jueves, 21 de marzo de 2019

LA MUÑECA (Replay)



Tiene la sensación de que nadie le hace caso. A lo mejor es porque habla muy despacio, y la gente hoy en día no tiene paciencia, van a todas partes deprisa…
Lo que no saben es que ella necesita hurgar en los cajones de su cabeza para encontrar las palabras adecuadas.

Desde que su familia la internó en aquella residencia, apenas los ve, cada vez son más esporádicas sus visitas, y ella todavía tiene problemas para hacer amigos en aquel sitio tan frío, porque, aparte del frío que hace siempre, también se nota la frialdad en la gente. Los cuidadores son muy secos, y los otros ancianos, unos tienen mal la cabeza y no se bajan de su mundo, otros, como ella, están temerosos, y otros, simplemente se sienten superiores…

Así transcurren sus días, sin nadie con quien hablar; y se pasa las horas mirando por los sucios ventanales del corredor de la parte trasera, el que da al desolado jardín de la residencia. A veces se sienta en la sala común, y si la televisión está encendida, que siempre lo está, hace como que la mira con mucha atención, aunque en realidad no se entere de nada…


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Cándida, me llamo Cándida González Peña, mi padre era Miguel González, el de la Paca, y mi madre, María Peña. A mi padre lo mataron los nacionales, decían que era rojo, y que todos los rojos eran escoria y tenían que morir; y que para eso estaban ellos allí, para limpiar el pueblo de escoria.
La última vez que lo vi fue cuando salió de noche por la tapia del corral. Vino a darnos un beso a mi hermano Miguelín y a mí. Como era la mayor me dijo que cuidara de madre y del hermano. Me dio unos papeles metidos en un sobre de esos amarillos de la cooperativa de agricultores para que los guardara durante toda la vida, que no me desprendiera de ellos, y que ahora no lo entendería, pero que cuando fuera más grande, sí. Me abrazó muy fuerte, tanto que hasta me hizo daño, y cuando me soltó vi que estaba llorando. Yo no entendía, creía que los hombres no lloraban, que ellos no tenían lágrimas, y sin embargo, de aquellos ojos verdes de mi padre, salían regueros de lágrimas que él se empeñaba en ocultar. Después sí, con los años, entendí, y ahora… ahora no sé si se me está olvidando…
Cándida, me llamo Cándida González Peña, mi padre era Miguel González, el de la Paca…


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Cuando la llevaron a la Residencia Verde Prado, toda su vida cabía en una maleta. Al principio no se dio cuenta, pero más tarde empezó a echar en falta sus cosas: sus pucheros, la tabla de picar, la plancha, el costurero que había heredado de su madre… El cuadro con la foto de la boda con su Mariano, no, porque lo tiene en la mesilla junto a la cama y habla con él todas las noches.

También tiene su muñeca Eloísa, la que le ha acompañado desde niña. Eloísa, que ya no recuerda porqué se llama así, ¡es un nombre tan raro! La pobre muñeca está hecha un desastre, totalmente desmadejada, ya no tiene pelo, apenas unos mechones desparramados y de un color incierto, no aquella melena rubia que recordaba y que tanto peinó. También le falta un ojo, total, para lo que había que ver, con uno le sobraba. Es de trapo y el relleno ha perdido consistencia, pero, escondida en la parte de atrás del cuello, y debajo de un pañuelito de lunares, aún está la abertura que le hizo cuando decidió esconder allí los papeles que le había confiado su padre aquella noche. Sólo tenía siete años, pero ya intuía que aquello era algo importante, y que si su padre no había vuelto, y su madre pasó a vestir de luto el resto de sus días, debía de tratarse de algo muy serio.

Ya nunca más se separó de Eloísa, que la ha acompañado en todos los momentos importantes de su vida. Y ahora tampoco se separaría de ella. Pero ahora tiene que guardarla bien porque seguro que se la quitarían; seguramente las cuidadoras, porque pensarían que estaba loca, ¡a su edad y con una muñeca! Y las otras ancianas, por envidia, ¡una muñeca tan guapa como su Eloísa! Aunque le faltara casi todo el pelo, un ojo y los dos zapatitos…
Por eso la tiene bien guardada en el fondo de uno de los cajones del armario y tapada con unas ropas que casi nunca se pone.

