domingo, 18 de mayo de 2014

UN CUENTO BLANCO


El niño apretaba contra su níveo pecho la paloma que había encontrado vagando por las salinas. El sol estaba justo en el mediodía  y cegaba su vista. Con la mano protegiendo sus ojos claros, intentó ver más allá de aquel inmenso mar de sal.

Pertenecía al pueblo de Los Albinos, los mensajeros de los dioses. Cuando salió de su poblado, ocho lunas atrás, partió con la misión de llegar hasta el Reino del Hielo. Para ello debía atravesar las Tierras Saladas, las Tierras de Agua, las del Gran Caballero Blanco, a donde se dirigía siempre y cuando consiguiera cruzar Las Salinas. Después de descansar en las tierras del Gran Caballero Blanco habría de partir hacia el Reino de la Dama de la Nieve, y por fin, llegar al gélido Reino del Hielo.

Pequeños surcos blancos de sal se iban abriendo a su paso. La paloma aleteaba y buscaba tímidamente el calor del blanco cuerpo. El niño la acarició con ternura y acercando su cara al animal, le susurró palabras llenas de música y luz que lograron calmar al ave, hasta que quedó dormida en su regazo.

Al alba, aún quedaban titilantes estrellas, férreas guías empeñadas en mostrar los blancos senderos al amado de los dioses.

El pequeño talismán de marfil que colgaba de su cuello, llamó la atención de la paloma que, al despertar, intentó picotearlo con la insistencia de un recién nacido en busca del pecho materno. Enseguida comprendió el niño que el animalillo tenía hambre. Buscó en el interior del zurrón que llevaba consigo, y sacó un pequeño cántaro de arcilla blanca.

Se puso en cuclillas y posó en el suelo, con suma delicadeza, a la débil paloma. Tomó el cantarillo entre sus manos y sopló dentro de él, suavemente… Al poco, y con mucho cuidado, dejó el recipiente junto a la blanca paloma. Ésta se asomó a la boca del cántaro e introdujo su pico en ella una y otra vez saciándose de aquel líquido lechoso que le devolvió las ganas de volar, cosa que hizo dando giros alrededor del niño, hasta terminar posándose en su rubia cabecita.

Él fue el elegido, y lo fue por la pureza de su corazón y su espíritu sin atadura alguna. Por eso, y por ser un ser inocente, libre de culpas y odios, él era el único que podía recuperar la «Madreperla de Nácar», el símbolo de los elegidos.

Un cálido viento proveniente del Sur azotó su cara sacudiendo los restos de sal que salpicaban su piel como pequeños cristales convertidos en diminutos diamantes. El sol volvía a calentar pasadas las frescas horas de la mañana, y la sal, cristalizada, le hacía daño en los pies. Pequeñas heridas amenazaban con paralizar su marcha.

Volvió a buscar en el zurrón, y de nuevo sacó el pequeño cantarillo de arcilla blanca. Volcó su interior, sopló levemente, y enseguida un reguero de agua cristalina empezó a discurrir ante él. Ahora podía proseguir su camino sin problema, el agua refrescaba su delicada piel y el tono blanco de ésta, que tornaba en rosáceo por el efecto de la fuerza del sol. Se sintió agradecido.

La paloma, también agradecida a la bondad del niño, seguía junto a él; elevaba el vuelo a cada tanto y se alejaba para volver enseguida y como con un código que solo entendían los dos, indicar el camino correcto.

Camino que transcurrió tranquilo, entre pequeños riachuelos, con la música del agua clara de fuentes y manantiales que se hallaban por doquier…

El agua pasó a tener un aspecto más denso y blanco, lo que solo podía significar que ya se habían adentrado en las Tierras del Gran Caballero Blanco. El niño miró a la paloma, que volaba haciendo filigranas en el aire, de puro contento.

Los dos estaban contentos, el Gran Caballero Blanco era amigo de su pueblo, y sabía que allí podrían ayudarle en su búsqueda. Además, en aquellas tierras nacía el manantial del que  bebían las palomas blancas, protectoras del pueblo de Los Albinos, y del que manaba el líquido que albergaba su cantarillo de blanca arcilla.

