuscarnos en la huida, o de convertirnos en ceniza si nos quedamos en el lugar del crimen…

Divago, eso se me da muy bien. Por las noches, cuando me sumerjo en las catacumbas de mis sueños, me da por diseñar un mundo repleto de catástrofes y cataclismos… ¡vaya que estoy espléndida! Son paisajes oníricos muy densos, pesados, oscuros, cerrados y de muy mal gusto. Menos mal que no siempre me acuerdo de mis desventuras nocturnas, un alivio, ya les digo.

Ahora mismo, a las 20:34 del reloj de mi ordenador, miro por la ventana. Muevo lentamente la cabeza hacia mi derecha, bajo la barbilla y elevo la vista por encima de mis gafas (me recuerdo a mi amama). Me quedo mirando como una tonta. Ha desparecido el monte, la bruma se lo ha zampado. Nubes de camuflaje, imposible saber cómo es el cielo que se esconde detrás de este disfraz tan poco agraciado. Ayer moríamos del calor: 46 grados marcaba el mercurio de la calle, 39 el de la terraza, a la sombra. Deshidratación garantizada. Y parecía que iba a descargar un bronca monumental, pero… ¡Ná de ná! Daba un miedo irse a dormir, bueno, a dormir… a la cama, más bien, por eso de que el cuerpo necesita la posición supina y relajarse. ¡Ay, qué risa!

Todo va muy rápido, no sé si será por eso de los 60, que ya se me están desgastando de usarlos, voy para ocho meses de la mano con ellos. Pesan, no se crean ustedes que no… Como esos kilos de más, esos okupas descarados que llevan un tiempo amargando, poniendo lo suyo también. Pero he decidido declararles la guerra, y en dos meses ya he conseguido echar a tres de ellos. Los otros andan furibundos, pero nada, soy una maestra jubilada sin piedad alguna. ¡Suspendidos! No me voy a ablandar, ni repesca de septiembre ni amnistía general, nada, pienso acabar con todos ellos, son unos impresentables, ya les digo yo que sí, que no tienen educación alguna y andan aprovechando las circunstancias, los despistes, la puerta sin cerrar…

Nos ha cambiado todo el panorama vital, a unos más que a otros, pero a todos nos ha marcado. Y esperen… Los miedos son los nuevos capataces del rancho. Hay quien pensó que esto nos iba a fortalecer como sociedad, nos iba a hacer mejores personas… Que lo repita, por favor, que lo repita y nos cuente si ahora se atrevería a afirmar lo mismo. Reflexión colectiva, please!

Secuelas. Todo esto trae secuelas importantes, algunas todavía por llegar, y por esa razón, desconocidas, aunque las más importantes, las que ya estamos padeciendo, las conocemos. Quiero pensar que alguna enseñanza sacaremos de esta guerra sin enemigo a la vista.

Quiero leer, y casi no puedo. Quiero escribir, y se me atasca todo en el grifo de salida al exterior. Quiero reír y mi boca ha olvidado cómo se esboza una sonrisa. Quiero ver lo hermoso de la vida, y… tengo que dejarme las uñas de tanto escarbar. Miro el calendario. Los días van uno detrás de otro, sí, pero son todos iguales (y no por eso de la jubilación, otro mito, ya que eso de “todo el tiempo del mundo”, es una patraña), y ninguno veo yo que traiga un lazo en la cabeza, o un clavel en el ojal… Todos de uniforme, obreros grises golpeando el duro metal.

A mí vinieron a ponerme una venda en los ojos, para que diera palos de ciega, supongo... Dejaron en mi puerta preocupaciones y angustias; también me regalaron vértigos, mareos, dolores varios y altas dosis de ansiedad. Regalos-trampa, ya que venían adornados con esencia pura y dura de miedo, del  racional y del otro, del irracional. Voy sacudiéndome esa lotería de encima. Atuso los pliegues de mis ropas y reubico la posición de mis entrañas. En esas me ando. Calladita, no quiero dar mucha guerra. Ya aprendí hace mucho a emular un poco de felicidad, por disimular, por no hacer sufrir… Masajeo mi corazón, estiro mis penas, para que no se me encojan y no se hagan crónicas, viviendo del subsidio de mi compasión. Sé que no soy la única que sufre, que cada cual lleva su cruz a cuestas, o plegada en el bolsillo… y que cada uno, cada una, hace lo que puede para salir a flote, para sacar la cabeza y respirar, una bocanada nada más, pero lo suficiente para poder seguir dando un par de brazadas más…

Las 21:13. Ya saben que carezco de método, que escribo según siento, según sale, que no miro, que no veo… pero que sí intuyo. Intuitiva y resolutiva, eso me salva.
¡Allá vamos!

Gracias por estar, por seguir, por vivir con ganas o a medio gas, pero por continuar en la función. Me sean felices, ¡aunque cueste!

 Y… ¡Arriba el telón!


Imagen: de Internet, me llegó por Whatsapp. una peineta bien hecha. Reflexión: Edurne 

domingo, 26 de abril de 2020

DEL CONFINAMIENTO AL VÉRTIGO, Y AL LEVANTAMIENTO DE LA VEDA INFANTIL




Ha pasado mucho tiempo desde que estamos en esta situación extraña, como de ciencia-ficción, pesadilla que no se acaba nunca. Es como el día de la marmota: un día que sucede a otro casi igual. Hoy te aventuras a salir a la calle para hacer la compra, y te toca hacer colas, mirar con temor al que tienes delante o detrás, guardar la distancia de seguridad, comprar algo de lo que hayan dejado los arrasadores oficiales de alimentos y productos x… Volver a casa mirando a todas partes procurando no cruzarte con demasiada gente, y empezar con el siguiente proceso, el de desembalaje, limpieza y desinfección, guardar las cosas, cambiarte tú, lavarte y volverte a lavar… ¡Una tortura!

Casi se me había olvidado cómo eran las voces infantiles, las figuras de criaturas saltando, corriendo por la calle, preguntándolo todo, llorando, reclamando… ¡Hoy he visto niñ@s! Y me he asombrado a mí misma mirándolos como si no hubiera visto un@ nunca. ¿No me digan que no es para reír, si no fuera realmente para llorar?