Cuando llega la hora de retirarse a las habitaciones, después de que pasan para ver si todo está en orden, y Lola, su compañera de cuarto, ha entregado su desparpajo a Morfeo y duerme como una bendita hasta las ocho en punto de la mañana, entonces le cuenta a Mariano sus cuitas, y lo triste que está, el frío que hace allí, y la suerte que tiene él, que ya no tiene que preocuparse de esas cosas. Después saca a Eloísa de su refugio, y le atusa los cuatro pelos, le estira el vestidito, y le dice que a pesar de ser tuerta y estar arrugadita, cosas de la edad, ella es la muñeca más bonita del mundo, y que no la cambiaría por nada, ni por todo el oro, y mucho menos guardando como guarda en su interior el más preciado de los tesoros.

Suelta el nudo del pañuelito del cuello, y con sumo cuidado busca entre el pliegue que se ha formado entre la espalada y el cuello. Introduce dos dedos, y poco a poco va sacando el sobre que le diera su padre hace 73 años, con el mismo cuidado y el mismo miedo de entonces. Sus finos dedos extraen los papeles amarillentos por los años, perfectamente doblados, y que dejan al descubierto una fotografía apenas perceptible del padre, una foto pequeña, como la que hay en el carné de militante del partido y el sindicato. Una carta con su letra, una letra redonda e infantil, la banderita tricolor y la letra de una canción que luego supo que no se podía cantar más que en la intimidad, y muy bajito, pues hasta las paredes oían… Eso es todo lo que tiene de su padre, de aquel hombretón que una noche desapareció de su vida con lágrimas en los ojos y al que nunca más volvió a ver. Sólo eso, eso y sus ojos verdes y vivarachos, risueños, su pelo rubio y rizado, sus andares, su carácter… Así que no es poco lo que le ha dejado, aunque pasara por su vida como un suspiro.

Eloísa está encantada de que la saquen y jueguen con ella como en tiempos pasados, se le nota en la cara, en esa media sonrisa que todavía conserva. Y Mariano, contento de que le miren a los ojos, y le besen, y le cuenten…

Cándida es otra por las noches. Ahora no tiene problemas para hablar, ya no tiene que buscar las palabras que andaban por ahí perdidas. Por las noches todo es distinto. Eloísa la mira con su ojo cómplice y Mariano le sonríe desde el color sepia de toda una eternidad.




Imagen: Internet Texto: Edurne (Entrada ya publicada en esta Orilla el 3 de abril de 2012 https://edurne-desdelaorilla.blogspot.com/2012/04/la-muneca.html)

lunes, 18 de marzo de 2019

PUESTA DE LARGO: 12 AÑOS PASEANDO POR LA ORILLA



¡Parece que va una a pedir una docena de huevos! No sé, pero lo de la docena, siempre lo he asociado a los huevos, aunque, ya vemos que docenas hay muchas y variadas…

Pues sí, aquí estamos, con doce añitos de "ná", así, como quien no quiere la cosa, y ya ha pasado todo este tiempo.

No es que quiera yo repetirme en los mensajes que lanzo desde aquí año tras año, pero sí es verdad que la costumbre es como la cabra, que siempre tira "p’al" monte, o sea, que aquí voy a estar celebrando con ustedes los aniversarios orilleros hasta que… ¡hasta que el cuerpo, las ganas, las circunstancias o lo que sea, aguanten!

Y también me asomo porque “es de bien nacido ser agradecido” (mi amama dixit), y no quiero olvidarme de nadie (dense tod@s por acordad@s, agradecid@s y abrazad@s).

En doce años pasan muchas cosas (buenas y menos buenas), mucha gente pasa por tu vida: unos se quedan un rato largo, otros asoman y se van enseguida, pero también hay otros que  permanecen. Está bien. Todo está bien.

Las mareas arrastran cosas, vivencias, sentimientos… Todo lo llevan y lo traen, lo jalean y luego lo dejan en la orilla. Aquí  hay de todo, como en botica. Las mareas de la vida, de cualquier vida.

