miércoles, 13 de julio de 2016

TIEMPO DE CEREZAS



ROJA ES LA SANGRE

QUE MANA DE MI BOCA

CUANDO COMO DEL

PROHIBIDO  FRUTO DEL AMOR.


Foto y Texto: Edurne

viernes, 8 de julio de 2016

ORACIÓN


Dejo mi parte de corazón enamorada
al cuidado de tus pasos y tus risas, 
encargada de alimentar tus deseos,
de dar forma a tus sueños.
Dejo mis penurias sueltas,
trotando por los confines de tus olvidos
para que se pierdan sin remedio, 
condenadas a vivir vagando y
sin boleto de regreso.
Dejo un mar tranquilo de rubia mies 
durmiendo entre los poros
de tu piel blanca.
Dejo lo que ya no es mío junto a ti.
Ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.
Amén.

Foto y Texto: Edurne

jueves, 30 de junio de 2016

EL FINAL...


C'est fini! Agur!
Hasta el 1 de septiembre tenemos un respiro para poder recuperar algo de salud y cordura.

Da cosita ver el aula vacía, sin las cortinas, ni las plantas, ni los niños, ni mucho de lo que hasta hace un rato ha habido.
Pero es el fin de otra etapa más. El curso que viene, nuevos pupilos, nuevas expectativas, emociones...

Ahora a descansar de las tareas escolares un poco. Lo demás, a ir viendo.
¡Aprovechen ustedes también!
Besos.

Foto: Edurne

sábado, 25 de junio de 2016

MUERO



Muero por no matarte.
Muero cuando cierro los ojos
y te veo
en esa otra vida que vives
lejos de mí.
Muero cuando oigo tus risas
reflejadas en  ojos
que no son los míos,
tus labios, mi maná,
que alimentan nuevos besos.
Muero cuando mi cuerpo,
huérfano del tuyo,
te llama en silencio
sin que tú lo oigas.
Muero porque tu hijo,
al que llamé AMOR,
es el mío.
Por eso, amor,
por no matarte, muero.
                         

Pintura: (que me gusta mucho) de Internet. Texto: Edurne

domingo, 19 de junio de 2016

AÚN ME CRECEN LAS ESTRELLAS



Aún me crecen las estrellas
cuando te miro y
por más que sepa que mi corazón
me anda susurrando
que no,
que ya no eres mío.
¿Cuándo te perdí,
cuándo se apagaron las luces y
se torció el camino?
Tal vez me guié por el mapa equivocado,
se perdió la brújula
o no entendí las indicaciones…
Pensaba que tus pasos
me seguían,
que tu vida me vivía.
No.
No escuché los mensajes
escondidos en esos
“te quiero” de cartón-piedra,
decorado de película de tercera.
¿Qué puedo hacer con
todo este amor que se derrama
de mis orillas,
que corre sin freno
por todos mis cauces,
si aún me crecen las estrellas
cuando te miro?


Foto y Texto: Edurne. Estrellitas: hechas por toda la cuadrilla galáctica.


jueves, 9 de junio de 2016

CORAZÓN APUNTALADO


Afuera de este edificio
que apuntalo un poco cada día,
corre la vida,
descarada,
ruidosa
y siempre con prisa.

A veces subo a la azotea
y oteo las lindes
de mis horas.
Las de ayer,
que cercan mis miedos;
las de hoy,
que ahogan mi garganta.

Descubro goteras
que filtran los restos
del último cataclismo.
De las grietas mana
un dolor persistente:
un dolor viejo,
un dolor nuevo,
justo el dolor
que inunda y rebosa
el corazón
de esta casa mía,
abandonada ya
a su suerte;
vacía
sin tus besos,
silenciosa
sin tus risas.

Tan solo el ruido monótono
y sordo
de la carcoma
alimentándose de mi fuerza
de otros días
llena este aire
que me mata,
que me asfixia.

