domingo, 3 de marzo de 2019

PASEOS CORPORALES (II)





De tanto soñarte,
te hiciste cuerpo.
Soñé tus ojos,
ojos tristes.
Soñé el calor de tu piel
cubriendo el deseo de los dos.

Blancas son tus manos,
a las que me agarro
para no despertar.
Manos fuertes, amplias,
que sujetan el alma
que se me va,
mientras que de tu boca
como, bebo...

Soñé que tu pecho era mi refugio
a tantas noches de soledad.

Acaricio tus hombros
y me paro en las pequeñas rugosidades
que reclaman mi curiosidad.
Las beso.
Piel con historia, cambios de rasante...
Busco tu boca.
Te beso.

Me gusta reposar la cabeza
cerca de tu corazón,
oír su latido agitado y
sentir el flujo de tus arterias.
Mis manos se descuidan
-no saben que ellas también son un sueño-,
y sucumben a la suavidad
de tu piel.

Duermes.
Bajo por tu pecho,
despacito, con besos pequeños.
Un lunar,
no, tres, cuatro...
dos pequeñas verrugas y
tres cicatrices.

Juego con la escasa mata de pelo
que adorna tus pectorales.
Me deslizo por la incipiente curva
de tu vientre,
la rodeo, dibujo circulos...
Me detengo.

Tu sexo también duerme,
vencido, aún caliente.
Ahora no quiero despertarlo,
lo acuno,
lo arropo con mi mano.

Giro tu cuerpo
y me paseo por la espalda,
recta y enigmática.
Cuento los poros,
las pecas,
incluso esos pequeños cráteres
que salpican la zona alta.

Deslizo las palmas hasta el final.
En este punto
mis dedos se vuelven locos,
se agarran a tus nalgas,
blancas,
redondas y firmes.
No lo puedo remediar,
las muerdo.
¿O también es un sueño?

Muslos, piernas, pies...
Blancura.
Otra vez te vuelvo hacia mí.
Despacio.
Todavía duermes.
¿O tal vez sueñas?

Toco las rodillas que sobresalen,
huesudas,
descaradas y desafiantes.
Sonrío al ver los dedos
de tus pies.
Parecen enfadados.
Uno gordo, sargento de una tropa
de peones camineros.
¡Firmes!

Ahora recojo tus brazos y los encajo
alrededor de mi cuerpo,
me acoplo a tu forma,
me pierdo en tus huecos,
cierro los ojos...

Y sigo con mi sueño.


Pintura: Antonio. Texto: Edurne

miércoles, 27 de febrero de 2019

PASEOS CORPORALES (I)




El agua tibia cae por tu piel como una cascada, caricia de última hora, sosiego para el cuerpo. Esperas paciente un día de cada dos para la rutina que nos hace cómplices, que nos une aún  más. Hace mucho que perdiste el pudor de enseñar tus beldades. La vida nos quita y nos da, me dices mientras te ayudo a desvestir(te). Entre tanto, abrimos el grifo y esperamos a que el agua se vaya calentando poco a poco, y luego a que deje de humear, así, ni fría ni caliente, como a ti te gusta.

Me sonríes con picardía de mocita antigua, te doy un beso, te abrazas a mí y así, despacito, con mucho cuidado, vamos entrando en la bañera. ¡Ay, que quema!, y das un respingo. Tranquila, amama, tranquila… Tu mano derecha me guía, y la izquierda permanece fuertemente sujeta a la barrita que pusimos para que te sintieras más segura. ¡Vaya invento, ¿eh?! me dices. Ya lo creo, te contesto… Me quedo absorta en tu piel, blanca, blanquísima, con esas venitas cerúleas que la recorren por ciertas zonas, con esas marcas de sol justo por encima de los codos, por debajo de las rodillas, y en el escote de tus vestiditos de verano. Envidio ese pelo tan blanco, tanto que parece plata, alpaca… ¡Ay, qué bien, ahora sí que está rica, así, así…!

La esponja recorre de arriba abajo toda tu geografía. Tus pechos, hermosos a pesar de tus noventaitantos, todavía mantienen el calor que hicieron de ellos alimento y casa. Tus caderas, tu vientre… cobijo que fueron de tres hijos. Y la seguridad de los cimientos de una madre, tus piernas, torneadas, lisas… Más abajo esos pies que tan bien conozco, un poco cansados ya, demasiada vida a cuestas.