Nunca me he planteado echar el cierre a esta orilla, es un espacio libre que respira según la brisa le sea benévola o algo más traidora. Aquí seguimos, como buenamente podemos, como nos dejan, pero aquí. 

Me gusta sentarme en la orilla y perder la mirada en el horizonte, dejarme llevar, acunar; escuchar el vaivén de las olas, respirar el salitre ése que se te mete hasta bien adentro; cerrar los ojos y soñar…

La vida pasa, sí, y en los últimos tiempos pienso mucho en el ahora, en el antes y en el enigmático después… Recuerdo la sensación de placidez tumbada boca arriba en el mar, con los ojos cerrados, dejando que el agua perlee en tu piel, sintiendo la suavidad del sol, sus caricias, la brisa susurrando al oído… Hacerte la muerta y esperar.

El mundo del blog ya no es el que era hace doce años. Ahora hay tal cantidad de escaparates/redes sociales, que estos reductos se han convertido en algo hasta raro. Sigo visitando blogs amigos, los de toda la vida (aunque no siempre comente). Es que, ¿saben ustedes? Me falta de todo, y el tiempo es uno de los elementos más escasos en mi día a día. Sabrán disculparme.

Aunque parezca trillado, vuelvo a levantar mi copa por todos ustedes, por mí, por la amistad, por la vida… Gracias de todo corazón por seguir chapoteando de vez en cuando por esta orilla. ¡Y que los vientos les sean favorables!

ESKERRIK ASKO!


Foto: De la memoria familiar (borrosa, movida… pero bueno, ahí estoy yo con 12 años, sería marzo/abril del 72… Ya saben que intento poner fotos mías que corresponden a la edad que cumple el blog). Texto: Edurne







viernes, 8 de marzo de 2019

MANOS DE MUJER




Soportan el peso
de toda una vida.
Guardan en sus palmas
el amor de una madre,
de una hija,
la pasión de una esposa,
de una amante y
de una amiga.
Recogen los pedazos de
nuestras vidas
cuando llegan rotas
en busca de cobijo.
Manos “todoterreno”,
dentro y fuera trabajan.
Manos que lavan,
acunan,
friegan,
cocinan,
aman,
calman,
pelean
y
acarician.
En ellas está escrita
la historia de todas
las mujeres que
nos precedieron en esta lucha.
Manos hermosas,
manos de mujer,
guerrilleras del día a día.


Texto y foto: Edurne. Las manos, de mi amatxu, manos llenas de magia y amor.

domingo, 3 de marzo de 2019

PASEOS CORPORALES (II)





De tanto soñarte,
te hiciste cuerpo.
Soñé tus ojos,
ojos tristes.
Soñé el calor de tu piel
cubriendo el deseo de los dos.

Blancas son tus manos,
a las que me agarro
para no despertar.
Manos fuertes, amplias,
que sujetan el alma
que se me va,
mientras que de tu boca
como, bebo...

Soñé que tu pecho era mi refugio
a tantas noches de soledad.

Acaricio tus hombros
y me paro en las pequeñas rugosidades
que reclaman mi curiosidad.
Las beso.
Piel con historia, cambios de rasante...
Busco tu boca.
Te beso.

Me gusta reposar la cabeza
cerca de tu corazón,
oír su latido agitado y
sentir el flujo de tus arterias.
Mis manos se descuidan
-no saben que ellas también son un sueño-,
y sucumben a la suavidad
de tu piel.

Duermes.
Bajo por tu pecho,
despacito, con besos pequeños.
Un lunar,
no, tres, cuatro...
dos pequeñas verrugas y
tres cicatrices.

Juego con la escasa mata de pelo
que adorna tus pectorales.
Me deslizo por la incipiente curva
de tu vientre,
la rodeo, dibujo circulos...
Me detengo.

Tu sexo también duerme,
vencido, aún caliente.
Ahora no quiero despertarlo,
lo acuno,
lo arropo con mi mano.

Giro tu cuerpo
y me paseo por la espalda,
recta y enigmática.
Cuento los poros,
las pecas,
incluso esos pequeños cráteres
que salpican la zona alta.

