En el principio de los tiempos, la oscuridad reinaba en la Tierra, y los hombres habitaban en las cuevas, temerosos de los genios y espíritus que salían de las entrañas de la tierra en forma de dragones, toros de fuego, caballos voladores...
Cansados, acudieron a Amalur, la madre Tierra, y le rogaron que les ayudara. Ésta, al principio no les hizo caso pues estaba muy ocupada, pero tanto insistieron, que al final les ayudó y creó para ellos a la Luna.
La Luna reinó en el oscuro de la bóveda celeste, y los pobladores de la Tierra, asustados, no se atrevieron a salir de sus cuevas hasta que se acostumbraron a la gran bola blanca y luminosa.
Lo mismo les ocurrió a los genios, pero enseguida volvieron a las andadas.
Y de nuevo tuvieron que acudir los hombres a la madre Tierra. Esta vez creó al Sol, un ser mucho más luminoso y poderoso.
El sol sería el día, y la Luna la noche.
Ocurrió lo mismo, al principio, los humanos se asustaron, pero cuando vieron que el Sol les proporcionaba felicidad y que las plantas crecían fuertes, dejaron de temerlo.
De día, no tenían problemas con los malvados genios, pero por las noches, los hombres vivían atemorizados.
Tanto volvieron a rogar y suplicar a Amalur, que ésta decidió crear a Eguzkilore, una flor tan hermosa como el mismísimo Sol, y que puesta en las puertas de las casas, hacía creer a los espíritus que se trataba del astro rey, espantando de ese modo a lamias, malos espíritus, brujos, rayos, tormentas, genios de la enfermedad...
Y así es hasta nuestros días.
Foto: Aitor