¿Y las personas mayores? Yo tengo a mi madre en casa, casi 87 años, formalita y disciplinada, obediente… No en vano  son la generación que ha vivido bajo el yugo del miedo, del no salirse del camino marcado… Pero hasta ella, mi ama, que está tan tranquila en su casa haciendo mil cosas, está harta ya. El otro día me lo dijo: “hija, ya sabes que yo soy muy casera, pero, ¡desde el último día de la pelu (¡otro drama!) no he salido a la calle! Cuarenta y seis días confinada, y eso con la tremenda suerte de tener una terraza por la que pasear y solazarse de vez en cuando. Pero tienen mucho tiempo para pensar, y ¿qué piensan? Pues no es difícil de adivinar. Han pasado una guerra siendo niños, miedo y miseria. Una postguerra durísima, una vida adulta llena de sacrificios, y ahora… esta incertidumbre, este enemigo invisible y silencioso.

Yo sí que tengo miedo, y angustia, ansiedad… Tanta es la tensión, la responsabilidad que cargo que llevo una semana totalmente vertiginosa, volátil e inestable. Hacía tiempo que no padecía una crisis de vértigos como esta. Voy capeando como puedo, pero mal, mal…

Yo también cuento los días, ahora los cuento, al principio no, pensaba que iba a ser algo más rápido, menos letal a todos los niveles. Llevo dos meses y dos días sin ver a mi pareja, nos separan malditos 400 kilómetros, ¡y a saber cuándo podremos volver a vernos! Los kilómetros da igual, mi hermano tampoco puede ver a la suya, que está a 30. ¡No, no quiero que esto sea lo normal de ahora en adelante!

Y tengo miedo por todo. Nos hemos acostumbrado a quedarnos dentro de nuestros caparazones, de estas conchas protectoras. Y luego, ¿qué? Claro que si me pongo a pensar en todos los que no tienen conchas protectoras, que no tienen a nadie que les de cobijo, cariño, consuelo… La sangre se me hace bilis.

Me quedo mirando por la ventana, o salgo a la terraza, a escuchar, a ver… A no oír nada, a no ver nada ni nadie. ¿Qué mundo es este que nos han puesto delante, de la noche a la mañana? ¿Cuándo va a venir el príncipe a besarnos para poder despertar de este letargo, de este sueño infernal?

Las ocho de la tarde. Como por arte de magia, aparecen ventanas y balcones llenos de gente. Aplaudimos. Suelto un irrintzi. Aplaudimos. Desaparece la vida de nuevo. Cinco minutos. Ojos que vienen y van, gente desconocida que vive en tal o cual casa y tú no conocías. Saludos, abrazos y besos al aire con los vecinos de toda la vida. Signos de fuerza y victoria. Cinco minutos.

Unos días sale el sol, incluso hace calor. Primavera, bajas los toldos, sacas las hamacas, sientas a la madre, te pones a leer… Otros días, hay enfado en el cielo, nubes grises, brumas y vientos con mala leche. Agua, cabreo celestial.

Uno, dos y tres, uno, dos y tres…. ¿Ejercicio? Caminas por el pasillo, por la terraza, haces que haces. La báscula del baño está escondida, ni ella quiere que la mires. Mejor.

Sales otra vez, aprovechas el carro y vas al supermercado que está cerca de tu casa, subes a echar un vistazo, a ver que todo está en orden, subes y bajas persianas, riegas las pocas plantas que se mantienen vivas para que tú las veas y les digas cosas bonitas, que las arengues y animes a seguir luchando… Y de vuelta a la “casa matriz”. Cuando entras, la madre te mira con ojos de pena, te pregunta sin palabras, te abraza sin tocarte, te agradece sin querer llorar, con los ojos acuosos… y tú que disimulas y le das el parte de “guerra” como si fuese algo totalmente rutinario.

Mantenemos nuestra clase semanal de escritura en modo on line, y ese es un momento esperado por todo el grupo, dos horas para vernos y oírnos, para avanzar y también hacer un poco de terapia. Un breve espacio para sentirnos unidos a esa otra vida que teníamos antes de todo esto.

Estoy constreñida, toda yo. No escribo, no me sale nada de dentro, si no es amargor. Las palabras se me han encerrado en una caja vieja de zapatos, se han hecho fuertes allí y no ceden a mi acoso. Lo intento, pero no tengo tantas fuerzas ni tantas ideas como antes. Ya no soy la misma, me han dado el cambiazo, lo siento hasta en mi forma de caminar, cansada…

Vuelvo la cabeza, con sumo cuidado, y observo el horizonte más lejano que abarco con la mirada: un trocito de verde apagado que linda con el cielo plomizo y enmarcado entre edificios durmientes. Las dos y media de la tarde. No tengo hambre pero sé que tengo que comer.

Dejo constancia de que aún estoy viva, de que los míos lo están, de que todavía somos sensibles al amor y al dolor, de que dentro de nosotr@s brilla el sol y la vida bulle pidiendo ser vivida.

Hasta que nos volvamos a ver por calles y veredas, por montes y playas… Cuiden de ustedes, cuiden los unos de los otros, cuiden de la casa común, y no se olviden nunca de ser felices, a pesar de todo y de todos.

Continuará…

Foto y Texto: Edurne (lanzo esta botella tal cual, no he corregido nada, disculpas. He aprovechado un momento de “aquítepilloaquítemato” y esto es lo que ha salido).


jueves, 27 de junio de 2019

EN EL LIMBO



Arriba el telón.

Veo estrellas. Muchas. No sé si me he mareado o me he dado un golpe; si estoy soñando o directamente me he muerto y estoy en ese espacio que no es de nadie, y donde, como la basura espacial, me puedo quedar flotando por toda la eternidad…

Ya me lo dijo Melitón, que es un pesado, pero que siempre tiene razón. Ya me lo dijo: Aquiles, ten cuidado con tanta estrella, que no es bueno esnifar estrellas de ningún tipo. Y ahora que ya no puedo hacer nada, aquí estoy, en algún lugar de mis sueños, de mis fantasías, de…

Veo estrellas. Muchas. Creo que sigo descatalogado. Y es que una vez soñé cosas raras. Me explico, los sueños siempre son raros, pero los míos, mucho más. Soñé que era un dibujo, que alguien había hecho de mí la caricatura de un deseo, alguien a quien manipular, de quien reírse. Alguien a quien todo lo que le pasaba carecía de sentido alguno. Un trazo que iba de acá para allá, con una vida extraña y absurda.