El cielo estaba limpio, relucía como una patena, ni una sola nube lo poblaba, y el sol señoreaba de norte a sur y de este a oeste. Avanzaron seguros.

Los días que pasaron bajo la protección del Gran Caballero Blanco y su pueblo, sirvieron para recuperar el cuerpo y el espíritu. Recargaron de aire puro sus pulmones y partieron con el corazón pleno de alegría.

Pronto dejaron atrás Las Salinas, las Tierras de Agua y las del Gran Caballero Blanco, y en el horizonte se pudo divisar el Reino de la Dama de Nieve, envuelto entre gasas y blanco algodón helado… Avanzaron con cautela. El niño palpó el talismán, y comprobó que estaba en su sitio, que su temperatura y color eran los de siempre. La paloma se mantenía sobre su hombro batiendo alas y en espera de su decisión de avanzar o esperar. El Elegido sacó de nuevo el blanco cantarillo, lanzó su contenido al aire, en dirección al Reino de la Dama de Nieve, y sopló, suavemente. En ese instante el lejano y frío reino se mostró ante sus ojos tal cual era. Y el niño pudo ver.

La Dama de Nieve era una bella mujer de piel muy pálida, de dulce y transparente mirada, de larga y blanquísima cabellera… Estaba en una estancia acristalada que dejaba pasar la luz argentina del exterior. La Dama paseaba entre rosales de flor nacarada y jaulas de plata con majestuosos pájaros de largas colas que elevaban sus trinos a lo alto, haciendo los gustos de la Dama y su séquito de pequeños sirvientes, que, al igual que ella, eran poseedores de una piel sumamente blanca, casi translúcida.

Y el niño vio que todo estaba bien. Con una mirada, indicó a la paloma que podían proseguir.

El Reino de la Dama de Nieve los recibió con una lluvia de pétalos de rosa blanca. Un leve olor a almizcle adormeció los sentidos del niño, quien solo oía los hermosos trinos de los regios pájaros de La Dama. Y cayó dormido sobre un lecho de blandas plumas de cisne blanco del Lago Real.

La paloma, no. Ella se mantuvo sobre su cabeza, velando su sueño. Un sueño que duró cien años. Y aunque dormido, el niño, disfrutó de la paz y belleza del reino de la Dama de Nieve. Ella lo cuidó como a su propio hijo, sus rosas nacaradas aromaban sus días y sus noches, y sus blancos pájaros cantores, adormilaban sus sentidos, transportando su espíritu a tierras de profunda quietud..

Cuando, por fin, despertó, al abrir los ojos vio a su leal amiga aleteando sobre su cabeza, contenta de su regreso de La Tierra de Los Sueños. La Dama, en pie junto a él le sonreía mostrando una perlada dentadura. El niño se incorporó, comprobó que todo estaba en su sitio, hizo una breve reverencia ante la Dama y partió. Ahora era más sabio. Los cien años que había pasado dormido, le habían regalado cien sueños, cien enigmas resueltos…

El niño y la paloma pusieron rumbo al Norte, hacia los confines de la Tierra, hacia los dominios del Reino del Hielo, gobernado por un tirano, el mismísimo Hielo, que un día se reveló contra el orden establecido desde El Principio de los Tiempos por la Mater Natura y Los Dioses. Hielo, había invadido no solo lugares recónditos, sino los corazones de pueblos enteros. El hielo que antes era aliado del resto, y era blanco, azulado, transparente… ahora era un hielo gris, sucio, oscuro… Hielo había robado la «Madreperla de Nácar», y el mundo estaba en peligro. Lo blanco podía trocar en negro, la luz en oscuridad, la bondad en maldad, lo puro en impuro, la risa en llanto, la paz en guerra y el día en noche eterna.

Solo la «Madreperla de Nácar» podía ayudar a mantener el equilibrio necesario, y para ello tenía que volver a manos de Los Albinos, sus guardianes, los elegidos de los Dioses.