Deslizo las palmas hasta el final.
En este punto
mis dedos se vuelven locos,
se agarran a tus nalgas,
blancas,
redondas y firmes.
No lo puedo remediar,
las muerdo.
¿O también es un sueño?

Muslos, piernas, pies...
Blancura.
Otra vez te vuelvo hacia mí.
Despacio.
Todavía duermes.
¿O tal vez sueñas?

Toco las rodillas que sobresalen,
huesudas,
descaradas y desafiantes.
Sonrío al ver los dedos
de tus pies.
Parecen enfadados.
Uno gordo, sargento de una tropa
de peones camineros.
¡Firmes!

Ahora recojo tus brazos y los encajo
alrededor de mi cuerpo,
me acoplo a tu forma,
me pierdo en tus huecos,
cierro los ojos...

Y sigo con mi sueño.


Pintura: Antonio. Texto: Edurne

miércoles, 27 de febrero de 2019

PASEOS CORPORALES (I)




El agua tibia cae por tu piel como una cascada, caricia de última hora, sosiego para el cuerpo. Esperas paciente un día de cada dos para la rutina que nos hace cómplices, que nos une aún  más. Hace mucho que perdiste el pudor de enseñar tus beldades. La vida nos quita y nos da, me dices mientras te ayudo a desvestir(te). Entre tanto, abrimos el grifo y esperamos a que el agua se vaya calentando poco a poco, y luego a que deje de humear, así, ni fría ni caliente, como a ti te gusta.

Me sonríes con picardía de mocita antigua, te doy un beso, te abrazas a mí y así, despacito, con mucho cuidado, vamos entrando en la bañera. ¡Ay, que quema!, y das un respingo. Tranquila, amama, tranquila… Tu mano derecha me guía, y la izquierda permanece fuertemente sujeta a la barrita que pusimos para que te sintieras más segura. ¡Vaya invento, ¿eh?! me dices. Ya lo creo, te contesto… Me quedo absorta en tu piel, blanca, blanquísima, con esas venitas cerúleas que la recorren por ciertas zonas, con esas marcas de sol justo por encima de los codos, por debajo de las rodillas, y en el escote de tus vestiditos de verano. Envidio ese pelo tan blanco, tanto que parece plata, alpaca… ¡Ay, qué bien, ahora sí que está rica, así, así…!

La esponja recorre de arriba abajo toda tu geografía. Tus pechos, hermosos a pesar de tus noventaitantos, todavía mantienen el calor que hicieron de ellos alimento y casa. Tus caderas, tu vientre… cobijo que fueron de tres hijos. Y la seguridad de los cimientos de una madre, tus piernas, torneadas, lisas… Más abajo esos pies que tan bien conozco, un poco cansados ya, demasiada vida a cuestas.

Subo y bajo. Brazos, recovecos, el pubis inocente, descubierto, ya no hay nada que proteger… Sonríes, te hago cosquillas. Siempre me lo dices. Insisto. Me gusta tu risa, y esos ojos azules tan profundos que casi hacen daño al mirarlos, intensos… ahora chispeantes.

Qué bien lo hacemos, ¿verdad, hija? ¡Qué suerte tengo! Frota un poquito más por la espalda, que me pica. Y mis manos dibujan sinuosas líneas por esa espalda del color de la leche, algo curva por tanta amargura, tanto trabajo, tanta vida…

Dos, tres, cinco, siete lunares perdidos en ese pequeñito mapa que es tu cuerpo, amama. Me descuido y me encajas un beso. Y yo veo cómo una lágrima traicionera se escapa de tus ojillos entrecerrados. Gracias, gracias.

Salimos, tú agarrada a mí, al lavabo, a todo lo que puedes.  Y seguimos con el ritual. Ahora son la toalla, la crema, mis manos, las que modelan y calman tu cuerpo. Huele bien. Cierras los ojos. ¡A saber en qué piensas, dónde estás…! No me sueltas.

Escogemos el pijama para la noche, lo vamos poniendo, te miras en el espejo, te ves tú y crees que eres otra. Tú te pareces a mí, me dices.


