miércoles, 2 de marzo de 2016

EPISTOLA-AE (Replay)



Querida:
Sé que no vas a leer estas cartas desesperadas que te escribo desde la oscuridad de mis recuerdos, pero aún así, las escribo.
El gato se murió. Sí, ya sé que pensarás que no es momento para hablar del gato, pero es que el pobre Chispitas murió de pena, de la pena de tu marcha, y de que yo fui incapaz de ocuparme de él, demasiado preocupado en lamerme mis propias heridas.
El mismo día en que te fuiste se estropeó la lavadora y perdí mi empleo. Desde entonces no me he quitado el pijama y mi vida carece de sentido.
Chispitas se ha muerto, y yo estoy a punto de hacerlo, de pena, de hambre, de suciedad, de amor, de aburrimiento…
Imagino que tú estarás sonriente, feliz con tu nueva vida; no sé ni dónde ni con quién, pero sí, seguro que sonríes con esos dientes tan blancos, juntos, grandes, bellísimos…
Y yo aquí, ¡que hasta se me ha roto un canino al intentar hincárselo a un trozo de pan más duro que una piedra!
A veces me entretengo en pensar. Fantaseo contigo, con que vuelves y me rescatas de esta cueva en que se ha convertido la casa…
Ya no tengo ganas de seguir escribiendo, sólo tengo ganas de llorar.

Querida:
Hoy retomo mi relato, el relato de mi triste existencia sin ti. Segunda de estas cartas fantasmas. Ya ni recuerdo cuándo escribí por última vez. Sólo recuerdo que tenía ganas de llorar. Últimamente lloro mucho, creo que todo lo hago llorando. Bueno, en realidad no es que haga nada, solamente lloro…
¡Y recuerdo!
Me ha dado por pensar en tu pelo, en lo sedoso que es, que era… En cómo me gustaba acariciarlo y meter mis dedos entre tu larga melena. Y tú te reías… Entonces, entonces yo te besaba. Ahora ni siquiera tengo a Chispitas para acariciar su lomo.
Y mi pelo… mi pelo está tan sucio y descuidado que ha decidido ir muriendo cada día un poco. Las persianas están bajadas, así no puedo ver la calle, ni cómo es la vida ahí afuera, ni si llueve o hace sol, frío… Total, nada me interesa. Seguro que te reirías si me vieras, sí, debo de estar patético, ¡soy patético! Hasta yo me doy pena… ¿Lo ves? ¡Otra vez tengo ganas de llorar!

Querida:
Hoy sí que me acuerdo. Fue ayer, ayer escribí la última carta. Y te preguntarás que cómo lo sé. Muy fácil. Encontré una cebolla en la despensa, y a falta de otra cosa que llevarme a la boca, decidí que si tenía que llorar, lloraría por una causa y además… ¡comería! Aún me huele el aliento, y las manos… ¡por eso lo sé!
Los vecinos deben estar preocupados, oigo cómo se plantan ante mi puerta y escuchan, cómo llaman insistentemente, con los nudillos, a golpes, con el dedo pegado al timbre… A veces me dejan en paz unos cuantos días, pero luego vuelven a la carga. Yo no les hago caso.
¿Y el teléfono? Sí, claro, el teléfono no dejaba de sonar hasta que decidí arrancar la conexión, Chispitas se ponía muy nervioso…
Me pica todo el cuerpo, he descubierto que me han salido unas manchas rojas que me producen un picor insistente. Me da igual, más me pica tu ausencia, más molesto es tu silencio…
Ya… otra vez, otra vez te tengo que dejar, no me gusta que me veas llorar…