El miedo no estaba tipificado en el código genético del niño, además, la paloma era su protectora. Sacó su pequeño cántaro, vertió el líquido de su interior, sopló suavemente y… el hielo que cerraba el camino quedó convertido en un riachuelo de blancas aguas. Poco a poco, un deshielo escalonado fue abriendo las montañas heladas que tomaron el aspecto de grandes montañas de nata.

El Reino del Hielo, volvió a tener su aspecto originario. El Hielo tirano se disolvió para siempre entre ríos de agua fresca y cristalina. Y en las entrañas de su más elevada montaña, la «Madreperla de Nácar» brillaba mandando destellos irisados al niño. Éste avanzó por los estrechos caminos, sorteando torrentes y piedras formadas del más frío hielo.

Cuando llegó ante ella, la paloma cesó en su vuelo y se posó junto a la «Madreperla de Nácar». El niño la tomó en sus manos, que eran puras, blancas y limpias, y la envolvió en un sencillo trozo de tela blanca que guardó en su zurrón. En ese mismo instante, un calor repentino invadió el Reino de Hielo. Y un mar tranquilo llegó hasta sus orillas dejando asomar blanca y cálida arena en la que se hundían los pies del niño.

La espuma, chispeante y salada, lamía los pies del Elegido. El olor a salitre le llenó por dentro. Cerró los ojos, respiró hondo y junto a su amiga la paloma, fue elevado por los aires. Cruzó un cielo inmenso, luminoso y plateado hasta llegar a su destino: la morada de los dioses.


Imagen: "Salinas Grandes de Argentina" tomada de Internet  Texto: Edurne. (Marguerite Yourcenar escribió un maravilloso cuento, el “Cuento Azul”, con la idea de una trilogía, el Rojo y el Blanco. Y más, muchos más maravillosos cuentos, para muestra, sus magníficos “Cuentos Orientales”. El ejercicio consiste en continuar su trilogía—con todas las limitaciones— y escribir el Rojo y el Blanco. Yo escribí el Rojo hace mucho tiempo, lo podrán releer en este enlace; y hoy les traigo el Blanco, sujeto a cambios y correcciones, por supuesto).


domingo, 11 de mayo de 2014

LA INCREÍBLE HISTORIA DE LA BELLA FLORENTINA (II)



Nadie supo cómo Florentina pudo criarse tan hermosa con la madre muerta, y al cuidado de un padre alunado y una vieja criada sin capacidad para amamantar. Don Lázaro, el deán de la catedral, confesor de la pobre Eulalia y la única persona en la que podía confiar el desgraciado matrimonio, tomó las riendas; y a falta de madre, y de un padre que estuviera en sus cabales, él mismo se erigió en protector de la niña .

En vano buscó el buen hombre amas de cría por la región, pero nadie quiso prestar sus pechos a la pequeña, decían que aquella casa estaba maldita, que el fantasma del viejo Ancheta vagaba por sus estancias.
María Rosa, la vieja criada, decidió entonces hacerse cargo de la alimentación de la pobre niña con sopas de ajo en sustitución de la leche materna; y por extraño que pareciera, la criatura las tomaba con gusto y una agradecida sonrisa. Lo cierto era que a tres meses de su nacimiento, y a la vista estaba, Florentina parecía una niña sana.

Todo en aquella ciudad era decadente. La vida seguía su curso sin espíritu alguno de superación. Los días pasaban uno tras otro como mansas ovejas entrando en el redil. Tan solo el nacimiento de la pequeña Florentina había alterado el monocorde ritmo de sus horas. Los paisanos murmuraban por las esquinas, apostaban sobre cuánto viviría la heredera, hacían cábalas acerca de lo que sucedía en la casona, contaban historias de fantasmas, de antiguas venganzas…

 
Y no andaban descaminados los lugareños cuando hablaban de fantasmas… Eulalia de Ancheta se presentaba todas las noches junto a la cuna de su niña para cumplir con sus funciones de madre: amamantaba a su tan deseado retoño, le cantaba nanas, la besaba y abrazaba, le contaba todas esas historias que llevaba guardadas para ella desde antes que naciera… Y Florentina alzaba los bracitos hacia su madre dejándose querer. Madre e hija eran felices en esas horas que les pertenecían solo a ellas, a ellas y a la luna que las protegía…