Desde aquella vez, las estrellas son mis amigas. Las elijo según el día, si mi ilustrador y mi guionista deciden que sea un buen día, las rojas son las perfectas. Esnifar polvo de estrella roja te hace más sabio, y así en la próxima historieta puedo rebelarme y pasar alguna viñeta haciendo lo que me da la gana, normalmente dormir panza arriba. Y, si por el contrario, la jornada ha sido de esas que no merecen nuestra atención, las azules son las más adecuadas. El polvo de estrella azul es frío, entra en tu corazón antes que en cualquier otro lugar, y ahí ya… te arrancas con un llanto denso y caudaloso. No hay forma de pararlo.

Veo estrellas. Muchas. No hay duda, esta vez creo que me querían fuera de órbita, seguro que no ha sido ni roja ni azul la estrella que he escogido, esta me ha lanzado directamente al firmamento, me ha cortocircuitado el cerebro.

Ya, Melitón, ya, ya sé que tú eres muy buen amigo y por eso estás ahí, guardando mi ausencia, esperando a que baje de donde quiera que esté subido… Gracias, amigo, pero no sé cuándo volveré, ni siquiera si volveré.

Veo estrellas. Muchas.

Abajo el telón.

Imagen.: Vía Jon Bilbao. Texto: Edurne

viernes, 24 de agosto de 2018

YA SOMOS MAYORES. RETRATOS (I) María del Carmen





Aquel beso no era lo que yo había soñado, pero ahora pienso mucho en él. No sé por qué, pero me viene a la cabeza continuamente, no estaría mal volver a sentir el contacto de unos labios en los míos… ¡Hace tanto tiempo ya!

No me acuerdo muy bien, tal vez tendría yo unos diecinueve años, sí, diecinueve, y soy tan precisa porque me veo con aquella blusa de cuadritos verdes y blancos que tanto me gustaba, por eso sé que yo tenía, exactamente, diecinueve años.

Aquí nadie te besa. No me gusta estar en este sitio. Yo quiero que me besen, aunque sea un beso robado en una esquina.

Dicen que estoy vieja para estas tonterías. Ellos sí que son viejos, ¿quién querría darles un beso? Yo soy guapa, tengo los ojos azules, un poco tristes, sí, que me los veo yo todas las mañanas cuando me miro al espejo, pero son azules, igualitos que los de mi padre. Solo yo heredé esos ojos, mis hermanos me tenían envidia, ellos tenían los ojos marrones, y nadie quería robarles un beso…

Ahora están todos muertos, ya no queda nadie de mi familia. No estoy triste, tampoco me querían tanto, ni yo a ellos. Ninguno de nosotros se casó nunca. Mis hermanos, se comprende que no lo hicieran, eran feos, antipáticos, y siempre estaban enfadados… Y mi hermana era muy rara, un día se marchó a un convento y nunca más volvimos a saber de ella, dijo que la olvidáramos, que su vida era otra. ¿Pero yo, que era guapa y delgada, con los ojos azules y una larga melena dorada, por qué no tuve nunca un novio, por qué no me casé? Los hombres me tenían miedo, era demasiado para ellos, me veían como un trofeo inalcanzable, seguro. al menos eso era lo que decía siempre mi madre.

Pero todos no me tenían miedo, ¡qué va! Estaban aquellos obreros de las casas modernas junto al mercado. Aquéllos siempre me decían cosas. Yo me hacía la loca y no les contestaba. Todos los días pasaba por la acera de enfrente, justo a la hora del bocadillo. Pasaba muy seria, muy digna, despacito, entreteniéndome en los puestos callejeros… Me producía un regusto especial pensar que todos aquellos ojos me miraban a mí y solo a mí, todos a la vez, y que de esas bocas de hombres rudos, de manos gruesas y nudosas, de barbas cerradas y ojos vidriosos, salían palabras de deseo cuya destinataria era yo.

Pero nadie se atrevió a nada más conmigo, solo aquel pobre de Andrés aquella tarde de lluvia. Digo pobre porque era muy poca cosa, no valía nada. Yo nunca me fijé en él, solamente en sus manos, blanquísimas, de finos y largos dedos con unas uñas impecablemente limpias y recortadas, cuando iba a la mercería de su madre a comprar todo lo que la mía, la mejor modista del barrio, necesitaba para sus encargos. Nunca sospeché que Andrés estuviera secretamente enamorado de mí, pero resultó que sí.
Me besó, y yo, cuando reaccioné, le di un tortazo, ¡qué se había creído! Cuando volví a la mercería, Andrés ya no estaba. Me dijeron que se había ido a un seminario, que se le había despertado la vocación y quería ser cura. Nunca me lo creí, se fue por despecho, ¡seguro!

Yo era muy guapa, y en este sitio nadie se lo cree cuando les cuento y les enseño las fotos que llevo en mi cartera. No me hacen caso. Tampoco he cambiado tanto... Estoy convencida de que me tienen envidia, no hay otra razón. Tengo buenas ropas, buenos zapatos, ¡zapatos de marca! Voy dos veces a la semana a la peluquería, me arreglo todos los días, aunque no sean días de fiesta, y me paseo con mi bolso y mi chal por el hall de esta residencia de viejos tristes y llorones. Yo sonrío con desgana a cualquiera que se cruce conmigo, y después me siento en un rincón a leer periódicos con noticias pasadas. Espero durante horas, hasta que llega la hora de cenar.