Querida:
Hace algún tiempo que se ha instalado en mi cabeza la idea de que te fuiste por culpa de mi carácter. Sí, creo que mi carácter se ha ido amargando en los últimos años, que mi desidia ha podido con tu paciencia. Lo reconozco. Y tal vez por eso ahora esté en esta triste situación, de la que, por otra parte, no me interesa salir. No creas que lo hago para llamar tu atención, no. Sé que no vas a dar marcha atrás en tu decisión. Sé que me mandaste demasiados mensajes que yo desoí, que tuviste más paciencia que el Santo Job, que mis cambios de humor, mis gestos indiferentes ante tus pequeños logros y esfuerzos te hicieron mucho daño…
Pero todo eso lo sé ahora, ahora que me veo privado de tu presencia, de tu voz, de tu olor… Nunca te dije lo que realmente significabas para mí, es cierto, pero pensé que lo sabías, que por eso estábamos juntos.
Y luego está lo de los hijos. No te creas que no le he dado vueltas al asunto. Sé que nunca quise tenerlos, sé que mi negativa te decepcionó por un largo tiempo, pero también pensé que lo habías superado y que vivías feliz sin esa preocupación, sin esa responsabilidad…
Ahora me doy cuenta de que no, de que no era así, y de que te he privado de algo muy importante para ti. Tal vez sea tarde, pero quisiera pedirte perdón.
Tengo que expiar mi culpa y esta es la única forma que se me ocurre. Seguro que más de uno pensará que es un chantaje emocional, me da igual lo que piensen los demás, la única persona que me importa eres tú, y no te vas a enterar de mi “castigo”…
Releo esta carta, y me doy cuenta de que es la más lúcida de todas las que te he escrito hasta ahora. Y de pronto me invade el pensamiento de que tal vez algún día pudieras leer todo esto. Quién sabe, la vida es una auténtica sorpresa, a cada vuelta de la esquina, nos espera algo desconocido…
Te pienso, te veo, te toco… es así a todas horas, y ya he decidido dejar de hablarte como si me fueras a contestar desde la cocina o la habitación, yo preguntando algo y tú contestándome con las palabras precisas…
Tú la fuerte, yo el débil.
Sé que esta situación es una auténtica tortura pero, querida, la vida ya no tiene sentido para mí, no si tú no estás en ella, en la mía, en mi vida. Por eso me he encerrado aquí, y cuando todo se acabe, yo también habré terminado.
Hasta aquí he sido fuerte, he aguantado tu recuerdo y mi confesión, pero ahora, ahora ya no puedo más, las lágrimas acuden a mis ojos enrojecidos de tanto llanto…

Querida:
Se me caen los pantalones del pijama. Me los he quitado, ya no me sirven para nada. Mis piernas apenas me aguantan, están realmente flacas, acabo de darme cuenta.
Ya no sé cuánto tiempo llevo así, como si fuera un muerto viviente. Ya no recuerdo por qué te fuiste, sólo que una mañana, al despertarme, no te encontré a mi lado, ya no estabas… Y desde entonces todo mi mundo se ha ido derrumbando dejándome a mí enterrado entre sus ruinas, sin saber, ni querer, ni poder salir de ellas. Ya no.
Creo que la luz se va a morir también, así que no sé cuántas cartas más podré escribirte.
Sólo me quedan siete galletas María Fontaneda y dos caramelos toffes de Solano. El agua del grifo sabe mal y mi lengua ha engordado, está blanca y gorda. No hablo con nadie, sólo contigo, pero no me contestas…
Si me dijeras que vas a venir, aunque sea de visita, limpiaría la casa, me lavaría y me pondría una camiseta, unos vaqueros... aunque seguramente me encontrarías muy cambiado. Yo tampoco me reconozco cuando me miro al espejo, por eso no me miro, yo no hablo con desconocidos.
A veces me tumbo en la cama y me envuelvo con tus ropas, entonces me quedo dormido… Y cuando despierto no sé cuánto tiempo ha pasado, ni me importa, sólo sé que vuelvo de estar contigo, y hasta huelo tu perfume, hasta puedo tocarte, y entonces lloro…

Querida:
Tal vez sea la última carta que escriba. No hay luz y escribo aprovechando la que entra por las rendijas de la persiana de la cocina.
Esto está hecho un asco y el grifo gotea, su tintineo me pone nervioso. Desde hace unos días noto que me tiembla el pulso, bueno, en realidad todo yo tiemblo. Sólo tengo agua, pero me sienta mal, así que procuro no beber.
Mis vecinos han dejado de darme la lata. ¡Menos mal que al final no vas a venir, no tengo nada que ofrecerte!
Todavía recuerdo cuando hacíamos cenas en casa, con los amigos. Cenas que siempre eran un éxito garantizado; no me extraña, ¡cocinabas como los ángeles! Hace tiempo que he dejado de sentir hambre, mis tripas ya no me reclaman.
Si vieras mi cara, mis manos, mi cuerpo… estoy en una pura llaga, pero ya da igual. Sé que no vendrás, que ya no volverás. ¡Todo da igual!
Llamo a Chispitas, pero tampoco viene, y no sé si se ha muerto o también se ha ido, como tú. Y tú… ¿te has muerto, o te has ido?
Yo creo que me voy a morir, que también me voy a ir… Esta casa ya no me gusta, hace frío, no veo nada y sólo tengo ganas de llorar…