Subo y bajo. Brazos, recovecos, el pubis inocente, descubierto, ya no hay nada que proteger… Sonríes, te hago cosquillas. Siempre me lo dices. Insisto. Me gusta tu risa, y esos ojos azules tan profundos que casi hacen daño al mirarlos, intensos… ahora chispeantes.

Qué bien lo hacemos, ¿verdad, hija? ¡Qué suerte tengo! Frota un poquito más por la espalda, que me pica. Y mis manos dibujan sinuosas líneas por esa espalda del color de la leche, algo curva por tanta amargura, tanto trabajo, tanta vida…

Dos, tres, cinco, siete lunares perdidos en ese pequeñito mapa que es tu cuerpo, amama. Me descuido y me encajas un beso. Y yo veo cómo una lágrima traicionera se escapa de tus ojillos entrecerrados. Gracias, gracias.

Salimos, tú agarrada a mí, al lavabo, a todo lo que puedes.  Y seguimos con el ritual. Ahora son la toalla, la crema, mis manos, las que modelan y calman tu cuerpo. Huele bien. Cierras los ojos. ¡A saber en qué piensas, dónde estás…! No me sueltas.

Escogemos el pijama para la noche, lo vamos poniendo, te miras en el espejo, te ves tú y crees que eres otra. Tú te pareces a mí, me dices.


Texto: Edurne. Imagen: Internet. Un pequeño homenaje a mi amama (abuela).

domingo, 27 de enero de 2019

ENTRESUEÑOS (X) (Replay)




Me duelen los dientes
de apretarme las rabias,
de morder las esquinas
con un hambre
vieja,
sin ganas…
Con un hambre de todos
los que no pueden sentirla.
Me duelen los pasos
que camino sobre sueños sin noche,
que paseo por realidades sin día.
Me duele la mirada perdida
entre otras de tantos ojos sin vida.
Me duelen las heridas de la mañana,
día tras día.
Las que sangran lágrimas,
bilis y amargura.
Me duelen los ojos de llorar sangre,
de ver películas de miedo
en sesión continua…

Imagen: Internet. Texto: Edurne (Texto publicado con anterioridad, el 4 de febrero de 2015. Todo sigue siendo de una lamentable actualidad)

AZUL TITANIO (Replay...)




Buque insignia. Aristas de titanio. Dureza en la mirada y tacto de azul cantábrico...

Te pasean, te paseas, ahí, anclado en la orilla que te acuna bajo la luz de la luna.

Arrogante levantas tu planta desafiando al mismísimo cielo, azul bilbaino...

Buque fantasma, lleno de recuerdos, de sonidos de otros días, impregnado de gris, de humo y fuego...

Suave lluvia que acaricia tu lomo y destellos de rabia y furia dormida, azul marinero, venido de tierra adentro...

De secano son tus tripas, enorme ballena que traga absurdos miedos, humores y tierras a la vista. Azul sereno...

Buque de feria. De lejos te visitan, te alaban y maldicen, perforan tus entrañas con luces y sueños imposibles.

Azul de frío titanio...


Foto, manipulación y texto: Edurne (Entrada ya publicada en esta Orilla. Por primera vez el 22 de abril de 2007, y creo que en otra ocasión... Ha pasado el tiempo y el buque ahí sigue).

lunes, 31 de diciembre de 2018

LAS UVAS DE LA IRA (sic.)



Llegamos a la docena. No sé si plantearme algo con esto del número redondo: llegar a doce, completar una docena, cerrar el círculo…

Alguien me dijo hace poco que estaba bien esto de escribir así, pim pam pum, sin pensar demasiado, solo sentarme ante el teclado y dejar que los dedos sean los que cumplan el mandato de mi estado de ingenio y creatividad del momento, de ánimo, de mi corazón, de mi sensibilidad o de mi rabia… ¡Pero! Siempre hay un pero. También me advirtió de que la escritura no es eso, la escritura ha de ser meditada, revisada… (of course!) Una forma un tanto “sutil” de decir que lo que escribo no vale nada. Me vale a mí, que es lo único que pretendo cuando me siento ante el ordenador, porque, para mí y en mis circunstancias, ya es un logro en sí poder sentarme un ratito, como mucho una hora, y aprovechar que en ese momento un pequeño torrente pasa por mis entrañas y necesita salir. Lo aprovecho, claro que sí. Yo soy así. Es mi necesidad, es mi triunfo. Solo eso. Cuando pretenda dedicarme en serio a escribir, aprovecharé ese “don” de la espontaneidad que me ha sido concedido.