Pero nadie me habla, y nadie me quiere besar como Andrés aquella tarde de primavera, cuando tenía diecinueve años y me tuvo que robar el único beso que han dado y recibido mis labios…

Imagen: Internet. Texto: Edurne.
(Inicio una serie de "Retratos", inspirados en personas que he conocido a lo largo de los dos meses y medio que he convivido con  muchas de ellas en una residencia de mayores donde mi ama ha estado ingresada en un módulo de Recuperación Funcional).

domingo, 29 de julio de 2018

INCISIVAMENTE



Mi dolor ha encontrado un tubo de escape: el incisivo lateral izquierdo de la parte baja de mi dentadura. Está claro, como si de la fumarola de un volcán se tratase, va soltando los malos humores sibilinamente, a ratos con mucho cabreo, a ratos con sordina, pero ahí está. Hay que sacar toda esa ebullición interna a pocos, no vaya a ser que la olla explote...

Pasan los días y me creo que todo es plano, así me lo parece. Una especie de calma chicha, una mar quieta, sin oleaje perceptible, pero con el fondo infestado de tiburones hambrientos acechando. Me estoy preparando para la gran sacudida, para cuando las aguas se retiren y de pronto nos sorprendan arrasando con todo.

El miedo tiene pequeñas fugas, hace aguas por aquí y por allí; las cañerías suenan demasiado, más que nada en el silencio, por las noches, cuando mi yo y mis otros yoes nos quedamos a solas. Siempre me pillan con el paso cambiado, a veces no reacciono bien, me hacen daño, se ríen y se aprovechan de mí. Por eso que el incisivo lateral izquierdo de la parte de abajo protesta y me reclama su dosis de calma. Tiene razón, aquí soy yo la que tiene que poner orden. Lo malo es que no sé cómo hacerlo, el resto del edificio se está amotinando también, y, la verdad, no quiero tener que recurrir a la fuerza bruta. Espero no verme obligada a ello.

Me miro en el espejo del baño mientras me lavo los dientes. Veo las estrellas, el firmamento entero. Lloro. Bueno, llorar, llorar, no, no me lo permito, pero sí que noto cómo los ojos se me llenan de lágrimas, cómo enrojecen, cómo me cambia la expresión, cómo estoy a punto de desbordarme… ¡Alto, quieta ahí, camarada! Me restablezco, me engaño un poco para poder seguir. Y sigo.

Imagen: Internet. Texto: Edurne


miércoles, 25 de noviembre de 2015

VUELO LIBRE





¡No! Por si alguien vuelve a preguntármelo otra vez, ¡no, no lo vi venir!
Es muy fácil ver las cosas desde el otro lado, detrás de la barrera, mientras que una está en el coso, tiñiendo de rojo el albero, toreando las embestidas que ése que se hace llamar “tu marido”, te asesta un día y otro también sin piedad alguna.

Muy fácil ver cómo iba a terminar todo, y más todavía cuando los hijos a los que hay que cuidar y proteger no son los propios, sino los de la que está tratando de esquivar los envites. Y encima es más fácil todavía asumir el papel de protector…

Pero no vale. Hay que estar en la piel de alguien como yo para saber lo que es vivir en la oscuridad más hermética, sin aire que respirar, teniendo que dormir con un ojo despierto, con la piel alerta y el corazón en el exilio de los afectos…

Y no, lo vuelvo a repetir: ¡no lo vi venir!

Al principio, al poco de conocernos, yo ya sentí que tenía algo especial, no sé, su mirada, su forma de sonreír, cómo se me acercaba a preguntar qué tal estaba, si me encontraba a gusto allí… Y es que yo acababa de llegar nueva al instituto.  Mi padre había muerto y mis hermanos, mi madre y yo nos habíamos tenido que trasladar a vivir a casa de mis abuelos, una casa bastante más grande que la nuestra, y también  porque no podíamos pagar aquella en la que habíamos vivido hasta entonces, la casa que estaba ligada a nuestra infancia, a todos nuestros recuerdos, los buenos y los malos…

A mis catorce años yo era una adolescente tímida y fácilmente impresionable. Él fue el único chico, él ha sido el único hombre en mi vida. Lo tuvo muy fácil. Recién salida de la infancia, de su mano me interné en una adolescencia llena de zozobras y miedos. Miedo a no ser suficientemente guapa y lista para él, a no hacer lo que me pedía que hiciera; miedo a que me dejara por otra, por cualquiera de las que siempre revoloteaban a su alrededor, y porque así me lo hacía ver. Así me tuvo todos aquellos años, mendigando una caricia, un beso… Hasta que le demostré que por él era capaz de todo.

Él me hizo suya y me encerró en esta jaula. Tiró la llave muy lejos, tanto como grande era mi temor a que dejara la puerta abierta y me dijera que saliera, que ya no me necesitaba. Pero ahora, después de casi cuarenta años, acabo de salir yo sola de ella. Entré siendo casi una niña y salgo convertida en una esposa humillada y maltratada, en una madre amantísima y abnegada, y en una abuela entregada y temerosa. Una mujer perdida.

Y ahora, solo ahora, es cuando todo el mundo se está enterando de lo que ha sido mi vida en realidad, lo que había tras esa cortina de humo que yo dejaba escapar para que cubriera la verdad.

A los tipos como él no se les ve venir. Son de los que saben dar una de cal y otra de arena, así, rápido, rápido, para que no te dé tiempo a reaccionar y pienses que todo ha sido un mal sueño. Son de los que un día alaban lo que haces, cómo eres, y que te dicen muy bajito que sin ti no serían nada… Todo para ablandar tu corazón y hacer que te sientas culpable por haber querido huir de la jaula. Y también son de los que utilizan tu amor de madre para tenerte sujeta, segura, porque los hijos, ¡ay, los hijos.!

Y vas trenzando con hilos de frágil algodón el mundo en el cabéis todos. Inventas una felicidad pequeñita, pero que te sirva para seguir avanzando un paso más cada día. Te alimentas de un abrazo a deshoras, de un “te quiero” apenas balbuceado, de un viejo sueño una y otra vez desempolvado. Y te lo crees, te lo quieres creer.

Tapas las heridas de dentro y de fuera, los golpes, las ojeras, los insultos, reproches y sinsabores, todo lo escondes con mano hábil y temblorosa. Y así un día y otro, un año y otro.