¡Que vengan ya,
que la declaren en ruina!
¡Que echen abajo los cimientos
que sostenían la felicidad
que inventamos
cuando era otra nuestra vida!


Imagen: Internet. Texto: Edurne

miércoles, 1 de junio de 2016

GANARÁS EL PAN CON EL SUDOR DE TU FRENTE



         Trabajar en el turno de noche de la panificadora La Espiga de Oro era un privilegio en tiempos de dificultad.  Ganarse el pan de cada día se había puesto difícil y ésta parecía una buena empresa. Pagaban un plus de veinte euros a la semana y, además, el pan era gratis para todos los empleados. Ya llevaba más de medio año trabajando de noche aunque hubiera preferido una jornada de mañana o de tarde y estar en las cintas empaquetadoras o, mejor, en la tienda de cara al público, porque le gustaba mucho el contacto con la gente. Marta era una buena conversadora y habría sido una extraordinaria dependienta. Pero cuando entró a trabajar, no pudo elegir. No había más puestos libres que el que le adjudicaron para hacerse cargo de la dichosa máquina, la amasadora, con un ruido y un movimiento constante, constante, constante… Y con esa luz que la dejaba insomne, que continuaba viendo incluso a oscuras en su habitación, cuando luchaba por dormir a las horas en que los demás estaban despiertos.

Así que, a pesar de las alteraciones en el sueño que había empezado a notar, Marta siguió con su trabajo. Pese a todo, no perdía la esperanza de que tal vez pronto ya no sentiría nada. Solo tenía que acostumbrarse. Ella estaba haciendo lo que siempre había querido ser: útil a los demás. Todo lo hacía por su familia. Las cosas no marchaban bien desde hacía casi un año, cuando el padre perdió el empleo y la madre, a causa de su enfermedad, tuvo que dejar su trabajo de limpiadora. Ella, sin quererlo, se había convertido en una  solución, transitoria, pero solución.

Todos los días terminaba su turno a las ocho de la mañana, con la cabeza colmada por el ruido de la amasadora y el cuerpo impregnado del olor de la levadura y del pan recién hecho. Al llegar a casa, su madre ya le tenía preparado un buen desayuno. Después se metía en la cama aturdida y, justo cuando conseguía reposar en la almohada su cabeza  a punto de reventar, Maite, su hermana pequeña, salía hacia el  instituto y su padre, a intentar encontrar un trabajo.

Al principio Marta caía rendida, ya que el mismo dolor de cabeza la adormilaba, pero conforme pasaban los meses, se sentaba al borde de la cama y, a la luz de la lámpara de la mesilla, repasaba mentalmente el número exacto de vueltas que completaban las paletas de la maldita amasadora mientras giraban sin fin, rozando las paredes frías de la máquina hasta que toda aquella mezcla se convertía en una gran y pesada bola. Una, dos, tres, cuatro, veinte, veintidós, treinta, cuarenta y ocho… Se sacudía la ropa a cada instante, como si un polvillo casi inapreciable la envolviera y tuviera que desprenderse de él. Entonces se acostaba en la cama y, aún con la luz encendida, se tumbaba con la mirada fija en el techo blanco, blanco, blanco como la harina, como aquella masa pegajosa que la rodeaba día y noche. En algún momento impreciso sus párpados caían pesados sobre sus ojos y la sumían en un sueño entrecortado y repleto de ruidos: un, dos, tres, cuatro…

           A las dos de la tarde, cuando Marta casi acababa de hundirse en un sueño profundo, su madre entraba con mucho sigilo para recordarle que ya estaba la comida, le apagaba la luz y subía un poco la persiana. Y ella, molesta por la luz exterior, cerraba con fuerza los ojos. Le costaba levantarse y, cuando lo hacía, tardaba demasiado en reincorporase a la vida normal. Continuaba sumida en aquel ambiente harinoso, con el ruido de la máquina, la luz lechosa, el calor de los hornos y el desfile silencioso de los panes y las hogazas crujientes, tostadas, agrietadas, esponjosas, como seres irreales de un submundo del que ella también había entrado a formar parte. En su vida, ahora eso era lo normal.