Antes ponía yo el vídeo de “Resistiré” porque me identifico totalmente con esa letra. Ahora más que nunca está vigente en mi vida ese mensaje, así que sí, resistiré.

Hoy estoy en uno de esos momentos de dejar que lo que llevo dentro se desborde. Ya he dicho muchas veces que no soy escritora, solo soy una humilde escribidora, una niña, una adolescente, una joven y una mujer madura a la que siempre le ha gustado leer y escribir, que siempre ha necesitado de las letras para poder esconderse y tomar aire, para poder hacerse valiente, para poder luchar, para salir al mundo y caminar…

Van pasando los años (no sé si cada vez pasan más rápido o solo es una ilusión mía) y a veces pienso que en vez de crecer, lo que hacemos es decrecer. Asusta ver cómo está todo a nuestro alrededor. Asusta y mucho. A la par, caminamos por una vereda que cada vez se va haciendo más estrecha y con más obstáculos. Solo los fuertes de espíritu lograrán hacer el camino sin demasiados sobresaltos, aunque, al final, todos sabemos qué es lo que nos espera. Ahora somos más conscientes de ello, ahora tenemos más miedo.

Ha pasado este 2018 con sustos en mi entorno, con mucho agobio, mucha pena, mucho de todo eso que no queremos que pase, pero que pasa. Nunca sabemos dónde puede saltar la liebre, ¡nunca! No queda otra que disfrutar de los escasos momentos en que se nos concede una tregua, en que la vida nos sonríe… Aprovechar hasta el último instante, porque mañana puede ser diferente. También podemos volver la tortilla del revés. La diferencia no va solo de bueno a menos bueno, podemos hacer que quede la cara hacia arriba y no siempre la cruz, puede que nos toque eso en la siguiente partida, puede que cantemos bingo un rato laaaaaargo… Hay que estar preparados para todo.

Dentro de un año, cuando escriba las siguientes “Uvas de la ira”, si es que seguimos aquí, ya podré decirles que estoy jubilada, que con 60 años recién estrenados y 38 de servicios prestados a la Administración, me habré ganado un merecido descanso en mis tareas escolares, aunque nunca dejaré de ser maestra, ¡nunca! Eso será un punto de inflexión en mi vida, ya lo creo que sí, algo que marcará el comienzo de otra etapa, una puerta a… ¡A no sé qué! Me mantengo expectante. Tampoco estoy en condiciones de hacer muchos planes en mi vida, simple y llanamente me voy dejando llevar por mis días y mis horas. Mantengo los ojos bien abiertos, los oídos prestos, el corazón protegido lo más que puedo (en cualquier momento me lo pueden zarandear…), la mente abierta y el cuerpo en las mejores condiciones posibles. Ahí estoy, vigilante desde mi orilla.

Sé que en todas partes cuecen habas, o sea, que hay más ojos y más corazones de los deseables, llorando, pero también otros que están riendo. Nunca coincidimos al mismo tiempo. Mi amama Mina, que era una mujer sabia, echaba mano de los refranes para explicarme los entresijos de la vida. Cada día la comprendo mejor.

Tenemos un sol tibio de invierno, el año se va a despedir luminoso aunque helador. No está mal. Así que, fiel a mis tradiciones orilleras, que de momento siguen vigentes, voy a levantar mi copa por todos ustedes, los que me son más cercanos, los que chapotean por esta orillita desde hace tantos años, por su felicidad y su tranquilidad, por sus éxitos y también sus fracasos, porque de ellos siempre se aprende, y eso los hará más sabios. Levanto mi copa por la Paz, por el Amor en todas sus manifestaciones, por la Solidaridad y la Empatía, por toda la Humanidad… Cierro los ojos y lanzo mi deseo.

¡Y no se olviden de ser felices!


¡FELIZ AÑO 2019! URTE BERRI ON!