Ante ti desfilan desprecios, amantes, engaños… Y de vez en cuando un beso de marido culpable, una mirada menos dura, una media sonrisa… Y piensas que todo está bien, que tu mundo no se caerá todavía. Aguantas un poco más. Aguantas  por esto, por lo otro y por lo de más allá. Disculpas, autoengaños…

Hasta que un día, a una se le cae la venda bien caída, no a medias, ¿sabes cómo te digo? Así, como si se hubiera hecho de día de repente y tanta claridad te dejara completamente ciega, tanto, que no pudieras soportarlo y tuvieras que apagar la luz para que nadie vea tu vergüenza, para que nadie sepa de tu pena arrastrada por los cuartos más oscuros de tu pobre,  triste y pequeña vida.

Y es la última mano alzada, el último exabrupto salido de su boca, la última amante que paseó por tu cara, lo que hace que digas que ya nada importa, y que grites ¡ya basta!

No, no lo vi venir. Solo cuando dejé de estar ciega, dormida, amordazada, muerta del miedo a perderle, del miedo a contar mi verdad, solo entonces tuve la fuerza suficiente para abrir la puerta y echar a correr hasta llegar aquí, hasta encontrarme con aquella que fui. Estoy sola, desnuda, sin nada, pero me tengo a mí y estoy viva. 
La VIDA me espera.







Foto: Edurne,  de una escultura de no recuerdo quién, expuesta en ARTMADRID de esta pasado Febrero. Texto: Edurne (breve ejercicio y reflexión sin corregir). Imagen. Circula por la Red estos días, en casi todos los perfiles de nuestros Whatsapps.

Ni una más. Ni una mujer más que sea humillada, maltratada, asesinada. Y ni un hombre más que sea humillado, maltratado y asesinado, porque menos, pero también los hay.

domingo, 14 de septiembre de 2014

VIDAS PARALELAS. Fin (IV, V, VI y VII) (Replay)



 Pepe…
— ¿Qué?
— Oye, ¿tú te acuerdas de la conversación que tuvimos hace unos días?
— ¡Como para olvidarla, claro que me acuerdo, si desde entonces estoy acojonado, Merche, acojonado!
— Bueno, no exageres, hombre, que sólo era una pregunta que generó en algo más… así, más profundo, que seguro que nos ha hecho pensar, a mí al menos sí.
— Mira, Merche, esa tarde salí de casa totalmente confundido, con la cabeza vuelta del revés, con una angustia en el estómago que para qué te cuento, sin saber qué es lo que había hecho mal para que tú me preguntaras, después de treinta años, si te quería. Y así sigo. No duermo, trabajando estoy más a darle al coco que a lo que tengo que hacer, que ya me han llamado la atención una vez, algo que jamás en la vida había ocurrido… Cómo crees que estoy, ¿eh? Pero como fuiste tú la que decidió dejar la conversación para otro momento… no he querido importunarte, no fuera a ser que…
—¡Bueno, si ahora resulta que yo soy la mala de la película, la que te tiene sin dormir durante diez días, sin poder concentrarte en el trabajo… y todo por una simple preguntita!
— ¡Venga, al grano, Merche, que esto hay que solucionarlo pero ya!
— ¡Sí, a sus órdenes, mi dueño y señor!
— Menos cachondeo, que no está el horno para bollos. ¿Vas a decirme qué es lo que pretendes de mí, qué quieres que haga, o que no haga? Que ya, cualquiera sabe… Además no tengo mucho tiempo, he quedado con Manolo para un asunto.
— ¡Ah, el señor ha quedado y tiene prisa! Mira, Pepe, no pensé que fueras a ponerte así de borde, a la defensiva y tirándome pullazos. Me estás decepcionando. Me dices que has estado mal, pensando, sin dormir, angustiado, y seguro que hasta has llorado a escondidas, y ahora, te pones en este plan conmigo… Pues esto es lo que no quiero, lo que no quería, que en el momento en el que yo planteara la más mínima duda, tú te revolvieras así, te pusieras en la parte del ofendido y me trataras, maltrataras, de esta forma. Dices que me quieres, que claro que me quieres, que cómo no me vas a querer, y yo no tenía duda de ello, pero quería algo más, que habláramos, que reinventáramos nuestro matrimonio… pero veo que eres incapaz, que no te atreves a salir del camino marcado, que no te entra en la cabeza que la otra persona, yo, quiera algo más, que sienta necesidad de cambiar. ¿Pepe, no te das cuenta? Porque, ¿no se te habrá ocurrido pensar en que yo esté pasándolo mal estos días, en que esté muerta del miedo, temblando y sin dormir, sin atinar en las comidas… no me ves cómo estoy, qué ojeras tengo, qué cara se me ha quedado… no te has fijado? No, no me has mirado, no te has atrevido a mirarme.
— Merche…






Esto no hay quien lo entienda. No sé por qué ha pasado. ¿Tengo yo la culpa por preguntar…? No lo sé. ¿Es posible que una simple pregunta pueda desencadenar todo este desconcierto? Muchas veces es mejor estar callado, dejar que las cosas sigan como están, aunque por dentro estés muriéndote. Eso diría mi madre, mi madre y todas las mujeres de su generación, y hasta alguna que otra de la mía ¡eso es lo triste!

¿Y qué hago ahora, por dónde tiro? La verdad es que me he quedado como bloqueada, sólo tengo ganas de llorar, de salir corriendo de aquí, de esta casa, de esta vida…
No quiero ni mirarme al espejo. No quiero encontrarme con esa cara triste, con esa desconocida que también me pregunta “y ahora, ¿qué?”.

A veces, por la noche, en la cama, junto a este hombre al que conozco mejor que se conoce él mismo, le he hablado en silencio, sin que me oyera… y él me ha respondido con sus ronquidos, ignorante de mi sufrimiento, de mis dudas, de mis miedos.

A veces, sólo a veces, muy pocas, he pensado en dejarlo todo, en marcharme; pero al final siempre me ha invadido el cariño, también la incertidumbre, mis hijos…
Y entonces he hecho borrón y cuenta nueva, he vuelto a arrancar desde cero, como si nada me abrumara.

Y le quiero, le quiero. Lo sé, lo sabe, lo sabemos, pero hay algo ahí dentro que me está mordiendo. No sé cómo expresarlo, y está visto que el mero hecho de intentarlo está carcomiendo nuestros cimientos.