Pintura: Antonio Texto: Edurne. Texto ya publicado en esta Orilla el 24 de febrero de 2008, y posteriormente en nuestro libro colectivo, con las reformas pertinentes...





martes, 23 de febrero de 2016

CIERRAS LOS OJOS


Cierras los ojos
y dejas que tus dedos se deslicen,
suaves,
sin prisa,
por las llagas de tus ilusiones.
Palpas cada tramo de desamor,
cada lágrima escondida,
cada sonrisa sin respuesta.
Cierras los ojos y sueñas que
todo está bien,
que la herida no sangra,
que el corazón sigue su marcha,
—tic-tac,
tic-tac…—
Cierras los ojos y aprietas los puños,
muerdes el polvo de los desdenes,
tragas la miel amarga de sus besos,
y esquivas sus miradas.
Todavía no es el día,
ni ha llegado la hora.
Pero
todo vendrá,
y
todo será.



Imagen: Internet. Texto: Edurne

martes, 16 de febrero de 2016

SETECIENTOS CINCUENTA Y TRES DÍAS CON SUS NOCHES


Todos esos días,
todas esas noches,
desde que ya no te vemos,
desde que ya no nos ves.
Hoy, 
y sé que has sido tú,
ha salido el sol.
¡Sí!
Como una caricia,
como un leve empujón
en nuestro caminar;
una sonrisa que templa el frío
que anida en las entrañas
todo este tiempo.
¡Hoy cumples, aita!
Ochenta y tres hermosos años
que todavía rebosan vida,
porque,
tú habías firmado contrato 
hasta los ciento cincuenta.
¡Y aún pedías prórroga!
Los malditos recortes,
la crisis,
ya sabes,
que nada perdona.
¡Y te tuvo que tocar a ti!
Cierro los ojos 
y
te veo,
te huelo,
te toco…
El mundo, 
no solo el arte,  
está en guerra,
¿sabes?
Así que mejor que te fuiste.
con lo que tú eras para estas cosas,
siempre con la justicia en la boca,
en el pensamiento,
en el corazón…
¡Y mira cómo vamos, 
de mal en peor!
Gracias por haber sido
quien sigues siendo.
Gracias por no 
soltarnos de la mano.
ESKERRIK ASKO
eta
ZORIONAK, 
aitatxu maitia!



Foto: Aitor, de la memoria familiar. Texto: Edurne

lunes, 8 de febrero de 2016

CIEGO AMOR


Te amo.
Como los ciegos te amo,
sin pasado,
sin presente
y
sin futuro.
Amor a ciegas,
amor que me lleva
a recorrer toda tu geografía
con ansias de loca.
Ciega de amor
bebo de tu boca,
traspaso tu piel y
me acurruco en tu corazón,
helado y duro,
que ciego también,
de mi amor no se da cuenta.


Pintura: “Los amantes”,  de Magritte. Texto: Edurne

domingo, 7 de febrero de 2016

DESNUDA (Replay)

Desnudos los armarios de mis entrañas están.
Sin pudor violada mi intimidad
que clama justicia,
y un rincón donde descansar.
Han vomitado su odio encima de mi blanco mantel,
de mi sábana nueva.
Ahora no puedo lavarlos,
ni borrar la huella de su ignominia.
Vacías las paredes,
muestran hondas cicatrices que
corren de sur a norte,
desafiando la ley del orden,
provocando sismos entre mis azules venas.
Al galope llega la rabia hasta mi puerta.
Y a trompicones se abre paso,
de dos en dos,
de tres en tres…
Mil y un hachazos hasta llegar junto a mis ojos.
Y entonces,
la ira,
el miedo contenido,
que rompen,
y lloran.



Imagen: Internet Texto: Edurne
Texto ya publicado en esta Orilla el 5 de noviembre de 2011.

SIRENAS DE NOCHE (Replay)



Oigo cómo zumban a mi alrededor.
Son ellas, las de todas las noches.
Vienen en bandadas, chillando sus cantos
de otro tiempo,
vestidas de cieno y escarcha.

