
Llevaba demasiado tiempo conduciendo, el cansancio y el sueño amenazaban, así que resolví desviarme en la primera salida de aquella interminable autopista a ninguna parte.
Todavía pasaron veinte minutos más hasta que apareció el cartel que me anunciaba la esperada salida. “Mountaingreen”. Nunca había oído hablar de Mountaingreen, pero claro, en un territorio tan vasto y extenso era normal.
Sin pensarlo dos veces, giré el volante y me adentré por la vía de salida. Todavía no podía ver la ciudad, pero al final de la segunda curva, ante mis ojos, nublados por la bruma vespertina, apareció un pequeño núcleo urbano.
Según iba acercándome tuve la sensación de que el lugar se iba alejando de mí y que la montaña situada detrás de la ciudad aumentaba de tamaño, como si quisiera engullirme. La sensación de ahogo se sumó a la perplejidad ante el paisaje y la oscuridad con que se cubrió de repente.
Todavía no sé muy bien cómo, pero ahí estaba Mountaingreen… La primera rotonda que daba acceso a la ciudad, me tuvo girando a su alrededor como diez minutos seguidos hasta que pude salir de ella. Cada vez que creía estar en la dirección correcta, aquélla me indicaba el centro de la ciudad; el indicador cambiaba de lugar, o yo creía que cambiaba. Era como si alguien manejara un tiovivo a su antojo.
Por fin me vi en el camino adecuado. Llegué a una pequeña plaza. La noche empezaba a adueñarse de las calles y un pesado silencio enmudecía el leve susurro del paso de las horas.
Aparqué el coche, salí, y recuerdo que la ausencia de vida se apoderó de mi corazón. Al final de la calle divisé una figura que caminaba presurosa, le hice un gesto para llamar su atención pero pareció no verme. Miré a mi alrededor y, nada, no había nada. Mi reloj marcaba las siete y media de la tarde. En una esquina divisé una señal que indicaba hotel cercano. Monté de nuevo en el coche y mi sensación de ahogo desapareció.
Continué unos doscientos metros en la dirección que marcaba la flecha, “SKY HOTEL”. Unas letras de neón azulado lanzaban el débil reclamo del hotel. Dejé el coche justo en frente del hotel, saqué la pequeña maleta del maletero y me encaminé hacia él.
Mis piernas no querían caminar, era como si el asfalto se derritiera y me quedara ahí atrapado, entre la brea de esa ciudad extraña. Llegué hasta la escalera principal y a duras penas pude subir los escalones que me separaban de la entrada. Apoyé las dos manos en el cristal de la puerta, queriendo vislumbrar algún rastro de vida humana en su interior.
Sobre el mostrador de Recepción había una lamparita encendida, y en la pared se reflejaba una sombra inmóvil que era incapaz de identificar, pero de lo que sí estaba seguro era de que allí, tras ese mostrador había algo o alguien.
Llamé al timbre. La sombra se movió y la puerta se abrió. Avancé hacia el mostrador, y a cada paso que daba, el calor se iba haciendo insoportable. Empecé a cuestionarme el porqué de mi parada, cansancio, recordé, así que seguí caminando hacia... no sabía muy bien hacia dónde, pero seguía avanzando.
Llegué al mostrador y me asomé. Un ser diminuto estaba sentado detrás de aquel parapeto, una cara tan asustada como la mía me observaba. Carraspeé antes de poder hablar.
—Buenas, querría una habitación para esta noche…
Aquella especie de enano con ojos desorbitados y vestido de raso negro, me extendió una llave que tenía en la mano, y me indicó con un gesto que firmara en el libro de entradas. Pude ver que no había demasiada clientela. “Sky Hotel”, con ese nombre, había pensado, seguro que lo tienen todo completo, pero… no, tan sólo cuatro nombres con el mío. Firmé y me señaló el camino hacia el fondo, donde nacía una oscura escalera.
Pálidos destellos de una luz agonizante se lanzaban hacia el angosto pasillo. 187, ese era el número que aparecía en la fría chapa de la llave y que me estaba transmitiendo un gélido presagio. No parecía tener fin ese pasillo: 12, 13, 14… y cada vez más pálida la luz. Yo iba sujeto a mi propio miedo, me agarraba a él desesperadamente. A mis espaldas el sonido quedo de una ventana abierta golpeando contra el quicio. Y el aire, ese aire caliente, pesado, que ahogaba mis pensamientos…
La moqueta del suelo retenía mis pasos y me costaba avanzar. 75, 76, 77… Aún no llegaba.
Algo tiraba de mí, algo se pegaba a mí, algo de lo que no podía desprenderme. Susurros en mis oídos, leves caricias en mi cara. Quería gritar pero no podía. ¡Y el enano al final del pasillo! Sus ojos saltones brillaban entre aquella oscuridad. Ahora me llevaban. Alguien me llevaba, 135, 136, 137… Unas risas lejanas y yo que me desplomaba. 179, 180, 181… Ya, ya llegaba.
El enano esbozó una sonrisa y sentí un frió que me congeló el alma. Abrió la puerta con mi llave, y el leve roce con su mano al tratar de cogerla, pues yo la tenía fuertemente sujeta, me estremeció. ¡Adelante!, dijo, y cerró la puerta tras de mí.
Entonces pude abrir los ojos y fui presa del temor, nada, no había nada, tan solo una ventana abierta; el vacío, la nada me rodeaban mordiendo mis entrañas. Aquella ventana parecía la única salida posible pues la puerta había sido cerrada desde fuera, yo mismo había oído las tres vueltas de llave.
Salté, salté. No sé cómo lo hice, no sé si fue un salto hacia la muerte o… No, porque estoy vivo. La altura era poca y tan sólo me fracturé una costilla y la clavícula izquierda, pero una vez que me vi en la calle, eché a correr hacia el coche. La noche lo había envuelto todo. Entré, cerré con los seguros y desde allí pude contemplar el espectáculo: el hotel, la ciudad, fueron desapareciendo ante mis ojos y yo quedé a merced de la noche en la inmensidad de no se sabe dónde.
Esperé hasta que la alborada puso un poco de orden en mis pensamientos y en el paisaje que me rodeaba. Tardé en volver a la autopista. Cuando llegué a la primera gasolinera, busqué un mapa de la zona, pregunté, pero nada. ¿Mountaingreen…? Nadie había oído hablar de ella, no aparecía en ningún lado.
Algo frío, pegado a mi pierna a la altura del muslo hizo que buscara en el bolsillo del pantalón y, ¡allí estaba, milagrosamente, la llave de la habitación 187 del Sky Hotel!
Mountaingreen nunca existió pero, yo estuve allí.
Foto: Aitor Texto: Edurne