        Vida normal. ¿Qué era ya la vida normal? ¿Trabajar cuando otros dormían? ¿Acabar por no distinguir entre el día y la noche? Desde hacía un tiempo, Marta había empezado a encender las luces de cada habitación por la que pasaba. No veía bien y necesitaba más claridad. Al principio, nadie dio importancia al hecho, pero poco a poco esa manía se fue convirtiendo en algo realmente molesto, ya que además de encender las luces, cerraba cortinas y bajaba persianas. Solo toleraba la fría luz artificial en medio de la oscuridad, una negrura que siempre estaba envuelta en ese polvillo fino del que no conseguía desprenderse. No soportaba la luz del día, que resecaba y tensaba su piel clavándosele como mil aguijones. Sus ojos se achicaban, le escocían.

Antes de volver al trabajo, justo cuando empezaba a caer la noche, Marta intentaba dar un largo paseo por la ribera del río, desde el Puente del Ángel hasta donde las aguas se perdían entre los árboles del Estanquillo. Al regresar a casa recordaba cuando su vida era otra, cuando le gustaba el contacto con los demás, su familia y sus amigos. Ahora no, ahora los esquivaba, no podía soportar otro ruido que no fuera el de su amasadora ni otra luz que la de su obrador. La tristeza y la angustia se apoderaron de ella  hasta el punto de que decidió suprimir aquellos paseos. Total, su vida ya era otra; quizá un día todo podría cambiar y recuperar sus costumbres de antes. Todavía no perdía la esperanza de volver a ser la que fue. Pero, de momento, no quedaba otra opción que seguir adelante; todo lo hacía por su familia, por devolver algo de lo que había recibido.

Ahora todo era distinto. Ahora necesitaba de esos ruidos mecánicos que la arrullaban, un, dos, tres, cuatro, veinte, veintidós, treinta, cuarenta y ocho… Y de ese olor a levadura, de los colores harinosos y tostados, de la hinchazón de la masa madre, del crujido de un pan al abrirse. Estaba hipnotizada por la mezcla del agua y la harina, la sal y la levadura que terminaba convertida en pan, ese pan nuestro de cada día. Ella formaba parte de ese proceso de metamorfosis y vida, porque el pan era vida, alimento del cuerpo y del alma.

Fueron pasando los meses sin que nadie se percatase del verdadero cambio de Marta. Se acostumbraron a las manías de encender luces, correr cortinas y bajar persianas; al gesto incorporado de sacudirse el polvo de la ropa, de tocarse la cara una y otra vez… pero no fueron conscientes del gran cambio. Nadie lo hizo, nadie salvo su hermana Maite, que había estado observando cómo al paso de Marta la casa siempre se cubría de un leve y sutil velo blanquecino y harinoso, como el polvo que se hace visible al trasluz. Sus ojos parecían achicarse y en su piel, cada vez más tostada, surgían pequeños surcos de arrugas como grietas. Todo tendría que ver con el agotamiento del turno de noche, era un trabajo demasiado duro para una chica como ella; solo había que ver cómo había cambiado físicamente, parecía más mayor de lo que en realidad era, caminaba arrastrando las piernas como si le pesaran y, además, olía a pan constantemente, como si la harina se le hubiera metido en las entrañas, como si estuviera poseída por la levadura, el agua y la sal que la hinchaban, la hinchaban… y ella misma fuera una gran masa.

Su hermana sabía que Marta se estaba sacrificando por todos, por conseguir el sustento diario, por ganar el pan de toda la familia en esos tiempos difíciles. Lo sabía pero no podía hacer nada. Hablar con ella se había convertido en algo prácticamente imposible ya que estaba casi siempre en su habitación, encerrada en sí misma, en sus pensamientos, rumiando y murmurando palabras inconexas. De vez en cuando, esbozaba una triste sonrisa y los ojos se le llenaban de lágrimas a punto de desbordarse.