Texto: Edurne. Imagen: Internet. Un pequeño homenaje a mi amama (abuela).

domingo, 27 de enero de 2019

ENTRESUEÑOS (X) (Replay)




Me duelen los dientes
de apretarme las rabias,
de morder las esquinas
con un hambre
vieja,
sin ganas…
Con un hambre de todos
los que no pueden sentirla.
Me duelen los pasos
que camino sobre sueños sin noche,
que paseo por realidades sin día.
Me duele la mirada perdida
entre otras de tantos ojos sin vida.
Me duelen las heridas de la mañana,
día tras día.
Las que sangran lágrimas,
bilis y amargura.
Me duelen los ojos de llorar sangre,
de ver películas de miedo
en sesión continua…

Imagen: Internet. Texto: Edurne (Texto publicado con anterioridad, el 4 de febrero de 2015. Todo sigue siendo de una lamentable actualidad)

AZUL TITANIO (Replay...)




Buque insignia. Aristas de titanio. Dureza en la mirada y tacto de azul cantábrico...

Te pasean, te paseas, ahí, anclado en la orilla que te acuna bajo la luz de la luna.

Arrogante levantas tu planta desafiando al mismísimo cielo, azul bilbaino...

Buque fantasma, lleno de recuerdos, de sonidos de otros días, impregnado de gris, de humo y fuego...

Suave lluvia que acaricia tu lomo y destellos de rabia y furia dormida, azul marinero, venido de tierra adentro...

De secano son tus tripas, enorme ballena que traga absurdos miedos, humores y tierras a la vista. Azul sereno...

Buque de feria. De lejos te visitan, te alaban y maldicen, perforan tus entrañas con luces y sueños imposibles.

Azul de frío titanio...


Foto, manipulación y texto: Edurne (Entrada ya publicada en esta Orilla. Por primera vez el 22 de abril de 2007, y creo que en otra ocasión... Ha pasado el tiempo y el buque ahí sigue).

lunes, 31 de diciembre de 2018

LAS UVAS DE LA IRA (sic.)



Llegamos a la docena. No sé si plantearme algo con esto del número redondo: llegar a doce, completar una docena, cerrar el círculo…

Alguien me dijo hace poco que estaba bien esto de escribir así, pim pam pum, sin pensar demasiado, solo sentarme ante el teclado y dejar que los dedos sean los que cumplan el mandato de mi estado de ingenio y creatividad del momento, de ánimo, de mi corazón, de mi sensibilidad o de mi rabia… ¡Pero! Siempre hay un pero. También me advirtió de que la escritura no es eso, la escritura ha de ser meditada, revisada… (of course!) Una forma un tanto “sutil” de decir que lo que escribo no vale nada. Me vale a mí, que es lo único que pretendo cuando me siento ante el ordenador, porque, para mí y en mis circunstancias, ya es un logro en sí poder sentarme un ratito, como mucho una hora, y aprovechar que en ese momento un pequeño torrente pasa por mis entrañas y necesita salir. Lo aprovecho, claro que sí. Yo soy así. Es mi necesidad, es mi triunfo. Solo eso. Cuando pretenda dedicarme en serio a escribir, aprovecharé ese “don” de la espontaneidad que me ha sido concedido.

Antes ponía yo el vídeo de “Resistiré” porque me identifico totalmente con esa letra. Ahora más que nunca está vigente en mi vida ese mensaje, así que sí, resistiré.

Hoy estoy en uno de esos momentos de dejar que lo que llevo dentro se desborde. Ya he dicho muchas veces que no soy escritora, solo soy una humilde escribidora, una niña, una adolescente, una joven y una mujer madura a la que siempre le ha gustado leer y escribir, que siempre ha necesitado de las letras para poder esconderse y tomar aire, para poder hacerse valiente, para poder luchar, para salir al mundo y caminar…

Van pasando los años (no sé si cada vez pasan más rápido o solo es una ilusión mía) y a veces pienso que en vez de crecer, lo que hacemos es decrecer. Asusta ver cómo está todo a nuestro alrededor. Asusta y mucho. A la par, caminamos por una vereda que cada vez se va haciendo más estrecha y con más obstáculos. Solo los fuertes de espíritu lograrán hacer el camino sin demasiados sobresaltos, aunque, al final, todos sabemos qué es lo que nos espera. Ahora somos más conscientes de ello, ahora tenemos más miedo.