(Continuará)

Foto: Internet   Texto: Edurne (el comienzo, ya saben, dos entradas más abajo...)





jueves, 8 de mayo de 2014

AHORA YO


Sé que quieres hacerme cosquillas en los suspiros
que cada tanto se escapan por estas arrugas,
ahora,  simas de profunda pena.
Sé que tus ojos bailan jotas y zortzikos
para que mi boca retome su risa de antaño.
Pero,
lo siento, mi amor.
El mundo es un teatro
donde representan obras que no comprendo.
Y ahí estoy yo.
Yo,
única espectadora de la gran tragedia.
Yo,
que dirijo mis actos.
Yo,
que entablo un diálogo sin respuestas.
Yo,
sola en el escenario de una nueva vida.
Yo,
que busco la réplica a mi llanto…


Pintura: Antonio  Texto: Edurne


lunes, 21 de abril de 2014

LA INCREÍBLE HISTORIA DE LA BELLA FLORENTINA (I)


Cuando Florentina Bartolomé vino al mundo, éste giraba en torno a los caprichos de la Madre Naturaleza y los del género humano.

Avanzaba, no sin poco esfuerzo, una primavera algo desmadejada y que arrastraba flecos de un duro invierno. Las paredes de aquella casa rezumaban un frío que se diría extraño, y en la alcoba matrimonial, el vaho de la muerte se dejaba caer pesado, inerte…

La partera, que había asistido a doña Eulalia en todos sus alumbramientos, no pudo reprimir una lágrima: “ahora, a mas de la criatura, también la madre ha perdido la vida. ¡Qué desgracia!”  Y así se lo anunció a un padre incrédulo y desencajado que esperaba nervioso en la regia balconada de madera que daba al patio de la casa.

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Diez hijos y ahora mi amada esposa… Yo tampoco merezco vivir”. Estas fueron las palabras que pronunció Juan Bautista Bartolomé antes de que su razón volara a tierras de las que ya nunca pudo volver por mucho que en ciertos momentos así lo pareciera…

Florentina, convertida en un pequeño amasijo de carne y sangre, debió sentir un leve escalofrío al oír esas palabras y sus ganas de vivir se avivaron en el mismísimo umbral de la muerte. Un llanto apenas imperceptible llamó la atención de la partera que todavía se afanaba junto a la vieja criada de la familia en limpiar la sangría del lecho, con el cuerpo de Eulalia pidiendo ser entregado al regazo de la madre Tierra.

Y como resurgida de aquélla, la pequeña Florentina, respiró y lloró gracias a la azotaina de aquellas rudas manos a las que ahora debía la vida. Su llanto resonó por toda la casa, y dicen que hasta en el pueblo y más allá… ¡Al fin un nuevo Bartolomé, un nuevo Ancheta, la maldición había sido conjurada!

Eulalia de Ancheta era descendiente de Joseph de Ancheta y Ruiz de Uriondo, uno de los fundadores de aquella región perdida en el mapa. De ruda estirpe vasca, Ancheta supo arrancar los tesoros escondidos en las entrañas de la montaña y hacer de aquel lugar olvidado, el centro de la vida del país. Hasta que el maná dejó de alimentar bocas, ambiciones, sueños… y la región entera cayó en un letargo de cuento.

Si no duró cien años aquel sueño, sí lo suficiente como para que pronto los olvidaran y que tan solo perdurara en la memoria de unos pocos el eco de unos tiempos como nunca antes se conocieron.