           Una mañana, cuando Marta regresó a casa después de terminar su turno, no quiso ver a nadie, ni siquiera desayunar. Se fue derecha a la habitación. Cuando llegó la hora de la comida, su madre golpeó la puerta con los nudillos una, dos veces… Suave. «Marta, hija, que ya es la hora de comer. ¿Estás despierta, te encuentras bien?» Nada. Silencio al otro lado. Bajo la puerta se podía ver, como todas las mañanas, el reflejo de la luz encendida. Volvió a insistir. Ninguna respuesta. A las súplicas de la madre se fueron uniendo las del padre y la hermana. Estaban asustados, pero no se atrevían a entrar en la habitación.

         Al final, fue Maite quien empujó la puerta con determinación. Un olor a pan recién hecho les golpeó nada más entrar y retrocedieron unos pasos. En la penumbra, la sombra de Marta se recortaba inerte. Luz, necesitaban más luz, la que proyectaba la lámpara de la mesilla era escasa. Subieron las persianas y entonces la vieron. Se acercaron a la cama despacio. Los ojos de Marta les miraban alternativamente, por momentos se diría que sonreían, ¿o tal vez  lloraban? Sobre el colchón, una hogaza de pan como recién salida del horno parecía estar esperando a ser abrazada por su familia, como cuando su madre iba a despertarla los domingos por la mañana. Como cuando no era más que una niña y no tenía que preocuparse por nada.


Imagen: Internet. Texto: Edurne (este es el relato que he trabajado un poco más para la edición del libro colectivo de este año de nuestro Taller. Como todos los años en esta fecha, el 1 de junio, publico el texto tal cual aparece en el libro, y éste es el de este año.)




                                                                                             
           
           

            

domingo, 29 de mayo de 2016

TE BUSCO, AMOR




Creció en mi vientre tu semilla
y di a luz un amor enfermo,
sin yo saberlo.
Lo cuidé durante años,
velando sus penas y alegrías.
Me hice mayor sin soltar
nunca su mano, que,
sujeta de la mía siguió caminando
por veredas por mí desconocidas.
Se hizo grande y fuerte
con mi cariño.
Le di lo mejor de mí:
mi aliento y mi vida.
Pero él cercenó poco a poco,
con sutil engaño,
la ilusión que yo guardaba
muy dentro de mi corazón,
rompió la cadena invisible
que a mí lo unía,
y voló hacia otros lares
con toda la savia que
de mi ser se llevó.
Hoy busco entre las nubes,
escudriño los senderos,
como loca voy y vengo.
Pregunto a los que por mi lado pasan,
por si lo han visto,
perdido,
llorando,
como lo hace un niño,
por haber soltado mi mano,
por haberme olvidado...

Foto y texto: Edurne

domingo, 22 de mayo de 2016

CURRICULUM VITAE (II) "De nuevo Eva" (Replay)


* Conviene leer antes, o recordar "La tentación de Eva"

Eva Laínez.
48 años.
Soltera.
Periodista.
Madrid.



No puede decirse que mi vida sea monótona y aburrida. Todo depende del cristal con que se mire, claro. Dices que eres periodista, que trabajas en una de las emisoras de mayor audiencia nacional, que conduces un magazine de cuatro horas diarias desde el que puedes hasta sentar cátedra, que eres un personaje conocido y respetado, que asistes a cuantos eventos te inviten y se precien de tener una categoría, que tienes un caché… ¡y la gente ya quiere ser tú! Pues no, que no lo quieran, que hasta yo estoy harta de ser Eva Laínez.



Hoy tengo la entrevista con el mequetrefe del otro día. Estos tipos que ocupan un cargo cultural en la Administración, y que han saltado al panorama social gracias a un boom literario… ¡me enferman! Y éste no es la excepción. En la entrevista previa ya se dejó caer, vamos, que ya se le vio el plumero.