Ha pasado este 2018 con sustos en mi entorno, con mucho agobio, mucha pena, mucho de todo eso que no queremos que pase, pero que pasa. Nunca sabemos dónde puede saltar la liebre, ¡nunca! No queda otra que disfrutar de los escasos momentos en que se nos concede una tregua, en que la vida nos sonríe… Aprovechar hasta el último instante, porque mañana puede ser diferente. También podemos volver la tortilla del revés. La diferencia no va solo de bueno a menos bueno, podemos hacer que quede la cara hacia arriba y no siempre la cruz, puede que nos toque eso en la siguiente partida, puede que cantemos bingo un rato laaaaaargo… Hay que estar preparados para todo.

Dentro de un año, cuando escriba las siguientes “Uvas de la ira”, si es que seguimos aquí, ya podré decirles que estoy jubilada, que con 60 años recién estrenados y 38 de servicios prestados a la Administración, me habré ganado un merecido descanso en mis tareas escolares, aunque nunca dejaré de ser maestra, ¡nunca! Eso será un punto de inflexión en mi vida, ya lo creo que sí, algo que marcará el comienzo de otra etapa, una puerta a… ¡A no sé qué! Me mantengo expectante. Tampoco estoy en condiciones de hacer muchos planes en mi vida, simple y llanamente me voy dejando llevar por mis días y mis horas. Mantengo los ojos bien abiertos, los oídos prestos, el corazón protegido lo más que puedo (en cualquier momento me lo pueden zarandear…), la mente abierta y el cuerpo en las mejores condiciones posibles. Ahí estoy, vigilante desde mi orilla.

Sé que en todas partes cuecen habas, o sea, que hay más ojos y más corazones de los deseables, llorando, pero también otros que están riendo. Nunca coincidimos al mismo tiempo. Mi amama Mina, que era una mujer sabia, echaba mano de los refranes para explicarme los entresijos de la vida. Cada día la comprendo mejor.

Tenemos un sol tibio de invierno, el año se va a despedir luminoso aunque helador. No está mal. Así que, fiel a mis tradiciones orilleras, que de momento siguen vigentes, voy a levantar mi copa por todos ustedes, los que me son más cercanos, los que chapotean por esta orillita desde hace tantos años, por su felicidad y su tranquilidad, por sus éxitos y también sus fracasos, porque de ellos siempre se aprende, y eso los hará más sabios. Levanto mi copa por la Paz, por el Amor en todas sus manifestaciones, por la Solidaridad y la Empatía, por toda la Humanidad… Cierro los ojos y lanzo mi deseo.

¡Y no se olviden de ser felices!


¡FELIZ AÑO 2019! URTE BERRI ON!








 Foto, postal hecha en clase y Texto: Edurne. Uvas: De la cocina de mi amatxu. Si quieren ver las 11 uvas precedentes, aquí van, por orden de aparición: uvas 1, uvas 2, uvas 3, uvas 4, uvas 5, uvas 6, uvas 7, uvas 8, uvas 9, uvas 10 y uvas 11. Gracias por seguir ahí.

domingo, 30 de diciembre de 2018

YO TAMBIÉN RESISTIRÉ



Vídeo: De Youtube. Sentimientos: totalmente compartidos por mí.

lunes, 24 de diciembre de 2018

DICEN QUE ES NAVIDAD


Eso dicen, que ya es Navidad.
El año pasado, vean aquí, ya apuntaba yo a este cúmulo de penas, decepciones y tristezas que me acosan por distintos flancos y que me tienen cada día un poquito más arrugada…

¡Y van doce navidades juntos! Eso es lo que importa, que a pesar de las que vienen mal dadas, seguimos agarrados al mástil, con la vela mayor recogida para desplegarla cuando el viento nos sea propicio, y con el timón en la dirección adecuada. Cuando pasen los tsunamis… arribaremos a buen puerto, seguro.