De aquellos tiempos, a estos otros, en los que la maldición de los Ancheta acababa de ser conjurada permitiendo que un descendiente del viejo Joseph viera la luz, habían pasado muchas vidas, si bien es cierto que más bien con mucha pena y poca gloria.
                                                                                     (Continuará)


Foto: Aitor. Texto: Edurne (Mi pequeño homenaje al gran Gabo, salvando todas las distancias, por supuesto). 
Ayer se me metió en la cabeza la frase de inició y he estado todo este tiempo rumiándola, hasta que me he sentado hace un rato a traducir en líneas lo que me rondaba, y lo lanzo sin corregir nada, mis disculpas si algo chirría. La muerte de García Márquez me ha afectado, para qué lo voy a negar. No he leído nada de él hace tiempo, aunque creo que he leído casi todo, y ahora mismo tampoco he abierto ninguno de sus libros todavía, pero, me parece que su espíritu me ha abducido en cierto modo, como muestra, el título de esta historia, que irremediablemente nos lleva al de "La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada". Pido perdón, pero me salió así... 
Estoy utilizando nombres y apellidos de mi propia familia para montar esta historia, que no sé si será corta o larga. El personaje de Joseph Ancheta Ruiz de Uriondo existió de verdad, fue uno de mis quintos abuelos -así que yo también soy una Antxeta- y de él solo sé que nació el 9 de diciembre de 1756,  y yo un 7 de diciembre de 1959-. Lógicamente, su vida me la estoy inventando...

lunes, 14 de abril de 2014

¡ADELANTE MIS VALIENTES! ¡VIVA LA REPÚBLICA!

Los prisioneros tomados en el asalto al Cerro Rojo muestran su alegría entre vítores a la República al ser absueltos. Son simples soldados de reemplazo.
Fuente: Archivo Rojo (Ministerio de Cultura). Yo he tomado la imagen de aquí.


Mi aita era hijo de un trabajador del campo y concejal socialista republicano de un pequeño pueblo de Valladolid. Mi abuelo Julián fue un hombre que luchó siempre contra las injusticias, y que sin embargo las padeció toda su vida,  que tuvo que vivir humillado por salvar la suya y la de su familia.

De chico se peleó con el maestro, y los dos cayeron rodando por las escaleras de la escuela porque él quería seguir estudiando y no le dejaban. Entonces,  subir al piso de arriba de aquella pequeña escuela rural era solamente privilegio de los hijos de las familias con dinero. Él, el más inteligente de todos los alumnos, no tenía derecho a satisfacer su curiosidad, su hambre de saber… Era pobre.

Mi abuelo, y luego mi padre, fueron hombres con un elevadísimo sentido de la justicia y la honestidad, pero a quienes les robaron todas sus oportunidades. Al final, quien sí pudo ir a la universidad y estudiar Historia, la gran pasión de mi abuelo, de mi padre y mía, fui yo. También es verdad que lo conseguí después de haberme asegurado las lentejas como maestra, y con mucho esfuerzo, pero les resarcí a ellos de algún modo.

En mi casa he oído anécdotas de aquellos tiempos del abuelo, y de mi padre cuando era niño, un niño nacido bajo unos ideales que auguraban un futuro mejor, pero obligado a crecer bajo una dictadura del miedo que anuló todas esas esperanzas.

Una de esas anécdotas, y que siempre la tenemos como un saludo, un grito de guerra, como algo muy nuestro, es el título de esta entrada.

Un día, hace muchos años, al despertar por la mañana, mi ama nos contó el susto que había pasado por la noche: mi aita estaba muy agitado, hablaba en sueños, se movía mucho, y ella no se atrevía a despertarlo. Acercaba el oído a ver si entendía algo de sus balbuceos, pero nada de nada. Y en una de éstas, literal, mi aita, con voz de muerto de miedo, que va y dice: “¡Adelante mis valientes! ¡Viva la República!”

Después fue él quien nos contó sus tribulaciones nocturnas. Estaba encogido del miedo, sí, resultó que en su sueño le habían puesto al mando de un pequeño ejército de inexpertos como él para no se sabe muy bien qué misión, pero que ellos le echaron todo el arrojo y valor del que fueron capaces… No sabemos cómo terminó la aventura porque del miedo que pasó se despertó, como se suele decir, bañado en sudor y de lo más alterado.

Para nosotros se ha convertido en un grito de ánimo y que él mismo estuvo diciendo hasta el final, estando como estaba. Así que hoy, más que nunca, va por él, y por el abuelo:

“¡ADELANTE MIS VALIENTES! ¡VIVA LA REPÚBLICA!”