Pero ahora mejor termino mi desayuno, ya son las 07:30. No he dormido muy bien y presiento que la mala leche va a ser la protagonista del día. Para colmo tengo que pasar la ITV al coche, llegaré tarde a la emisora. Voy a llamar a Joserra para que se encargue él de los teletipos de esta mañana, ya los revisaré yo después.
La verdad es que no sé porqué sigo aún con esta tartana de coche, no me da más que problemas pero bueno, tampoco he de impresionar a nadie, así que lo del coche es algo secundario.

Voy tarde, hoy tampoco tengo tiempo para maquillarme, y además, he perdido la costumbre, tampoco es imprescindible, a través de las ondas, nadie me ve, no tengo que epatar por mi aspecto físico, mi cabeza es la que impresiona, es mejor así… Pero hoy, hoy me apetecía “iluminarme” un poco.

Son las once y entro en la emisora con cara de pocos amigos. Pedro, el vigilante del parking se ha percatado y tan sólo me ha saludado con un arqueo de cejas, se lo agradezco, no tengo ganas de perderme en afirmaciones tontas sobre el estado de los cielos y el frío madrileño.

Parecerá una tontería, pero la entrevista de esta tarde me tiene un poco nerviosa. Según subo en el ascensor me miro en el espejo, de reojo primero, y descaradamente, después. Ya sé que dicen que parezco ambigua, que mi aspecto es un tanto andrógino. Mejor. Pero a mí me gusta. Me quito las gafas, ensayo una sonrisa, más bien una mueca, y me interrogo mirando a esos ojos azules, fríos como el acero, que me observan…

No me da tiempo a responderme, la puerta se abre y allí está Pepa con las carpetas. Me saluda efusivamente, como todas las mañanas y como es habitual en ella, esta chica es así, emocionante, efusiva… le doy una palmadita en la espalda y le dedico un “ánimo, compañera”, como siempre.

Hoy no es un día cualquiera, está claro, y ahora que lo pienso, no recuerdo con qué pie me he levantado, tampoco sé si este detalle tiene alguna importancia en nuestras vidas…
Me encierro en mi despacho. Esta mañana ya tengo acumuladas tres carpetas, gruño, así, para mí, pero gruño.

Reviso toda la información sobre el escritor de moda, me la sé de memoria. Seguro que tengo más datos sobre la vida y milagros del interfecto que él mismo. Cierro la carpeta con rabia. No me gustó su forma de mirar, de mirarme… Hoy le daría un poco de su propia medicina.

Las dos y media, Mamen, mi subdirectora, me da un toque: “¡Hay que comer, Evita!” Comemos y me siento algo mejor. ¡Ahora que me den a mí directores de Bibliotecas con premios literarios… que me den!

¿Y ahora por qué lloro? Si ya ha pasado todo, si ya he resuelto la situación satisfactoriamente, como siempre, si Eva Laínez es mucha Eva Laínez…
“El pez grande se come al chico”.
¿Y por qué estoy aquí, agarrada al volante de este coche que odio, y encima llorando?

El tráfico por O’Donell es intenso y por eso me gusta atravesarlo y venir a parar a la parte trasera, siempre encuentro sitio cerca del Hospital Infantil. Respiro y espanto mis fantasmas.

Hoy ha terminado el día raramente. Al final sucumbí a la tentación.
Cuando apareció de nuevo… él y su sonrisa, él y sus ojos, verdes como esmeraldas… ya, ya sé, a veces soy capaz de volverme de lo más cursi.
Y aquel sitio tan decadente, la música, el alcohol, mi soledad, la suya, o… ¿la vida misma?
Hoy he roto la norma y no sé si quiero restituirla.