En estos dos últimos meses, se han producido dos pérdidas en mi entorno y que afectan a gente que quiero. Así, inesperadas y de mazazo total. La última el miércoles. Estos hechos son los que nos ponen en nuestro sitio, porque, arrogantes y vanidosos, nos creemos inmortales, se nos olvida que venimos con la fecha de caducidad bien grabada. Pero, a ver quién es el listo, o la lista, que se atreve a averiguar para cuando el apagón vital… Mejor dejar que nos sorprenda. Nunca nos acostumbraremos a esto. Nuestra cultura sigue escondiendo algo tan natural como la muerte. Sabemos que solo estamos de paso, que cuando el dinero para el alquiler se acaba, viene el desahucio de este cuerpo que se nos dio para transitar por este mundo. Lo malo, lo peor, es la forma en que se les desaloja a algunos. Injusto, totalmente injusto. ¿Cómo no rebelarse?


Llega la Navidad. Para unos, tiempo de alegría, para otros, de tristeza. Cada uno que la viva como quiera o mejor sepa o pueda. Yo aprovecho este momentito para asomar de nuevo por esta Orilla, y dar un chapuzón para que las olas no se me queden dormidas. No pienso guardar el bañador ni recoger la toalla, la Orilla es mi ventana al exterior. Por lo tanto, gracias mil a todos los que siguen asomando para saludar y dedicarme una sonrisa.

Les deseo lo mejor en todos los espacios en los que se desarrolle su vida, y levanto mi copa porque un poco de sensatez nos sea repartida a diestro y siniestro, ¡que falta nos hace!

Nos seguimos viendo por aquí o por allí, que cualquier sitio es bueno para encontrarse con los amigos. Me sean felices, no se olviden de ello.

MILA ESKER, ZORIONAK ETA URTE BERRI ON!

¡MUCHAS GRACIAS, FELICIDADES Y PRÓSPERO AÑO NUEVO!





Postal navideña: Edurne (hecha en clase), Foto: Antonio (manipulación: Edurne). Eguzkilore: Edurne (Hecha en clase). Texto: Edurne

martes, 11 de diciembre de 2018

LA CARACOLA DEL TIEMPO



Dicen que me viene de pequeña, de cuando me perdí en aquella caracola gigante que encontramos en la playa. De la caracola sí que me acuerdo. Me acuerdo de aquel sonido que me llamaba, que me decía que entrara… Me acuerdo de aquella calma, parecida a la que había  en la tripa de mi madre, que de aquello también me acuerdo. A lo mejor fue por eso por lo que decidí quedarme dentro de ella, de la caracola.

Luego supe que me buscaron durante mucho tiempo, igual pasaron días, o semanas, lo mismo fueron meses… Yo no recuerdo haber pasado miedo, haber llorado, ni haber tenido hambre, ni sueño. Bueno, sueño, un poco sí, porque dicen que cuando me encontraron parecía como recién despierta de una larga siesta. Igual solo fue una siesta y todos se alarmaron sin motivo. Pero desde entonces siempre dicen que de pequeña me perdí dentro de una caracola, y que por eso me pasan estas cosas tan raras, estas ausencias, este estar sin estar, este flotar por la vida. Nadie sabe definirlo, ni yo misma, por eso pienso que todo se debe a un sueño, a que me quedé atrapada en uno, en el más tranquilo, en el más cálido.

Ya digo, hay veces que me dura un ratito nada más, justo el tiempo de poder respirar, o el de mirar por mis adentros para ver si tengo las alfombras limpias, las camas hechas, las cortinas descorridas y la casa aireada.

Otras, la ausencia es más larga, y ni yo misma sé que estoy de viaje, perdida en mi caracola. Pero por si tardo en volver dejo toda mi vida de mano lista y ordenada: la nevera llena, las luces encendidas, el plato en la mesa, la ropa tendida… por si tardo unos días, por si alguien me necesita. Y cuando salgo hacia afuera, como cuando se sale de una caracola en la que una ha estado perdida dios sabe el tiempo, entonces, todo me mira como si fuera nuevo, y yo lo veo con ojos de estreno, en pantalla grande, a todo color, sensurround y cinemascope.