No, no quiero irme, no quiero dejarle, pero necesito reinventarnos. Si me entendiera, si se abriera a mi corazón, si no se asustara, porque sé que está tan asustado, tan acorralado que no sabe por dónde salir…

Tengo que pensar, pero ahora no puedo, ni si quiera puedo volver a hablar con él, casi no puedo ni mirarle a la cara. ¿Por qué será todo tan complicado? Con lo fácil que sería si…







El caso es que, bien mirado, tiene razón, ¡más razón que un santo! Y yo tendría que aplicarme el cuento, o sea, espabilarme un poco más, que soy un burro, sí señor. Que parece mentira, tengo a la mejor de las mujeres y si no hago nada, puedo perderla así, en un abrir y cerrar de ojos, porque… entre nosotros, Pepe, la cosa se ha puesto fea, muy, pero que muy fea.

Cómo es esto, ¿eh? Se cree uno que su vida es perfecta, que lo tiene todo, que es feliz… y mira, de la noche a la mañana, todo se puede ir al carajo. Ya te digo, lo mismo esto es una señal. Bueno, tendré que hablar con alguien primero, porque con Merche… De momento, prefiero aclarar mis ideas y después ya veremos. Manolo, yo creo que Manolo me puede servir, aunque nunca hemos hablado de estas cosas. Y ahora que lo pienso, él está en una situación parecida a la mía, vamos, que también está casado desde hace muchos años, tiene hijos… y lo mismo le ha ocurrido alguna vez algo similar. También había pensado en hablar con mi hermano Fede, pero Fede no me sirve, no está casado, así que ¿qué consejos me puede dar un solterón como él? ¡Ninguno! Seguro que salía por peteneras, ¡como si lo viera!

De una cosa sí que estoy seguro, de que yo a Merche la quiero con locura, es que sólo de pensar en todo esto, se me está cayendo hasta el pelo, que sí, que lo he notado, que tengo menos pelo, ¡ya lo creo que sí! Deben de ser los nervios. Pues eso, que está claro que la quiero, así que no sé de dónde demonios se saca esas dudas. Aunque si las tiene… por algo será. Mierda, si ahora hasta las tengo yo, tengo dudas de si ella tiene dudas de mi cariño… ¡Esto es una locura!

En la cena de fin de año de la empresa de las navidades pasadas, oí que un grupito de los de la oficina hablaban de que iban con sus parejas a no sé qué de bailes de salón, ¡y unos hasta iban a un coro a cantar! Y que se lo pasaban como enanos, y que luego hacían cenas y salidas, ¡y qué sé yo! No sé, no presté demasiada atención, tendría que preguntar. ¿Será eso lo que quiere Merche, que hagamos cosas juntos, que vayamos a bailar, a cantar…? No, a cantar no, ahí sí que no, que yo de cantar ¡nada! O bueno, otras cosas por el estilo. Si va a ser eso, porque vamos a ver, ¿tú crees, Pepe, que se puede poner ahora a estudiar para secretaria o para peluquera… y dónde la iban a coger con la edad que tiene y con el paro que hay, eh, dónde? No, que va ser lo otro, que te lo digo yo. Pero a mí me da mucha vergüenza bailar o qué sé yo, hacer cosas así, delante de más gente, y que tampoco tengo mucha conversación, no sé, que me sacan del fútbol y la pesca, y del trabajo… ¡y se acabó Pepe!

Bueno, estoy pensando que primero voy a hablar con Manolo, y espero que no se cachondee de mí, que me lo conozco; y luego, me voy a enterar de cosas de este tipo, de bailes y otras así… asequibles para nosotros, y ya, cuando lo tenga todo más o menos estudiado, hablaré con Merche. Seguro que se pone contenta, porque ahora estoy viendo que ella tal vez esperaba más de mí, más, no sé… más iniciativa para hacer cosas distintas.

Y de este lío, a los chicos ni mú, que no quiero yo que se preocupen y les dé por pensar cosas raras; que además seguro que se pondrían de parte de la madre, que los hijos para estas cosas…

Bueno, pues parece que estoy más animadillo. Oigo la puerta, viene de la compra, me voy a atrever y le voy a guiñar un ojo mientras le ayudo con las bolsas… que seguro que me echa una sonrisilla, ¡que la necesito más que el respirar! La sonrisa, y a ella, ¡sobretodo a ella!







— Oye, Merche, ¿qué zapatos me pongo para lo de hoy?
— Pues no sé, Pepe, yo creo que los negros de la boda de tu sobrina irían bien, son un poco más elegantes y creo recordar que no te hacían daño, ¿no?
— Sí, yo también lo había pensado, porque claro, a estas cosas seguro que el personal irá acicalado como pinceles, vamos, como si lo viera… Y tú, cari, ponte esa falda gris oscura con la blusa que te regaló la niña, que te hace un tipito que… ¡ya quisieran otras! Además, con el aire tanguero que te marcas… la envidia, que vamos a ser la envidia esta noche. ¡Tú por guapa, y yo por suertudo!
— Exagerado, que eres un exagerado, pero sí, tienes razón, esa faldita me mete tripa, me deja así, lisita, y hasta parezco más alta y espigada. Y con estos zapatos que tienen tacón de media caña… ¡hala, bailones a mí, ja!
— Al final nos ha resultado esto del baile, y mira que yo siempre me he tenido por un patoso, pues no lo hago tan mal, ¿a que no? Con lo que me lío un poco más es con los pasos del rock and roll, que tanta vuelta, tanto giro y uno, dos, tres... ¡Jesús, parece uno una peonza mal bailada!
— Tuviste muy buena idea, Pepe, pero que muy buena. ¿Tú no te encuentras como más ágil, con más ganas de todo, no sé, diferente? Porque lo que es yo, me da la sensación de que soy una pluma, ya no me duele la espalda como antes, y hasta tengo el cutis más fino y resplandeciente. ¿Te das cuenta, Pepe, cómo son las cosas, cómo tenemos que llegar a veces al límite de una situación para reaccionar, y con un leve cambio… ya está, es como si todo fuera distinto?
— A ver Merche, peíname este remolino de la cocorota, que no hago carrera con él… y sí, tienes mucha razón, pero mira que me lo pusiste crudo, eh, canalla… ¡que me diste un susto de muerte! Ya me veía yo cornudo, solo en el mundo, sin ti, sin los chicos, sin casa, sin nada… ¡te juro que lo pasé muy pero que muy mal!
— Ya, pero para que llegaras a darte cuenta de todo, la que llevaba "enferma" mucho tiempo era yo. Nunca se me había pasado por la cabeza dejarte, pero sí quería que abrieras los ojos, que te espabilaras… Anda, trae ese peine y agacha un poco la cabeza, que no llego al remolino dichoso.
— ¿Me das un beso, reina?
— Y dos, y hasta tres, si te estás quieto…