Sé que son ellas por el olor putrefacto
que envuelve mis manos, dejándolas
quietas,
hundidas en la miseria de sueños destrozados.

Las conozco,
no me engañan.
Aunque vengan disfrazadas de sirenas,
con pendientes de coral y
oliendo a salitre salpicado de húmeda brisa.

Vuelvo mis ojos al infinito de la noche,
lloro con lágrimas de niña,
con miedos de princesa cautiva.
Y nadie llega, nadie rescata mi alma,
presa entre almenas de oro y cristal…

Ya es la hora.
Me revuelvo, haciendo sonar los cascabeles
de mis penas,
escondida entre vahos de humo
y jirones de antiguas grandezas.

Ya llegan…


Foto: Aitor Texto: Edurne. Texto ya publicado el 28 de octubre de 2009

domingo, 31 de enero de 2016

REFLEXIONES A MANO ALZADA (II)



Hay momentos en la vida en los que hasta respirar se nos hace cuesta arriba. Estoy en uno de esos momentos. Momentos que ya duran demasiado.

¿Y la felicidad, qué es la felicidad? ¿Podemos afirmar en alguno de esos escasos instantes que nos regala la vida, que somos, realmente felices? ¿Existe la felicidad? Si me preguntaran a mí… ¡No, yo no soy feliz! Aunque, tal vez sería demasiado tajante, puesto que sí hay cosas en mi vida que me hacen feliz, pero…  Sí, tener el cariño incondicional de unos poquitos ya es para ser feliz, lo sé, pero no, no es solo a eso a lo que yo me refiero.

La vida nos sonríe muy pocas veces, y cuando lo hace, tal vez nos pille con el paso cambiado, o cuando no nos enteramos. Incluso puede suceder que seamos nosotros mismos quienes cerremos esa puerta a la felicidad, inconscientemente, claro está.

A mí no me sale la risa, ni la sonrisa si me apuran ustedes. Y miren que me gusta a mí reír, sonreír… que lo necesito más que cualquier otra cosa. Eso y la tranquilidad de espíritu, que no la encuentro, que parece se me haya escapado con algún Romeo de pacotilla y aquí me ha dejado en un sinvivir del que no sé cómo librarme.

Son pocas las apariciones que hago por esta Orilla, y cuando lo hago, es con una carga de tristeza que, aburre, ya lo sé. Pido disculpas, pero, qué quieren, si ahí anda una, batallando con esta malahora noche y día, porque dejarme en paz, no me deja ni a sol ni a sombra.

Estoy bastante harta, y eso que soy persona con una paciencia que ni el famoso Job, el del santoral, me ganaba.

Ando con los ojos más abiertos que nunca, y siempre he sido yo de ir por la vida con los ojos bien despiertos, pero aun así, me la han dado más de una vez. ¿Por qué? Esa es mi pregunta. Todavía no encuentro respuestas. Acumular decepciones crea frustración, enroca la tristeza y hace que se instale la desconfianza, yo, que soy confiada, que siempre concedo…

¡En fin! Que en la vida todo es un “volver a empezar” cada x tiempo. Lo malo es que con los años, nos cuesta más todo, nos duele más, nos cohíbe más. Es la edad de las pérdidas de todo tipo: las físicas, los seres querido empiezan a marcharse y a dejarnos sumidos en un gran vacío y tristeza; las pérdidas sentimentales, de pronto nada es lo que creíamos que era, y esos duelos cuestan muchísimo, amigos o parejas nos dejan hechos polvo cuando se muestran o descubrimos cómo son, cómo eran… Pérdidas de salud, que ya se sabe, estamos en una edad muy crítica, y las mujeres mucho más.

Y también vemos más cerca el final del camino, tomamos conciencia y consciencia de lo que pasa cuando la carrera termina. Y, aunque no sabemos qué tipo de sprint nos espera, nos sentimos asustados. Cada cual intenta espantar ese miedo como buenamente puede o sabe. Y así, a unos les da por retraerse, a otros por expandirse, a otros por rejuvenecer y hacer locuras, o por pasarse y no controlar el ridículo, o reencontrarse con su alma verdadera, resetear el disco duro de su existencia… Hay miles de formas, tantas como tipos de personas estamos en el mundo, de encarar los cambios que se nos presentan. Ya les digo, hay que estar muy atentos porque a la mínima nos sorprende la vida y nos da un tortazo o, quién sabe, nos regala un hermoso ramo de flores.