Y doy inicio a una nueva salida, al un, dos, tres, y ¡listos! Vuelta a empezar. Es como abrir un cajón y sacar una muda nueva. La tocas, la acercas a la cara, cierras los ojos, te pierdes en su tacto, suave y esponjoso… La hueles, huele a limpio, la desdoblas, te la pones, te sientes a gusto, le sonríes a la del espejo, ella te guiña el ojo… Todo está bien. Cada nuevo inicio es mejor que el anterior. Hasta que ya no puedas más y te vuelvas a perder en la caracola.

Imagen: Internet. Texto: Edurne


viernes, 7 de diciembre de 2018

TEMPUS FUGIT (Y llegamos al 59)



Muy gráfico todo: el título, las hojas caducas…

El tiempo que pasa.

Muy poético, sí. Pero la realidad es otra. A veces me pongo a pensar y me sumerjo en una especie de bucle del que no puedo salir. Me ahogo. No sé si me ahogo en mi propio miedo, en el mar de mi llanto infantil, en el panorama que me rodea… no lo sé, solo sé que me ahogo.

Dicen que para atrás, ni para tomar impulso, siempre hacia adelante, “totieso”, vamos, meter la directa y ancha es Castilla. ¡Ja ja ja! Obstáculos, miles en cada metro que recorremos. Yo tengo las rodillas peladas, los dientes mellados, los codos amoratados, los ojos… ¡ay, los ojos, cómo tengo yo los ojos!

Media vuelta y cambiamos el rumbo, que éste está tomando un tono un tanto amargo y denso, pesado, oscuro y poco divertido.

Pues sí, TEMPUS FUGIT, y hoy cumplo 59.

Llegué corriendo al último mes del año, del último año de la década… con la lengua afuera y con hipo. ¡Pero llegué! ¡Tachánnn! Salvas de honor, volanderas, pitos y flautas, llegó la Edurnita tan esperada. Sí, ¡esperadísima! Pues aquí estoy, oigan, y no sé muy bien si en algunos momentos estoy puesta por el Ayuntamiento, si en otros, soy yo la que me pongo y me impongo. Otras veces, me traen y me llevan, me cogen y me dejan…

Un año, me queda un año para cerrar la puertita de la escuela. Un año para decir adiós a la vida laboral que se supone será el sustento de mis días….

¡Huy, qué miedo me da! Todo, me da miedo todo: lo que he dicho, lo que implica, lo que pienso, lo que se me aplica, lo que dejo, lo que espero, lo que ya se me viene a pasos agigantados por el horizonte de mi vida…. Y no puedo echar a correr. Nada, no puedo ni intentarlo. Aquí estoy, plantada, perenne. Aquí, siempre aquí.

Hoy cumplo y voy llenando mi saco de sueños inconclusos, de risas ahogadas, de caricias perdidas…

Pero, tranquilos, que también tengo un bolsillo secreto, uno pequeño que casi nadie sabe dónde lo tengo (a mí misma hasta se me olvida); un bolsillo donde llevo guardadas muchas cosas, la mayoría bien dobladas, algunas, medio arrugadas, pero ninguna olvidada. Un bolsillo que, al abrirlo, me agarra por el corazón que se me va de jarana, que me lleva montada en el caballito de la feria, el blanco de rubia melena, mi caballito, el más hermoso de todos.

Abro el bolsillo y huele a dulce de algodón, a manzana caramelizada, a schweppes de naranja, a plátano, ¡y a chocolate con churros! Huele a mi infancia. El mejor de los sitios que conozco. No necesito un plano para encontrarla, menos mal, estaba un poco asustada… ¿Se me habrá olvidado el camino de tanto transitar por estrechos y oscuros pasadizos? ¡No! Todo está bien. Mi niña está ahí. Como siempre, con esos ojos verdes que siempre están preguntando, con su timidez innata, con su mundo mágico, lleno de musarañas, libros, cuadernos, gomas de borrar de nata, pegamento Imedio y lápices de colores.

TEMPUS FUGIT. Hoy cumplo.





Foto 1: Antonio. Foto 2: Edurne (de la memoria familiar). Texto: Edurne. (Gracias, Eskerrik asko, a todos los que me acompañan, antes, ahora y en un futuro; a los que han estado, están y estarán en mi vida; a quienes han cuidado, cuidan y cuidarán de mí… Gracias a todos).