* Conviene leer antes, o recordar "La tentación de Eva"

Texto ya publicado en esta Orilla el 5 de julio de 2009

Pintura: Antonio Texto: Edurne

domingo, 15 de mayo de 2016

LADRONA SOY




Lo confieso:
ladrona soy, porque
te robo el verde de los ojos
cuando me miras.
A cambio,
dejo olvidada en ellos esta pena
que,
noche y día,
no se separa de la verita mía.
Sonríes
y
me iluminas la vida.
Tú no lo sabes,
pero
en tu boca llevas
prendida toda mi alegría.

Foto: Antonio. Texto: Edurne

domingo, 8 de mayo de 2016

TOCAN A MUERTO



Campanas al vuelo y tocan a muerto entonces se me encoge la vida las alforjas que cargo sobre mi espalda y que van llenas se me desparraman escucho lamentos y perdones que ahora no vienen a cuento antes sí antes era la hora el día el mes el año pero ya no oigo ni siquiera sueño cerré los ojos hace mucho para no ver para no creer en lo mísero de este tumulto al que llamamos tiempo mal tiempo para seres enteros la nube maldita nube tapa lo que quiero lo que más quiero y sopla el viento y todo lo envuelve con filigranas y estrellas de colores pero dentro huele huele huele a enfermo y yo no no quiero ni saberlo en esta hora recojo el agua de mis llantos en tinajas sin fondo que van dejando marca en la tierra de mis pequeñas esperanzas ahora huérfanas y sin dueño…


Pintura: Antonio. Texto: Edurne

sábado, 7 de mayo de 2016

¡OJALÁ!



Vídeo: Youtube (Acabo de descubrir una falta garrafal en la letra de la canción, un "valla" en vez de VAYA. A quien lo haya escrito, seguro que se le ha escapado...) Autor de esta hermosa y triste canción: Silvio Rodríguez

domingo, 1 de mayo de 2016

AUSENCIAS



Ausentes ya
tú de mí,
yo de ti,
nuestras almas se buscan,
se estiran,
mas no,
no se tocan.
Ausencia que
parte en dos
mi vida.
Ausente de mí tu aliento,
muero de tristeza
segundo tras segundo,
sin esperanza alguna.
Ausente de ti mi alegría,
mueres sin saber que
soy yo quien sostiene
el peso de todas tus horas.


Texto y foto: Edurne

martes, 26 de abril de 2016

HIJA DE LA LUNA


Son las tres de la mañana
y ahí estás,
sé que vienes a despertarme.
No soportas verme descansar,
aunque solo sea una noche,
una maldita,
—o bendita—
noche…
Son las tres de la mañana y
mis ojos se niegan a abrirse a la nada
de esta noche oscura.
¿Qué me quieres,
por qué me buscas?
Siempre invadiendo mi paz,
mi descanso…
Sé que eres hermosa,
que luces reina de todo el universo,
 blanca, redonda,
 dura y argentina.
Sé que soy tu hija y me reclamas,
pero,
deja que viva una nueva vida.
Ahora necesito soñar que estoy viva.
Fabrico recuerdos y afectos,
lloro ausencias y desengaños,
y me busco entre miradas,
abrazos y “tequieros”.
Necesito dormir para poder
Soñar,
soñar…
Sé que soy tu hija,
“La hija de la luna”.
Y te quiero, madre,
te quiero,
pero…
¡Son las tres de la mañana!



Foto: Aitor. Texto: Edurne

viernes, 22 de abril de 2016

COQUETEOS QUIJOTESCOS (Replay)



Aconteció entonces que mi señora Doña Dulcinea despertó alterada del sueño. A fe mía que aquel frugal almuerzo no sentó bien a su sesera. Y en profiriendo atronadores gritos, despertóme a mí también del dulce reposo en que me hallaba.

No sin aturdimiento, corrí a su lado por ver de qué se trataba. Y cuál no fue mi sorpresa al ver que toda ella se encontraba empapada de pies a cabeza en aquel habitáculo, que dijeron era el dedicado al aseo personal, donde manaba el agua de un cable terminado en extraño artilugio por mí nunca antes visto.