En todo este tiempo en que ustedes son testigos de mi “penar”, de mi evidente crisis personal, pasan cosas, claro está, la vida me pasa, a veces hasta me sobrepasa, pero voy y vengo, hago y deshago, leo y escribo, trajino y en algún momento, incluso descanso… 

Me he convertido en una espectadora demasiado crítica con la función que estoy representando, o mejor dicho, que me he visto obligada a representar, porque yo, valgo para mucho más que para el papel que me ha tocado. No desespero. Quien me conoce sabe que soy muy cabezota, insistente, que no tiro la toalla y que peleo, peleo, peleo por lo que creo que es justo, por lo que me merezco.

Y mientras estamos inmersos en nuestras propias batallas, a nuestro alrededor se libran otras guerras, que sumadas a las propias, y siendo persona de mucho pensar, mucho analizar, mucho indignar y mucho sufrir… pues ya les digo, ¡cómo no voy a sentir añoranza por una sonrisa, por una pequeña esperanza!

Dejé de colgar mis Crónicas del Foro, mis Historias de La Ría, con gran pena por mi parte pero, no estaba la cosa como para ello, y todo requiere de tiempo, tiempo del que carezco.

A Madrid sigo yendo, claro que sí, con la misma asiduidad y mucho más que antes; las circunstancias, puñeteras circunstancias, son las que ahora son. y las circunstancias de cada momento son las que nos ponen a todos en nuestro sitio, las que demuestran quién nos quiere y quién está dispuesto a luchar por nosotros hasta el fin y sin reservas… Ahí seguimos, luchando.

Y de mi Botxo, pues eso, que lo camino todos los días, y que nunca he dejado de quererlo, ya esté gris o resplandeciente. Me confundo con sus baldosas y me hago una con ellas.

Mi escuela sigue estando en el mismo sitio de siempre, pasando el bosquecillo de mi parque, el que me reconforta todas las mañanas y me devuelve la esperanza todas las tardes, cuando me acerco y cuando me alejo. Mis pupilos, mi cuadrilla galáctica progresa. Unos días  salimos todos contentos, otros, yo muy renegada y con mi nódulo tiroideo a tope. Dicen que es lo que hay, pero a eso tampoco me resigno. He conocido tiempos muy buenos. He sido feliz en mi escuela. Y me enfado conmigo cuando me descubro contando lo que me falta para el jubileo: 3 años y diez meses todavía. ¡Pero si yo adoro ser maestra! Los tiempos, que para eso también son un poco puñeteros.

Leer, leo, no se piensen que no. Sigo yendo al Taller a escribir todas las semanas, y presento tertulias, y me tocan lotes de libros, dos en poco tiempo en un concurso literario de RNE en el programa de libros dominical “La Estación Azul”, ¡no me lo podía creer! Y también me tocó un libro en la Feria del Libro de Bilbao… ¡Jajaja, quisiera que me tocaran más, adoro los libros!

Presentamos nuestro libro colectivo en septiembre en La Casa del Libro, y fue una gozada, leí mucho, un cuentacuentos “contó” mi relato, me reí, miren, sí, ahí sí que me reí, podríamos decir que fui feliz durante un par de horas, por eso lo tengo guardado, para rescatarlo en malos momentos, en los de bajón.

Y voy a exposiciones, aquí y allí. Y veo teatro, y pelis, y quedo de vez en cuando con alguna amistad...

También tomé un par de decisiones este verano para paliar mi angustia, una de ellas fue apuntarme al gimnasio, y aunque me da una pereza terrible ir, les aseguro que dos o tres veces por semana, voy religiosamente, sola o con mi hermano, y… ¡no vean ustedes para todo lo que da el observatorio privilegiado desde una cinta caminadora, o una elíptica, o un banco de remo! Historias. Cientos de historias.

Pues nada, seguiremos escribiendo la historia de nuestra vida, poco a poco, pero escribiéndola, caminándola, bebiéndola, viviéndola…

Por aquí me ando, ya saben, caminando por la orilla de la vida.
¡Gracias por estar ahí!