Bocetos: Antonio Texto: Edurne






sábado, 6 de septiembre de 2014

VIDAS PARALELAS (I, II y III) (Replay)



—Vamos a ver, Pepe, ¿tú a mí… me quieres?
—Pero qué cosas tienes Merche, cómo no te voy a querer, ¡si estamos casados!
—Ya, o sea, que para ti, el mero hecho de estar casados ya quiere decir que nos queremos, nos amamos locamente y tal y tal…
—Vaya, ¡nos dio el cuarto de hora filosófico, eh! Mira, cari, tú y yo llevamos muchos años juntos, primero de novios, lo que nos dio tiempo para conocernos, y después pues nos casamos porque, ¿qué íbamos a hacer sino?
—¡Que qué íbamos a hacer dice! ¡Hace falta valor! Yo desde luego, infinidad de cosas, que me casé tan joven porque me dabas pena.
—¿Pena yo? Oye, oye… a ver qué es eso de que te daba pena.
—Pues sí, que si en tu casa estabais todos muy apretados con tus padres, tu hermana Luisa, tu cuñado y los dos niños, tú y Fede… Vamos, que casi me vi forzada a hacerlo, y tus padres no veas cómo me lo agradecieron.
—A ver, a ver, que me entere yo, la cosa es así: te casaste conmigo porque de una u otra forma te viste obligada a ello, o sea, que en realidad, no estabas enamorada de mí…
—Hombre Pepe, no tergiverses las palabras, que tampoco he querido decir eso. Más bien que era muy joven, que tenía muchos sueños, que me hubiera gustado esperar un par de años más…
—Yo siempre pensé que eras feliz, que nuestro matrimonio era modélico, que había confianza entre nosotros, que cuando llegaron nuestros hijos nuestra felicidad fue completa… Siempre he creído eso y por lo mismo estaba tranquilo, pero ahora, ahora me has desconcertado. ¿No querrás decirme algo, verdad? No sé, que hay otro hombre, que quieres marcharte para realizarte como persona, que…
—¡Ay, Pepe, no seas simple! Que no, que no es nada de eso, que no se te hagan los dedos huéspedes, pero mira, que tengo cincuenta años y me ha dado por pensar en si de verdad tú me quieres, en si de verdad yo te quiero. No es tan raro. ¿Tú no te lo has planteado nunca?
—Pues no, la verdad es que no. No he creído necesario decirte a cada rato “Merchitas, mi niña, cuánto te quiero”, no sé, me parecía obvio.
—Ya, obvio. Habrás de saber, Pepito mío, que sí, que es necesario, aunque nos parezca una cursilería, aunque sea “obvio” como tú dices. A veces, esas pequeñas muestras de romanticismo trasnochado son como una cucharada de reconstituyente, el “Bovril” que da sabor a la sopa. No es suficiente con que llevemos treinta años casados, con que seas el padre de mis hijos, con que duermas todas las noches junto a mí, con que una vez al año vayamos quince días de vacaciones al pueblo de tus padres y parezca que todos somos muy felices… Hay más cosas, Pepe, ¡muchas más!
—¿Más cosas, y cuáles son esas cosas?
—Deja, total…
—¡Nada de “deja”, ya se nos ha trastocado la tarde, Merche, así que ahora no me dejes in albis; ahora dime, que yo me entere: ¿cuáles son esas otras cosas?
—Que no, que si aún no te has dado cuenta, mejor dejarlo para otro día.
—¡Sí, claro, como tú digas, para otro día…!


Continuará…

Bocetos: Antonio Texto: Edurne





No, si ya me lo decía mi hermana Puri, que no me precipitara, que era muy joven, que esto, que lo otro…
Ya, ya sé, tenía toda la razón del mundo, pero, ¿qué quieres? Si hasta me hacía ilusión eso de decir que estaba casada, que si mi marido tal, que si los hijos cual…

A mí me hubiera gustado hacer algo más después del instituto, aunque muy buena estudiante no era, pero no sé, algo como peluquería, secretariado, que en aquella época decir que una era secretaria, tenía su aquél; y que tenías una peluquería, por ejemplo, pues también. Pero no, me quedé en ama de casa, con el “Sus labores” de rigor. Y ahora me siento una “Maruja”. ¡Me da una rabia! No porque no valore el trabajo de las amas de casa, que yo soy una de ellas y sé lo que hay: una jornada contínua ejerciendo de todo, de madre, esposa, enfermera, psicóloga, cocinera, señora de la limpieza, amiga, consejera, amante, confidente… ¡y sin sueldo! Ya, y luego hay que oír que tienes casa, ropa y comida… ah, y que no se nos olvide: quince días de vacaciones al año (¡ejerciendo de lo mismo que en casa y encima en el pueblo de tus suegros!)...
¡Buen negocio hice yo!

Y el caso es que Pepe es un buen hombre, trabajador como el que más, que siempre me ha querido, al menos se ha preocupado de mí, de los niños, de que no nos faltara nunca nada. Y que jamás me ha engañado (eso creo), pero… noto que falta algo. Sí, seguro que si lo comento con mis amigas o mi hermana, me dirán eso de la “maldita rutina”, que la rutina mata el amor… bla, bla, bla. No me interesa. La rutina está en todos los aspectos de nuestra vida. Es rutina hacer la cama todos los días, levantarse, ducharse, desayunar… Todo es rutina, y ¿qué? No, no me sirve eso de la rutina.