 Foto, postal hecha en clase y Texto: Edurne. Uvas: De la cocina de mi amatxu. Si quieren ver las 11 uvas precedentes, aquí van, por orden de aparición: uvas 1, uvas 2, uvas 3, uvas 4, uvas 5, uvas 6, uvas 7, uvas 8, uvas 9, uvas 10 y uvas 11. Gracias por seguir ahí.

domingo, 30 de diciembre de 2018

YO TAMBIÉN RESISTIRÉ



Vídeo: De Youtube. Sentimientos: totalmente compartidos por mí.

lunes, 24 de diciembre de 2018

DICEN QUE ES NAVIDAD


Eso dicen, que ya es Navidad.
El año pasado, vean aquí, ya apuntaba yo a este cúmulo de penas, decepciones y tristezas que me acosan por distintos flancos y que me tienen cada día un poquito más arrugada…

¡Y van doce navidades juntos! Eso es lo que importa, que a pesar de las que vienen mal dadas, seguimos agarrados al mástil, con la vela mayor recogida para desplegarla cuando el viento nos sea propicio, y con el timón en la dirección adecuada. Cuando pasen los tsunamis… arribaremos a buen puerto, seguro.

En estos dos últimos meses, se han producido dos pérdidas en mi entorno y que afectan a gente que quiero. Así, inesperadas y de mazazo total. La última el miércoles. Estos hechos son los que nos ponen en nuestro sitio, porque, arrogantes y vanidosos, nos creemos inmortales, se nos olvida que venimos con la fecha de caducidad bien grabada. Pero, a ver quién es el listo, o la lista, que se atreve a averiguar para cuando el apagón vital… Mejor dejar que nos sorprenda. Nunca nos acostumbraremos a esto. Nuestra cultura sigue escondiendo algo tan natural como la muerte. Sabemos que solo estamos de paso, que cuando el dinero para el alquiler se acaba, viene el desahucio de este cuerpo que se nos dio para transitar por este mundo. Lo malo, lo peor, es la forma en que se les desaloja a algunos. Injusto, totalmente injusto. ¿Cómo no rebelarse?


Llega la Navidad. Para unos, tiempo de alegría, para otros, de tristeza. Cada uno que la viva como quiera o mejor sepa o pueda. Yo aprovecho este momentito para asomar de nuevo por esta Orilla, y dar un chapuzón para que las olas no se me queden dormidas. No pienso guardar el bañador ni recoger la toalla, la Orilla es mi ventana al exterior. Por lo tanto, gracias mil a todos los que siguen asomando para saludar y dedicarme una sonrisa.

Les deseo lo mejor en todos los espacios en los que se desarrolle su vida, y levanto mi copa porque un poco de sensatez nos sea repartida a diestro y siniestro, ¡que falta nos hace!

Nos seguimos viendo por aquí o por allí, que cualquier sitio es bueno para encontrarse con los amigos. Me sean felices, no se olviden de ello.

MILA ESKER, ZORIONAK ETA URTE BERRI ON!

¡MUCHAS GRACIAS, FELICIDADES Y PRÓSPERO AÑO NUEVO!





Postal navideña: Edurne (hecha en clase), Foto: Antonio (manipulación: Edurne). Eguzkilore: Edurne (Hecha en clase). Texto: Edurne

martes, 11 de diciembre de 2018

LA CARACOLA DEL TIEMPO



Dicen que me viene de pequeña, de cuando me perdí en aquella caracola gigante que encontramos en la playa. De la caracola sí que me acuerdo. Me acuerdo de aquel sonido que me llamaba, que me decía que entrara… Me acuerdo de aquella calma, parecida a la que había  en la tripa de mi madre, que de aquello también me acuerdo. A lo mejor fue por eso por lo que decidí quedarme dentro de ella, de la caracola.

Luego supe que me buscaron durante mucho tiempo, igual pasaron días, o semanas, lo mismo fueron meses… Yo no recuerdo haber pasado miedo, haber llorado, ni haber tenido hambre, ni sueño. Bueno, sueño, un poco sí, porque dicen que cuando me encontraron parecía como recién despierta de una larga siesta. Igual solo fue una siesta y todos se alarmaron sin motivo. Pero desde entonces siempre dicen que de pequeña me perdí dentro de una caracola, y que por eso me pasan estas cosas tan raras, estas ausencias, este estar sin estar, este flotar por la vida. Nadie sabe definirlo, ni yo misma, por eso pienso que todo se debe a un sueño, a que me quedé atrapada en uno, en el más tranquilo, en el más cálido.

Ya digo, hay veces que me dura un ratito nada más, justo el tiempo de poder respirar, o el de mirar por mis adentros para ver si tengo las alfombras limpias, las camas hechas, las cortinas descorridas y la casa aireada.