Foto: (Mi aita en plena guerra, año 1938, con un pequeño fusil de madera, que según él, no dejaba ni para dormir.) De la memoria familiar



domingo, 13 de abril de 2014

HAIKU PRIMAVERAL



SON CUERPO Y SON LUZ,

GORRIONES DE TRINO AZUL.

MÁS ALLÁ, TU VOZ.


Imagen: Internet. Texto: Edurne

domingo, 6 de abril de 2014

TU SOMBRA Y LA MÍA




Mi sombra camina junto a la tuya,
con cuidado,
en busca del siguiente paso.
Mi  soledad busca apoyo en la tuya,
y tu pena duerme junto a la mía.
Te presto parte de mi llanto
para acompañar el tuyo,
para refrescar el dolor,
para atraer la calma.
Me miro en ti,
madre,
y soy tu reflejo.
Tu mano y la mía
que  siempre fueron una,
ahora, más que nunca,
son palomas
que vuelan juntas.


Foto y Texto: Edurne

domingo, 30 de marzo de 2014

HISTORIAS DE LA RÍA XXXII y DESDE MADRID CON AMOR (Crónicas del Foro LIX). Y LA VIDA SIGUE...


Han pasado seis largos meses desde las últimas Crónicas del Foro e Historias de la Ría. Y se me hace cuesta arriba volver a hacer de cronista de las dos ciudades por las que transcurre mi vida.
Hoy me pongo a la tarea, breve,  pues he de coger “mano” de nuevo…


La vida sigue, sí, es cierto, nada puede pararse. Y nosotros, los que quedamos en pie después de una desgracia, hemos de seguir viviendo. Aunque te sientas vacío, aunque llores y llores cada dos por tres, también hay que reír de vez en cuando, hay que comer, beber, trabajar, salir adelante, como sea, como se pueda, pero hay que seguir.


El ritmo de las ciudades es imparable, ya llueva, nieve o brille el sol. Las estaciones pasan, el frío deja paso al calor, la lluvia sucede al viento, o al revés… Y aunque por dentro estemos rotos, por fuera hay que parecer enteros.


Por el Botxo, la Ría sabe de mi tristeza, y casi oigo cómo me habla cuando paso por su ribera. Aun así, paseo a su lado, me acerco al Guggenheim, me adentro en las tripas de ese gran buque varado y admiro sus formas sinuosas, disfruto con ellas. De vez en cuando viene exposiciones diferentes, como la de Ernesto Neto: “El cuerpo que me lleva”, una exposición para interactuar con ella, sorprendente y divertida, hasta olorosa…


Ahora está Yoko Ono, una jovencita de 81 años, con su retrospectiva: “Half-A-Wind-Show”, que todavía no he visto, pero que veré.


En Bilbao hay unos cuantos puentes, normal, la Ría nos permite que pisemos y paseemos la ciudad por ambas márgenes, la derecha y la izquierda, con carácter completamente diferente. Pasar puentes me recuerda al juego de La Oca, al “de puente a puente y tiro porque me lleva la corriente”…


En Bilbao también hay calles y rincones con solera, con historia, como en cualquier otro lugar, y hay bares donde picotear, y gente para todo, como en botica.


Se me olvidó algo importante
El Botxo se quedó el otro día sin su alcalde más emblemático: Iñaki Azkuna. Y no voy a entrar en glosas al Alkate Jauna, no, solo decir que "El mejor alcalde del mundo" (título que ostentaba desde enero de 2013), fue un alcalde con vocación de perejil, es decir, que estaba en todas las salsas, aun estando muy malito, él, iba a todo lo que podía, se dejaba ver. Yo he estrechado su mano en más de una ocasión, y aquí les traigo una de ellas. Siempre he presumido de escuela, de alumnado... Mis grupos han sido siempre muy creativos y nos ha tocado ir más de un año al Ayuntamiento, a ese precioso Salón Árabe, a recoger los Premios Mikoleta de cuentos en Euskera. Recepción y entrega de premios a los afortunados y también a los profes (que, algo tienen que ver en el asunto, jejejeje), más un pequeño ágape, ah, y las fotos de rigor. A Iñaki se le quería tanto como se le odiaba (me parece un poco fuerte la palabra, pero creo que su personalidad era del tipo "extremista", que acaparaba dardos y aplausos), porque ha sido un alcalde, digamos, bastante "populista", pero lo cierto es que sí ha hecho muchas cosas por Bilbao, y también podría discutirse lo que no ha hecho... Como muestra de esa querencia, el multitudinario funeral del lunes pasado en la Catedral de Santiago y bajo una lluvia pertinaz. Pues nada, aquí les dejo con esta foto.