Fotos: 1) Edurne, 2) Aitor.  Texto: Edurne

jueves, 28 de enero de 2016

ESTE CORAZÓN MÍO


Preso está mi corazón de tu amor.
Encerrado en cárcel de lágrimas y cristal,
secuestrado por el dulce dolor que derrama tu boca,
ansioso de las manos que calman sus latidos
cuando la noche se hace oscura.
No es mío este corazón
que me mantiene viva.
No,
que por mí ya no suspira.
¡Míralo, ahí va!
Sí,
tras tus astutos  pasos camina,
escondido entre las sombras de tu vida,
a la espera de una mirada,
con la súplica de una caricia
en los ojos escrita…

Selfi, manipulación y Texto: Edurne


domingo, 24 de enero de 2016

Y VAN DOS




Dos años que tu barca llegó a puerto.
Dos años y ahí está,
como siempre:
tranquila,
igual que tú,
un hombre tranquilo.
Dos años,
y a veces, me parece oír
tu voz,
tus pasos,
tu risa…
De pronto,
te veo en la calle,
caminando entre la gente.
¡Hasta creo tocarte
si estiro mi mano!
Dos años ya desde que marchaste.
Llovía mientras tu mano
se aferraba a la mía,
mientras toda tu vida
reposaba en la mía.
Y te fuiste.
En silencio,
envolviéndome con tu amor.
Dos años y día a día
te vivimos en cada rincón,
en cada mirada,
en cada palabra,
en cada vuelta a la esquina…
Siempre estás,
siempre estarás,
ya sean dos, cuatro, diez…
los años que marquen
el día de tu partida.





Foto 1 y Texto: Edurne. Foto 2: Aitor (de la memoria familiar). Hoy, 24 de enero, se cumplen dos años de la muerte de mi aita.




lunes, 18 de enero de 2016

MÁS BUENA QUE EL PAN (Esbozo sujeto a cambios y reformas)



Trabajar en el turno de noche de la panificadora “Un trozo de pan” era considerado un privilegio para los tiempos que corrían. Tenías asegurado el puesto, te pagaban un plus de 20€ a la semana ¡y encima te llevabas una barra de pan gratis todos los días a casa!

            Así que, a pesar de las alteraciones en el sueño que había empezado a notar, Marta no comentó nada a nadie y siguió con su trabajo, pensando que tal vez algún día ya no notaría nada extraño. Solo tenía que acostumbrarse.

Le debía aquel puesto a la  intersección que hizo Ramón Gayarre, el amigo de su padre, ante don Cosme Gallastegui, su consuegro y gerente de  la fábrica. Haber conseguido un puesto así, sin tener experiencia previa en trabajos semejantes, y sin haber pasado selección alguna… Era para estar calladita como una tumba y no protestar por nada.

            Ya llevaba más de medio año trabajando en el turno de noche. Está claro que ella hubiera preferido el de mañana, o incluso el de la tarde, y estar en las cintas empaquetadoras o en tienda, atendiendo al público, que no se le daba nada mal eso de las relaciones públicas. Pero no, parece que no había más puestos libres que aquel del turno de noche, haciéndose cargo de la dichosa máquina, la amasadora, con un ruido y un movimiento constante, constante, constante… Y con esa luz que la dejaba insomne, con verdaderos problemas para conciliar el sueño.

            Se metía en la cama cuando su hermana salía para ir al instituto y su padre al taller. La madre le tenía preparado un buen desayuno y después de asegurarse de que se metía en la cama, se ponía con sus labores domésticas, procurando hacer el menor ruido posible para no alterar el sueño de Marta, sin saber que ella, Marta, sentada en el borde de la cama y con la luz de la mesilla encendida, repasaba mentalmente el número exacto de vueltas que daba la maldita amasadora hasta que toda aquella mezcla se convertía en una gran y pesada bola, girando sin fin en las paredes frías de la máquina. Una, dos, tres, cuatro, veinte, veintidós, treinta, cuarenta y ocho… Entonces se metía en la cama y, con la luz encendida, se quedaba tumbada boca arriba, con la mirada fija en el techo, blanco, como aquella masa harinosa que la envolvía día y noche… En algún momento impreciso, sus párpados caían, pesados, sobre sus ojos, y la sumían en un sueño entrecortado y plagado de ruidos: un, dos, tres, cuatro…

            Cuando su madre entraba, despacito, para decirle que ya estaba la comida, le apagaba la luz de la mesilla y subía un poco la persiana de la ventana, provocando que Marta cerrase con fuerza los ojos. Le costaba levantarse, y cuando lo hacía, tardaba demasiado en reincorporase a la vida normal.