Otras, la ausencia es más larga, y ni yo misma sé que estoy de viaje, perdida en mi caracola. Pero por si tardo en volver dejo toda mi vida de mano lista y ordenada: la nevera llena, las luces encendidas, el plato en la mesa, la ropa tendida… por si tardo unos días, por si alguien me necesita. Y cuando salgo hacia afuera, como cuando se sale de una caracola en la que una ha estado perdida dios sabe el tiempo, entonces, todo me mira como si fuera nuevo, y yo lo veo con ojos de estreno, en pantalla grande, a todo color, sensurround y cinemascope.

Y doy inicio a una nueva salida, al un, dos, tres, y ¡listos! Vuelta a empezar. Es como abrir un cajón y sacar una muda nueva. La tocas, la acercas a la cara, cierras los ojos, te pierdes en su tacto, suave y esponjoso… La hueles, huele a limpio, la desdoblas, te la pones, te sientes a gusto, le sonríes a la del espejo, ella te guiña el ojo… Todo está bien. Cada nuevo inicio es mejor que el anterior. Hasta que ya no puedas más y te vuelvas a perder en la caracola.

Imagen: Internet. Texto: Edurne


viernes, 7 de diciembre de 2018

TEMPUS FUGIT (Y llegamos al 59)



Muy gráfico todo: el título, las hojas caducas…

El tiempo que pasa.

Muy poético, sí. Pero la realidad es otra. A veces me pongo a pensar y me sumerjo en una especie de bucle del que no puedo salir. Me ahogo. No sé si me ahogo en mi propio miedo, en el mar de mi llanto infantil, en el panorama que me rodea… no lo sé, solo sé que me ahogo.

Dicen que para atrás, ni para tomar impulso, siempre hacia adelante, “totieso”, vamos, meter la directa y ancha es Castilla. ¡Ja ja ja! Obstáculos, miles en cada metro que recorremos. Yo tengo las rodillas peladas, los dientes mellados, los codos amoratados, los ojos… ¡ay, los ojos, cómo tengo yo los ojos!

Media vuelta y cambiamos el rumbo, que éste está tomando un tono un tanto amargo y denso, pesado, oscuro y poco divertido.

Pues sí, TEMPUS FUGIT, y hoy cumplo 59.

Llegué corriendo al último mes del año, del último año de la década… con la lengua afuera y con hipo. ¡Pero llegué! ¡Tachánnn! Salvas de honor, volanderas, pitos y flautas, llegó la Edurnita tan esperada. Sí, ¡esperadísima! Pues aquí estoy, oigan, y no sé muy bien si en algunos momentos estoy puesta por el Ayuntamiento, si en otros, soy yo la que me pongo y me impongo. Otras veces, me traen y me llevan, me cogen y me dejan…

Un año, me queda un año para cerrar la puertita de la escuela. Un año para decir adiós a la vida laboral que se supone será el sustento de mis días….

¡Huy, qué miedo me da! Todo, me da miedo todo: lo que he dicho, lo que implica, lo que pienso, lo que se me aplica, lo que dejo, lo que espero, lo que ya se me viene a pasos agigantados por el horizonte de mi vida…. Y no puedo echar a correr. Nada, no puedo ni intentarlo. Aquí estoy, plantada, perenne. Aquí, siempre aquí.

Hoy cumplo y voy llenando mi saco de sueños inconclusos, de risas ahogadas, de caricias perdidas…

Pero, tranquilos, que también tengo un bolsillo secreto, uno pequeño que casi nadie sabe dónde lo tengo (a mí misma hasta se me olvida); un bolsillo donde llevo guardadas muchas cosas, la mayoría bien dobladas, algunas, medio arrugadas, pero ninguna olvidada. Un bolsillo que, al abrirlo, me agarra por el corazón que se me va de jarana, que me lleva montada en el caballito de la feria, el blanco de rubia melena, mi caballito, el más hermoso de todos.

Abro el bolsillo y huele a dulce de algodón, a manzana caramelizada, a schweppes de naranja, a plátano, ¡y a chocolate con churros! Huele a mi infancia. El mejor de los sitios que conozco. No necesito un plano para encontrarla, menos mal, estaba un poco asustada… ¿Se me habrá olvidado el camino de tanto transitar por estrechos y oscuros pasadizos? ¡No! Todo está bien. Mi niña está ahí. Como siempre, con esos ojos verdes que siempre están preguntando, con su timidez innata, con su mundo mágico, lleno de musarañas, libros, cuadernos, gomas de borrar de nata, pegamento Imedio y lápices de colores.

TEMPUS FUGIT. Hoy cumplo.