Y hace dos fines de semana volví al Foro, seis meses después. Allí está, como siempre. No llovía, pero hoy creo que sí, que llueve sin parar… El Retiro siempre es un buen lugar para reencontrase con la ciudad. Además, los árboles recortando sus perfiles en el azul del cielo madrileño… ¡me encantan! Y los que florecen deleitándonos con sus colores tan delicados…


Hacía un año que no pisaba un cine. Confieso que nuestra intención era ver la rompedora “Ocho apellidos vascos”, que habían estrenado el día anterior. La cola descomunal, al final, no había entradas, así que… vimos “Philomena”, que tampoco estaba mal, las actuaciones muy buenas, y el tema de candente actualidad, los niños robados. Como se ve, eso ya ocurría…


Y cómo no, ¡Cézanne! La exposición del ThyssenCézanne, Site/Non-site”, merece muchísimo la pena. Los cuadros muy bien distribuidos, muy bien ordenada toda la retrospectiva. Y si te gusta Cézanne… hasta mayo, hay tiempo.


Por supuesto que hay lecturas en todo este tiempo, mucho menos que en otras circunstancias, pero también he leído alguna cosa.

 “La joven del cascabel” de Andrea Camilleri. Un hermosa fábula, una historia de amor muy tierna. Historia a dos bandas, pero…. Sorprendente. Me encanta Camilleri, ya saben, pero esta novela no tiene nada que ver con el detective Montalvano. Este  libro tuve tiempo de leerlo en la clínica, o sea, les hablo de una lectura del mes de enero.


Esperando a los bárbaros” del premio Nobel J.M Coetzee. No voy a hacer ahora crítica literaria, pero sí decir que no había leído nada de este autor, y esta obra me ha parecido tan actual, a pesar de que es atemporal en su narración, que la recomiendo como lectura de autocrítica social.


Lo demás ha sido comprar libros, casi en plan compulsivo, así que ya les iré comentando según vaya dando cuenta de ellos.



Y bueno, creo que por hoy ya es suficiente.
Seguiremos.




Fotos: Antonio y Edurne.  Foto con Azkuna: de la memoria familiar. Folleto exposición y pintura de "La montaña Sainte-Victoire" de Cézanne: del Museo. Cartel película, imagen Yoko Ono, libros apilados y portadas libros: Internet.

domingo, 23 de marzo de 2014

BOLA DE FUEGO


Ese vómito negro,
viscoso,
que cobra vida propia
y libre ya,
echa a andar por los caminos de mis amarguras.
Ése,
el que paraliza los miembros de este cuerpo herido.
Esa nausea que se agolpa en el centro
del volcán de una tierra de nadie.
Y que explota,
y que todo lo cubre,
todo lo oculta,
para que nadie lo vea,
para cercenar esta pena
que muerde,
que mata y anega…
Esa bola de fuego
que ahora son mis adentros,
que arrasa campos y praderas
en busca de un regazo
que aplaque sus miedos.


Pintura. Antonio  Texto: Edurne

martes, 18 de marzo de 2014

SEPTIMUS


Anno Septimus de este humilde blog, Orilla de corrientes alternas, de espuma desbocada o mansa, quieta… Sí, hoy, y acabo de acordarme, cumplimos 7 años la Orilla y yo.

Bien mirado, y con los tiempos que nos/me gastamos/gasto, es demasiado tiempo, y encima sin ningún ERE, ya ven, mis olitas andan más o menos satisfechas con mi patronaje.