En verdad, extraña era la venta, pero tan cansadas nos encontrábamos mi señora y yo después de la larga cabalgata del día, que no reparamos en todo lo misterioso del lugar.

Mi señora Dulcinea, que había dedicado toda su vida a estudiar, ya se había percatado de que entrábamos en un lugar singular. Por sus muchas lecturas tuvo la sospecha, y yo fiel escudera no osara jamás dudar, de que algo sobrenatural tal vez nos sucediera.

En llegando a la venta, ya nos miraron raro, pero más raro hubimos de mirarlos nosotras, pues pareciónos que sus vestes no eran apropiadas para venteros...

Era casi de noche y no podíamos saber dónde habíamos recalado con nuestros molidos cuerpos. Caballera y escudera, rocín y pollino, no pedían, por merced, sino un lugar para reposar y viandas con que reponernos.

Entramos, así pues, en la venta más enorme que jamás ojos humanos hubieran visto, y ya entonces, mi señora me advirtió: "Lucrecia, abre bien los ojos, que en aquesta venta acontecerán hechos de los que otros escribirán".

Perplejas las dos, arrogante ella y temblorosa yo, seguimos al mozo, seguramente uno de los muchos hijos del ventero, hasta una caja mágica que abría y cerraba sus puertas haciendo aparecer y desaparecer personajes extraños ante nuestros ojos.

Risas y más risas... Ojos que nos miraban. Mi señora Doña Dulcinea reafirmó sus sospechas: ¡Estábamos en el futuro! ¡Santa María, madre de Dios, habíamos sido víctimas de un encantamiento... tal vez con el Bálsamo de Fierabrás pudieramos deshacer semejante hechizo!

Entramos en una de esas cajas encantadas, y enseguida el estómago se nos disparó, ¿pues no volábamos acaso, como si aves fuéramos? Una musiquilla nos depositó de nuevo en tierra, la caja se abrió, y ante nosotras aparecieron unos seres parecidos a aquellos de las novelas que habían vuelto la cabeza casi del revés a mi noble señora Dulcinea. Ella era muy jóven aún, y todo lo quería ver, pero yo cansada ya de tanto trajinar, le pedía reposar...
Entramos en una gran habitación, ésta en la que ahora nos encontramos, y el mozo informó a mi señora de que al rato vendrían en nuestra busca.

Así fue, y dos mancebos de muy buen ver, tanto que alegraron nuestros ánimos, se presentaron al punto. ¿Y no pretendían que nos despojáramos de nuestras vestimentas? ¡Seguramente con intenciones de aprovecharse de nuestra inocencia e ignorancia, y hacer aquello que caballero no ha de hacer con dama, ni escudera, decente alguna!

Y mi señora montó en cólera, y yo ayudéla en lo que pude, aunque si he de ser sincera, de buen gusto y grado, hubiera probado aquel Bálsamo de Fierabrás en forma de fornido mancebo...

Y que una, aunque escudera, aún mantiene la buena planta que de moza tuvo. Pero escudera se debe a su señora, y así, entre gritos y empellones, logramos desalojar a los muy bellacos del aposento, mientras nos decían tontas, y que no sabíamos lo que nos perdíamos al rechazar sus masajes, y que hasta hablaron de baños turcos y...

Y hete aquí que mi señora seguía pensando que, con malas artes, algún mago envidioso nos había traído hasta este mundo en un aparato volador. Y ahí estábamos las dos, asustadas a más no poder, sin atrevernos a salir, esperando a que algo se le ocurriera a mi señora Dulcinea. 

Pero eso... eso ya es harina de otro costal.


Foto: Antonio. Texto: Edurne (Texto ya publicado en esta Orilla en un par de ocasiones, pero esta de ahora lo permite de nuevo…)