Foto 1: Antonio. Foto 2: Edurne (de la memoria familiar). Texto: Edurne. (Gracias, Eskerrik asko, a todos los que me acompañan, antes, ahora y en un futuro; a los que han estado, están y estarán en mi vida; a quienes han cuidado, cuidan y cuidarán de mí… Gracias a todos).

jueves, 15 de noviembre de 2018

COSTURAS A DESTIEMPO (Replay 3)




Llevo las costuras de la vida demasiado prietas,

oprimiéndome el alma.

Hilvanada la sonrisa,

así, con un poco de tiento,

marcando la sisa en blanco, para que sea vista

entre la negra pena de este invierno eterno…



Llevo descosido el dobladillo,

porque me caí jugando a ser niña grande.

Y ahora lloro sin consuelo,

buscando un corchete para sujetar

el desgarro de esta tarde sin margen,

ni línea por la que caminar sin torcerme…



Llevo zurcida la alegría,

por si alguien viene a reclamarla,

por si la necesito un día.

Las entretelas cortas en el tiro,

reclamando corte y avío…



Llevo el costurero lleno de sueños,

las agujas en pie de guerra

y las tijeras marcando el ritmo…

Torzal para remendar mi llanto,

imperdibles con que prender

los suspiros…



Y en el fondo, bien guardado,

patrón para marcar,

de nuevo,

a la risa el camino.



Dibujo: Aitor Texto: Edurne (Texto ya publicado en este blog el 8 de febrero de 2010, el 9/4/11 y el 27/11/16). Como me gusta mucho y siento que es muy actual en mi vida, lo traigo de nuevo hasta la Orilla.).


domingo, 11 de noviembre de 2018

LA INCREÍBLE HISTORIA DE LA BELLA FLORENTINA (IV)



Leer previamente las tres partes anteriores (aquíaquí y aquí).

Como en la estación de las lluvias, que todo florece, que todo huele a nuevo, así renació la vieja casa de los Ancheta. Nadie supo a ciencia cierta cuánto tiempo pasó. Tal vez fueron meses, años… La luna brillaba en lo alto día y noche. Los ciclos de la vida se sucedían a una velocidad nunca antes conocida, y la ciudad fue despertando poco a poco del sopor en el que llevaba sumida desde… ¡Sí, desde la extraña muerte del viejo Joseph!


Hasta la ciudad  llegaban curiosos, charlatanes, buscavidas, santones, gentes de buen y mal vivir. Todos atraídos por los rumores que de la bella Florentina y sus prodigios corrían. Antiguos negocios volvieron a sacudir el polvo de sus letreros, abrieron puertas y ventanas para esa nueva marabunta de ˂hambrientos˃. Casas de comidas, destartalados hoteles, pensiones de dudosa reputación… Hasta el Banco de La Nación recuperó su barroca fachada y sacó brillo a las balaustradas que adornaban su interior. El viejo director se frotaba las manos mientras presumía que los cajones de las celdillas de atención al público volverían a rebosar de billetes. Y al final de la Calle Larga, la más importante de la ciudad, los farolillos chinos de bambú en colores naranja, rojo y azul ultramar, volvían a iluminar la seductora, aunque caduca, entrada que llevaba directo al Paraíso. El mayor y mejor de todos los burdeles, el único que había sobrevivido al sueño de olvido del que ahora estaba despertando la ciudad, EL PARAÍSO, abría de nuevo sus placeres, sus misterios y sus encantos para todo aquel que tuviera agallas y un buen bolsillo para perderse en él.

Florentina era una hermosa promesa de mujer. A sus catorce años nada ni nadie le hacía sombra. Don Lázaro se había encargado personalmente de su educación, y ahora era ella la que superaba en sabiduría al maestro. Dominaba, a más de la lengua vernácula, un castellano culto y sin mácula alguna, las clásicas por excelencia: el Latín y el Griego; también hablaba y escribía, con total soltura y fluidez, aquellas otras que de la vieja Europa reinas y señoras eran. Y no le quedaban ni las antiguas hablas de los desarrapados indios por conocer, ni aquella otra que a ninguna conocida se parecía, la que hablaban sus ancestros en la lejana Vasconia y que hasta aquellos lugares llevó el primero de los Ancheta. Tal era su fama que, inevitablemente, se había convertido en una leyenda, en alguien a quien había que conocer, descubrir, conquistar o desenmascarar…


(Continuará)

Imagen: Internet. Texto: Edurne . Leer previamente las tres partes anteriores (aquí, aquí y aquí).