Y como habrá que sonreír en algún momento, levantar la copa de la vida, y celebrar que seguimos aquí… ahora les invito yo a que levanten la suya conmigo, a que hagamos “txin-txin”, a que respiremos un poco de esta brisa marina, cargada de yodo, de salitre, y a que dejemos que nos empape el espíritu marinero, tal vez aventurero, y nos dejemos llevar… Es fácil, bueno, no siempre, pero yo lo intento.

Anoche, al acostarme, de pronto caí en la cuenta de que ya era día 18 de marzo, y como yo soy muy de fechas, de acordarme de todo (una pesada a veces, pues ya les digo, tener tanta memoria es un castigo en ocasiones…), me dije a mí misma que este año tampoco iba a dejar de celebrar el séptimo año de esta Orilla.

Que sí, que lo pienso, y parece mucho, y por  otro lado, el tiempo ha pasado rápido. Y me mantengo aquí. Por supuesto que eso sería imposible sin ustedes. También es cierto que una puede soltar sus botellitas con mensaje las veces que quiera o necesite, al fin y al cabo, la Orilla me sirve de eso, de expansión, es un apéndice de mí misma, de mis adentros. Pero reflexionar sabiendo que alguien te escucha y te acompaña, pues, en fin, siempre es más llevadero, más agradable, ¿no?

Escribo de corrida, ni leo lo que he escrito la línea anterior, ya saben que yo soy así, más instantánea que el Cola-Cao (¡jejeje!), que me chifla. Y como además el 7 es mi número (siempre que hay que pensar un número, pienso en el 7, nací un día 7, es el que mejor y más pega conmigo, y encima dicen que es mágico), aquí estoy yo, haciéndole el homenaje que se merece.

En estos siete años han pasado muchas cosas. Todo ha ido cambiando. Y lo más fuerte que me ha pasado ha sido la marcha de mi aita. Ahora mi cuerpo y mi alma están heridos, mucho, pero sé que he de seguir adelante. Cada cual sabe cuáles son los recursos de que dispone para poder lograr salir del agujero en que se cae después de un proceso como el que yo he vivido. Sabemos que todos los casos son distintos, como diferentes somos las personas y nuestros caracteres, nuestras relaciones con los seres queridos, y mucho más. De todo eso, estoy más que al tanto, y mi plan para seguir caminando incluye valles y montañas, serenos lagos y bravos ríos, soles y brumas…Todo ello necesario para que yo pueda crecer, aprender de esta etapa de la vida.

Ella, la vida, nos trae y nos lleva a su antojo, o sea, que no siempre se cumple nuestra voluntad. Saber navegar tanto en mares encrespados como en quietas bahías es un arte, un arte que se va aprendiendo conforme las tormentas te van azotando. Ahí, cada uno tiene su manual de navegación propio. Todos son válidos. Para mí esta Orilla es uno de esos capítulos que viene en mi manual. Y no pienso saltarme su aprendizaje. Aquí sigo, con mis altos y mis bajos. Así que solo por eso, porque quienes están tras la pantalla, aquí cerca, un poquito más lejos, o lejísimos, se merecen mi respeto, sigo. Y les agradezco esta compañía de tantos años, que no es moco de pavo.

Cuando tenía siete años, me parecía que eso de los siete era la repera, me sentía importantísima, ¡había hecho hasta la Primera Comunión y todo! Ilusa de mí, era un niña (muchas veces sigo viéndome así, tal cual era hace tantos años), pero todavía podía sonreír sin amargura, mi única pena era no tener ningún hermano (me quedaba algo más de un año para ser feliz del todo). A mi aita le gustaba llamar de vez en cuando a su amigo Óscar el fotógrafo, para que sacara alguna foto, y en esta que acompaña a mis reflexiones de hoy tengo siete años y estamos en una de esas “sesiones fotográficas”. Pues bien, a ver si recupero mi sonrisa tranquila, lo necesito. Mientras tanto, felicidades a ustedes por su constancia, por seguir con el chapoteo y ayudar a soportar esta Orilla.

¡Un beso y un abrazo enormes, vamos, que les hago la ola!


Foto: De la memoria familiar  Texto: Edurne