Hay veces que me miro al espejo, como ahora, y sólo me quedo así, mirándome. Yo creo que quiero descubrir algo, una respuesta a estas dudas que me tienen como rabiosa, rebelde, inquieta…

Hoy me he atrevido a preguntarle a Pepe si de verdad me quiere. Le he pillado casi a traición, no se esperaba esta pregunta ni por lo más remoto. Y me sale con que ¡cómo no me va a querer si estamos casados! Y ahí me he dado cuenta de que es un inocente, muy bueno, pero un inocente, vamos, que no, que no se entera de nada. Lleva más de la mitad de su vida mirándome pero sin verme. Me tiene y eso para él es suficiente. Yo le doy la seguridad que necesita, su vida está completa: mujer, hijos, casa, trabajo, comida, amigos, fútbol y vacaciones con la familia en el pueblo de su infancia. Ya digo: una vida completa, y ahora, voy y le salgo yo con la milonga de si me quiere… ¡Lo que faltaba! Creo que le acabo de desbaratar la vida. Lo siento, pero la mía ya está en esa fase de “plan renove”, así que seguiremos nuestra conversación. Espero que esté pensando, planteándose las cosas, haciéndose preguntas, como yo.

Y claro que necesito que me diga que me quiere, que me achuche de vez en cuando así, porque sí, porque le ha entrado un “no-sé-qué”, que me persiga por el pasillo en busca de un beso clandestino como si fuera un colegial enamorado, que me llame desde el trabajo aunque sólo sea para decirme que qué guapa estaba esta mañana… y que nadie hace la paella como yo, ¡ni su madre!

Continuará...

Boceto: Antonio Texto: Edurne





Vamos a ver, esta mujer me ha descolocado totalmente con la preguntita de marras, ¿pues no me dice que a ver si la quiero?
Y ahora estoy aquí, como un pobre desgraciado, intentando entender a qué viene todo esto, qué es lo que he hecho mal, hoy, ayer, ¡o toda la vida! Que lo mismo llevo toda la vida siendo un desastre de marido y todavía no me he enterado.

Si ya te digo, se mata uno a trabajar, a echar horas extras como un loco, y todo ¿para qué, por quién? Pues por ellos, ¿por quién va a ser nada más que por ellos? Para que no les falte de nada.

Yo siempre había creído que Merche se casaba conmigo tan joven porque le hacía ilusión, porque quería ser una mujer casada, ser mi mujer. Y ahora resulta que todo era una fachada, que casi me ha reprochado el que se vio forzada de alguna manera a casarse porque en casa de mis padres como que no cabíamos de tantos que estábamos. ¡Lo que hay que oír!

Estoy hecho polvo, y lo malo es que no entiendo nada, que estoy hecho un lío y totalmente desconcertado, pero sin saber la razón por la que me ha echado este jarro de agua helada.
Me está castigando por algo que he hecho y que no tengo ni idea de qué es. Tiene que ser eso, no hay otra explicación.

Las mujeres son muy extrañas, de eso ya sabía, que siempre lo hablábamos Fede y yo. Mira, y él ha sido más listo, no se ha casado y se ha quedado en la casa de los padres a sus anchas. Hace lo que le da la gana, no tiene que oír monsergas de que si la ropa, que si quítate los zapatos, que lávate las manos; que no seas pesado, que no, que ahora no me apetece, que me duele la cabeza, que tal, que cual…

¡Peluquera, que quería haber sido peluquera! ¿Pero qué te parece? ¡Ay, Pepe, que se te está moviendo el suelo, ten mucho cuidadito, no vaya a ser que te caigas con todo el equipo y luego no sepas dónde colocarte!

La verdad que me ha dejado jodido, que no hago más que darle vueltas a la cabeza. Pues claro que la quiero, ¡si es mi mujer! Pero no, ¡a ella no le basta, necesita más, mucho más! ¿Pero qué es lo que necesita? Si no me lo dice…

Vaya, por ahí va el palizas de Manolo, pero ahora no tengo ganas de encontrarme con nadie. ¡Hostias, mira que hace frío! Es que encima he salido escopeteado de casa después del susto, claro, y no me he acordado ni de coger un jersey. Pues como me agarre un catarro… ¡la culpable va a ser ella!

Y mira que me gusta Merche, mi Merchitas, que nadie tiene esa piel tan blanquita, esos ojos tan transparentes y ese tacto… ese tacto que te hace temblar de la cabeza a los pies. Que sí, que ya sé que tiene cincuenta y que ha parido dos hijos, ¿y qué?… Pues que está para comérsela. Recuerdo cuando era una cría con trenzas, cómo me gustaba, ¡uf!, y eso que la vecina de mis abuelos, la creída de Araceli, andaba detrás de mí día y noche y encima era de mi edad, pero no, que a mí me gustaba Merche, que yo eso siempre lo he tenido muy claro. ¿Y cómo se le ocurre poner en duda mi cariño? Si es mi mujer, si me casé con ella por eso, porque la quería, porque no soportaba verla tan guapa, con ese salero y ese desparpajo que siempre se ha gastado y que a los demás se les cayera la baba cada vez que salía a la calle. 
Nada, tenía que ser mía o… ¡O nada, mía y de nadie más!

Pues no sé si me están entrando ganas de hacerme el duro y ponerme interesante, que en la fábrica hay un par de niñatas que no están nada mal y que sé yo de muy buena tinta que hablan de mí, que preguntan, vamos. Así que si Merche se pone tontita… se va enterar de lo que vale un peine, ¡que me pongo a darle achares, vamos que sí!

Y el caso es que… mierda, mira que tengo un nudo aquí, en la boca del estómago, ¡que hasta tengo ganas de llorar! ¿Y adónde carajo voy? Si es que llevo casi una hora caminando como un tonto. Tengo aquí la película de mi vida, cada momento, cada… todo, y en cualquier sitio que mire, allí está Merche, ¡si siempre ha estado! ¿Y por qué quiere ponerlo todo patas arriba? No entiendo nada. Nada.

Continuará...

Boceto: Antonio Texto: Edurne


Serie de diálogos y monólogos ya publicados en esta Orilla entre octubre y diciembre de 2009.