            Hacía un tiempo que había empezado a encender las luces de cada estancia por la que pasaba. Decía que no veía bien y que necesitaba más luz. Al principio nadie le dio importancia al hecho, eso sí, todos pensaron que la factura de la luz se vería ligeramente incrementada, pero… Conforme pasaba el tiempo, esa “manía” se fue convirtiendo en algo realmente molesto, ya que además de encender las luces, cerraba cortinas y bajaba persianas. ¡Se había acostumbrado a la luz artificial!

            Antes de volver al trabajo le gustaba dar un largo paseo por la ribera del río, justo desde el Puente del Ángel hasta donde las aguas se perdían entre los árboles del Estanquillo. Entonces volvía sobre sus pasos y parecía que la Marta de siempre había vuelto también. Pero solo por poco tiempo, mientras ayudaba a su hermana con los deberes o se preparaba el bocadillo y el termo de Cola Cao para pasar la larga noche. A la mañana siguiente, la luz les devolvía una Marta diferente.

            Así fueron pasando los meses sin que nadie se percatara del verdadero cambio de Marta. Se acostumbraron a las manías de encender luces, correr cortinas y bajar persianas, pero no, no eran conscientes del gran cambio, nadie salvo su hermana Maite, que cuando abría sus cuadernos en clase siempre caían unas migas de pan perdidas.

            La casa siempre estaba cubierta por un leve y sutil manto blanquecino, harinoso, como el polvo que se hace visible al trasluz. La cara de Marta se iba hinchando poco a poco, como la masa de pan cuando crece gracias a la levadura y el reposo. Los ojos, se le iban achicando, la piel se le iba agrietando y tostando, tal y como les ocurre a los panes en el horno.

            Una mañana, cuando llegó a casa después de terminar su turno, no quiso ver a nadie, ni siquiera desayunar. Se fue derecha a su habitación. Nadie se atrevió a preguntar nada. “Estaba rara”. “Era cansancio, agotamiento”. “Es que eso del turno de noche es muy duro”, murmuraban los padres sin atreverse ni a mirarla. Solo Maite dijo que ella sabía lo que pasaba. Los padres la miraron espantados. “Es que se le está poniendo la cara como un pan”, sentenció la hermana.

            Cuando llegó la hora de la comida, la madre, temerosa, solicitó la ayuda del marido y de la hija pequeña para acercarse a la habitación de Marta. Golpeó con los nudillos, una, dos veces… Suave. Y susurró su nombre: “Marta, hija, que ya es la hora de comer, ¿estás despierta, te encuentras bien?”. Nada. Silencio al otro lado. Miraron por la rendija y la luz estaba encendida, como todas las mañanas. Volvieron a insistir, el padre, la madre, Maite… ¡Nada! Comenzaron a asustarse, pero no se atrevían a franquear la puerta. El temor a encontrarse con algo que no pudieran encajar, los retraía.

            Fue Maite la que tomó la iniciativa. Tomando las manos temblorosas de sus padres entre las suyas, respiró hondo, empuñó la manilla de la puerta, abrió y entraron.

            Un olor a pan recién hecho les golpeó nada más entrar y casi salen de nuevo. Subieron las persianas con miedo y, efectivamente, al acercarse a la cama para apagar la lucecita de la mesilla, algo extraño había ocurrido: ocupando el lugar de Marta en el colchón, una hermosa hogaza de pan recién horneada parecía estar esperando a ser alabada por su hermoso aspecto…

 Imagen: Internet. texto: Edurne


sábado, 9 de enero de 2016

HOJARASCA



Como hojarasca en la frontera de los afectos,
llega este tumulto de besos desorientados
en busca de tu boca.
Y así se lanzan mis anhelos
en pos de tu mirada,
esa que llevo en mi pecho
como un tesoro albergada.
¡Mírame!
Aquí me planto,
haciendo la guardia ante tu puerta.
Oculta está la cancela,
insensible
por el maldito viento
que sopla fuerte,
que hiela la sangre
y adormece los recuerdos.
¡Siénteme!
Mi calor reaviva el fuego
y despierta tu piel
que respuesta da a mi aliento,
ya unidos en
cobijo y deseo.


Foto, manipulación  y Texto: Edurne